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Catequesis

Audiencia General - Año de la fe 2012-2013

Creo en Jesucristo:
«Resucitó al tercer día,
según las Escrituras»

3 de abril de 2013


Temas: Jesucristo (resurrección).

Web oficial: http://www.vatican.va/holy_father/francesco/audiences/2013/documents/papa-francesco_20130403_udienza-generale_sp.html

Publicado: BOA 2013, 184.


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy retomamos las catequesis del Año de la fe . En el Credo repetimos esta expresión: «Resucitó al tercer día, según las Escrituras». Es precisamente el acontecimiento que estamos celebrando: la resurrección de Jesús, centro del mensaje cristiano, que resuena desde los comienzos y se ha transmitido hasta llegar a nosotros. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: «Yo os transmití en primer lugar lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce» (1Co 15,3-5). Esta breve confesión de fe anuncia precisamente el Misterio Pascual, con las primeras apariciones del Resucitado a Pedro y a los Doce: la muerte y la resurrección de Jesús son precisamente el corazón de nuestra esperanza. Sin esta fe en la muerte y resurrección de Jesús, nuestra esperanza será débil, ni siquiera será esperanza; y justamente la muerte y la resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. El Apóstol afirma: «Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados» (1Co 15,17).

Lamentablemente, a menudo se ha tratado de oscurecer la fe en la resurrección de Jesús, y también entre los mismos creyentes se han insinuado dudas. En cierto modo, una fe “como agua de rosas”, como decimos nosotros, no es una fe fuerte. Y esto por superficialidad, o a veces por indiferencia, ocupados en mil cosas que se consideran más importantes que la fe, o bien por una visión solo horizontal de la vida. Pero es precisamente la resurrección la que nos abre a la esperanza más grande, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado y la muerte pueden ser vencidos. Y esto conduce a vivir con más confianza las realidades cotidianas, a afrontarlas con valentía y empeño. La resurrección de Cristo ilumina con una luz nueva estas realidades cotidianas. ¡La resurrección de Cristo es nuestra fuerza!

Pero, ¿cómo se nos transmitió la verdad de fe de la resurrección de Cristo? Hay dos tipos de testimonio en el Nuevo Testamento: algunos en forma de profesión de fe, es decir, de fórmulas sintéticas que indican el centro de la fe; otros, en cambio, en forma de relato del acontecimiento de la resurrección y de los hechos vinculados a ella. El primero, la profesión de fe, es por ejemplo el que acabamos de escuchar, o bien el de la Carta a los Romanos, donde san Pablo escribe: «Si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10,9). Desde los primeros pasos de la Iglesia, es bien firme y clara la fe en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús. Hoy, sin embargo, quisiera detenerme en el segundo, en los testimonios en forma de relato, que encontramos en los Evangelios. Ante todo, notamos que las primeras testigos de este acontecimiento fueron las mujeres. Al amanecer, van al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, y encuentran el primer signo: la tumba vacía (cf. Mc 16,1). Sigue luego el encuentro con un Mensajero de Dios, que anuncia: Jesús de Nazaret, el Crucificado, no está aquí, ha resucitado (cf. Mc 16,5-6). Las mujeres son impulsadas por el amor y saben acoger este anuncio con fe: creen, e inmediatamente lo transmiten, no se lo guardan para sí mismas, lo comunican. La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena el corazón, no se pueden contener. Esto debería suceder también en nuestra vida. ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! Nosotros creemos en un Resucitado que ha vencido al mal y a la muerte. Tengamos la valentía de “salir” para llevar esta alegría y esta luz a todos nuestros lugares de vida. La resurrección de Cristo es nuestra certeza más grande, es el tesoro más valioso. ¿Cómo no compartir con los demás este tesoro, esta certeza? No es solo para nosotros; es para transmitirla, para darla a los demás, para compartirla con los demás. Es precisamente nuestro testimonio.

Otro elemento. En las profesiones de fe del Nuevo Testamento, solamente se recuerda como testigos de la resurrección a hombres, a los Apóstoles, pero no a las mujeres, porque, según la Ley judía de ese tiempo, ni las mujeres ni los niños podían dar un testimonio fiable, creíble. En los Evangelios, en cambio, las mujeres tienen un papel principal, fundamental. Aquí podemos identificar un elemento a favor de la historicidad de la resurrección: si hubiera sido un hecho inventado, en el contexto de aquel tiempo no habría estado vinculado al testimonio de las mujeres. Los evangelistas, en cambio, simplemente narran lo sucedido: las mujeres son las primeras testigos. Esto nos dice que Dios no elige según los criterios humanos: los primeros testigos del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde; las primeras testigos de la resurrección son las mujeres. Y esto es bello. Y es en cierto sentido la misión de las mujeres y de las madres: dar testimonio a los hijos, a los nietos, de que Jesús está vivo, es el viviente, ha resucitado. Madres y mujeres, ¡adelante con este testimonio! Para Dios cuenta el corazón, lo abiertos que estamos a Él, si somos como niños que confían. Pero esto nos hace reflexionar también sobre cómo las mujeres, en la Iglesia y en el camino de la fe, han tenido y tienen también hoy un papel especial para abrir las puertas al Señor, seguirle y comunicar su Rostro, porque la mirada de la fe siempre necesita de la mirada sencilla y profunda del amor. A los Apóstoles y a los discípulos les resulta difícil creer; a las mujeres, no. Pedro corre al sepulcro, pero se detiene ante la tumba vacía; Tomás debe tocar con sus manos las heridas del cuerpo de Jesús. También en nuestro camino de fe, es importante saber y sentir que Dios nos ama, y no tener miedo de amarle: la fe se profesa con la boca y con el corazón, con la palabra y con el amor.

Después de las apariciones a las mujeres, siguen otras: Jesús se hace presente de un modo nuevo; es el Crucificado, pero su cuerpo es glorioso; no ha vuelto a la vida terrena, sino en una nueva condición. Al comienzo no le reconocen, y solo a través de sus palabras y de sus gestos se abren los ojos: el encuentro con el Resucitado transforma, da una nueva fuerza a la fe, un fundamento inquebrantable. También para nosotros hay numerosos signos en los que el Resucitado se hace reconocer: la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los demás sacramentos, la caridad, los gestos de amor portadores de un rayo del Resucitado. Dejémonos iluminar por la resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que también a través de nosotros los signos de muerte dejen espacio a los signos de vida en el mundo. He visto que hay muchos jóvenes en la plaza. ¡Ahí están! A vosotros os digo, llevad adelante esta certeza: el Señor está vivo y camina junto a nosotros en la vida. ¡Esta es vuestra misión! Llevad adelante esta esperanza. Echad el ancla en esta esperanza, anclando así en el cielo; sujetad fuertemente la cuerda, anclad y llevad adelante la esperanza. Vosotros, testigos de Jesús, llevad adelante el testimonio de que Jesús está vivo, y eso nos dará esperanza, dará esperanza a este mundo un poco envejecido por las guerras, el mal y el pecado. ¡Adelante, jóvenes!

(Saludo a los peregrinos de lengua española)