Arzobispo
Ricardo Blázquez Pérez

Conferencia

IV Encuentro Nacional de Mujeres Cofrades 2011 - Medina del Campo (Valladolid)

Mujeres en la pasión de Jesucristo:
La Verónica

5 de noviembre de 2011


Temas: pasión de Jesucristo (Verónica, Santa Faz y Sábana Santa).

Publicado: BOA 2011, 504.


  • Introducción
  • 1. La Verónica
  • 2. Santa Faz y Sudario de Turín

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    En sintonía con el título del IV Encuentro Nacional de Mujeres Cofrades, he juzgado conveniente recordar a algunas mujeres que aparecen en la pasión del Señor y considerar particularmente el significado de la Verónica. En el relato evangélico y en la piedad popular ocupan un lugar relevante varias mujeres, sobre las cuales se ha detenido el pueblo cristiano.

    Recordamos algunas. Ante todo, obviamente, María, la Madre del Señor. A su lado, otras: María, esposa de Cleofás y madre de Santiago (cf. Mt 27,56; Mc 15,40; Lc 24,10; Jn 19,25) (cf. “María, Madre de Santiago”, en: Diccionario de Jesús de Nazaret, Burgos 2001, p. 800); María Magdalena, que sobresale como discípula de Jesús y aparece en los cuatro relatos evangélicos como testigo de la muerte, sepultura y resurrección del Señor (cf. Antonio Llamas, “Magdalena, María”, en ibíd., pp. 762 s.); y Salomé, probablemente la esposa de Zebedeo, que aspiró a que sus hijos ocuparan los primeros puestos en el reino de Jesús (cf. Mt 20,20) (Evaristo Martín Nieto, “Salomé”, en ibíd., p. 1182). Esta y otras mujeres acompañaron a Jesús durante su vida pública, subviniendo a sus necesidades (cf. Mc 15,40; Lc 8,2-3), y asistió a su crucifixión (cf. Mc 15,40). Algunas mujeres siguieron a Jesús hasta el Calvario y fueron como enlaces entre la muerte, la sepultura y el sepulcro encontrado vacío, porque Jesús había resucitado. Más mujeres que varones (por ejemplo, Nicodemo, José de Arimatea, Juan el discípulo amado) permanecieron junto a Jesús, cuando fue apresado y conducido hasta la muerte. En los Evangelios emergen, por la proximidad al Señor y el desarrollo que se les dedica, María la Madre de Jesús y María Magdalena. De algunas conocemos sus nombres y de otras solamente su alusión genérica.

    Aparecen algunas, lamentándose y llorando compasivamente por Jesús, en la calle de la amargura camino del Calvario (cf. Lc 23,27-31). Según la tradición, estas mujeres podrían haber llevado brebajes para calmar los dolores del condenado; Jesús es el “leño verde” y fecundo que por su inocencia no se debería quemar, a diferencia de otros verdaderos culpables, que son “leño seco” y estériles. Las palabras de Jesús dirigidas a las mujeres de Jerusalén son algo más de lo que se puede colegir inmediatamente, a saber, las de un condenado a muerte que responde a quienes le compadecen. En la catástrofe y destrucción de Jerusalén todos los valores se subvierten; la maternidad habitualmente es bendición de Dios en la Biblia, y aquí se declara felices a las mujeres estériles (cf. Os 10,8) (cf. Comentario al Nuevo Testamento III, p. 258).

    San Mateo (Mt 27,19) es el único evangelista que menciona a la mujer de Pilato, la cual le habría comunicado: «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con Él». En la causa de Jesús presionan sobre el Procurador de forma contraria su mujer pagana y las autoridades judías que reclaman su muerte. Los paganos reconocen la inocencia de Jesús; en cambio, su pueblo lo rechaza. Según los apócrifos, la mujer de Pilato se llamaría Prócula y habría sido venerada como santa en la Iglesia (cf. Daniel-Rops, Jesús en su tiempo, Barcelona 1960, pp. 471-475).

    María, la Madre del Señor, aparece en su pasión en dos ocasiones; una en la narración evangélica y otra en la piedad popular. La cuarta estación del Viacrucis considera el encuentro de Jesús y María camino del Calvario; se puede comprender la hondura del sufrimiento tanto de la madre como del Hijo. El Evangelio de San Juan (Jn 19,25-27), en un texto con significativas resonancias bíblicas, presenta a María y al discípulo amado junto a la cruz de Jesús. Pronuncia unas palabras el Señor que desbordan la comprensible preocupación de un hijo moribundo por su madre viuda y sola. «Mientras los apóstoles huyen, ella se mantiene al pie de la cruz y contempla con ojos de compasión las llagas de su Hijo» (san Ambrosio). Estos momentos evangélicos de María en pie junto a la cruz de Jesús y posteriormente del Hijo muerto depositado en brazos de la madre han sido ampliamente meditados por la Iglesia, uniendo Palabra de Dios y comprensibles sentimientos maternales. El cuadro impresionante ha recibido diversos nombres en la historia de la piedad cristiana: el Descendimiento, Jesús puesto en brazos de su Madre, la Piedad, la Virgen de las Angustias, la Soledad, la Dolorosa, Nuestra Señora de los Dolores, la Traspasada… Muchas veces es conocido este momento como la “quinta angustia”. La profecía de Simeón dirigida a María (cf. Lc 2,34-35) alcanza aquí su clímax y culminación como rostro elocuente de dolor y piélago de sufrimientos (véase la escultura genial de la Piedad de Gregorio Fernández). María habla el lenguaje maternal a todas las mujeres del mundo que han perdido a sus hijos. La pasión de Jesús y la pasión de los hombres están unidas; aquella ilumina y fortalece a los hombres en su particular camino del Calvario.

    1. La Verónica

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    A continuación me voy a detener en la Verónica, de la que no hablan los evangelistas, pero sí la tradición piadosa de la pasión del Señor. Su presencia es sintomática de cómo prolonga la devoción cristiana los relatos evangélicos. A la sobriedad evangélica y litúrgica se agregan otros elementos que la humanizan y acercan a la vida circunstanciada de los hombres.

    Como introducción y síntesis citamos unas líneas de José Luis Martín Descalzo (Vida y misterio de Jesús de Nazaret, Salamanca 1998, p. 1108): «Una antigua tradición coloca aquí a la Verónica, un personaje del que nada nos dicen los evangelistas y que, con toda probabilidad, es un invento de la piedad y ternura cristianas. Durante muchos siglos se experimentó entre los creyentes el deseo, la necesidad, de poseer la verdadera imagen, el auténtico rostro de Jesús. Y de este deseo surgió la piadosa leyenda de una mujer que en el camino del Calvario habría limpiado, conmovida, el rostro de Jesús, rostro que habría quedado impreso en el blando lienzo. Este verdadero rostro, este “vero icono” se habría transmutado en el nombre de la mujer: Verónica, la más bella leyenda de la cristiandad joven. Ninguna otra, en efecto, refleja mejor la ternura de la Iglesia, el afán de la esposa de Cristo por limpiar este rostro dolorido y ensangrentado». Nótese el origen del nombre: Verónica sería el “vero icono”, el rostro auténtico de Jesús.

    El Viacrucis presidido por el Papa el 19-8-2011 dentro de la Jornada Mundial de la Juventud, cuyo comentario fue redactado por las Hermanitas de la Cruz, que sirven a los más pobres y menesterosos, une la estación en que Jesús habla a las mujeres de Jerusalén que lloran por Él (octava estación) con la estación de la mujer que le limpia el rostro, la Verónica (tradicionalmente la sexta). Al principio se añadieron a las estaciones tradicionales tres: la última Cena, el beso de Judas y la negación de Pedro. El comentario a la octava estación, titulada “La Verónica enjuga el rostro de Jesús”, dice en relación con ella: «Una de las mujeres, conmovida al ver el rostro del Señor lleno de sangre, tierra y salivazos, sorteó valientemente a los soldados y llegó hasta Él. Se quitó el pañuelo y limpió la cara suavemente. Un soldado la apartó con violencia, pero, al mirar el pañuelo, vio que llevaba plasmado el rostro ensangrentado y doliente de Cristo. Jesús se compadece de las mujeres de Jerusalén, y en el paño de la Verónica deja plasmado su rostro, que evoca el de tantos hombres que han sido desfigurados por regímenes ateos que destruyen a la persona y la privan de su dignidad». Las estaciones unen el viacrucis de Jesús y el de la humanidad, también en nuestros días. Miremos con los ojos de Jesús el rostro de los hermanos y hermanas. Los cofrades deben aprender particularmente esta lección en la participación creyente y piadosa de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Cada cofradía, cada “paso”, cada misterio convertido en centro de la inspiración de los cofrades, adopta una perspectiva para contemplar la pasión del Señor. El Papa, en su intervención después del Viacrucis celebrado en el Paseo de Recoletos de Madrid dentro de la Jornada Mundial de la Juventud, recordó a santa Teresa de Jesús, a quien le quedó hondamente grabada una imagen de Cristo muy llagado (cf. Libro de la Vida, 9, 1). Y prosiguió: «La pasión de Cristo nos impulsa a cargar sobre nuestros hombros el sufrimiento del mundo, con la certeza de que Dios no es alguien distante o lejano del hombre y sus vicisitudes. Queridos jóvenes, no paséis de largo ante el sufrimiento humano, donde Dios os espera para que entreguéis lo mejor de vosotros mismos: vuestra capacidad de amar y de compadecer».

    ¿Quién es la Verónica? ¿Cómo surgió la tradición del lienzo de la Verónica en que quedó grabada la imagen de Jesús cuando limpió su rostro camino del Calvario? Podemos resumir en los siguientes términos la formación de la leyenda larga y compleja desde los orígenes hasta su consolidación. En un primer momento habría una carta de Jesús a Abgar, rey de Edesa y leproso. En reconocimiento de su curación, el rey habría mandado que su pintor realizara un retrato de Jesús. A esta imagen se le atribuyeron virtudes milagrosas y se llegó a la conclusión de que no era obra de mano humana, ya que el mismo Jesús habría impreso sus rasgos sobre el velo (cf. Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, I, 13, 1-11). En la continuidad y amalgama de ingredientes de la tradición entraría también el que una princesa llamada Berenice (Berenika-Verónica) habría sido curada en el siglo IV por la imagen impresa en el lienzo. Uniendo cabos de manera sorprendente, esta princesa habría sido identificada con la mujer que padecía flujo de sangre y fue curada por Jesús según la narración evangélica (cf. Mc 5,25-34). La imagen habría pasado a Roma, donde por su medio fue curado Tiberio (cf. Aurelio de Santos Otero, Los evangelios apócrifos, Madrid, 5.ª reimpresión, 2006, pp. 260-265). Esta reproducción del rostro de Jesús fue denominada en bizantino “vera icon” (‘verdadera imagen’). «De la verónica (imagen) se acabó por hacer una mujer» (Verónica, en: Gran Enciclopedia Larousse, 12, p. 11439). A finales de la Edad Media, la Verónica fue situada al lado de las mujeres de las que se hace mención en la pasión de Jesús (cf. Lc 23,27), pasando a ser ella el personaje central de la sexta estación del Viacrucis: “La Verónica limpia el rostro de Jesús”. La antigüedad cristiana desconoció a la Verónica, cuyo nombre no figura en el martirologio romano y cuyo culto es tardío. En Roma se veneraba una imagen de Jesucristo llamada “velo de la Verónica”, conservada primero en la iglesia de San Silvestre y desde 1870 en la Basílica de San Pedro. Aquí estaría el origen del culto a la Santa Faz, nombre que llevaría desde su profesión religiosa santa Teresa de Lisieux, “Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz”.

    Los artistas representarán a la Verónica sosteniendo con ambas manos el velo donde se habría impreso milagrosamente el rostro de Jesús. En la antigua Pinacoteca de Múnich (Alemania) se conserva un cuadro de santa Verónica y la Santa Faz, pintado hacia el año 1410. Posteriormente fue repetido el motivo por el Greco, Zurbarán, etc.

    El rostro de Jesús, unas veces ha reflejado más al crucificado como el que reina desde el madero, y otras, sobre todo por influjo de san Bernardo y san Francisco de Asís, como el herido y maltratado, habiendo pasado a la imagen los trazos de sangre y de muerte. El rostro de la Verónica «ha merecido el respeto de todos los que queremos conocer su rostro, enjugar su sudor y recoger su sangre vivificadora, acompañándole en su camino y siendo como Él. Ésta es la razón de que hayan proliferado tantas Verónicas y de que tantos pintores hayan intentado pasar al paño el fulgor de la divinidad humanada de Cristo unos y de su humanidad divinizada otros» (Olegario González de Cardedal, El rostro de Cristo, Valladolid 2011, p. 63). Se comprende el deseo y el amor de los cristianos por contemplar el rostro de Cristo, el Salvador e Hijo de Dios, en quien creen, aman y esperan.

    2. Santa Faz y Sudario de Turín

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    Podemos establecer una relación estrecha entre lo que venimos diciendo sobre la faz de Jesús grabada en el lienzo de la Verónica y la venerable reliquia de la Sábana Santa conservada en Turín con el impresionante rostro impreso en ella. «En el contexto de esta pasión amorosa por recordar, recoger y venerar todo lo que pudiera tener conexión con la figura, la vida y la muerte de Jesús, hay que situar el “Sudario” de Turín. Este nos queda como un signo ante el que los creyentes han recordado al Cristo “muerto por nuestros pecados y resucitado por nuestra justificación” (Rm 4,24), han actualizado su fe en Él y se han animado a servirle e imitarle. La ciencia seguirá intentando descifrar el enigma técnico implicado en el origen y la conservación de este lienzo con su complejidad persistente hasta hoy; y la Teología seguirá intentando interpretar cómo es un signo de Cristo en cada generación» (ibíd., p. 64; cf. Monique Villen, Ecce Homo. La Pasión y la Resurrección a la luz de la Sábana Santa, México 2006, pp. 26-29. Presenta en estas páginas algunos textos sobre el rostro de Jesús, el Hombre de la Santa Sábana). El amor del Señor y Redentor impregna de respeto sagrado y entrañable lo concerniente a la Sábana Santa.

    Los evangelistas no nos describen el rostro de Jesús; hablan, en cambio, de su mirada, que seguramente les impresionó. Marcos insiste con frecuencia: «y mirándoles, dijo». Se unen la mirada y la palabra fortaleciéndose mutuamente como signos de la comunicación; con la mirada la palabra se hace más penetrante. «Mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: “Extiende la mano”. Él la extendió y quedó restablecida» (Mc 3,5). «Él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: “¡Quítate de mi vista, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres”» (Mc 8,33). «Jesús, mirándolos fijamente, dice: “Para los hombres es imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios”» (Mc 10,27). «Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: “Estos son mi madre y mis hermanos”» (Mc 3,34). «Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: “Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme”» (Mc 10,21). La mirada de Jesús unas veces es de indignación y de reprensión; otras de complacencia, de amor y de confianza. Es verdad que la mirada es lo más elocuente del hombre, pero nada se nos dice de los gestos del rostro (cf. Mc 5,32; 10,23). Algo singular han encontrado en el Hombre de la Sábana Santa quienes buscan su rostro.

    ¿Cómo es el rostro del Hombre de la Sábana Santa? Teniendo ante los ojos el rostro del Santo Lienzo, léase todo el Evangelio, y se le verá pasar de una expresión a otra: rostro santo y majestuoso, airado por el celo de Dios, manso, sublime, doloroso, alentador, amable, misericordioso y compasivo. Aunque no es la imagen de un rostro vivo, llama la atención y se impone su nobleza, su serenidad, su sencillez, su grandeza, su realismo. Daniel-Rops escribió: «Cara de inefable y serena belleza y de una majestad verdaderamente sobrehumana». El cardenal Michele Pellegrino, que fue arzobispo de Turín: «Cara que inspira amor». Paul Claudel: «Más que una imagen es una presencia». Antonio Tonelli, especialista en sindonología: «Sobre este rostro se traslucen sentimientos de dolor tranquilo y resignado, de tristeza dulce y suave, que se unen admirablemente a una actitud de serena majestad. Tiene los ojos cerrados, pero no parece muerto. Mirando con detenimiento la imagen, uno no sabe afirmar si representa a un cadáver o a un hombre dulcemente dormido». Arthur Loth, especialista en la Sábana Santa: «Lo que más sorprende en esta conmovedora aparición es la serena grandeza, la calma divina de aquel rostro, a pesar de las crueles señales de toda clase de sufrimientos. Algo cautiva la atención. Es la especie de vida misteriosa que conserva aquel rostro muerto». Manuel Solé escribió: «Es inexplicable que un hombre tan maltratado físicamente no presente en su rostro señales de crispación, de odio, de ira impotente, de agotamiento, de perversión moral» (La Sábana Santa de Turín, Bilbao, ed. Mensajero, p. 314) . Seguramente algunas de estas expresiones van desde el creyente al lienzo, pero también pueden venir del lienzo al creyente, si este es fino y penetrante en su mirada.

    Recojo a continuación algunas oraciones, en forma de himnos, dirigidos a la Santa Faz, al Sudario o a la Verónica, ya que la contemplación creyente se convierte en oración vibrante. Hay una secuencia, probablemente del siglo XIV, cuando se discutió en Teología sobre la visión de la esencia divina, que dice así: «Salve, Santa Faz / de nuestro Redentor / en la que brilla la belleza / del divino esplendor / impresa en el paño de níveo color / dado a la Verónica como signo de amor. / Salve, gloria nuestra, / en esta vida dura, / lábil y frágil / que rápida pasa; / llévanos a la patria, / o feliz figura, / hasta ver la Faz de Cristo en persona. / Salve, Sudario, / joya excelente, / tú, nuestro solaz / y memorial. / Por manos no pintada, / ni esculpida ni grabada. / Bien lo sabe el sumo Artista / que así te hizo; / sé para nosotros, te pedimos, / ayuda segura, / dulce refrigerio, / a la vez que solaz. / Para que no nos dañe / agresión enemiga, / sino gocemos descanso, / digamos todos: Amén» (citado en Olegario González de Cardedal, pp. 68-69). El sudario santo es la sábana o lienzo con que José de Arimatea cubrió el cuerpo de Jesucristo cuando lo bajó de la cruz (cf. Lc 23,53). Sudario es el lienzo que se pone sobre el rostro de los difuntos o en que se envuelve el cadáver (sobre la Verónica en la literatura española, veáse José Fradejas Lebrero, Los evangelios apócrifos en la literatura española, Madrid 2005, pp. 327-374, con numerosas citas de autores).

    Paul Claudel ruega así a la Verónica que se ha acercado a Jesús, rompiendo con valor el círculo mismo de la muerte que se ha formado en torno a Él, tomando el rostro del Señor entre sus manos: «Enséñanos, Verónica, a desafiar el respeto humano. / Porque, aquel para quien Jesús no es solo una imagen, / sino una persona verdadera, / llega a ser para los demás hombres desagradable y sospechoso. / Su proyecto de vida es distinto, sus motivos no son los de ellos. / Hay siempre algo en él que se les escapa/ y parece de otro mundo./ Déjanos mirar una vez, Verónica,/ el rostro del Santo Viandante, / en el lienzo en que lo has recogido./ ¡Ese velo piadoso de lino en que Verónica ha ocultado el rostro del Vendimiador en el día de su ebriedad, / para que su imagen se adhiera en él eternamente, / hecha con su sangre, sus lágrimas y nuestros desprecios!» (cit. en: Ecce Homo, p. 135).

    Juan Pablo II escribió a este propósito: «El velo, sobre el que queda impreso el rostro de Cristo, es un mensaje para nosotros. En cierto modo nos dice: “He aquí cómo todo acto bueno, todo gesto de verdadero amor hacia el prójimo, aumenta en quien lo realiza la semejanza con el Redentor del mundo”. Los actos de amor no pasan. Cualquier gesto de bondad, de comprensión y de servicio deja en el corazón del hombre una señal indeleble, que lo asemeja un poco más a Aquel que “se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo” (Flp 2,7). Así se forma la identidad, el verdadero nombre del ser humano» (Viacrucis en el Coliseo, Viernes Santo de 2000; cit. en p. 136) .

    Fray Luis de León, en su obra De los nombres de Cristo (Madrid BAC 4.ª ed. 1957), dedica un capítulo al rostro de Cristo, a las “Faces de Dios”, como él lo titula. Aunque ya en tiempo de fray Luis de León se consideraba anticuado el plural “faces” en lugar del singular “faz”, el autor se ajusta al plural hebreo panim. Un lugar bíblico fundamental para Fray Luis es la bendición contenida en el libro de los Números: «Descubra Dios sus Faces a ti y haya paz de ti. Vuelva Dios sus Faces a ti y dete paz» (p. 445). Con la traducción litúrgica actual: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz» (Nm 6,24-26). ¿Por qué podemos decir que Cristo es el rostro, la cara, las faces de Dios? «Decimos que Cristo-hombre es Faces y Cara de Dios, porque como cada uno se conoce en la cara, así Dios se nos representa en Él y se nos demuestra quién es clarísima y perfectamente. Lo cual en tanto es verdad, que por ninguna de las criaturas por sí, ni por la universalidad de ellas juntas, los rayos de las divinas condiciones y bienes relucen y pasan a nuestros ojos, ni mayores ni más claros ni en mayor abundancia que por el alma de Cristo, y por su cuerpo, y por todas sus inclinaciones, hechos y dichos, con todo lo demás que pertenece a su oficio» (pp. 447-448). Recordemos unos versos de la Oda a la Ascensión del mismo fray Luis de León: «¿Qué mirarán los ojos / que vieron de tu rostro la hermosura, / que no les sea enojos? / Quien gustó tu dulzura, / ¿qué no tendrá por llanto y amargura?».

    La Palabra hebrea “panim” significa ‘rostro, faz, cara, semblante’. Las palabras “rostro” y “nombre” son antecedentes bíblicos de lo que será en nuestra cultura “persona”. «Facies, animi imago»; el rostro es imagen del alma, que resplandece en la mirada. «La Faz de Dios es Dios mismo considerado como fuente de luz y benevolencia, de irradiación y de revelación para el hombre. Dirigida a sus criaturas, esa divina faz se hace palabra y mirada que suscita a su vez la palabra y la mirada del hombre. Dios dirige su faz a quien ama y la desvía de aquel que le desprecia, reniega y odia. Ese dirigir su faz es un acontecimiento creador, sanador y esperanzador, mientras que la aversión del rostro divino lleva al oscurecimiento y la pérdida de la vida verdadera» (Olegario González de Cardedal, o. c., pp. 31-32).

    La reflexión sobre la mujer que limpió el rostro de Jesús manchado con sudor, lágrimas, sangre, salivazos, escarnio y humillaciones nos conduce no solo a admirar el gesto valiente de la mujer Verónica que rompiendo el cerco se abrió camino hasta Jesús, sino también y sobre todo a contemplar el rostro del Señor que humillado no abría la boca, que nunca perdió la dignidad del Justo injustamente condenado; del Hijo de Dios encarnado que no tenía rostro humano (cf. Is 52,14; 53,2-3). Es al mismo tiempo un rostro que se evita, y un rostro bello (cf. Sal 45,3) y majestuoso. Este rostro santo nos mueve a desear ver el rostro del Dios invisible, por el que suspiramos como Moisés: “Muéstrame tu rostro” (cf. Ex 33,11-23; Ex 24,16). Jesús «es imagen del Dios invisible» (Col 1,15) y Rostro personal de Dios Padre.