Santa María, madre de Dios

Santa María, madre de Dios

Santa María, madre de Dios

29 Septiembre, 2017

“Fue un orador excelente, hasta el punto de que muchos iban a escucharle los domingos en la catedral. Armonizó la elocuencia del predicador, el atractivo de la belleza literaria en el decir, la adaptación a la capacidad receptiva de los contenidos por parte de los oyentes que sosegadamente y sin esfuerzo seguían la exposición, la potencia de la voz y los recursos para suscitar y sostener la atención del auditorio.”

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Agenda del Cardenal
Programa Pastoral Diocesano 2017
Cartas pastorales

Don Marcelo

Basta el nombre para que los vallisoletanos y en general los españoles con cierta edad y conocimiento de la Iglesia sepamos a quién nos referimos. Ocupó un lugar destacado en nuestra historia durante varios decenios. Hoy quiero recordar a D. Marcelo, porque el día 16 de enero se cumplen 100 años de su nacimiento en Villanubla. En la parroquia se conserva el báculo pastoral donado por él que yo he utilizado para presidir la Eucaristía. Es para nosotros motivo de orgullo honrar su memoria. Fue hijo eminente de nuestra provincia, de nuestra diócesis y miembro de nuestro presbiterio diocesano.

Unas fechas para precisar su itinerario: Ordenado Presbítero en Valladolid el 29 de junio de 1941 después de terminar los estudios en Comillas; Obispo de Astorga de 1961 a 1966; Arzobispo de Barcelona desde 1966 hasta 1972, años turbulentos tanto en el orden eclesial del postconcilio como político, durante los cuales el rechazo inicial se mantuvo con dureza hasta el final. Fue trasladado al Arzobispado de Toledo, donde desplegó sus dotes extraordinarias de pastor. Murió el 25 de agosto de 2004. Yo tuve particular relación con D. Marcelo siendo obispo de Palencia, ya que en vacaciones vivía en Fuentes de Nava, donde él y su hermana Angelita tenían una casa. Recuerdo con honda gratitud el ánimo que me transmitió en la celebración del inicio de mi ministerio episcopal en la catedral de Bilbao. Siempre experimenté su afecto y apoyo.

Deseo subrayar tres aspectos de la actividad de D. Marcelo, que me parecen sobresalientes. Fue delegado arzobispal de Cáritas Diocesana desde 1941 hasta 1961. Fundó el Patronato de San Pedro Regalado para obras sociales; la impronta caritativo-social de la fe le caracterizó siempre. En sintonía con esta veta apostólica fue elegido por los obispos para diversos encargos en la Conferencia Episcopal. Fue un orador excelente, hasta el punto de que muchos iban a escucharle los domingos en la catedral. Armonizó la elocuencia del predicador, el atractivo de la belleza literaria en el decir, la adaptación a la capacidad receptiva de los contenidos por parte de los oyentes que sosegadamente y sin esfuerzo seguían la exposición, la potencia de la voz y los recursos para suscitar y sostener la atención del auditorio. Tuve la oportunidad de escucharle en bastantes ocasiones, sobre todo en Ávila.

Un tercer aspecto de su largo ministerio episcopal es el siguiente: Cuando D. Marcelo llegó a Toledo la situación del Seminario era de decaimiento, como muchos en aquellos años. Pues bien, en poco tiempo remontó la debilidad y adquirió un vigor admirable, acertando en la elección de los formadores y acompañando de cerca al Seminario. Pronto la sólida formación teológico-espiritual, la intensa pastoral vocacional que ha continuado los años siguientes, la serenidad en la vida cotidiana de los seminaristas, el entusiasmo por el ministerio sacerdotal, hicieron que de muchos lugares recibiera candidatos el Seminario de Toledo. Es comprensible que varios presbíteros formados en aquel Seminario hayan recibido el ministerio episcopal.

Durante muchos años presidió la fiesta de la Transverberación de Santa Teresa de Jesús en el Carmelo de la Encarnación de Ávila. Quien fue capellán del Monasterio desde el año 1966 hasta el final de su ministerio por motivos de enfermedad, D. Nicolás González, tuvo el acierto de reunir en un volumen las 27 homilías pronunciadas por D. Marcelo en esa fiesta celebrada el 26 de agosto (Card. González Martín, Véante mis ojos. Santa Teresa para los cristianos de hoy, Edibesa. Madrid, 2003). El libro fue prologado por el Card. Antonio Cañizares, Obispo de Ávila desde el año 1992; más tarde sería sucesor de D. Marcelo en Toledo y continúa presidiendo la fiesta de la Transverberación. Merece la pena leer las homilías, y, si el lector escuchó predicar a D. Marcelo, podrá entre líneas oír el eco de su voz. En cada homilía apreciamos cómo la memoria de Santa Teresa proporciona luz para enfocar la vida cristiana, la situación de la Iglesia y otros acontecimientos de la sociedad.

¿En qué consistió y qué significa la Transverberación del corazón de Santa Teresa de Jesús? En “El Libro de la vida” (29, 13) narra la visión de un ángel con un dardo de fuego atravesándole el corazón; es una visión de orden espiritual. La gracia del dardo aconteció por primera vez hacia el año 1560. “Me dejaba toda abrasada en el amor de Dios”. En el retablo de la capilla de la Transverberación se encuentra un cuadro que es copia del grupo escultórico de L. Bernini “Éxtasis de Santa Teresa”, que se encuentra en la iglesia de Santa María della Vittoria en Roma, de patetismo barroco e intensidad dramática. Esta representación de Santa Teresa aparece también en la basílica subterránea de Lourdes. ¿Por qué no poner mejor para recordar a Santa Teresa en el santuario mariano el retrato auténtico pintado por Fr. Juan de la Miseria, en lugar del cuadro de gran teatralidad imaginativa del Bernini?. En todo caso en la iglesia del convento de la Encarnación hay una capilla denominada de la Transverberación; es un hecho de carácter místico que experimentó la Santa varias veces y que recuerda en diversos escritos.

El dardo viene de Dios por un ángel; no es producto de su imaginación. Le causa al mismo tiempo “dolor grandísimo” y “suavidad excesiva”. Este “episodio cumbre” significa que “la presencia de Cristo se ha unificado, concentrado y desbordado” en la experiencia intensa del amor de Teresa (T. Álvarez). Desea morir para ver al Señor y gozar eternamente de su presencia. El amor se le convierte en surtidor de deseos que la distancia en su pleno cumplimiento hace inefablemente doloroso.

Con frecuencia D. Marcelo lo recuerda: “Ya es tiempo de verte, mi Amado” (p. 163). “El Señor se deja adorar por los hombres que le aman” (p. 226). “Quiero llegar a la cumbre del amor hasta la muerte” (p. 232). El dardo que hirió el corazón de Teresa le dio valor para afrontar todos los trabajos y pruebas de la vida (cf. p. 245).

Celebramos con gratitud los cien años del nacimiento de D. Marcelo. ¡Qué Dios le premie su vida entregada y fecunda! .

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

“Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.”

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Agenda del Cardenal
Programa Pastoral Diocesano 2017
Cartas pastorales

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

“Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.”

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Programa Pastoral Diocesano 2017
Cartas pastorales

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

“Sin querer suscitar desconcierto alguno en Ud., deseo reconocer ante todos abiertamente la ejemplaridad de su vida. Ha seguido su vocación de escritor y periodista, renunciando a otros posibles caminos; se ha dedicado personalmente a su vocación con su tiempo y estilo de vida, con laboriosidad y paciencia. Ha renunciado a distracciones que le habrían entretenido, pero habrían disminuido su concentración y lo acendrado de su servicio”

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Entrega de la cruz ‘Pro Ecclessia et Pontífice’ a José Jiménez Lozano

(I.E.V. 16-30- Noviembre – 2017)

Para mí es un motivo de satisfacción haber solicitado al Papa, que haya sido atendida la petición y hoy poder entregar a Ud. la cruz “Pro Ecclesia et Pontifice”. Es un reconocimiento merecido, es signo de nuestra gratitud y también de esperanza. Me alegro mucho de que el Papa ratifique de esta forma nuestro agradecimiento y se una a nuestra felicitación. Continuamos esperando sus colaboraciones periodísticas y sus libros, su palabra avalada por una trayectoria admirable. Comprendo que Ud. haya necesitado “tanta liberalidad al menos como el hecho de que le haya sido concedido este honor”, pero me permita que le asegure que no debe albergar ningún desconcierto en su gratitud. Estos sentimientos, a mi modo de ver, manifiestan la humildad de un verdadero intelectual que siempre ha actuado como discípulo de la verdad, del bien y de la belleza.
Sin querer suscitar desconcierto alguno en Ud., deseo reconocer ante todos abiertamente la ejemplaridad de su vida. Ha seguido su vocación de escritor y periodista, renunciando a otros posibles caminos; se ha dedicado personalmente a su vocación con su tiempo y estilo de vida, con laboriosidad y paciencia. Ha renunciado a distracciones que le habrían entretenido, pero habrían disminuido su concentración y lo acendrado de su servicio. Ha tenido y tiene cosas que decir y sabe decirlas con belleza y atractivo. Su estilo es inconfundible pues brota de su persona, y sabemos que el estilo es el hombre. No quiero sacar a nadie los colores, si afirmo que personas de esta altura son como lumbreras en la oscuridad e incertidumbre de nuestro tiempo.
Fiel a sus orígenes, a la historia en que ha ido madurando y a los desafíos y oportunidades de cada momento ha respondido Jiménez Lozano con nítido sentido humano y cristiano de la existencia, con numerosísimas lecturas que han ido saciando su curiosidad universal y alimentando su búsqueda más honda, y, como es saludable un cierto inconformismo, con el impulso permanente a la renovación y reforma. En este itinerario largo y fecundo nos ha venido entregando sus frutos; más aún, él mismo se nos ha entregado generosamente.
Desde Alcazarén, desde un rincón de Castilla, ha ensanchado su espíritu a las dimensiones del mundo y de la historia. Lo auténticamente humano y cristiano no tiene fronteras, es universal. Su pasión por la lectura, que prendió en la familia y la escuela, no se ha apagado nunca. Su vida es un monumento de entrega sacrificada a su vocación y de cumplimiento fiel de su misión. La participación sencilla en la comunidad parroquial, la vida como vocación y misión al servicio de la fe cristiana y de la dignidad del hombre tienen su cimiento en Dios. Con otra imagen tomada del profeta Jeremías: “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, no dejará por eso de dar fruto” (17, 7-8). El tiempo en su discurrir propicio o adverso nos deja en ocasiones a la intemperie; resiste el que está sólidamente edificado (cf.Mt7,24-25). En Ud. se han juntado sin fisuras la sabiduría de la fe y la asimilación de la mejor herencia de la historia, la dedicación a la palabra escrita y la misericordia por los que sufren, que aprendió en su hogar.
Produce asombro la amplitud de su obra escrita; fue corresponsal en Roma durante tres periodos del Concilio Vaticano II; le ha ocupado tiempo el estudio de personajes como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León,… No olvidemos que Langa, su pueblo natal, está dentro de lo que un profesor (D. Alfonso Querejazu), venido de lejos y aclimatado en Ávila, llamaba seguramente con alguna exageración el “triángulo de la cultura”: Ávila, Fontiveros, Madrigal. Ha evocado numerosas figuras bíblicas, de las cuales con perspicacia ha sacado luz y orientación para nuestro tiempo. La historia ha sido para Jiménez Lozano fuente de inspiración; el pasado distante con sus páginas sabias y bellas es actualizado para nosotros. Además, ha escrito novelas y cuentos, innumerables artículos de periódico; su columna es esperada semanalmente.
La serie de premios que ha recibido, aunque por él no lo sabríamos dada su inclinación a la sobriedad y discreción, manifiestan el reconocimiento de su obra bien hecha, de su obra estimulante y magistral. Premio de Castilla y León de las Letras, Premio Nacional de la Crítica, Premio Miguel de Cervantes, Premio ¡Bravo!, otorgado por la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación de la Conferencia Episcopal Española… son sólo algunos.
Fue relevante su colaboración en la gestación y realización de las primeras Exposiciones de Las Edades del Hombre, que comenzaron el año 1988 en la catedral de Valladolid. Él y su amigo José Velicia, fallecido hace 20 años, junto con otras personas de alta calificación profesional, idearon un estilo original de exposición del riquísimo patrimonio de las Diócesis de Castilla y León, que se convirtió en éxito rotundo. En estas exposiciones, con palabras de Jiménez Lozano, se trataba “no sólo de abrir un espacio a la fruición estética, sino además de emitir un mensaje de índole teológico-catequética. Toda obra de arte está singularmente habilitada para cumplir esa misión mediadora del discurso teológico”.
La trayectoria de la vida y de la obra de Jiménez Lozano son una lección elocuente de cómo el cultivo de las raíces humanas y cristianas de Europa es fecundo para acertar en la encrucijada presente. Quien pierde las raíces del pasado queda limitado para levantar el vuelo hacia el futuro. La memoria genera esperanza. Olvidar las raíces de la historia debilita el vigor de las generaciones posteriores. La memoria de lo acontecido, que debe ser siempre amplia y nunca selectiva, propicia la corrección de lo que se hizo equivocadamente y alienta en la dirección de lo que fue acertado. La memoria es plural, y a veces oscilante; por ello, quien la explora debe estar abierto a su amplitud.
D. José, paisano admirado y querido, reciba mi cordial felicitación.

“La coronación de la imagen de nuestra Patrona fue una manifestación de la devoción hondamente arraigada entonces y hoy. ¿Qué significa a comienzos del siglo XXI la coronación de una imagen de la Virgen? ¿Qué responderían unos padres a sus hijos que admirados por el gesto de la coronación les preguntaran por su significado?”

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Centenario de la coronación de
Nuestra Señora de San Lorenzo

(I.E.V. 1-15- Noviembre – 2017)

El día 21 de octubre celebramos gozosamente el centenario de la coronación de Nuestra Señora de San Lorenzo, Patrona de Valladolid, que había tenido lugar el 21 del mismo mes de 1917, siendo Arzobispo el Cardenal José María Cos. Agradecemos a todos, particularmente al párroco y a la Hermandad de la Virgen de San Lorenzo, la preparación y animación de la fiesta.

La coronación de la imagen de nuestra Patrona fue una manifestación de la devoción hondamente arraigada entonces y hoy. ¿Qué significa a comienzos del siglo XXI la coronación de una imagen de la Virgen? ¿Qué responderían unos padres a sus hijos que admirados por el gesto de la coronación les preguntaran por su significado? Es una manifestación de la devoción popular a la Virgen, Madre del Señor y nuestra Madre. La corona significa dignidad y honor, excelencia y victoria, culminación gloriosa de la existencia humilde de María. Para que la coronación no sea sólo un rito bello y llamativo sino también expresivo de los sentimientos de los fieles necesitamos recurrir a la historia de la coronación de las imágenes de la Virgen, al fundamento cristiano de la coronación y también a la manera evangélica de ser Reina y de recibir la corona de la gloria.

Representar a la Virgen María ceñida con la corona regia se remonta a los tiempos del Concilio de Éfeso (año 431); y coronar las imágenes de la Virgen es una tradición inaugurada por el Papa Clemente VIII con la coronación de la imagen venerada en Santa María la Mayor. En el año 1933 el capuchino Anselmo de Reno llegó a contar hasta 176 imágenes de la Virgen, veneradas y coronadas fuera de Roma. El enunciado del quinto misterio glorioso del Rosario es la coronación de la Virgen María como Reina de los Ángeles y los Santos. Los misterios de gloria alimentan en los creyentes la esperanza de la meta prometida por Dios y cumplida en Jesucristo (cf. 1 Cor.15, 20-25).

¿Cuál es el fundamento en virtud del cual nuestra piedad reconoce a María como Reina y entre otros signos corona su imagen? La Asunción de María al cielo es celebrada el 15 de agosto; y a los ocho días, el 22, celebramos la memoria litúrgica de “María Reina”. Las dos fiestas están enlazadas. María estuvo estrechamente unida a su Hijo Jesús en todo el recorrido de su vida terrena, de su muerte y de su glorificación. María concibió virginalmente, gestó con amor y alumbró a Jesús en Belén. María crió, educó y acompañó el crecimiento de Jesús en Nazaret. María fue también discípula de Jesús, oyendo su Palabra y practicándola; junto a la Cruz de Jesús se mantuvo fielmente consintiendo como madre en la entrega de su Hijo al Padre por la salvación del mundo. María ha seguido a su Hijo resucitado y sentado a la derecha del Padre, siendo elevada al cielo y coronada como Reina y Señora. María es inseparable de Jesús desde el comienzo de su vida hasta su muerte y resurrección. En su imagen coronada expresamos la alegría por su victoria. Confiamos que unidos a ella seremos protegidos por su intercesión y nos tenderá la mano en los peligros y tribulaciones de la vida. La coronación es una acción simbólica cuya significación aprendemos a la luz del Evangelio.

La unión estrecha de María con Jesús ilumina no sólo el fundamento sino también la manera de ser María Reina y Señora nuestra. No partimos de un concepto genérico de rey y de reina para trasladarlos a Jesús y a María.

En el proceso de Jesús ante Pilato a la pregunta del Procurador de Roma por su condición de rey, el acusado respondió: “Soy rey, pero mi reino no es de este mundo” (cf. Jn. 18, 33-37). Jesús fue ridiculizado poniendo sobre sus hombros un manto color púrpura, con una corona de espinas en la cabeza y llevaba un letrero donde estaba escrita la causa de su condena: “Jesús Nazareno, el Rey de los judíos”. Jesús es el Rey desde la cruz. En la cruz ejerce el señorío del amor y del perdón. “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir” (Mc. 10, 43). El Reino de Jesús es de otro estilo; no es de este mundo, no se ejerce con prepotencia que humilla sino con la misericordia que levanta. Pues bien, a partir de la realeza de Jesús debemos aprender el sentido evangélico de la realeza de María y consiguientemente del signo de su coronación. María es Madre y Reina de piedad y misericordia. Dios miró la humildad de su sierva y la exaltó, como cantamos con el “Magníficat” (cf. Lc. 1, 46 ss.).

Reproduzco a continuación los párrafos más relevantes de la nueva oración de la coronación: “Bendito eres, Señor, que dispersas a los soberbios y enalteces a los humildes. Tu Hijo, que voluntariamente se rebajó hasta la muerte de cruz, resplandece de gloria eterna y está sentado a tu derecha como Rey de reyes y Señor de los señores; y la Virgen, que quiso llamarse tu esclava, fue elegida Madre del Redentor y verdadera Madre de los que viven, y ahora, exaltada sobre los coros de los ángeles, reina gloriosamente con su Hijo, intercediendo por todos los hombres como abogada de gracia y reina de misericordia”. Al colocar la corona sobre la imagen de la Virgen, pedimos su protección y prometemos cumplir la ley del amor a Dios y a los hombres, sobre todo a los más pobres e indefensos. ¡Qué nuestra Señora de San Lorenzo proteja a los esposos y padres de familia, a los niños y jóvenes, enfermos y ancianos!. ¡Qué nuestra Patrona cuide a nuestra ciudad!.