D. Ricardo inauguró el Año Teresiano

D. Ricardo inauguró el Año Teresiano

D. Ricardo inauguró el Año Teresiano

15 octubre, 2017

Agradezco al Sr. Obispo de Ávila, amigo Jesús, la invitación para presidir la celebración del primer Año Jubilar Teresiano, otorgado por el Papa Francisco cuando coincidan la fiesta de Santa Teresa de Jesús y el domingo. Me uno a la gratitud al Papa por la concesión. Esta coincidencia, dignificada con la gracia del Año Jubilar, es una invitación particular a ponernos, como discípulos, junto a la Santa para que con su vida y su excelente doctrina nos enseñe a pertenecer a Jesús, siguiendo sus pasos, y a solicitar a la Virgen que sea nuestra Madre. Leer los escritos de Santa Teresa y visitar Ávila que, en cada rincón, nos habla de ella, es una preciosa oportunidad para profundizar en el Evangelio y para aprender humanidad. Santa Teresa y Ávila se inducen mutuamente, como San Francisco y Asís. Desde este lugar, próximo a la Iglesia de San Juan, donde fue bautizada Santa Teresa, saludo cordialmente a todos.

 

“La memoria del justo será bendita”. La memoria de Santa Teresa es fuente de bendición para nosotros. Podemos aprender, de ella, la sabiduría del Evangelio, la alegría y la paz que acompañan a la fe (Cfr. Rom. 15,13), la conversión a Dios que centra la vida de los hombres y la orienta al servicio de Dios y de los demás. En un mundo necesitado de maestros de la verdad y del bien, de la sensatez y la prudencia, nos viene al encuentro Santa Teresa como una madre, que merece ser escuchada. “Nos alimenta con pan de inteligencia y nos da a beber agua de sabiduría(Eclo. 15, 3). “La sabiduría de los santos narran los pueblos” (Fiesta de San Jerónimo); pues bien, lo mismo podemos cantar a propósito de Santa Teresa.

 

“La descendencia del justo será bendita”. Teresa de Jesús ha ejercido una generosa maternidad espiritual, que se manifiesta en sus hijas y en sus obras. La serie de santas que adoptaron el nombre de Teresa es larga y es indicio de su autoridad espiritual y de su capacidad modeladora: Teresa del Niño Jesús, Teresa de Jesús Jornet, Teresa Benedicta de la Cruz, Teresa de los Andes, Teresa de San Agustín, priora de la comunidad de Compiègne, cuyo martirio padecido en la Revolución Francesa difundió J. Bernanos en Diálogos de carmelitas. Una docena larga, según el Martirologio Romano, de santas y beatas llevan el nombre de Teresa, en reconocimiento de la santa abulense. Santa Teresa de Jesús fue una monja contemplativa del siglo XVI, reformadora del Carmelo. Es maestra eminente de oración. Aunque su personalidad fuera radiante en tantas dimensiones: Encanto en la comunicación, belleza singular de sus escritos, acierto para conocer a las personas, análisis de su interioridad y discernimiento espiritual, gestión de sus fundaciones, consejera atinada, profunda iluminación evangélica…, Teresa es ante todo maestra de oración. Por esta vía emerge su personalidad en la Iglesia y es patrimonio de la humanidad. La inscripción que se ha colocado en la Puerta Santa de este Año Jubilar, para acceder a la iglesia del Convento de Santa Teresa, une acertadamente, el sentido de la Puerta Santa y la oración como puerta para entrar en el diálogo y la comunicación con Dios. “La puerta para entrar en este castillo es la oración” (Moradas I, 1, 7). El carisma más fecundo de Santa Teresa, su magisterio espiritual en la Iglesia y su lección permanente se refiere a la oración. A ese foco de irradiación me refiero a continuación.

 

1.-Fe y oración.

La fe y la oración son inseparables. La oración cristiana tiene como fuente y fundamento la fe en Dios Padre, revelado en Jesucristo y apropiada a cada creyente por el Espíritu Santo. La oración es un trato de cercanía y confianza entre Dios Padre y sus hijos.

 

La oración cristiana no es simplemente la concentración que supera nuestra dispersión, ni el silencio que acalla los ruidos, ni el sosiego en nuestras prisas. La oración es conversación filial con el Padre; es escucha y es respuesta; es comunicación de corazón a corazón, entre el corazón de Dios y nuestro corazón.

 

La oración no es una sublime actividad del espíritu reservada a personas selectas. Es también comunicación de los pobres, de los débiles y enfermos. “No os pido que hagáis grandes y delicadas consideraciones en vuestro entendimiento; no quiero más de que le miréis” (Camino 42,3). El Señor nos invita: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt. 11, 28). Dios revela la sabiduría del Evangelio a los pequeños y se la oculta a los autosuficientes. En la oración escuchamos la voz del Señor que los ruidos a veces interfieren. Por la oración reconocemos el rostro de Jesús en los pobres, enfermos y maltratados por la vida. En la oración se nos muestra la otra cara de la vida y de la historia.

 

La oración supone la fe en Dios que se nos revela y comunica en Jesucristo. No rezamos frente a un muro de vacío y silencio que nos devuelve el eco de nuestras súplicas. Hablamos con Dios que nos ha creado e impreso en nosotros su imagen (cf. Gén.1, 27); que nos ha reconciliado consigo en la cruz de su Hijo (cf. 2 Cor. 5, 1); que nos ha dado su Espíritu para invocarlo como ¡Abbá”, Padre! (cf. Rom. 8,15). Estamos interiormente habitados (cf. Jn.14, 23). Sin la fe en Dios nuestra oración quedaría desfundamentada y reducida a una ensoñación y un desahogo. Oramos a Dios nuestro Padre animados por el amor de hijos y llevando en la misma oración el cuidado por los hermanos. El Espíritu Santo, regalado por Jesús como Don incomparable, suscita en nuestro corazón el amor filial a Dios y el amor fraternal a los hermanos. El Espíritu Santo “da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Rom 8,16). La oración cristiana posee las marcas inconfundibles de la relación con el Padre, el Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo. Es una oración sellada trinitariamente.

 

La fe y la oración se refuerzan mutuamente. La oración es despertador de la fe, que yace a veces como aletargada. Si la respiración es el acto elemental de la vida, de modo semejante la oración es el aliento de la fe ofreciéndole oxígeno. Orando soplamos sobre las cenizas que ocultan la fe para que caliente el fuego escondido y se encienda la llama apagada. La oración nos conecta con el poder de Dios, que habita en nosotros como fuente inagotable de amor y de esperanza.

 

La oración “no es otra cosa, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (Vida, 8, 5). Para ser verdadero el amor y dure la amistad se encuentran en la oración el amor de Dios que nunca falta y el nuestro que el Señor va suscitando. La oración se sitúa en el dinamismo del amor. Este amor no se cierra entre Dios y el alma; actúa y se abre en el seno de la Iglesia y desborda en el amor a los demás. La oración humilde conduce a descubrir el rostro de Jesús pobre, nuestra pobreza interior y a los pobres como presencia del Señor.

 

La oración es atenta relación personal. En la oración la persona está “a solas” en comunicación con Dios. Esta soledad, además de ser ingrediente de la oración, es también condición de toda genuina humanización. Actualmente corremos el peligro de agitarnos en prisas, de derramarnos como el agua, de saturar el espíritu con mil cosas que nos distraen y nos incapacitan para pensar y para asimilar lo que recibimos, sucumbimos a las distracciones que nos reclaman incesantemente y nos roban la interioridad. El espíritu del hombre tiene su vitalidad y su ritmo de ejercicio que tantas cosas y tan apresuradas lo desquician.

 

2.-La oración cristiana.

La oración que Jesús enseñó a sus discípulos, cuando le pidieron: “Enséñanos a orar”, tiene una originalidad inconfundible. El Padre Nuestro, que es como la síntesis del Evangelio en forma de plegaria, es la oración principal de los discípulos de la primera hora y de los que hemos venido generación tras generación. Se distingue de la oración de los discípulos de Juan el Bautista, de la oración de los fariseos y de la oración de los paganos. Su originalidad brilla también hoy. No se confunde con otras formas orantes.

 

La oración aparece constantemente en los escritos de Santa Teresa. Unas veces lamentando haberla abandonado, ya que a su parecer “no es otra cosa perder el camino sino dejar la oración” (Vida 19, 13). En otros momentos agradece a Dios que la haya encaminado de nuevo y determinadamente por la senda de la oración. En ocasiones pondera los bienes que procura la oración y exhorta a ella. No podría ser de otra manera ya que la vocación cristiana específica de Teresa fue ser monja contemplativa. Recuerda incansablemente que el amor y la humildad son dos actitudes básicas insustituibles en el orante, de las que deriva el desasimiento interior. “No puede haber humildad sin amor, ni amor sin humildad; ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado” (Camino 24, 2). Como buena pedagoga enseñó a orar y se detuvo en describir los grados de oración (cf. Vida, 11-20).

 

Comentó el Padre Nuestro, situándose de esta manera en la serie de comentaristas en la historia de la Iglesia, remitiendo a ellos y justificando de esta manera las dimensiones reducidas de su comentario. Teresa hace el elogio del Padre Nuestro, sorprendiéndose porque hallaba “en tan pocas palabras toda la contemplación y perfección metida, que parece no hemos menester de otro libro, sino estudiar en éste” (Camino 65, 3). Invita al rezo pausado del Padre Nuestro, que supone el conocimiento recibido en la iniciación cristiana.

 

La oración del Padre Nuestro es un pilar de la iniciación cristiana, como explica ampliamente el Catecismo de la Iglesia Católica. La iniciación cristiana comprende la transmisión de la fe, de la oración, de la forma cristiana de vivir y de la incorporación a la Iglesia con sus sacramentos y vida en común.

 

A la catequesis, que debe aunar la transmisión de la fe y la introducción a la oración, la comunicación de la verdad y el contagio del amor, es aplicable también lo que San Buenaventura escribió a propósito de la teología. “No crea nadie que le basta la lectura sin la unción, la especulación sin la devoción, la investigación sin la admiración, la circunspección sin el regocijo, la pericia sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia divina”. (Itinerario del alma a Dios, Prólogo 4). Santa Teresa, maestra de espirituales, nos enseña a ser iniciadores en la vida cristiana.

 

El Año Jubilar Teresiano es una oportunidad para recordar la necesidad vital de la iniciación cristiana de niños y adolescentes en las familias y en las comunidades eclesiales. La iniciación cristiana sin continuidad quedaría como fruto en agraz; y los iniciados sin vida en comunidad estarían expuestos a la intemperie.

 

         3.- Oración y caridad.

         La oración no es ensimismamiento autocomplaciente; ni el orante se encierra en sí mismo, desentendiéndose del mundo. La oración cristiana abre al amor y al servicio de los demás. Así escribió Santa Teresa directamente a sus monjas: “Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve el matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras” (Moradas VII, 4,6). La comunicación orante con Dios en la morada más íntima, que llama “matrimonio espiritual”, conduce a la configuración con Cristo paciente, a cargar con los trabajos diarios y al servicio sacrificado a los demás.

 

A Jesús se le hospeda debidamente, enseña la Santa, con la escucha atenta de María y con la actividad hacendosa de Marta. “Creedme que Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor” (cf. Moradas VII, 11, 14). A Dios servimos con pensamientos, palabras y obras. La voluntad de Dios se resume en amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a nosotros mismos (cf. Mc. 12, 28-31). El realismo cristiano de Santa Teresa unió siempre las dos caras del amor; y esta percepción evangélica la iluminó para el discernimiento espiritual.

 

EL Papa Francisco nos enseña en el Mensaje para la próxima Jornada Mundial de los Pobres, que celebraremos el 19 de noviembre: “La oración, el camino del discipulado y la conversión encuentran en la caridad, que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evangélica”. “El fundamento de las diversas iniciativas concretas que se llevarán a cabo durante esta Jornada será siempre la oración. No hay que olvidar que el Padre nuestro es la oración de los pobres. El Padre nuestro es una oración plural: el pan que se pide es “nuestro”, y esto implica comunión, preocupación y responsabilidad común. En esta oración todos reconocemos la necesidad de superar cualquier forma de egoísmo para entrar en la alegría de la mutua aceptación”.

 

Para los abulenses “la Santa” significa obviamente la persona de Santa Teresa; pero también la iglesia levantada en el emplazamiento de su casa natal. Muchas personas antes de volver a casa después de haber cumplido las tareas que las llevaron a la ciudad, pasan por la Santa. El Año Jubilar Teresiano nos convoca a  a la iglesia de la Santa para encontrarnos con Santa Teresa de Jesús. En el calor de su hogar, en el rincón de su nacimiento, nos acogemos a la sombra bendita de su intercesión.

 

Ávila, 15 de octubre de 2017

 

Mons. Ricardo Blázquez Pérez

Cardenal Arzobispo Metropolitano de Valladolid

Presidente de la Conferencia Episcopal Española