Canonizaciones

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29 Septiembre, 2017

““Es necesario erradicar todos estos males”

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Agenda del Cardenal
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Programa Pastoral Diocesano 2017
Cartas pastorales

Canonizaciones

(I.E.V.15-31 octubre, 2018)

E l día 14 de octubre, en el marco del Sínodo de los Obispos, son canonizados el Papa Pablo VI, el mártir Mons. Óscar Romero, Arzobispo de San Salvador (asesinado durante la eucaristía el día 24 de marzo de 1980), la Madre Nazaria Ignacia March [nacida en Madrid el año 1889, Fundadora de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, muerta el día 6 de julio de 1943; cuyos restos reposan en la ciudad de Oruro (Bolivia)], y algunos más. Los santos son el fruto más precioso y maduro del Evangelio. Damos gracias a Dios porque “mediante el testimonio admirable de los santos fecundas sin cesar a tu Iglesia con vitalidad siempre nueva, dándonos así pruebas evidentes de tu amor. Ellos nos estimulan con su ejemplo en el camino de la vida y nos ayudan con su intercesión” (Prefacio). La proclamación de su santidad es al mismo tiempo glorificación de Dios y reconocimiento de una vitalidad salvífica en el seno de la Iglesia. ¡Ser santos es nuestra vocación! Hombres y mujeres, en su historia concreta y la propia fragilidad humana, han dicho sí a Dios sin reservas y han servido a las personas entregando la vida. La canonización es una fiesta que nos llena de gozo y nos alienta en la vida cristiana.
Pablo VI fue elegido Papa el día 21 de junio de 1963 y murió el día 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, del año 1978.  Es el Papa del Concilio, aunque lo había convocado Juan XXIII y presidió el periodo de 1962. El Papa Pablo VI recibió el Concilio de manos de San Juan XXIII como una llamada de Dios mismo. No es exagerado afirmar que Pablo VI providencialmente presidió el Vaticano II. Estuvo al frente con la autoridad del sucesor de Pedro y con espíritu colegial lo respetó en su largo y complicado itinerario. Por preparación teológico-pastoral sintonizó desde el principio con el Concilio, de modo que al morir Juan XXIII el nombre más repetido para sucederle era el card. Montini. A Pablo VI la fidelidad al Concilio y la agitación inmediatamente postconciliar le exigieron sufrimientos inmensos. Sólo Dios y él conocieron las dimensiones de la cruz. Prestó con su vida, personalidad, ministerio papal, fidelidad y paciencia un servicio inestimable a la Iglesia. Pablo VI fue “un don del Señor a la Iglesia y a la humanidad” (Juan Pablo II).
Quiero recordar dos hechos que resaltan aún más su figura. Pablo VI hizo pública el día 25 de julio de 1968, hace cincuenta años, la encíclica Humanae vitae sobre la regulación de la natalidad. La reacción, también en amplios sectores de la Iglesia Católica, fue muy dura. Aquel verano estaba yo en Alemania y me sorprendió el rechazo tan virulento de muchos medios de comunicación social. Pero con el tiempo se calificó la encíclica como “profética”, justamente cuando estaba naciendo y gestándose la “revolución sexual”. El mismo Papa quedó profundamente afectado; de hecho, no publicó en adelante ninguna encíclica, lo cual no significa evidentemente que renunciara al ejercicio del ministerio docente. Pues bien, es llamativo que los milagros requeridos para la beatificación y la canonización hayan acontecido en el campo de la vida en gestación. (R. Fisichella).
El segundo dato que quiero recordar en estos días en que celebramos la canonización de Pablo VI es también sorprendente. La fiesta de la Transfiguración del Señor había atraído su atención cristiana y pastoral desde hacía tiempo. De hecho, el día 6 de agosto de 1964 fue la fecha elegida para hacer pública su primera encíclica Ecclesiam suam, de alguna forma programática de su pontificado, conocida también como la encíclica del diálogo. En su escrito impresionante Pensamiento ante la muerte todo está iluminado por la luz del Tabor. La Transfiguración era para el papa Montini el icono de una vida que merecía la pena ser vivida hasta el fondo. Incluso cuando la contestación en la Iglesia arreciaba, mas nunca vino a menos su esperanza. Pablo VI estuvo siempre, según testifican los que convivieron con él, sereno sostenido por la confianza en Dios. Su secretario particular Mons. Magee recoge con estas palabras las que el Papa manifestaba: “Hacia el final de su vida el Siervo de Dios me decía con frecuencia que sabía que estaba cercana su muerte, pero esperaba que habría tenido el gozo de presentarse al Señor justamente el día de la solemnidad de la Transfiguración. Y aconteció ese día su muerte” (R. Fisichella, Ho incontrato Paolo VI. Su santidad en la voz de los testigos, Cinisello Valsamo 2018, p.93).
Dos coincidencias: Milagros y encíclica Humanae vitae y muerte el día de la Transfiguración del Señor como él deseaba. Estas coincidencias, cuando la persona es sensible al paso imperceptible de Dios y a su palabra silenciosa, son también elocuentes de la amistad de Dios y del santo, de nuestro Señor Jesucristo y de su Vicario en la tierra. ¡Tres santos y grandes Papas –Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II- refuerzan lo que dice el Espíritu de Dios a su Iglesia (cf.Apoc. 3, 22) a través del Concilio Vaticano II! En la presente encrucijada de la humanidad, en el actual cambio de época, el Señor llama a la Iglesia a introducir en la historia la luz y la fuerza perennes del Evangelio. La canonización de Pablo VI es para nosotros también una señal alentadora, a pesar de las incertidumbres de la hora presente.
No quiero terminar esta carta sin aludir de nuevo a Mons. Óscar Romero y a la Madre Nazaria. Por una parte, la atención a los pobres y excluídos está en el corazón del Evangelio y es signo acreditativo de la santidad (cf. Mt. 25, 34 ss.). Por otra, me parece muy oportuno recordar que en la persecución por el Evangelio que arrebató martirialmente la vida a Mons. Romero, se pueden contar también a dos profesores jesuitas, nacidos en Valladolid, que fueron también asesinados en El Salvador, el día 16 de noviembre de 1989, Segundo Montes Mozo e Ignacio Martín-Baró. El cumplimiento fiel del ministerio apostólico por Mons. Romero y el testimonio del amor a los pobres por parte de Madre Nazaria se han unido en la misma celebración.

Homilía en la fiesta de Nuestra Señora de San Lorenzo

(I.E.V.1-15 octubre, 2018)

1)  La fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María tiene un profundo arraigo entre nosotros. Bajo la advocación de Ntra. Sra. de San Lorenzo, es la patrona de nuestra ciudad. Es nuestra “Madre y Reina”.  Compartimos la misma fiesta con Ntra. Sra. de Covadonga en Asturias, la Virgen de la Peña en Ciudad Rodrigo, Ntra. Sra. del Coro en San Sebastián, Ntra. Señora de la Cinta en Huelva, y al otro lado del Atlántico Ntra. Señora de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, etc. La Virgen de San Lorenzo ha sido invocada como Patrona de Valladolid desde 1637; el año pasado celebramos el centenario de la coronación que tuvo lugar el día 21 de octubre de 1917. Saludo a todos, hermanos y cofrades, ciudadanos y autoridades, con afecto y respeto.
La amplia difusión de esta fiesta contrasta paradójicamente con el silencio del Nuevo Testamento sobre el nacimiento de la Virgen María. El que la Madre de la Palabra de Dios entre en silencio en la historia está en sintonía con la ocultación y la sencillez de Ntra. Señora. A diferencia del ritmo tan ruidoso de nuestra historia, hasta el punto de que hablamos con los demás sin escucharnos, de que acumulamos información sin profundizarla, de que la velocidad de la vida nos impide degustar la misma vida, la de María es tranquila, sosegada y meditativa. ¡Qué bien nos vendría detenernos junto a María para aprender a vivir sin precipitaciones! María es la Virgen del silencio. Si nos derramamos exteriormente, no creceremos por dentro.
Al silencio de los evangelios canónicos han querido responder con divagaciones los evangelios apócrifos, sobre todo el llamado Proto-evangelio de Santiago, de finales del siglo II. A mediados del siglo V, después de los Concilios de Éfeso (431) y de Calcedonia (451), numerosas predicaciones de los Padres de la Iglesia hacen referencia ya a la fiesta de la Natividad de María.
San Andrés de Creta (660-740), nacido en Damasco y arzobispo de Creta, autor de unos Sermones sobre la Virgen escribió en el primero: “Convenía que esta fulgurante y sorprendente venida de Dios a los hombres fuera precedida de algún hecho que nos preparara a recibir con gozo el gran don de la salvación. Y éste es el significado de la fiesta que hoy celebramos, ya que el nacimiento de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes, exordio que hallará su término y cumplimiento en la unión del Verbo con la carne que le estaba destinada. El día de hoy nació la Virgen; es luego amamantada y se va desarrollando; y es preparada para ser la Madre de Dios, rey de todos los siglos”. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. La sombra se retira ante la llegada de la luz. La fiesta de hoy convierte en realidad lo que no era más que símbolo y figura. Comienza a desarrollarse el designio de Dios en su etapa culminante.
En Roma penetró la fiesta de la Natividad de la Virgen hacia mitad del siglo VII, junto con la de la Purificación, Anunciación y Asunción de María, por obra sobre todo de los monjes emigrados de los países de Oriente. Según la tradición sus padres fueron Joaquín y Ana; así se comprende cómo el templo levantado en Jerusalén para enaltecer el lugar del nacimiento de la Virgen llamado Santa María de la Natividad, cambiara de nombre por el de Santa Ana. El silencio, roto por las tradiciones, indica que María entra discretamente en la historia de la salvación, como hemos escuchado en el Evangelio (cf. Mt. 1, 1-18; Lc. 3, 23-37). La meditación creyente sobre el puesto de María en la historia de Jesús, el Mesías y Salvador del mundo, se ha ampliado en la piedad de los fieles. El amor a la Virgen, Madre del Hijo de Dios, ha dilatado el corazón de los discípulos de Jesús, ya que para la persona amante todo es significativo en la persona amada.
María, Madre y Reina de Valladolid, es nuestra patrona. A ella acudimos con la confianza de que intercede por nosotros, de que escucha nuestras oraciones, de que nos acompaña en la vida con su amor, de que podemos recurrir a ella que es, según una invocación tradicional, “omnipotencia suplicante”; al lado de su Hijo con su poderosa intercesión nos protege y defiende, cuida de nosotros y nos toma de la mano, como una madre a su hijo pequeño.
La devoción a Ntra. Señora de San Lorenzo forma parte desde hace siglos de nuestra historia como ciudad. La celebración de cada año nos une con nuestros antepasados, con los que nos han precedido en la vida, en la fe y en la devoción a la Virgen, compartiendo de generación en generación el mismo legado cristiano, que cada año debemos actualizar espiritualmente para que no se reduzca a un nombre vacío y a una tradición rutinaria. La devoción a la Virgen de San Lorenzo toca las fibras más profundas de nuestra persona, y reanima los valores de respeto y de paz, de justicia y de solidaridad. Como ciudad somos no sólo muchas viviendas cercanas sino también convivencia de ciudadanos que comparten una misma historia. El trabajo y la fiesta nos hermana.
2) Natividad significa nacimiento y comienzo; y también puede ser origen y fundamento de futuro. Los textos litúrgicos de esta fiesta dirigen nuestra mirada a contemplar a María en su nacimiento como primicia de un orden nuevo y puerta de salvación. He aquí algunas referencias de la celebración. Pedimos a Dios que “cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su nacimiento”. “Dichosa eres, Santa Virgen María, y muy digna de alabanza: de ti ha salido el sol de justicia, Cristo nuestro Señor”. “Que se alegre tu Iglesia, Señor, en el nacimiento de la Virgen María, que fue para el mundo esperanza y aurora de salvación”. Cuando nació la Santísima Virgen, el mundo se iluminó. ¡Dichosa estirpe, raíz santa, bendito su fruto!”. María es la Madre de Jesucristo el autor de la vida y de la salvación.
Hay una concatenación de acciones de Dios que, por su fidelidad, no interrumpe: Amor, elección, predestinación, llamada, justificación y glorificación (cf. Rom. 8, 28-30). El itinerario de María está custodiado particularmente por la sombra bendita de Dios: Concebida sin pecado original, nacida con especial providencia, llamada a ser la Madre del Hijo del Altísimo, alumbramiento del “Dios-con-nosotros” en Belén, criadora y educadora de Jesús, discípula y seguidora hasta la cruz, asunta y coronada en el cielo. María entra en este itinerario también con su Natividad, que tiene su fuente y origen en el designio eterno y amoroso de Dios.
La fiesta de la Natividad de la Virgen nos invita a acudir a ella en todos nuestros comienzos, en la presentación de los recién nacidos a Ntra. Señora de San Lorenzo, en el inicio de nuevas etapas, en la postración de la que deseamos ser liberados. Buscamos una salida cuando experimentamos que el futuro es incierto y está oscurecido. Allí donde despunta la luz, está María abriendo un comienzo esperanzador. Cuando aparece una oportunidad de renovación, está María alentando un nuevo comienzo. Si mirando hacia atrás podemos quedar como petrificados en la añoranza estéril; mirando con María, Madre de todos los comienzos, hacia adelante se despierta en nosotros el ánimo y la decisión para trabajar por un mundo nuevo. ¡Que María en su Natividad encamine nuestra vida hacia un porvenir fecundo! ¡Siempre hay motivos para la esperanza a su lado y con ella!  Por ello invocamos a María como “Madre de misericordia y esperanza nuestra”.
En estos días, en que celebramos la Natividad de la Virgen, Ntra. Sra. de San Lorenzo, comenzamos un nuevo curso escolar y académico, nuevas tareas pastorales, nuevo impulso social y político; pasamos del descanso estival al trabajo diario. En el gozne está nuestra fiesta patronal, en que por intercesión de la Virgen rezamos: “Señor que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente y tienda siempre a ti, como a su fin”.
3) Juan del Enzina, nacido en Salamanca el año 1469 y muerto en León en 1529, fue discípulo de Nebrija; vivió en Roma algún tiempo; recibió la ordenación sacerdotal en 1519, a los cincuenta años. De su Cancionero, publicado en Salamanca el año 1496, son los siguientes versos dirigidos a María como una súplica que yo ahora rezo en nombre de todos: “¡Oh Madre de Dios y hombre! / ¡Oh concierto de concordia! / Tú que tienes por renombre / Madre de misericordia; / pues para quitar discordia/ tanto vales, / da remedio de nuestros males”.
Tres palabras de la misma raíz resaltan en esta oración, a saber, concordia, misericordia y discordia, que podemos traducirlas a nuestra situación personal, familiar y social. Para pasar de la discordia a la concordia debemos ir por el camino de la misericordia. La Virgen María, que es experta en reconciliar y que es “concierto de concordia”, nos acompañe en este itinerario.
Ante los brotes de discordia que pueden surgir dentro de las familias, en las relaciones sociales, en la comunidad cristiana y en la vida pública; e incluso en el interior de cada uno de nosotros estamos mal avenidos y divididos ya que por una parte sentimos la llamada a lo excelente y, por otra, la atracción a lo decadente (cf. Rom. 7, 15-22), pues aprobamos el bien, pero el mal nos domina, en una lucha dramática que sólo con la fuerza de Dios podemos vencer. ¿Cuáles son los motivos de nuestras discordias y rupturas?
Cuando padecemos la tentación de ceder a la división, acudamos a Ntra. Sra. de San Lorenzo, que es Madre de misericordia, para que por su intercesión recibamos un corazón compasivo capaz de percibir la verdad también en los otros, sin encerrarnos en el propio orgullo excluyente. No hay fraternidad sin justicia y sin amor, sin humildad y generosidad. En la situación actual del matrimonio y de la familia, pidamos la perseverancia del amor entre los esposos. El número tan alto de rupturas matrimoniales y las formas de convivencia tan provisionales crean una preocupante inestabilidad social con repercusiones negativas en la educación y maduración de los hijos.  ¡Las rupturas son fuente de sufrimiento! ¡Merece la pena luchar por la fidelidad! ¡La reconciliación es posible! ¡Se gana tanto con ella y se pierde tanto sin ella! ¡Que Sta. María nos dé acierto en la educación de las nuevas generaciones, en el discernimiento vocacional y la maduración para la vida con sus satisfacciones y sus pruebas! La próxima Asamblea del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en Roma durante el mes de octubre, tratará estas cuestiones tan importantes.
Venceremos las formas disgregadoras de la unidad por medio de María, Madre de misericordia y con la fuerza de Dios alcanzaremos la concordia, que es fermento de convivencia, trabajo conjunto y unidad de esfuerzos para afrontar las tareas, a veces complicadas, ante las cuales estamos emplazados. La concordia de los ciudadanos, suponiendo las legítimas diferencias, debe urgirnos en el servicio al bien común y al interés general. Para una vida humanamente fecunda, necesitamos activar los resortes interiores del amor verdadero y de la esperanza. La misericordia tiende a aunar; en cambio el rechazo altanero aísla a la persona encerrándola en su mundo, que es siempre pequeño.
Cuando los pobres y excluidos sean fraternalmente integrados en la vida social, es señal inequívoca de que edificamos una sociedad convivente y concorde a la medida de todo el hombre y de todos los hombres. ¿En quienes queremos vernos reflejados: En la imagen de dos personas enfangadas en el lodo y golpeándose mutuamente, como Goya pintó, o en la parábola evangélica del buen samaritano que se acercó a vendar las heridas y socorrer al tirado en la cuneta de la vida? (cf.Lc.10, 29-37).
Invoquemos a María con las palabras citadas del poeta Juan del Enzina: “Pues para quitar discordia tanto vales, da remedio a nuestros males”.

Comienzo del curso  pastoral e iniciación cristiana

(IEV 1ª Septiembre)

Después de unos días de descanso en el verano, empezamos el nuevo curso pastoral. A veces nos cuesta un esfuerzo particular pasar del reposo al trabajo; pero es bueno que desde el principio nos pongamos manos a la obra. La decisión sin remolonear, y el inicio sin desplazarlo al día siguiente despiertan nuestro espíritu y acrecientan la disponibilidad. Digamos al Señor: ¡Aquí estoy porque me has llamado!

Para el presente año pastoral queremos subrayar el trabajo sobre la iniciación cristiana, según hemos acordado en el Consejo del Presbiterio y en la Convivencia tenida hace pocos días en Villagarcía de Campos. Deseamos revisar la aplicación del Directorio Diocesano de la Iniciación Cristiana aprobado hace algunos años de cuyo alcance y capacidad de orientación estamos cada día más convencidos. Notamos que si fallan los cimientos, que proporciona la iniciación cristiana, todo el edificio que deseamos levantar con la vida cristiana y la vocación específica es muy endeble.

La iniciación cristiana es la asimilación personal y comunitaria de lo que constituye el ser cristiano, a saber, “la profesión de la fe”, “la celebración del misterio cristiano”, “la vida en Cristo” y “la oración cristiana” según titula el Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Qué creemos? ¿Qué celebramos en la liturgia? ¿Cómo debemos vivir los discípulos de Jesús? ¿Cómo es la oración de los hijos de Dios? Puede haber maneras diferentes, desde un punto de vista pedagógico, de iniciación cristiana; pero necesitamos que sea auténtica iniciación, sólida iniciación. Puede resistir, cuando soplan vientos y descargan aguaceros, lo que está edificado sobre roca (cf. Mt. 7,24-27). En la iniciación cristiana es necesario que la escucha de la Sagrada Escritura y la catequesis con el Catecismo de la Iglesia se den la mano. Para la iniciación cristiana, para madurar como cristianos, no bastan algunos conocimientos sueltos o diversas informaciones sobre el Cristianismo y la Iglesia. Necesitamos que podamos dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza (cf. 1Ped. 3,15).

La iniciación cristiana comporta encuentro personal con Dios o experiencia de la fe, conocimiento de la fe o saber qué creemos y por qué creemos y vida como cristianos o de otra forma que la fe actúe a través de la caridad. La instrucción sin la vivencia personal puede quedar en el aprendizaje de algunas nociones; la experiencia sin contenidos se diluye y la fe sin obras es una fe muerta (cf. Sant. 2,17). La iniciación cristiana abre el camino a una forma de vivir siguiendo la enseñanza de Jesús y con la fuerza de su Espíritu.

La fe y la oración están íntimamente unidas; oramos porque creemos, hablamos con Dios porque reconocemos que es nuestro Padre del cielo. La oración es como el oxígeno para la fe; la oración despierta la fe, anima la fe, fortalece la fe. El cristiano adopta la misma actitud ante Dios a través de la fe y de la oración. Nos abrimos a Él, confiamos en Él, le entregamos la vida, solicitamos su amor y su presencia en el camino de la vida. Si un niño ve a sus padres rezar, aprende a rezar y a creer, ya que la fe se transmite por la oración. Asimila una actitud que le trasciende, que le abre a una relación con Dios que juzga muy importante para él porque percibe que es muy importante para sus padres, en cuyo hogar va aprendiendo todo.

Para el despertar religioso y la iniciación cristiana hasta lo más sencillo posee un sentido grande. La iniciación cristiana es como la prolongación de la vida; podemos decir que es una tarea maternal y paternal. Si los padres de familia no cumplen esta preciosa misión, otros los suplantarán.

Para la iniciación cristiana es vital la familia. Los padres transmiten la fe por la compañía en los sacramentos de la iniciación, por su ejemplo, por la oración, por las catequesis ocasionales o más detenidas, por la explicación de lo que acontece, por los signos de la fe que ve en su casa, por la participación en las celebraciones litúrgicas y en las manifestaciones de la piedad popular. Para el despertar religioso y la iniciación posee un hondo sentido hasta lo más sencillo.

Que vean los padres si esas instancias son realmente convergentes con su forma de pensar o si obstaculizan lo que quieren transmitirles realmente. Los padres son insustituibles en la iniciación y educación de sus hijos, aunque necesiten colaboradores en el encargo más bello de su condición de padres. Los catequistas necesitan el apoyo de la familia para prestar el servicio que generosamente quieren cumplir.

Termino esta carta en el comienzo del curso pastoral recordando tres realidades que deben relacionarse estrechamente: Iniciación cristiana, continuidad perseverante y comunidad de hermanos en la fe. La iniciación cristiana por su mismo sentido debe tener una continuidad. La confirmación, en que concluyen los sacramentos de la iniciación, no es el sacramento de la despedida y del adiós. Somos iniciados para vivir cristianamente; por el sentido de la misma palabra se entiende que la iniciación introduce en un camino que debe ser tan largo como la misma vida. ¿Por qué se rompe tan fácilmente la continuidad, después de la iniciación? ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo debemos continuar? La vida es siempre tiempo de maduración personal. La continuidad será más fácil participando en una comunidad, en un grupo. Si nos aislamos, somos candidatos a la dispersión y a que languidezca lo que hemos recibido en la iniciación cristiana. ¿Por qué no intensificamos los esfuerzos para constituir y consolidar la renovada Acción católica de adolescentes, jóvenes y adultos?

Queridos amigos, os deseo un curso pastoral fecundo. Acudamos con prontitud y esperanza al tiempo de gracia que el Señor abre delante de nosotros. ¡Santa María, ven con nosotros al caminar!

 

Fiesta de Pentecostés y Apostolado Seglar

L a palabra griega “pentecostés” significa quincuagésimo. La fiesta de Pentecostés tiene lugar el quincuagésimo día después de Pascua. Con Pentecostés concluye la cincuentena pascual, que había comenzado el domingo de la Resurrección del Señor. La Iglesia celebra en Pentecostés la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos reunidos en Jerusalén, marca el origen de la Iglesia y de la misión apostólica. Según la promesa de Jesús, recibieron la fuerza del Espíritu Santo para ser sus testigos en Jerusalén y hasta el confín de la tierra (cf. Act. 1, 8).
San Pedro evoca en el discurso pronunciado el día de Pentecostés el cumplimiento de la profecía de Joel según la cual derramaría el Señor su Espíritu Santo sobre “vuestros hijos e hijas, ancianos y jóvenes, siervos y siervas” y profetizarán (cf. Act. 2, 17-18; Joel, 3, 1-2). Por la fe y el bautismo son hermanos en la comunidad cristiana los judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres insertados en Jesucristo (cf. Gál 3. 27-28; cf. Col.3, 9-11). La salvación de Dios en Jesucristo muerto y resucitado está abierta a todos los que invoquen el nombre del Señor (Act. 4, 11-12; Rom. 10, 9-17). No podemos encerrar en nuestros límites estrechos la amplitud universal del corazón de Dios.
Desde hace tiempo la fiesta de Pentecostés es el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, para recordar que todos en la Iglesia recibimos la dignidad cristiana como hijos de Dios y participamos en la misión evangelizadora. Nadie es imprescindible y nadie queda excluido; no hay privilegios ni discriminaciones.
La vocación cristiana es compartida por todos los que hemos sido iniciados por la fe y los sacramentos pascuales, es decir, por el bautismo, la confirmación y la eucaristía, para formar parte del nuevo pueblo de Dios. Son palabras del Concilio Vaticano II las siguientes: “El pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, su condición es la dignidad y libertad de los hijos de Dios, habita el Espíritu Santo en sus corazones como en un templo. Su ley es el mandamiento nuevo del amor y tiene la misión de dilatar el Reino de Dios (cf. Lumen gentium, 9).
La catequesis para preparar a los sacramentos de la iniciación cristiana es un servicio básico, que en estos meses culmina con las primeras comuniones y confirmaciones. La catequesis para la iniciación cristiana transmite la fe de la Iglesia, que no se puede reducir al aprendizaje de algunas fórmulas como “loritos”. Pero la catequesis tiene contenidos y memorizarlos inteligentemente es muy bueno. Esta catequesis inicia también a la oración, ya que fe y oración se implican mutuamente: La fe lleva a orar y la oración refuerza la fe. La catequesis para la iniciación debe ayudar a participar en la vida de la Iglesia como la familia de la fe; a su modo debe abrir a la misión evangelizadora y a la solicitud por los necesitados.
Las vocaciones al ministerio pastoral, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano, a vivir los consejos evangélicos en el mundo, a dedicar la vida al servicio de los pobres, a las misiones y organismos de caridad, suponen la común vocación cristiana, en que participamos por la iniciación.
Una de las vocaciones específicas es la vocación de los laicos o de los seglares, que desarrolla la constitución Lumen gentium en el capítulo IV, después de haber tratado el sentido y la misión de los obispos, presbíteros y diáconos, y antes de enseñar lo relacionado con la vida religiosa. Todas las vocaciones son preciosas, don de Dios al servicio de la Iglesia y de la humanidad. La llamada a la santidad es universal, no privativa de algunos cristianos, como ha subrayado el Papa Francisco en la Exhortación apostólica última. Pues bien, de los fieles cristianos laicos, de los que como cristianos viven el matrimonio y la familia, en la pluralidad de profesiones civiles, en la gestión de los asuntos temporales, en la educación, las actividades políticas y sociales, en la forma de vivir que tiene como luz, fermento y fuerza al espíritu Santo, dice el Concilio que “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, 30).
La Conferencia Episcopal Española desea desde hace algún tiempo promover de nuevo y con un nuevo rostro la Acción Católica, que tuvo entre nosotros una historia muy rica hasta finales de los años sesenta, cuando por la conflictividad del momento histórico casi desapareció. Estamos ya en una situación pastoralmente serena para retomar con decisión y confianza lo que el Concilio enseñó acerca de la misma Acción Católica (cf. Apostolicam actuositatem, 20). Invito a las parroquias, y con particular énfasis a las que no tienen otras realidades eclesiales con amplia participación de los laicos, a que hagan lo posible para constituir “la Acción Católica que está formada por el laicado diocesano que vive en estrecha corresponsabilidad con los pastores” (Papa Francisco). Asume la Acción Católica la totalidad de la misión de la Iglesia en la Diócesis desde la parroquia. Hacemos nuestro el proyecto que la Conferencia Episcopal quiere relanzar en la hora presente de nuestra Iglesia.
No debemos olvidar que la fiesta de Pentecostés es celebrada con particular intensidad por “La Renovación Carismática”. Quiero agradecer y alentar también a quienes participan en este movimiento o en otros afines, que subrayan el toque especial del Espíritu, su acción en libertad y comunión, la espontaneidad orante, la valiente actividad misionera y el gozo espiritual. Los dones del Espíritu a la Iglesia (eso quiere decir la palabra “carisma”) los recibimos con gratitud, los acompañamos fraternalmente y reconocemos su espacio en la vida y la misión de la Iglesia.
Nos unamos todos en oración, junto con María, la madre de Jesús, para pedir insistentemente a Dios el Espíritu Santo prometido (cf.Act. 1, 14) ¡Que con su venida nos renueve, nos pacifique, intensifique el ardor misionero y nos consuele en las pruebas y sufrimientos! ¡Ven, Espíritu Santo, ven!

 

Llamada a la Santidad en el mundo actual

 

El día 9 de abril fue presentada públicamente la Exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, que había firmado en Roma el 19 de marzo en la fiesta de San José. Se titula, como es habitual, con las primeras palabras en latín ”Gaudate et exultate”; es decir, “Alegraos y regocijaos”, tomadas de Mt. 5, 12. El contexto en el que están situadas es el de la última bienaventuranza, en que el Señor, sorprendente y paradójicamente, invita a los discípulos a que se alegren cuando sean perseguidos por su causa. En el sufrimiento por el Señor hay un gozo incomprensible para el mundo.

El Papa Francisco titula este documento importante con palabras que recuerdan el gozo en el Señor, siguiendo la trayectoria de documentos anteriores. La primera Exhortación apostólica, que fue al mismo tiempo postsinodal, después del Sínodo de los Obispos sobre la evangelización, y programática de su pontificado, llevó por título Evangelii gaudium; y la Exhortación después de las dos Asambleas sinodales sobre la familia se llamó Amoris laetitia. La reiteración de las palabras que recuerdan la alegría cristiana indica que en ellas encuentra el Papa una clave para su magisterio de Obispo de Roma y de Pastor de la Iglesia universal. En nuestro mundo y en la encrucijada presente de la historia nos invita a no perder la alegría en el Señor como inspiración de nuestra vida. Nunca ha sido fácil ser cristianos y siempre es posible la alegría. Hoy rige también aquel dicho de Santa Teresa: “Un santo triste es un triste santo”. ¡Hay santos y es posible la alegría!

Los Papas últimos se sirvieron también de palabras centrales de la fe cristiana para mostrar la veta que desearon seguir en su ministerio pastoral. Juan Pablo II repitió la palabra Redentor y Benedicto XVI la palabra Caridad. Las tres: Alegría, Redentor y Caridad, son filones muy ricos. Esa música de fondo resuena en los documentos respectivos.

La Exhortación apostólica Gaudate et exultate es un documento escrito por un maestro espiritual y un experimentado en el discernimiento de espíritus. Siendo Arzobispo de Buenos Aires y antes había escrito libros sobre maestros y sobre temas espirituales interesantes; pues bien, ahora como Papa retoma aquella línea de servicio pastoral. Siendo el Sucesor de Pedro nos beneficiamos una multitud inmensa. Es un bello escrito; se lee con gusto y sin esfuerzos especiales pues es claro y atractivo; a veces pasa al lenguaje coloquial de una charla dirigida a un grupo de personas. Hay muchas frases sorprendentes por su belleza, simpatía y acierto. Yo invito cordialmente a que se lea y medite. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad en virtud del bautismo, también en nuestro tiempo; hombres y mujeres, de cualquier estado de vida y profesión.

Como es frecuente en sus charlas y escritos con una frase incisiva y directa dice más que con largas reflexiones. Nada puede sustituir la lectura reposada y estimulante de la Exhortación. Para quienes tienen una imagen de la santidad como algo raro oxigena leer esto: “Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis” (n. 96). La santidad no es algo reservado a un corto número de personas e inalcanzable para el común de los mortales. Todos estamos llamados a ser santos, a vivir unidos a Jesús y a seguir sus huellas. Un santo no es alguien nimbado por una aureola y un cerco de luz. Piensa el Papa en santos cercanos y no distantes, “santos de la puerta de al lado” (n. 6). “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: En los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo” (n. 7). La lectura de la Exhortación es una invitación a no vivir con mediocridad que es justamente lo contrario de vivir santamente. Rompe la imagen acaramelada y desarraigada de la vida real de los santos. Un santo es una persona normal que sigue al Señor en el trabajo diario, en las pruebas frecuentes, en la fidelidad al Evangelio, acogiéndose todos los días a la misericordia de Dios. Somos, dice el Papa, “un ejército de perdonados” (n. 82).

Tiene la exhortación cinco capítulos, todos interesantes. El capítulo tercero, titulado “A la luz del Maestro”, es el central; como en la Exhortación Amoris laetitia el centro lo constituyó una especie de comentario al himno de la caridad contenido en el 1 Cor. 13, en la presente ocupan la primera parte del centro un comentario muy bello de las Bienaventuranzas y a continuación lo que llama “el gran protocolo”. En las bienaventuranzas, sigue el Evangelio de San Mateo 5, 3-12 (cf. Lc. 6, 20-23); al terminar el comentario de cada bienaventuranza con una frase lapidaria resume en qué consiste la santidad; y el Protocolo está constituido por Mt. 25, 31-46, que es como el cuestionario para el juicio final. Las bienaventuranzas brotan en el corazón evangelizado, se manifiestan en el exterior y en la vida de relaciones con otras personas. Las bienaventuranzas son como el “carné de identidad de los cristianos” (n. 63)

De entrada a este comentario edificante y luminoso se nos dice: “La palabra ‘feliz’ o ‘bienaventurado’, pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (n. 64). Ser santo no es ser adusto, agriado, apocado, encogido, melancólico, reservado, tristón, sino sereno, pacificado, alegre y abierto a los demás, sobre todo a los necesitados, a aquellos con los que Jesús se identificará cuando nos examine sobre el amor al atardecer de nuestra vida (Mt. 25, 31 ss. Is. 58, 7-8). Oración y servicio a los demás son inseparables. “La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor” (n. 104).

“El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor” (n. 122). El mal humor no es signo de santidad (San Felipe Neri). Al final recuerda a María “que vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús”. “Ella nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña” (n. 176).

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Llamada a la Santidad en el mundo actual

 

El día 9 de abril fue presentada públicamente la Exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, que había firmado en Roma el 19 de marzo en la fiesta de San José. Se titula, como es habitual, con las primeras palabras en latín ”Gaudate et exultate”; es decir, “Alegraos y regocijaos”, tomadas de Mt. 5, 12. El contexto en el que están situadas es el de la última bienaventuranza, en que el Señor, sorprendente y paradójicamente, invita a los discípulos a que se alegren cuando sean perseguidos por su causa. En el sufrimiento por el Señor hay un gozo incomprensible para el mundo.

El Papa Francisco titula este documento importante con palabras que recuerdan el gozo en el Señor, siguiendo la trayectoria de documentos anteriores. La primera Exhortación apostólica, que fue al mismo tiempo postsinodal, después del Sínodo de los Obispos sobre la evangelización, y programática de su pontificado, llevó por título Evangelii gaudium; y la Exhortación después de las dos Asambleas sinodales sobre la familia se llamó Amoris laetitia. La reiteración de las palabras que recuerdan la alegría cristiana indica que en ellas encuentra el Papa una clave para su magisterio de Obispo de Roma y de Pastor de la Iglesia universal. En nuestro mundo y en la encrucijada presente de la historia nos invita a no perder la alegría en el Señor como inspiración de nuestra vida. Nunca ha sido fácil ser cristianos y siempre es posible la alegría. Hoy rige también aquel dicho de Santa Teresa: “Un santo triste es un triste santo”. ¡Hay santos y es posible la alegría!

Los Papas últimos se sirvieron también de palabras centrales de la fe cristiana para mostrar la veta que desearon seguir en su ministerio pastoral. Juan Pablo II repitió la palabra Redentor y Benedicto XVI la palabra Caridad. Las tres: Alegría, Redentor y Caridad, son filones muy ricos. Esa música de fondo resuena en los documentos respectivos.

La Exhortación apostólica Gaudate et exultate es un documento escrito por un maestro espiritual y un experimentado en el discernimiento de espíritus. Siendo Arzobispo de Buenos Aires y antes había escrito libros sobre maestros y sobre temas espirituales interesantes; pues bien, ahora como Papa retoma aquella línea de servicio pastoral. Siendo el Sucesor de Pedro nos beneficiamos una multitud inmensa. Es un bello escrito; se lee con gusto y sin esfuerzos especiales pues es claro y atractivo; a veces pasa al lenguaje coloquial de una charla dirigida a un grupo de personas. Hay muchas frases sorprendentes por su belleza, simpatía y acierto. Yo invito cordialmente a que se lea y medite. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad en virtud del bautismo, también en nuestro tiempo; hombres y mujeres, de cualquier estado de vida y profesión.

Como es frecuente en sus charlas y escritos con una frase incisiva y directa dice más que con largas reflexiones. Nada puede sustituir la lectura reposada y estimulante de la Exhortación. Para quienes tienen una imagen de la santidad como algo raro oxigena leer esto: “Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis” (n. 96). La santidad no es algo reservado a un corto número de personas e inalcanzable para el común de los mortales. Todos estamos llamados a ser santos, a vivir unidos a Jesús y a seguir sus huellas. Un santo no es alguien nimbado por una aureola y un cerco de luz. Piensa el Papa en santos cercanos y no distantes, “santos de la puerta de al lado” (n. 6). “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: En los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo” (n. 7). La lectura de la Exhortación es una invitación a no vivir con mediocridad que es justamente lo contrario de vivir santamente. Rompe la imagen acaramelada y desarraigada de la vida real de los santos. Un santo es una persona normal que sigue al Señor en el trabajo diario, en las pruebas frecuentes, en la fidelidad al Evangelio, acogiéndose todos los días a la misericordia de Dios. Somos, dice el Papa, “un ejército de perdonados” (n. 82).

Tiene la exhortación cinco capítulos, todos interesantes. El capítulo tercero, titulado “A la luz del Maestro”, es el central; como en la Exhortación Amoris laetitia el centro lo constituyó una especie de comentario al himno de la caridad contenido en el 1 Cor. 13, en la presente ocupan la primera parte del centro un comentario muy bello de las Bienaventuranzas y a continuación lo que llama “el gran protocolo”. En las bienaventuranzas, sigue el Evangelio de San Mateo 5, 3-12 (cf. Lc. 6, 20-23); al terminar el comentario de cada bienaventuranza con una frase lapidaria resume en qué consiste la santidad; y el Protocolo está constituido por Mt. 25, 31-46, que es como el cuestionario para el juicio final. Las bienaventuranzas brotan en el corazón evangelizado, se manifiestan en el exterior y en la vida de relaciones con otras personas. Las bienaventuranzas son como el “carné de identidad de los cristianos” (n. 63)

De entrada a este comentario edificante y luminoso se nos dice: “La palabra ‘feliz’ o ‘bienaventurado’, pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (n. 64). Ser santo no es ser adusto, agriado, apocado, encogido, melancólico, reservado, tristón, sino sereno, pacificado, alegre y abierto a los demás, sobre todo a los necesitados, a aquellos con los que Jesús se identificará cuando nos examine sobre el amor al atardecer de nuestra vida (Mt. 25, 31 ss. Is. 58, 7-8). Oración y servicio a los demás son inseparables. “La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor” (n. 104).

“El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor” (n. 122). El mal humor no es signo de santidad (San Felipe Neri). Al final recuerda a María “que vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús”. “Ella nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña” (n. 176).

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Homilía en la Misa Crismal

 

A todos saludo cordialmente. El Señor nos ha convocado esta mañana para mostrarnos de nuevo su confianza y fortalecernos en la misión. Jesús fue ungido por el Espíritu Santo y nosotros como pueblo sacerdotal participamos de su unción. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres” (Lc.4,18). Nos ha llamado a seguirle como discípulos, nos ha ungido en el bautismo y la confirmación y en ordenación sacerdotal, nos ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, los pecadores, los que sufren, los que tienen desgarrado el corazón, los oprimidos por el peso de la vida. Estamos llamados a ser en las diversas situaciones mensajeros de misericordia y esperanza.
Queridos hermanos presbíteros y diáconos, deseo agradeceros esta mañana ante todos vuestro ministerio y fidelidad. Por experiencia sabemos que unas veces nos estimula la gratitud de las personas a las que queremos servir; y en otras ocasiones cumplimos el encargo recibido del Señor en un ambiente de incomprensión y de irrelevancia social, en comunidades muy pequeñas y en medio de pruebas exteriores e interiores. Necesitamos recibir la fuerza del Señor por la oración y apoyarnos en la fraternidad cristiana y ministerial. A pesar de todo, siempre podemos reconocer: “El Señor es mi pastor, nada me falta. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo” (Sal. 22, 1.4).
A todos vosotros, hermanos en la fe y en los trabajos apostólicos, os muestro mi reconocimiento por la colaboración en la catequesis y la educación cristiana, en la pastoral familiar, en la atención a los pobres y a los enfermos, el cuidado del templo y de las celebraciones litúrgicas, en la pastoral misionera y social. Todos con diversos encargos somos enviados por el Señor a su campo.
La bendición del óleo de los catecúmenos y de los enfermos y la consagración del crisma tienen íntima relación con la iniciación cristiana, por una parte, y, por otra, con el acompañamiento a los ancianos y enfermos en el quebranto de su salud y en la soledad. Hemos sido fortalecidos para tomar parte en los trabajos y padecimientos por el Evangelio a través de la transmisión de la fe con la palabra, el testimonio personal y la forma cristiana de vivir (cf. 2Tim. 1, 8-14).
Queridos niños, jóvenes y adultos, la Iglesia es nuestra familia de la fe. Sus puertas están siempre abiertas. Todos somos bienvenidos y necesarios; nadie debe sentirse postergado ni descartado; nadie es privilegiado ni discriminado ante Dios Creador, Amigo y Padre de todos. “Si Dios es amor, la caridad no puede tener fronteras” (San León Magno), ya que no podemos empequeñecer su corazón paternal ni encerrarlo en nuestros estrechos límites.
La iniciación cristiana, por su misma definición, reclama continuidad, y su interrupción nos inquieta. ¿Qué debemos hacer para que después de la primera comunión y de la confirmación prosiga la participación en la vida de la Iglesia? ¿Cómo debemos actuar? Necesitamos alentarnos unos a otros, personalmente y en grupo, para cultivar la semilla sembrada hasta que llegue a la maduración y dé frutos en la Iglesia y en el mundo. La personalización de la fe cristiana es particularmente requerida hoy para afrontar la intemperie social y cultural a que con frecuencia estamos expuestos. ¿Por qué creemos? ¿Qué creemos? ¿Qué nos otorga la fe? ¿Cómo irradiar el Evangelio en nuestro entorno? Sólo una fe personalmente arraigada y formada puede ser evangelizadora. Debemos estar preparados para responder a quienes nos pidan razón de nuestra esperanza (cf. 1 Ped. 3,15).
En la Vigilia Pascual renovaremos las promesas bautismales; en esa celebración extraordinaria pediremos al Señor que renueve nuestro corazón para recobrar la alegría de la salvación, reavivar la fidelidad a la gracia que recibimos y ser fortalecidos en el testimonio del Evangelio.
En esta celebración renovaremos los obispos, sacerdotes y diáconos las promesas de la ordenación. Queridos amigos, el Señor nos ha elegido sin mérito nuestro y no cesa de asegurarnos a cada uno: “Tú eres sacerdote para siempre”. A pesar de nuestras faltas, Él nos dice: Continúo llamándote, no te retiro mi confianza, te envío de nuevo. Dejemos que el Señor nos rejuvenezca interiormente con el “amor primero” (cf. Apoc.2,4) El Señor nos ofrece la oportunidad de un nuevo comienzo. “Et nos novi per veniam, novum canamus canticum”, es decir, “y nosotros renovados por el perdón cantemos un cántico nuevo”. (Himno de Cuaresma). Ninguno de nosotros tenemos derecho a decir: Yo no tengo remedio, ya que el Señor, rico en misericordia, perdona a todos, perdona todo, perdona siempre, si acudimos a Él humildemente. El ejercicio del ministerio que hemos recibido, obispos, presbíteros y diáconos, requiere dedicación, competencia y actualización continua para desarrollarlo con dignidad, perseverancia sin desfallecer y con un trato respetuoso y amable a los demás. Estamos en medio de la comunidad como el que sirve (cf.Lc.22,27). Pero esto requiere ante todo amor al Señor (cf. 1 Cor. 16, 22); este amor debe ser como el alma que anime la vida entera. Jesús nos pregunta esta mañana como preguntó a Pedro: “¿Me quieres?”. Hagamos nuestra la respuesta de Pedro: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. Y el Señor nos confirma en el ministerio que hemos recibido: “Apacienta a mis ovejas” (cf. Jn. 21, 17). La unión con Jesucristo por el amor está en la base del ejercicio fiel de nuestro ministerio. Con las siguientes palabras os preguntaré, queridos sacerdotes: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?”. La Iglesia, que en Jesucristo es “comunión de vida, amor y verdad” (cf. Lumen gentium 9), debe ser germen de unidad, esperanza y salvación en el mundo.
Hace pocos días (la Oración-colecta del domingo V de Cuaresma), hemos pedido a Dios que vivamos de aquel “mismo amor que movió a su Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”. La caridad pastoral es la síntesis y el vínculo que unifica nuestra vida y actividades ministeriales, ya que hemos recibido el encargo de apacentar con amor el rebaño del Señor (San Agustín). Somos tallados por el amor según la horma del Buen Pastor, que nos impulsa a entregarnos personalmente y a convertir en servicio de los demás lo que hemos recibido. La configuración con Jesucristo comporta renuncia y “expropiación” de nosotros mismos para poder servir dando la vida (cf. Mc. 10, 44-45). El servicio pastoral, siguiendo el modelo de Jesús, tiene en la capacidad de sacrificio su “test” de calidad.
La caridad pastoral, en que se concentra la santidad de los sacerdotes, fluye de la Eucaristía, que es “centro y raíz de toda la vida del presbítero” (Presbyterorum ordinis 14). Esta fuente, en que se actualiza el sacrificio de Jesús por la salvación del mundo, debe renovar diariamente la identidad de nuestra vida sacerdotal y su misión apostólica. La unidad de la Iglesia y la fraternidad ministerial tienen en el sacramento eucarístico su manantial y fundamento.
Queridos hermanos presbíteros, diáconos, catequistas, padres y madres de familia, os recuerdo en esta celebración tan rica en sí misma y tan concurrida de participantes una indigencia fundamental: Necesitamos sacerdotes en la Iglesia para el servicio pastoral de nuestra Diócesis y, como implica la solicitud eclesial, para colaborar con otras. Es una necesidad primordial para la vida y la misión de la Iglesia; os pido que la causa de las vocaciones sacerdotales ocupe un puesto preferente en vuestras oraciones y en vuestro empeño apostólico. A este respecto nos recordó el Concilio Vaticano II: “Pertenece a la misma misión sacerdotal, por la que el presbítero participa en la preocupación de la Iglesia, el que el pueblo de Dios no carezca nunca de obreros aquí en la tierra” (Presbyterorum ordinis 11). Invitad, queridos hermanos, a las comunidades cristianas a que cooperen por la oración y otros medios para que recibamos siempre los ministros necesarios. La educación cristiana debe ayudar a que desde pequeños estén disponibles a escuchar el rumor de la voz del amigo Jesús. ¿No escuchamos muchos la invitación del Señor siendo monaguillos? ¿Por qué vías insinúa el Señor su voz y se despiertan las vocaciones? La oración personal y la cercanía de un sacerdote puede hacer emerger lo que hay latente. El corazón habla al corazón, “cor ad cor loquitur” (John, H. Newman). Únicamente puede contagiar entusiasmo la satisfacción auténtica. “Solo la vida enciende la vida” (R. Guardini). “No hay mayor invitación al amor que tomar la delantera amando” (San Agustín). El Papa Francisco nos ha pedido que resistamos a la posible tentación de una cierta “abdicación vocacional”, del debilitamiento en la promoción y educación de las vocaciones.
El Viernes Santo haremos en todas las iglesias de la Diócesis la Colecta por los Santos Lugares. Colaborar en ello es signo de gratitud por el Evangelio que desde aquella tierra se difundió y que ha llegado hasta nosotros. La Iglesia de Jerusalén es la “Iglesia Madre”. Por otra parte, las necesidades que sufren en el servicio del culto y la oración, en el cuidado de los pobres y enfermos, en la continuidad de las familias allí, en la educación de los hijos, son acuciantes. La peregrinación a Tierra Santa, a los lugares del nacimiento, misión y muerte de Jesús, se convertiría fácilmente en viaje de turismo a lugares antiquísimos y de rica tradición, si no hubiera comunidades cristianas vivas. Sin personas el lenguaje de las piedras es frío e inerte. Agradezco la generosidad que año tras año venís manifestando.
Termino con la petición que tomo de la Liturgia de las Horas: “Padre santo, que nos diste a Cristo como pastor de nuestras vidas, ayuda a los pastores y a los pueblos a ellos confiados, para que no falte nunca al rebaño la solicitud de sus pastores ni falte a los pastores la colaboración y obediencia de su rebaño”. Necesitáis queridos sacerdotes, colaboradores en las parroquias y los fieles laicos necesitan vuestra cercanía y entrega pastoral.
¡Que Santa María, la Madre de Jesús, nos acompañe en el recorrido de estos días santos !.

 

Cargar con la cruz siguiendo a Jesús (y II)

 

Ser cristiano significa ser discípulo de Jesús, ser bautizado en su nombre e imitar su ejemplo. Así nos exhorta San Pedro: “Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1Ped.2, 21-24). La muerte de Jesús es causa de salvación para la humanidad; el Señor nos sirvió no sólo con su palabra y con sus obras, sino también con su muerte. “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud” (Mc. 10, 45).

Estamos llamados a cargar diariamente con la cruz siguiendo a Jesús. “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc.9, 23-24). En la aceptación de la cruz se condensa nuestra fidelidad a Jesús que fue crucificado y está vivo para siempre. Todos eliminaríamos de nuestra vida, si en nuestro poder estuviera, la cruz; ya que la cruz es como la “cifra” de lo temible y doloroso. Pero en la cruz santificada por el Señor está la sabiduría divina. “Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos” (cf. Sal 118, 71) La maduración personal más honda acontece en la victoria sobre las pruebas; las personas “curtidas” por la cruz vencen fácilmente las banalidades. La cruz llevada humildemente es el reconocimiento de la gloria de Dios y el crisol de la confianza en los designios insondables del Señor. Dios Padre aparece en algunos crucifijos sosteniendo con sus manos la cruz de su Hijo y también podemos afirmar que nos apoya en nuestra cruz.

Santa Teresa de Jesús escribió sobre el sentido de la cruz los siguientes versos: “En la cruz está la vida / y el consuelo, / y ella sola es el camino / para el cielo /. Después que se puso en cruz / el Salvador, / en la cruz “está la gloria / y el honor”, / y en el padecer dolor / vida y consuelo, y el camino más seguro / para el cielo”. Santa Teresa unió la cuna y la cruz, la pobreza del establo de Belén y el despojo del Calvario, con el hilo conductor del amor humilde y entregado del Señor.

La cruz es comunión con Jesucristo y es vínculo de paz entre los hombres. “Reconcilió con Dios a los dos (gentiles y judíos), uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad” (Ef. 2, 16). En la cruz Jesús ha dado muerte al odio, perdonando y otorgándonos la fuerza para perdonar.

La cruz del Señor ya está iluminada por la resurrección; es una cruz gloriosa; ha sido levantada en lo alto como centro de las miradas que piden clemencia y es árbol de vida eterna. Delante de nosotros, está alzada la Cruz del Señor para que la miremos con fe y recibamos la vida eterna (cf.Jn.3,13-17). Los cristianos no consideramos la cruz como consuelo de personas masoquistas que gozaran siendo maltratadas; para nosotros la cruz es el símbolo del amor de Jesucristo que nos amó hasta el extremo (cf. Jn.3, 16; 13, 1; 1Jn. 3, 16; 4, 9-10). Como Jesús fue crucificado, pero resucitó y está vivo para siempre, podemos sus discípulos estar ya desde ahora alegres al participar en las pruebas por Él y con Él. “Os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas: así la autenticidad de vuestra fe se aquilata al fuego” (cf. 1 Ped. 1, 6-7). “Estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante” (1Ped. 4, 13; y cf. 2Cor. 1. 5-7; Fil. 3, 10). La existencia del cristiano, bautizado en Jesucristo muerto y resucitado (cf. Rom.6, 4-11; 8, 17), es una vida pascual que participa de la cruz y de la victoria del Señor.

La entrega de Jesús que culmina en la crucifixión ha pasado a los” misterios de la Iglesia” (San León Magno). En la celebración eucarística con el poder del Espíritu Santo se actualiza la muerte y resurrección de Jesucristo. La irradiación de la cruz se amplía en la vida de la Iglesia y de los cristianos. Tertuliano (160-220) enseñaba cómo los cristianos trazaban sobre su cuerpo en diferentes ocasiones la imagen de la cruz; se santiguaban recordando los misterios de la Santísima Trinidad, de la Encarnación y de la Redención. Es conmovedor ver a unos papás hacer la señal de la cruz cuando a su hijo pequeño le confían al sueño de la noche. La cruz ha sido mil veces representada en la iconografía cristiana y piadosamente veneradas sus reliquias por los cristianos.

Lo que fue el suplicio de Jesucristo en la cruz es para los fieles cristianos fundamento de esperanza y sacramento central de la Iglesia. Cuando el sacerdote muestra el pan convertido en el Cuerpo del Señor y el cáliz con el vino en su Sangre, diciendo: “Este es el sacramento de nuestra fe”, la comunidad responde: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús! O también puede aclamar la asamblea: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor”.

La vida de los cristianos está insertada en el misterio pascual del Señor, en su muerte y resurrección. Esto celebramos en Semana Santa, que ya está a las puertas.

 

Don Marcelo

Basta el nombre para que los vallisoletanos y en general los españoles con cierta edad y conocimiento de la Iglesia sepamos a quién nos referimos. Ocupó un lugar destacado en nuestra historia durante varios decenios. Hoy quiero recordar a D. Marcelo, porque el día 16 de enero se cumplen 100 años de su nacimiento en Villanubla. En la parroquia se conserva el báculo pastoral donado por él que yo he utilizado para presidir la Eucaristía. Es para nosotros motivo de orgullo honrar su memoria. Fue hijo eminente de nuestra provincia, de nuestra diócesis y miembro de nuestro presbiterio diocesano.

Unas fechas para precisar su itinerario: Ordenado Presbítero en Valladolid el 29 de junio de 1941 después de terminar los estudios en Comillas; Obispo de Astorga de 1961 a 1966; Arzobispo de Barcelona desde 1966 hasta 1972, años turbulentos tanto en el orden eclesial del postconcilio como político, durante los cuales el rechazo inicial se mantuvo con dureza hasta el final. Fue trasladado al Arzobispado de Toledo, donde desplegó sus dotes extraordinarias de pastor. Murió el 25 de agosto de 2004. Yo tuve particular relación con D. Marcelo siendo obispo de Palencia, ya que en vacaciones vivía en Fuentes de Nava, donde él y su hermana Angelita tenían una casa. Recuerdo con honda gratitud el ánimo que me transmitió en la celebración del inicio de mi ministerio episcopal en la catedral de Bilbao. Siempre experimenté su afecto y apoyo.

Deseo subrayar tres aspectos de la actividad de D. Marcelo, que me parecen sobresalientes. Fue delegado arzobispal de Cáritas Diocesana desde 1941 hasta 1961. Fundó el Patronato de San Pedro Regalado para obras sociales; la impronta caritativo-social de la fe le caracterizó siempre. En sintonía con esta veta apostólica fue elegido por los obispos para diversos encargos en la Conferencia Episcopal. Fue un orador excelente, hasta el punto de que muchos iban a escucharle los domingos en la catedral. Armonizó la elocuencia del predicador, el atractivo de la belleza literaria en el decir, la adaptación a la capacidad receptiva de los contenidos por parte de los oyentes que sosegadamente y sin esfuerzo seguían la exposición, la potencia de la voz y los recursos para suscitar y sostener la atención del auditorio. Tuve la oportunidad de escucharle en bastantes ocasiones, sobre todo en Ávila.

Un tercer aspecto de su largo ministerio episcopal es el siguiente: Cuando D. Marcelo llegó a Toledo la situación del Seminario era de decaimiento, como muchos en aquellos años. Pues bien, en poco tiempo remontó la debilidad y adquirió un vigor admirable, acertando en la elección de los formadores y acompañando de cerca al Seminario. Pronto la sólida formación teológico-espiritual, la intensa pastoral vocacional que ha continuado los años siguientes, la serenidad en la vida cotidiana de los seminaristas, el entusiasmo por el ministerio sacerdotal, hicieron que de muchos lugares recibiera candidatos el Seminario de Toledo. Es comprensible que varios presbíteros formados en aquel Seminario hayan recibido el ministerio episcopal.

Durante muchos años presidió la fiesta de la Transverberación de Santa Teresa de Jesús en el Carmelo de la Encarnación de Ávila. Quien fue capellán del Monasterio desde el año 1966 hasta el final de su ministerio por motivos de enfermedad, D. Nicolás González, tuvo el acierto de reunir en un volumen las 27 homilías pronunciadas por D. Marcelo en esa fiesta celebrada el 26 de agosto (Card. González Martín, Véante mis ojos. Santa Teresa para los cristianos de hoy, Edibesa. Madrid, 2003). El libro fue prologado por el Card. Antonio Cañizares, Obispo de Ávila desde el año 1992; más tarde sería sucesor de D. Marcelo en Toledo y continúa presidiendo la fiesta de la Transverberación. Merece la pena leer las homilías, y, si el lector escuchó predicar a D. Marcelo, podrá entre líneas oír el eco de su voz. En cada homilía apreciamos cómo la memoria de Santa Teresa proporciona luz para enfocar la vida cristiana, la situación de la Iglesia y otros acontecimientos de la sociedad.

¿En qué consistió y qué significa la Transverberación del corazón de Santa Teresa de Jesús? En “El Libro de la vida” (29, 13) narra la visión de un ángel con un dardo de fuego atravesándole el corazón; es una visión de orden espiritual. La gracia del dardo aconteció por primera vez hacia el año 1560. “Me dejaba toda abrasada en el amor de Dios”. En el retablo de la capilla de la Transverberación se encuentra un cuadro que es copia del grupo escultórico de L. Bernini “Éxtasis de Santa Teresa”, que se encuentra en la iglesia de Santa María della Vittoria en Roma, de patetismo barroco e intensidad dramática. Esta representación de Santa Teresa aparece también en la basílica subterránea de Lourdes. ¿Por qué no poner mejor para recordar a Santa Teresa en el santuario mariano el retrato auténtico pintado por Fr. Juan de la Miseria, en lugar del cuadro de gran teatralidad imaginativa del Bernini?. En todo caso en la iglesia del convento de la Encarnación hay una capilla denominada de la Transverberación; es un hecho de carácter místico que experimentó la Santa varias veces y que recuerda en diversos escritos.

El dardo viene de Dios por un ángel; no es producto de su imaginación. Le causa al mismo tiempo “dolor grandísimo” y “suavidad excesiva”. Este “episodio cumbre” significa que “la presencia de Cristo se ha unificado, concentrado y desbordado” en la experiencia intensa del amor de Teresa (T. Álvarez). Desea morir para ver al Señor y gozar eternamente de su presencia. El amor se le convierte en surtidor de deseos que la distancia en su pleno cumplimiento hace inefablemente doloroso.

Con frecuencia D. Marcelo lo recuerda: “Ya es tiempo de verte, mi Amado” (p. 163). “El Señor se deja adorar por los hombres que le aman” (p. 226). “Quiero llegar a la cumbre del amor hasta la muerte” (p. 232). El dardo que hirió el corazón de Teresa le dio valor para afrontar todos los trabajos y pruebas de la vida (cf. p. 245).

Celebramos con gratitud los cien años del nacimiento de D. Marcelo. ¡Qué Dios le premie su vida entregada y fecunda! .

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

““Desde entonces, como memorial de gratitud y obediencia, no cesa la Iglesia de celebrar la Cena de Jesús en la que anticipó su entrega en la Cruz”

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Agenda del Cardenal
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Programa Pastoral Diocesano 2017
Cartas pastorales

Homilía en la Fiesta Sacramental de la Universidad de Salamanca

En el marco del 800 aniversario de la fundación de la Universidad de Salamanca, tuvo lugar en la Capilla Real de la misma, el día 10 de junio, el cuarto centenario de la llamada Fiesta Sacramental en el domingo siguiente al Corpus Christi. Lo que sigue es parte de la homilía pronunciada en aquella celebración:
El Evangelio que ha sido proclamado nos habla de un camino, el de dos discípulos que bajaban con aire entristecido a su pueblo después de haber sido crucificado su Maestro Jesús, Profeta poderoso en obras y palabras (Lc. 24, 19). El camino atraviesa varios parajes y diversas fases: Un encuentro imprevisto con un desconocido que se les une; una conversación larga entre los tres caminantes, que va venciendo las distancias y enardeciendo el corazón de los discípulos desalentados; la cena compartida en el atardecer de Emaús, el reconocimiento del compañero que era sorprendentemente el mismo Jesús, y el retorno desbordante de gozo de los que se habían distanciado del grupo para contar lo que les había ocurrido por el camino. Este pasaje evangélico nos introduce a todos por la celebración de la Eucaristía en el camino que empieza en desconcierto y termina en exultación. Jesús se acerca a nosotros, nos invita a su mesa y reanima nuestro corazón.
Permítaseme recordar aquí en la Universidad de Salamanca unas palabras sobre la Eucaristía de un maestro y de un alumno del siglo XVI. Los que venimos de una historia larga podemos recordar lejanos maestros y alumnos que no cesan de enseñarnos. Del Padre Maestro Fr. Luis de León, Catedrático de Escritura en la Universidad de Salamanca, como leemos en la carátula de la edición póstuma de 1779 de la Exposición del Libro de Job, recogemos unos versos de la traducción del himno eucarístico por excelencia, compuesto para la Fiesta del Corpus Christi, el “Pange, lingua”: “Publica, lengua, y canta/ el misterio del cuerpo glorioso; / y de la sangre santa / que dio, por mi reposo, / el fruto de aquel vientre generoso”. Y más adelante: “Aquella criadora / palabra, con palabra sin mudarse, / lo que era pan, agora / en carne hace tornarse / y el vino en propia sangre transformarse”. “El corazón sincero no enflaquece, porque la fe le anima y favorece”, para reconocer el Misterio. “Honremos, pues, echados por tierra, tan divino Sacramento”.
La Palabra eterna, por la que Dios creó todas las cosas y con amor entrañable envió al mundo para salvarnos; este Hijo encarnado con el poder de su palabra hizo del pan de nuestros campos su Cuerpo y del vino de la vid su Sangre derramada por nosotros, y nos los dio como alimento para la vida eterna. El mismo Señor encomendó a sus discípulos sentados con El a la mesa, que realizaran lo que terminaban de vivir en conmemoración suya. Desde entonces, como memorial de gratitud y obediencia, no cesa la Iglesia de celebrar la Cena de Jesús en la que anticipó su entrega en la Cruz.
De San Juan de la Cruz, que fue alumno en la Universidad de Salamanca, son unos versos preciosos. “Aquesta eterna fonte está escondida / en este vivo pan por darnos vida, / aunque es de noche”. “Aquesta viva fuente que deseo / en este pan de vida yo la veo, / aunque es de noche”. Dios se hace fuente en su manar original, en la creación y su belleza, en las Personas divinas; llega esta admirable corriente hasta su manifestación más cercana en el sacramento de la Eucaristía. La Universidad de Salamanca nombró a San Juan de la Cruz, el año 1991 coincidiendo con el cuarto centenario de su muerte, Doctor Honoris Causa.
El Hijo concebido virginalmente por María recibe dos nombres; el de Jesús manifestado por el ángel e impuesto en la circuncisión según la tradición judía, porque “salvará a su pueblo de sus pecados” (cf. Mt. 1, 21), y el de “Enmanuel”, que significa “Dios-con-nosotros” (Is. 7, 14). El Hijo de Dios fue gestado en el seno de María (cf. Mt. 18, 23); garantiza su presencia a los discípulos: “Donde dos o tres están reunidos en su nombre, allí estará presente” (Mt. 18, 20); y promete estar con ellos hasta el final de los tiempos (cf. Mt. 28, 20). Jesús no nos abandona ni nos deja solos. Va con nosotros en el camino de la vida. La presencia sacramental de Jesucristo en la Eucaristía es una forma eminente y singular de presencia del Señor entre nosotros. En el altar está presente para ser adorado y se nos ofrece en alimento.
Podemos sentir desamparo por la oscuridad en algunos tramos del camino; en el itinerario de la fe puede asaltarnos la duda sobre su presencia; también nos hiere la pregunta escéptica que nos cuestiona sobre la presencia de Dios en la historia y en el mundo:” ¿Dónde está tu Dios?” (cf. Sal. 42, 3-11). Frente a las diversas situaciones hoy confesamos unidos en la fe: “Dios está aquí”. La Eucaristía es sacramento de su cercanía a nosotros. “Aunque es de noche” reconocemos y adoramos su presencia.
Esta celebración es al mismo tiempo eclesial y universitaria; libremente participamos en ella y gozosamente compartimos la misma fe. La belleza de la Fiesta Sacramental es tan antigua como nueva.

 

Fiesta de Pentecostés y Apostolado Seglar

L a palabra griega “pentecostés” significa quincuagésimo. La fiesta de Pentecostés tiene lugar el quincuagésimo día después de Pascua. Con Pentecostés concluye la cincuentena pascual, que había comenzado el domingo de la Resurrección del Señor. La Iglesia celebra en Pentecostés la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos reunidos en Jerusalén, marca el origen de la Iglesia y de la misión apostólica. Según la promesa de Jesús, recibieron la fuerza del Espíritu Santo para ser sus testigos en Jerusalén y hasta el confín de la tierra (cf. Act. 1, 8).
San Pedro evoca en el discurso pronunciado el día de Pentecostés el cumplimiento de la profecía de Joel según la cual derramaría el Señor su Espíritu Santo sobre “vuestros hijos e hijas, ancianos y jóvenes, siervos y siervas” y profetizarán (cf. Act. 2, 17-18; Joel, 3, 1-2). Por la fe y el bautismo son hermanos en la comunidad cristiana los judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres insertados en Jesucristo (cf. Gál 3. 27-28; cf. Col.3, 9-11). La salvación de Dios en Jesucristo muerto y resucitado está abierta a todos los que invoquen el nombre del Señor (Act. 4, 11-12; Rom. 10, 9-17). No podemos encerrar en nuestros límites estrechos la amplitud universal del corazón de Dios.
Desde hace tiempo la fiesta de Pentecostés es el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, para recordar que todos en la Iglesia recibimos la dignidad cristiana como hijos de Dios y participamos en la misión evangelizadora. Nadie es imprescindible y nadie queda excluido; no hay privilegios ni discriminaciones.
La vocación cristiana es compartida por todos los que hemos sido iniciados por la fe y los sacramentos pascuales, es decir, por el bautismo, la confirmación y la eucaristía, para formar parte del nuevo pueblo de Dios. Son palabras del Concilio Vaticano II las siguientes: “El pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, su condición es la dignidad y libertad de los hijos de Dios, habita el Espíritu Santo en sus corazones como en un templo. Su ley es el mandamiento nuevo del amor y tiene la misión de dilatar el Reino de Dios (cf. Lumen gentium, 9).
La catequesis para preparar a los sacramentos de la iniciación cristiana es un servicio básico, que en estos meses culmina con las primeras comuniones y confirmaciones. La catequesis para la iniciación cristiana transmite la fe de la Iglesia, que no se puede reducir al aprendizaje de algunas fórmulas como “loritos”. Pero la catequesis tiene contenidos y memorizarlos inteligentemente es muy bueno. Esta catequesis inicia también a la oración, ya que fe y oración se implican mutuamente: La fe lleva a orar y la oración refuerza la fe. La catequesis para la iniciación debe ayudar a participar en la vida de la Iglesia como la familia de la fe; a su modo debe abrir a la misión evangelizadora y a la solicitud por los necesitados.
Las vocaciones al ministerio pastoral, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano, a vivir los consejos evangélicos en el mundo, a dedicar la vida al servicio de los pobres, a las misiones y organismos de caridad, suponen la común vocación cristiana, en que participamos por la iniciación.
Una de las vocaciones específicas es la vocación de los laicos o de los seglares, que desarrolla la constitución Lumen gentium en el capítulo IV, después de haber tratado el sentido y la misión de los obispos, presbíteros y diáconos, y antes de enseñar lo relacionado con la vida religiosa. Todas las vocaciones son preciosas, don de Dios al servicio de la Iglesia y de la humanidad. La llamada a la santidad es universal, no privativa de algunos cristianos, como ha subrayado el Papa Francisco en la Exhortación apostólica última. Pues bien, de los fieles cristianos laicos, de los que como cristianos viven el matrimonio y la familia, en la pluralidad de profesiones civiles, en la gestión de los asuntos temporales, en la educación, las actividades políticas y sociales, en la forma de vivir que tiene como luz, fermento y fuerza al espíritu Santo, dice el Concilio que “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, 30).
La Conferencia Episcopal Española desea desde hace algún tiempo promover de nuevo y con un nuevo rostro la Acción Católica, que tuvo entre nosotros una historia muy rica hasta finales de los años sesenta, cuando por la conflictividad del momento histórico casi desapareció. Estamos ya en una situación pastoralmente serena para retomar con decisión y confianza lo que el Concilio enseñó acerca de la misma Acción Católica (cf. Apostolicam actuositatem, 20). Invito a las parroquias, y con particular énfasis a las que no tienen otras realidades eclesiales con amplia participación de los laicos, a que hagan lo posible para constituir “la Acción Católica que está formada por el laicado diocesano que vive en estrecha corresponsabilidad con los pastores” (Papa Francisco). Asume la Acción Católica la totalidad de la misión de la Iglesia en la Diócesis desde la parroquia. Hacemos nuestro el proyecto que la Conferencia Episcopal quiere relanzar en la hora presente de nuestra Iglesia.
No debemos olvidar que la fiesta de Pentecostés es celebrada con particular intensidad por “La Renovación Carismática”. Quiero agradecer y alentar también a quienes participan en este movimiento o en otros afines, que subrayan el toque especial del Espíritu, su acción en libertad y comunión, la espontaneidad orante, la valiente actividad misionera y el gozo espiritual. Los dones del Espíritu a la Iglesia (eso quiere decir la palabra “carisma”) los recibimos con gratitud, los acompañamos fraternalmente y reconocemos su espacio en la vida y la misión de la Iglesia.
Nos unamos todos en oración, junto con María, la madre de Jesús, para pedir insistentemente a Dios el Espíritu Santo prometido (cf.Act. 1, 14) ¡Que con su venida nos renueve, nos pacifique, intensifique el ardor misionero y nos consuele en las pruebas y sufrimientos! ¡Ven, Espíritu Santo, ven!

 

Llamada a la Santidad en el mundo actual

 

El día 9 de abril fue presentada públicamente la Exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, que había firmado en Roma el 19 de marzo en la fiesta de San José. Se titula, como es habitual, con las primeras palabras en latín ”Gaudate et exultate”; es decir, “Alegraos y regocijaos”, tomadas de Mt. 5, 12. El contexto en el que están situadas es el de la última bienaventuranza, en que el Señor, sorprendente y paradójicamente, invita a los discípulos a que se alegren cuando sean perseguidos por su causa. En el sufrimiento por el Señor hay un gozo incomprensible para el mundo.

El Papa Francisco titula este documento importante con palabras que recuerdan el gozo en el Señor, siguiendo la trayectoria de documentos anteriores. La primera Exhortación apostólica, que fue al mismo tiempo postsinodal, después del Sínodo de los Obispos sobre la evangelización, y programática de su pontificado, llevó por título Evangelii gaudium; y la Exhortación después de las dos Asambleas sinodales sobre la familia se llamó Amoris laetitia. La reiteración de las palabras que recuerdan la alegría cristiana indica que en ellas encuentra el Papa una clave para su magisterio de Obispo de Roma y de Pastor de la Iglesia universal. En nuestro mundo y en la encrucijada presente de la historia nos invita a no perder la alegría en el Señor como inspiración de nuestra vida. Nunca ha sido fácil ser cristianos y siempre es posible la alegría. Hoy rige también aquel dicho de Santa Teresa: “Un santo triste es un triste santo”. ¡Hay santos y es posible la alegría!

Los Papas últimos se sirvieron también de palabras centrales de la fe cristiana para mostrar la veta que desearon seguir en su ministerio pastoral. Juan Pablo II repitió la palabra Redentor y Benedicto XVI la palabra Caridad. Las tres: Alegría, Redentor y Caridad, son filones muy ricos. Esa música de fondo resuena en los documentos respectivos.

La Exhortación apostólica Gaudate et exultate es un documento escrito por un maestro espiritual y un experimentado en el discernimiento de espíritus. Siendo Arzobispo de Buenos Aires y antes había escrito libros sobre maestros y sobre temas espirituales interesantes; pues bien, ahora como Papa retoma aquella línea de servicio pastoral. Siendo el Sucesor de Pedro nos beneficiamos una multitud inmensa. Es un bello escrito; se lee con gusto y sin esfuerzos especiales pues es claro y atractivo; a veces pasa al lenguaje coloquial de una charla dirigida a un grupo de personas. Hay muchas frases sorprendentes por su belleza, simpatía y acierto. Yo invito cordialmente a que se lea y medite. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad en virtud del bautismo, también en nuestro tiempo; hombres y mujeres, de cualquier estado de vida y profesión.

Como es frecuente en sus charlas y escritos con una frase incisiva y directa dice más que con largas reflexiones. Nada puede sustituir la lectura reposada y estimulante de la Exhortación. Para quienes tienen una imagen de la santidad como algo raro oxigena leer esto: “Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis” (n. 96). La santidad no es algo reservado a un corto número de personas e inalcanzable para el común de los mortales. Todos estamos llamados a ser santos, a vivir unidos a Jesús y a seguir sus huellas. Un santo no es alguien nimbado por una aureola y un cerco de luz. Piensa el Papa en santos cercanos y no distantes, “santos de la puerta de al lado” (n. 6). “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: En los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo” (n. 7). La lectura de la Exhortación es una invitación a no vivir con mediocridad que es justamente lo contrario de vivir santamente. Rompe la imagen acaramelada y desarraigada de la vida real de los santos. Un santo es una persona normal que sigue al Señor en el trabajo diario, en las pruebas frecuentes, en la fidelidad al Evangelio, acogiéndose todos los días a la misericordia de Dios. Somos, dice el Papa, “un ejército de perdonados” (n. 82).

Tiene la exhortación cinco capítulos, todos interesantes. El capítulo tercero, titulado “A la luz del Maestro”, es el central; como en la Exhortación Amoris laetitia el centro lo constituyó una especie de comentario al himno de la caridad contenido en el 1 Cor. 13, en la presente ocupan la primera parte del centro un comentario muy bello de las Bienaventuranzas y a continuación lo que llama “el gran protocolo”. En las bienaventuranzas, sigue el Evangelio de San Mateo 5, 3-12 (cf. Lc. 6, 20-23); al terminar el comentario de cada bienaventuranza con una frase lapidaria resume en qué consiste la santidad; y el Protocolo está constituido por Mt. 25, 31-46, que es como el cuestionario para el juicio final. Las bienaventuranzas brotan en el corazón evangelizado, se manifiestan en el exterior y en la vida de relaciones con otras personas. Las bienaventuranzas son como el “carné de identidad de los cristianos” (n. 63)

De entrada a este comentario edificante y luminoso se nos dice: “La palabra ‘feliz’ o ‘bienaventurado’, pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (n. 64). Ser santo no es ser adusto, agriado, apocado, encogido, melancólico, reservado, tristón, sino sereno, pacificado, alegre y abierto a los demás, sobre todo a los necesitados, a aquellos con los que Jesús se identificará cuando nos examine sobre el amor al atardecer de nuestra vida (Mt. 25, 31 ss. Is. 58, 7-8). Oración y servicio a los demás son inseparables. “La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor” (n. 104).

“El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor” (n. 122). El mal humor no es signo de santidad (San Felipe Neri). Al final recuerda a María “que vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús”. “Ella nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña” (n. 176).

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Llamada a la Santidad en el mundo actual

 

El día 9 de abril fue presentada públicamente la Exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, que había firmado en Roma el 19 de marzo en la fiesta de San José. Se titula, como es habitual, con las primeras palabras en latín ”Gaudate et exultate”; es decir, “Alegraos y regocijaos”, tomadas de Mt. 5, 12. El contexto en el que están situadas es el de la última bienaventuranza, en que el Señor, sorprendente y paradójicamente, invita a los discípulos a que se alegren cuando sean perseguidos por su causa. En el sufrimiento por el Señor hay un gozo incomprensible para el mundo.

El Papa Francisco titula este documento importante con palabras que recuerdan el gozo en el Señor, siguiendo la trayectoria de documentos anteriores. La primera Exhortación apostólica, que fue al mismo tiempo postsinodal, después del Sínodo de los Obispos sobre la evangelización, y programática de su pontificado, llevó por título Evangelii gaudium; y la Exhortación después de las dos Asambleas sinodales sobre la familia se llamó Amoris laetitia. La reiteración de las palabras que recuerdan la alegría cristiana indica que en ellas encuentra el Papa una clave para su magisterio de Obispo de Roma y de Pastor de la Iglesia universal. En nuestro mundo y en la encrucijada presente de la historia nos invita a no perder la alegría en el Señor como inspiración de nuestra vida. Nunca ha sido fácil ser cristianos y siempre es posible la alegría. Hoy rige también aquel dicho de Santa Teresa: “Un santo triste es un triste santo”. ¡Hay santos y es posible la alegría!

Los Papas últimos se sirvieron también de palabras centrales de la fe cristiana para mostrar la veta que desearon seguir en su ministerio pastoral. Juan Pablo II repitió la palabra Redentor y Benedicto XVI la palabra Caridad. Las tres: Alegría, Redentor y Caridad, son filones muy ricos. Esa música de fondo resuena en los documentos respectivos.

La Exhortación apostólica Gaudate et exultate es un documento escrito por un maestro espiritual y un experimentado en el discernimiento de espíritus. Siendo Arzobispo de Buenos Aires y antes había escrito libros sobre maestros y sobre temas espirituales interesantes; pues bien, ahora como Papa retoma aquella línea de servicio pastoral. Siendo el Sucesor de Pedro nos beneficiamos una multitud inmensa. Es un bello escrito; se lee con gusto y sin esfuerzos especiales pues es claro y atractivo; a veces pasa al lenguaje coloquial de una charla dirigida a un grupo de personas. Hay muchas frases sorprendentes por su belleza, simpatía y acierto. Yo invito cordialmente a que se lea y medite. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad en virtud del bautismo, también en nuestro tiempo; hombres y mujeres, de cualquier estado de vida y profesión.

Como es frecuente en sus charlas y escritos con una frase incisiva y directa dice más que con largas reflexiones. Nada puede sustituir la lectura reposada y estimulante de la Exhortación. Para quienes tienen una imagen de la santidad como algo raro oxigena leer esto: “Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis” (n. 96). La santidad no es algo reservado a un corto número de personas e inalcanzable para el común de los mortales. Todos estamos llamados a ser santos, a vivir unidos a Jesús y a seguir sus huellas. Un santo no es alguien nimbado por una aureola y un cerco de luz. Piensa el Papa en santos cercanos y no distantes, “santos de la puerta de al lado” (n. 6). “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: En los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo” (n. 7). La lectura de la Exhortación es una invitación a no vivir con mediocridad que es justamente lo contrario de vivir santamente. Rompe la imagen acaramelada y desarraigada de la vida real de los santos. Un santo es una persona normal que sigue al Señor en el trabajo diario, en las pruebas frecuentes, en la fidelidad al Evangelio, acogiéndose todos los días a la misericordia de Dios. Somos, dice el Papa, “un ejército de perdonados” (n. 82).

Tiene la exhortación cinco capítulos, todos interesantes. El capítulo tercero, titulado “A la luz del Maestro”, es el central; como en la Exhortación Amoris laetitia el centro lo constituyó una especie de comentario al himno de la caridad contenido en el 1 Cor. 13, en la presente ocupan la primera parte del centro un comentario muy bello de las Bienaventuranzas y a continuación lo que llama “el gran protocolo”. En las bienaventuranzas, sigue el Evangelio de San Mateo 5, 3-12 (cf. Lc. 6, 20-23); al terminar el comentario de cada bienaventuranza con una frase lapidaria resume en qué consiste la santidad; y el Protocolo está constituido por Mt. 25, 31-46, que es como el cuestionario para el juicio final. Las bienaventuranzas brotan en el corazón evangelizado, se manifiestan en el exterior y en la vida de relaciones con otras personas. Las bienaventuranzas son como el “carné de identidad de los cristianos” (n. 63)

De entrada a este comentario edificante y luminoso se nos dice: “La palabra ‘feliz’ o ‘bienaventurado’, pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (n. 64). Ser santo no es ser adusto, agriado, apocado, encogido, melancólico, reservado, tristón, sino sereno, pacificado, alegre y abierto a los demás, sobre todo a los necesitados, a aquellos con los que Jesús se identificará cuando nos examine sobre el amor al atardecer de nuestra vida (Mt. 25, 31 ss. Is. 58, 7-8). Oración y servicio a los demás son inseparables. “La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor” (n. 104).

“El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor” (n. 122). El mal humor no es signo de santidad (San Felipe Neri). Al final recuerda a María “que vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús”. “Ella nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña” (n. 176).

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Homilía en la Misa Crismal

 

A todos saludo cordialmente. El Señor nos ha convocado esta mañana para mostrarnos de nuevo su confianza y fortalecernos en la misión. Jesús fue ungido por el Espíritu Santo y nosotros como pueblo sacerdotal participamos de su unción. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres” (Lc.4,18). Nos ha llamado a seguirle como discípulos, nos ha ungido en el bautismo y la confirmación y en ordenación sacerdotal, nos ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, los pecadores, los que sufren, los que tienen desgarrado el corazón, los oprimidos por el peso de la vida. Estamos llamados a ser en las diversas situaciones mensajeros de misericordia y esperanza.
Queridos hermanos presbíteros y diáconos, deseo agradeceros esta mañana ante todos vuestro ministerio y fidelidad. Por experiencia sabemos que unas veces nos estimula la gratitud de las personas a las que queremos servir; y en otras ocasiones cumplimos el encargo recibido del Señor en un ambiente de incomprensión y de irrelevancia social, en comunidades muy pequeñas y en medio de pruebas exteriores e interiores. Necesitamos recibir la fuerza del Señor por la oración y apoyarnos en la fraternidad cristiana y ministerial. A pesar de todo, siempre podemos reconocer: “El Señor es mi pastor, nada me falta. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo” (Sal. 22, 1.4).
A todos vosotros, hermanos en la fe y en los trabajos apostólicos, os muestro mi reconocimiento por la colaboración en la catequesis y la educación cristiana, en la pastoral familiar, en la atención a los pobres y a los enfermos, el cuidado del templo y de las celebraciones litúrgicas, en la pastoral misionera y social. Todos con diversos encargos somos enviados por el Señor a su campo.
La bendición del óleo de los catecúmenos y de los enfermos y la consagración del crisma tienen íntima relación con la iniciación cristiana, por una parte, y, por otra, con el acompañamiento a los ancianos y enfermos en el quebranto de su salud y en la soledad. Hemos sido fortalecidos para tomar parte en los trabajos y padecimientos por el Evangelio a través de la transmisión de la fe con la palabra, el testimonio personal y la forma cristiana de vivir (cf. 2Tim. 1, 8-14).
Queridos niños, jóvenes y adultos, la Iglesia es nuestra familia de la fe. Sus puertas están siempre abiertas. Todos somos bienvenidos y necesarios; nadie debe sentirse postergado ni descartado; nadie es privilegiado ni discriminado ante Dios Creador, Amigo y Padre de todos. “Si Dios es amor, la caridad no puede tener fronteras” (San León Magno), ya que no podemos empequeñecer su corazón paternal ni encerrarlo en nuestros estrechos límites.
La iniciación cristiana, por su misma definición, reclama continuidad, y su interrupción nos inquieta. ¿Qué debemos hacer para que después de la primera comunión y de la confirmación prosiga la participación en la vida de la Iglesia? ¿Cómo debemos actuar? Necesitamos alentarnos unos a otros, personalmente y en grupo, para cultivar la semilla sembrada hasta que llegue a la maduración y dé frutos en la Iglesia y en el mundo. La personalización de la fe cristiana es particularmente requerida hoy para afrontar la intemperie social y cultural a que con frecuencia estamos expuestos. ¿Por qué creemos? ¿Qué creemos? ¿Qué nos otorga la fe? ¿Cómo irradiar el Evangelio en nuestro entorno? Sólo una fe personalmente arraigada y formada puede ser evangelizadora. Debemos estar preparados para responder a quienes nos pidan razón de nuestra esperanza (cf. 1 Ped. 3,15).
En la Vigilia Pascual renovaremos las promesas bautismales; en esa celebración extraordinaria pediremos al Señor que renueve nuestro corazón para recobrar la alegría de la salvación, reavivar la fidelidad a la gracia que recibimos y ser fortalecidos en el testimonio del Evangelio.
En esta celebración renovaremos los obispos, sacerdotes y diáconos las promesas de la ordenación. Queridos amigos, el Señor nos ha elegido sin mérito nuestro y no cesa de asegurarnos a cada uno: “Tú eres sacerdote para siempre”. A pesar de nuestras faltas, Él nos dice: Continúo llamándote, no te retiro mi confianza, te envío de nuevo. Dejemos que el Señor nos rejuvenezca interiormente con el “amor primero” (cf. Apoc.2,4) El Señor nos ofrece la oportunidad de un nuevo comienzo. “Et nos novi per veniam, novum canamus canticum”, es decir, “y nosotros renovados por el perdón cantemos un cántico nuevo”. (Himno de Cuaresma). Ninguno de nosotros tenemos derecho a decir: Yo no tengo remedio, ya que el Señor, rico en misericordia, perdona a todos, perdona todo, perdona siempre, si acudimos a Él humildemente. El ejercicio del ministerio que hemos recibido, obispos, presbíteros y diáconos, requiere dedicación, competencia y actualización continua para desarrollarlo con dignidad, perseverancia sin desfallecer y con un trato respetuoso y amable a los demás. Estamos en medio de la comunidad como el que sirve (cf.Lc.22,27). Pero esto requiere ante todo amor al Señor (cf. 1 Cor. 16, 22); este amor debe ser como el alma que anime la vida entera. Jesús nos pregunta esta mañana como preguntó a Pedro: “¿Me quieres?”. Hagamos nuestra la respuesta de Pedro: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. Y el Señor nos confirma en el ministerio que hemos recibido: “Apacienta a mis ovejas” (cf. Jn. 21, 17). La unión con Jesucristo por el amor está en la base del ejercicio fiel de nuestro ministerio. Con las siguientes palabras os preguntaré, queridos sacerdotes: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?”. La Iglesia, que en Jesucristo es “comunión de vida, amor y verdad” (cf. Lumen gentium 9), debe ser germen de unidad, esperanza y salvación en el mundo.
Hace pocos días (la Oración-colecta del domingo V de Cuaresma), hemos pedido a Dios que vivamos de aquel “mismo amor que movió a su Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”. La caridad pastoral es la síntesis y el vínculo que unifica nuestra vida y actividades ministeriales, ya que hemos recibido el encargo de apacentar con amor el rebaño del Señor (San Agustín). Somos tallados por el amor según la horma del Buen Pastor, que nos impulsa a entregarnos personalmente y a convertir en servicio de los demás lo que hemos recibido. La configuración con Jesucristo comporta renuncia y “expropiación” de nosotros mismos para poder servir dando la vida (cf. Mc. 10, 44-45). El servicio pastoral, siguiendo el modelo de Jesús, tiene en la capacidad de sacrificio su “test” de calidad.
La caridad pastoral, en que se concentra la santidad de los sacerdotes, fluye de la Eucaristía, que es “centro y raíz de toda la vida del presbítero” (Presbyterorum ordinis 14). Esta fuente, en que se actualiza el sacrificio de Jesús por la salvación del mundo, debe renovar diariamente la identidad de nuestra vida sacerdotal y su misión apostólica. La unidad de la Iglesia y la fraternidad ministerial tienen en el sacramento eucarístico su manantial y fundamento.
Queridos hermanos presbíteros, diáconos, catequistas, padres y madres de familia, os recuerdo en esta celebración tan rica en sí misma y tan concurrida de participantes una indigencia fundamental: Necesitamos sacerdotes en la Iglesia para el servicio pastoral de nuestra Diócesis y, como implica la solicitud eclesial, para colaborar con otras. Es una necesidad primordial para la vida y la misión de la Iglesia; os pido que la causa de las vocaciones sacerdotales ocupe un puesto preferente en vuestras oraciones y en vuestro empeño apostólico. A este respecto nos recordó el Concilio Vaticano II: “Pertenece a la misma misión sacerdotal, por la que el presbítero participa en la preocupación de la Iglesia, el que el pueblo de Dios no carezca nunca de obreros aquí en la tierra” (Presbyterorum ordinis 11). Invitad, queridos hermanos, a las comunidades cristianas a que cooperen por la oración y otros medios para que recibamos siempre los ministros necesarios. La educación cristiana debe ayudar a que desde pequeños estén disponibles a escuchar el rumor de la voz del amigo Jesús. ¿No escuchamos muchos la invitación del Señor siendo monaguillos? ¿Por qué vías insinúa el Señor su voz y se despiertan las vocaciones? La oración personal y la cercanía de un sacerdote puede hacer emerger lo que hay latente. El corazón habla al corazón, “cor ad cor loquitur” (John, H. Newman). Únicamente puede contagiar entusiasmo la satisfacción auténtica. “Solo la vida enciende la vida” (R. Guardini). “No hay mayor invitación al amor que tomar la delantera amando” (San Agustín). El Papa Francisco nos ha pedido que resistamos a la posible tentación de una cierta “abdicación vocacional”, del debilitamiento en la promoción y educación de las vocaciones.
El Viernes Santo haremos en todas las iglesias de la Diócesis la Colecta por los Santos Lugares. Colaborar en ello es signo de gratitud por el Evangelio que desde aquella tierra se difundió y que ha llegado hasta nosotros. La Iglesia de Jerusalén es la “Iglesia Madre”. Por otra parte, las necesidades que sufren en el servicio del culto y la oración, en el cuidado de los pobres y enfermos, en la continuidad de las familias allí, en la educación de los hijos, son acuciantes. La peregrinación a Tierra Santa, a los lugares del nacimiento, misión y muerte de Jesús, se convertiría fácilmente en viaje de turismo a lugares antiquísimos y de rica tradición, si no hubiera comunidades cristianas vivas. Sin personas el lenguaje de las piedras es frío e inerte. Agradezco la generosidad que año tras año venís manifestando.
Termino con la petición que tomo de la Liturgia de las Horas: “Padre santo, que nos diste a Cristo como pastor de nuestras vidas, ayuda a los pastores y a los pueblos a ellos confiados, para que no falte nunca al rebaño la solicitud de sus pastores ni falte a los pastores la colaboración y obediencia de su rebaño”. Necesitáis queridos sacerdotes, colaboradores en las parroquias y los fieles laicos necesitan vuestra cercanía y entrega pastoral.
¡Que Santa María, la Madre de Jesús, nos acompañe en el recorrido de estos días santos !.

 

Cargar con la cruz siguiendo a Jesús (y II)

 

Ser cristiano significa ser discípulo de Jesús, ser bautizado en su nombre e imitar su ejemplo. Así nos exhorta San Pedro: “Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1Ped.2, 21-24). La muerte de Jesús es causa de salvación para la humanidad; el Señor nos sirvió no sólo con su palabra y con sus obras, sino también con su muerte. “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud” (Mc. 10, 45).

Estamos llamados a cargar diariamente con la cruz siguiendo a Jesús. “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc.9, 23-24). En la aceptación de la cruz se condensa nuestra fidelidad a Jesús que fue crucificado y está vivo para siempre. Todos eliminaríamos de nuestra vida, si en nuestro poder estuviera, la cruz; ya que la cruz es como la “cifra” de lo temible y doloroso. Pero en la cruz santificada por el Señor está la sabiduría divina. “Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos” (cf. Sal 118, 71) La maduración personal más honda acontece en la victoria sobre las pruebas; las personas “curtidas” por la cruz vencen fácilmente las banalidades. La cruz llevada humildemente es el reconocimiento de la gloria de Dios y el crisol de la confianza en los designios insondables del Señor. Dios Padre aparece en algunos crucifijos sosteniendo con sus manos la cruz de su Hijo y también podemos afirmar que nos apoya en nuestra cruz.

Santa Teresa de Jesús escribió sobre el sentido de la cruz los siguientes versos: “En la cruz está la vida / y el consuelo, / y ella sola es el camino / para el cielo /. Después que se puso en cruz / el Salvador, / en la cruz “está la gloria / y el honor”, / y en el padecer dolor / vida y consuelo, y el camino más seguro / para el cielo”. Santa Teresa unió la cuna y la cruz, la pobreza del establo de Belén y el despojo del Calvario, con el hilo conductor del amor humilde y entregado del Señor.

La cruz es comunión con Jesucristo y es vínculo de paz entre los hombres. “Reconcilió con Dios a los dos (gentiles y judíos), uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad” (Ef. 2, 16). En la cruz Jesús ha dado muerte al odio, perdonando y otorgándonos la fuerza para perdonar.

La cruz del Señor ya está iluminada por la resurrección; es una cruz gloriosa; ha sido levantada en lo alto como centro de las miradas que piden clemencia y es árbol de vida eterna. Delante de nosotros, está alzada la Cruz del Señor para que la miremos con fe y recibamos la vida eterna (cf.Jn.3,13-17). Los cristianos no consideramos la cruz como consuelo de personas masoquistas que gozaran siendo maltratadas; para nosotros la cruz es el símbolo del amor de Jesucristo que nos amó hasta el extremo (cf. Jn.3, 16; 13, 1; 1Jn. 3, 16; 4, 9-10). Como Jesús fue crucificado, pero resucitó y está vivo para siempre, podemos sus discípulos estar ya desde ahora alegres al participar en las pruebas por Él y con Él. “Os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas: así la autenticidad de vuestra fe se aquilata al fuego” (cf. 1 Ped. 1, 6-7). “Estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante” (1Ped. 4, 13; y cf. 2Cor. 1. 5-7; Fil. 3, 10). La existencia del cristiano, bautizado en Jesucristo muerto y resucitado (cf. Rom.6, 4-11; 8, 17), es una vida pascual que participa de la cruz y de la victoria del Señor.

La entrega de Jesús que culmina en la crucifixión ha pasado a los” misterios de la Iglesia” (San León Magno). En la celebración eucarística con el poder del Espíritu Santo se actualiza la muerte y resurrección de Jesucristo. La irradiación de la cruz se amplía en la vida de la Iglesia y de los cristianos. Tertuliano (160-220) enseñaba cómo los cristianos trazaban sobre su cuerpo en diferentes ocasiones la imagen de la cruz; se santiguaban recordando los misterios de la Santísima Trinidad, de la Encarnación y de la Redención. Es conmovedor ver a unos papás hacer la señal de la cruz cuando a su hijo pequeño le confían al sueño de la noche. La cruz ha sido mil veces representada en la iconografía cristiana y piadosamente veneradas sus reliquias por los cristianos.

Lo que fue el suplicio de Jesucristo en la cruz es para los fieles cristianos fundamento de esperanza y sacramento central de la Iglesia. Cuando el sacerdote muestra el pan convertido en el Cuerpo del Señor y el cáliz con el vino en su Sangre, diciendo: “Este es el sacramento de nuestra fe”, la comunidad responde: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús! O también puede aclamar la asamblea: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor”.

La vida de los cristianos está insertada en el misterio pascual del Señor, en su muerte y resurrección. Esto celebramos en Semana Santa, que ya está a las puertas.

 

Don Marcelo

Basta el nombre para que los vallisoletanos y en general los españoles con cierta edad y conocimiento de la Iglesia sepamos a quién nos referimos. Ocupó un lugar destacado en nuestra historia durante varios decenios. Hoy quiero recordar a D. Marcelo, porque el día 16 de enero se cumplen 100 años de su nacimiento en Villanubla. En la parroquia se conserva el báculo pastoral donado por él que yo he utilizado para presidir la Eucaristía. Es para nosotros motivo de orgullo honrar su memoria. Fue hijo eminente de nuestra provincia, de nuestra diócesis y miembro de nuestro presbiterio diocesano.

Unas fechas para precisar su itinerario: Ordenado Presbítero en Valladolid el 29 de junio de 1941 después de terminar los estudios en Comillas; Obispo de Astorga de 1961 a 1966; Arzobispo de Barcelona desde 1966 hasta 1972, años turbulentos tanto en el orden eclesial del postconcilio como político, durante los cuales el rechazo inicial se mantuvo con dureza hasta el final. Fue trasladado al Arzobispado de Toledo, donde desplegó sus dotes extraordinarias de pastor. Murió el 25 de agosto de 2004. Yo tuve particular relación con D. Marcelo siendo obispo de Palencia, ya que en vacaciones vivía en Fuentes de Nava, donde él y su hermana Angelita tenían una casa. Recuerdo con honda gratitud el ánimo que me transmitió en la celebración del inicio de mi ministerio episcopal en la catedral de Bilbao. Siempre experimenté su afecto y apoyo.

Deseo subrayar tres aspectos de la actividad de D. Marcelo, que me parecen sobresalientes. Fue delegado arzobispal de Cáritas Diocesana desde 1941 hasta 1961. Fundó el Patronato de San Pedro Regalado para obras sociales; la impronta caritativo-social de la fe le caracterizó siempre. En sintonía con esta veta apostólica fue elegido por los obispos para diversos encargos en la Conferencia Episcopal. Fue un orador excelente, hasta el punto de que muchos iban a escucharle los domingos en la catedral. Armonizó la elocuencia del predicador, el atractivo de la belleza literaria en el decir, la adaptación a la capacidad receptiva de los contenidos por parte de los oyentes que sosegadamente y sin esfuerzo seguían la exposición, la potencia de la voz y los recursos para suscitar y sostener la atención del auditorio. Tuve la oportunidad de escucharle en bastantes ocasiones, sobre todo en Ávila.

Un tercer aspecto de su largo ministerio episcopal es el siguiente: Cuando D. Marcelo llegó a Toledo la situación del Seminario era de decaimiento, como muchos en aquellos años. Pues bien, en poco tiempo remontó la debilidad y adquirió un vigor admirable, acertando en la elección de los formadores y acompañando de cerca al Seminario. Pronto la sólida formación teológico-espiritual, la intensa pastoral vocacional que ha continuado los años siguientes, la serenidad en la vida cotidiana de los seminaristas, el entusiasmo por el ministerio sacerdotal, hicieron que de muchos lugares recibiera candidatos el Seminario de Toledo. Es comprensible que varios presbíteros formados en aquel Seminario hayan recibido el ministerio episcopal.

Durante muchos años presidió la fiesta de la Transverberación de Santa Teresa de Jesús en el Carmelo de la Encarnación de Ávila. Quien fue capellán del Monasterio desde el año 1966 hasta el final de su ministerio por motivos de enfermedad, D. Nicolás González, tuvo el acierto de reunir en un volumen las 27 homilías pronunciadas por D. Marcelo en esa fiesta celebrada el 26 de agosto (Card. González Martín, Véante mis ojos. Santa Teresa para los cristianos de hoy, Edibesa. Madrid, 2003). El libro fue prologado por el Card. Antonio Cañizares, Obispo de Ávila desde el año 1992; más tarde sería sucesor de D. Marcelo en Toledo y continúa presidiendo la fiesta de la Transverberación. Merece la pena leer las homilías, y, si el lector escuchó predicar a D. Marcelo, podrá entre líneas oír el eco de su voz. En cada homilía apreciamos cómo la memoria de Santa Teresa proporciona luz para enfocar la vida cristiana, la situación de la Iglesia y otros acontecimientos de la sociedad.

¿En qué consistió y qué significa la Transverberación del corazón de Santa Teresa de Jesús? En “El Libro de la vida” (29, 13) narra la visión de un ángel con un dardo de fuego atravesándole el corazón; es una visión de orden espiritual. La gracia del dardo aconteció por primera vez hacia el año 1560. “Me dejaba toda abrasada en el amor de Dios”. En el retablo de la capilla de la Transverberación se encuentra un cuadro que es copia del grupo escultórico de L. Bernini “Éxtasis de Santa Teresa”, que se encuentra en la iglesia de Santa María della Vittoria en Roma, de patetismo barroco e intensidad dramática. Esta representación de Santa Teresa aparece también en la basílica subterránea de Lourdes. ¿Por qué no poner mejor para recordar a Santa Teresa en el santuario mariano el retrato auténtico pintado por Fr. Juan de la Miseria, en lugar del cuadro de gran teatralidad imaginativa del Bernini?. En todo caso en la iglesia del convento de la Encarnación hay una capilla denominada de la Transverberación; es un hecho de carácter místico que experimentó la Santa varias veces y que recuerda en diversos escritos.

El dardo viene de Dios por un ángel; no es producto de su imaginación. Le causa al mismo tiempo “dolor grandísimo” y “suavidad excesiva”. Este “episodio cumbre” significa que “la presencia de Cristo se ha unificado, concentrado y desbordado” en la experiencia intensa del amor de Teresa (T. Álvarez). Desea morir para ver al Señor y gozar eternamente de su presencia. El amor se le convierte en surtidor de deseos que la distancia en su pleno cumplimiento hace inefablemente doloroso.

Con frecuencia D. Marcelo lo recuerda: “Ya es tiempo de verte, mi Amado” (p. 163). “El Señor se deja adorar por los hombres que le aman” (p. 226). “Quiero llegar a la cumbre del amor hasta la muerte” (p. 232). El dardo que hirió el corazón de Teresa le dio valor para afrontar todos los trabajos y pruebas de la vida (cf. p. 245).

Celebramos con gratitud los cien años del nacimiento de D. Marcelo. ¡Qué Dios le premie su vida entregada y fecunda! .

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

““Desde entonces, como memorial de gratitud y obediencia, no cesa la Iglesia de celebrar la Cena de Jesús en la que anticipó su entrega en la Cruz”

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Agenda del Cardenal
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Programa Pastoral Diocesano 2017
Cartas pastorales

Homilía en la Fiesta Sacramental de la Universidad de Salamanca

En el marco del 800 aniversario de la fundación de la Universidad de Salamanca, tuvo lugar en la Capilla Real de la misma, el día 10 de junio, el cuarto centenario de la llamada Fiesta Sacramental en el domingo siguiente al Corpus Christi. Lo que sigue es parte de la homilía pronunciada en aquella celebración:
El Evangelio que ha sido proclamado nos habla de un camino, el de dos discípulos que bajaban con aire entristecido a su pueblo después de haber sido crucificado su Maestro Jesús, Profeta poderoso en obras y palabras (Lc. 24, 19). El camino atraviesa varios parajes y diversas fases: Un encuentro imprevisto con un desconocido que se les une; una conversación larga entre los tres caminantes, que va venciendo las distancias y enardeciendo el corazón de los discípulos desalentados; la cena compartida en el atardecer de Emaús, el reconocimiento del compañero que era sorprendentemente el mismo Jesús, y el retorno desbordante de gozo de los que se habían distanciado del grupo para contar lo que les había ocurrido por el camino. Este pasaje evangélico nos introduce a todos por la celebración de la Eucaristía en el camino que empieza en desconcierto y termina en exultación. Jesús se acerca a nosotros, nos invita a su mesa y reanima nuestro corazón.
Permítaseme recordar aquí en la Universidad de Salamanca unas palabras sobre la Eucaristía de un maestro y de un alumno del siglo XVI. Los que venimos de una historia larga podemos recordar lejanos maestros y alumnos que no cesan de enseñarnos. Del Padre Maestro Fr. Luis de León, Catedrático de Escritura en la Universidad de Salamanca, como leemos en la carátula de la edición póstuma de 1779 de la Exposición del Libro de Job, recogemos unos versos de la traducción del himno eucarístico por excelencia, compuesto para la Fiesta del Corpus Christi, el “Pange, lingua”: “Publica, lengua, y canta/ el misterio del cuerpo glorioso; / y de la sangre santa / que dio, por mi reposo, / el fruto de aquel vientre generoso”. Y más adelante: “Aquella criadora / palabra, con palabra sin mudarse, / lo que era pan, agora / en carne hace tornarse / y el vino en propia sangre transformarse”. “El corazón sincero no enflaquece, porque la fe le anima y favorece”, para reconocer el Misterio. “Honremos, pues, echados por tierra, tan divino Sacramento”.
La Palabra eterna, por la que Dios creó todas las cosas y con amor entrañable envió al mundo para salvarnos; este Hijo encarnado con el poder de su palabra hizo del pan de nuestros campos su Cuerpo y del vino de la vid su Sangre derramada por nosotros, y nos los dio como alimento para la vida eterna. El mismo Señor encomendó a sus discípulos sentados con El a la mesa, que realizaran lo que terminaban de vivir en conmemoración suya. Desde entonces, como memorial de gratitud y obediencia, no cesa la Iglesia de celebrar la Cena de Jesús en la que anticipó su entrega en la Cruz.
De San Juan de la Cruz, que fue alumno en la Universidad de Salamanca, son unos versos preciosos. “Aquesta eterna fonte está escondida / en este vivo pan por darnos vida, / aunque es de noche”. “Aquesta viva fuente que deseo / en este pan de vida yo la veo, / aunque es de noche”. Dios se hace fuente en su manar original, en la creación y su belleza, en las Personas divinas; llega esta admirable corriente hasta su manifestación más cercana en el sacramento de la Eucaristía. La Universidad de Salamanca nombró a San Juan de la Cruz, el año 1991 coincidiendo con el cuarto centenario de su muerte, Doctor Honoris Causa.
El Hijo concebido virginalmente por María recibe dos nombres; el de Jesús manifestado por el ángel e impuesto en la circuncisión según la tradición judía, porque “salvará a su pueblo de sus pecados” (cf. Mt. 1, 21), y el de “Enmanuel”, que significa “Dios-con-nosotros” (Is. 7, 14). El Hijo de Dios fue gestado en el seno de María (cf. Mt. 18, 23); garantiza su presencia a los discípulos: “Donde dos o tres están reunidos en su nombre, allí estará presente” (Mt. 18, 20); y promete estar con ellos hasta el final de los tiempos (cf. Mt. 28, 20). Jesús no nos abandona ni nos deja solos. Va con nosotros en el camino de la vida. La presencia sacramental de Jesucristo en la Eucaristía es una forma eminente y singular de presencia del Señor entre nosotros. En el altar está presente para ser adorado y se nos ofrece en alimento.
Podemos sentir desamparo por la oscuridad en algunos tramos del camino; en el itinerario de la fe puede asaltarnos la duda sobre su presencia; también nos hiere la pregunta escéptica que nos cuestiona sobre la presencia de Dios en la historia y en el mundo:” ¿Dónde está tu Dios?” (cf. Sal. 42, 3-11). Frente a las diversas situaciones hoy confesamos unidos en la fe: “Dios está aquí”. La Eucaristía es sacramento de su cercanía a nosotros. “Aunque es de noche” reconocemos y adoramos su presencia.
Esta celebración es al mismo tiempo eclesial y universitaria; libremente participamos en ella y gozosamente compartimos la misma fe. La belleza de la Fiesta Sacramental es tan antigua como nueva.

 

Fiesta de Pentecostés y Apostolado Seglar

L a palabra griega “pentecostés” significa quincuagésimo. La fiesta de Pentecostés tiene lugar el quincuagésimo día después de Pascua. Con Pentecostés concluye la cincuentena pascual, que había comenzado el domingo de la Resurrección del Señor. La Iglesia celebra en Pentecostés la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos reunidos en Jerusalén, marca el origen de la Iglesia y de la misión apostólica. Según la promesa de Jesús, recibieron la fuerza del Espíritu Santo para ser sus testigos en Jerusalén y hasta el confín de la tierra (cf. Act. 1, 8).
San Pedro evoca en el discurso pronunciado el día de Pentecostés el cumplimiento de la profecía de Joel según la cual derramaría el Señor su Espíritu Santo sobre “vuestros hijos e hijas, ancianos y jóvenes, siervos y siervas” y profetizarán (cf. Act. 2, 17-18; Joel, 3, 1-2). Por la fe y el bautismo son hermanos en la comunidad cristiana los judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres insertados en Jesucristo (cf. Gál 3. 27-28; cf. Col.3, 9-11). La salvación de Dios en Jesucristo muerto y resucitado está abierta a todos los que invoquen el nombre del Señor (Act. 4, 11-12; Rom. 10, 9-17). No podemos encerrar en nuestros límites estrechos la amplitud universal del corazón de Dios.
Desde hace tiempo la fiesta de Pentecostés es el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, para recordar que todos en la Iglesia recibimos la dignidad cristiana como hijos de Dios y participamos en la misión evangelizadora. Nadie es imprescindible y nadie queda excluido; no hay privilegios ni discriminaciones.
La vocación cristiana es compartida por todos los que hemos sido iniciados por la fe y los sacramentos pascuales, es decir, por el bautismo, la confirmación y la eucaristía, para formar parte del nuevo pueblo de Dios. Son palabras del Concilio Vaticano II las siguientes: “El pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, su condición es la dignidad y libertad de los hijos de Dios, habita el Espíritu Santo en sus corazones como en un templo. Su ley es el mandamiento nuevo del amor y tiene la misión de dilatar el Reino de Dios (cf. Lumen gentium, 9).
La catequesis para preparar a los sacramentos de la iniciación cristiana es un servicio básico, que en estos meses culmina con las primeras comuniones y confirmaciones. La catequesis para la iniciación cristiana transmite la fe de la Iglesia, que no se puede reducir al aprendizaje de algunas fórmulas como “loritos”. Pero la catequesis tiene contenidos y memorizarlos inteligentemente es muy bueno. Esta catequesis inicia también a la oración, ya que fe y oración se implican mutuamente: La fe lleva a orar y la oración refuerza la fe. La catequesis para la iniciación debe ayudar a participar en la vida de la Iglesia como la familia de la fe; a su modo debe abrir a la misión evangelizadora y a la solicitud por los necesitados.
Las vocaciones al ministerio pastoral, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano, a vivir los consejos evangélicos en el mundo, a dedicar la vida al servicio de los pobres, a las misiones y organismos de caridad, suponen la común vocación cristiana, en que participamos por la iniciación.
Una de las vocaciones específicas es la vocación de los laicos o de los seglares, que desarrolla la constitución Lumen gentium en el capítulo IV, después de haber tratado el sentido y la misión de los obispos, presbíteros y diáconos, y antes de enseñar lo relacionado con la vida religiosa. Todas las vocaciones son preciosas, don de Dios al servicio de la Iglesia y de la humanidad. La llamada a la santidad es universal, no privativa de algunos cristianos, como ha subrayado el Papa Francisco en la Exhortación apostólica última. Pues bien, de los fieles cristianos laicos, de los que como cristianos viven el matrimonio y la familia, en la pluralidad de profesiones civiles, en la gestión de los asuntos temporales, en la educación, las actividades políticas y sociales, en la forma de vivir que tiene como luz, fermento y fuerza al espíritu Santo, dice el Concilio que “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, 30).
La Conferencia Episcopal Española desea desde hace algún tiempo promover de nuevo y con un nuevo rostro la Acción Católica, que tuvo entre nosotros una historia muy rica hasta finales de los años sesenta, cuando por la conflictividad del momento histórico casi desapareció. Estamos ya en una situación pastoralmente serena para retomar con decisión y confianza lo que el Concilio enseñó acerca de la misma Acción Católica (cf. Apostolicam actuositatem, 20). Invito a las parroquias, y con particular énfasis a las que no tienen otras realidades eclesiales con amplia participación de los laicos, a que hagan lo posible para constituir “la Acción Católica que está formada por el laicado diocesano que vive en estrecha corresponsabilidad con los pastores” (Papa Francisco). Asume la Acción Católica la totalidad de la misión de la Iglesia en la Diócesis desde la parroquia. Hacemos nuestro el proyecto que la Conferencia Episcopal quiere relanzar en la hora presente de nuestra Iglesia.
No debemos olvidar que la fiesta de Pentecostés es celebrada con particular intensidad por “La Renovación Carismática”. Quiero agradecer y alentar también a quienes participan en este movimiento o en otros afines, que subrayan el toque especial del Espíritu, su acción en libertad y comunión, la espontaneidad orante, la valiente actividad misionera y el gozo espiritual. Los dones del Espíritu a la Iglesia (eso quiere decir la palabra “carisma”) los recibimos con gratitud, los acompañamos fraternalmente y reconocemos su espacio en la vida y la misión de la Iglesia.
Nos unamos todos en oración, junto con María, la madre de Jesús, para pedir insistentemente a Dios el Espíritu Santo prometido (cf.Act. 1, 14) ¡Que con su venida nos renueve, nos pacifique, intensifique el ardor misionero y nos consuele en las pruebas y sufrimientos! ¡Ven, Espíritu Santo, ven!

 

Llamada a la Santidad en el mundo actual

 

El día 9 de abril fue presentada públicamente la Exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, que había firmado en Roma el 19 de marzo en la fiesta de San José. Se titula, como es habitual, con las primeras palabras en latín ”Gaudate et exultate”; es decir, “Alegraos y regocijaos”, tomadas de Mt. 5, 12. El contexto en el que están situadas es el de la última bienaventuranza, en que el Señor, sorprendente y paradójicamente, invita a los discípulos a que se alegren cuando sean perseguidos por su causa. En el sufrimiento por el Señor hay un gozo incomprensible para el mundo.

El Papa Francisco titula este documento importante con palabras que recuerdan el gozo en el Señor, siguiendo la trayectoria de documentos anteriores. La primera Exhortación apostólica, que fue al mismo tiempo postsinodal, después del Sínodo de los Obispos sobre la evangelización, y programática de su pontificado, llevó por título Evangelii gaudium; y la Exhortación después de las dos Asambleas sinodales sobre la familia se llamó Amoris laetitia. La reiteración de las palabras que recuerdan la alegría cristiana indica que en ellas encuentra el Papa una clave para su magisterio de Obispo de Roma y de Pastor de la Iglesia universal. En nuestro mundo y en la encrucijada presente de la historia nos invita a no perder la alegría en el Señor como inspiración de nuestra vida. Nunca ha sido fácil ser cristianos y siempre es posible la alegría. Hoy rige también aquel dicho de Santa Teresa: “Un santo triste es un triste santo”. ¡Hay santos y es posible la alegría!

Los Papas últimos se sirvieron también de palabras centrales de la fe cristiana para mostrar la veta que desearon seguir en su ministerio pastoral. Juan Pablo II repitió la palabra Redentor y Benedicto XVI la palabra Caridad. Las tres: Alegría, Redentor y Caridad, son filones muy ricos. Esa música de fondo resuena en los documentos respectivos.

La Exhortación apostólica Gaudate et exultate es un documento escrito por un maestro espiritual y un experimentado en el discernimiento de espíritus. Siendo Arzobispo de Buenos Aires y antes había escrito libros sobre maestros y sobre temas espirituales interesantes; pues bien, ahora como Papa retoma aquella línea de servicio pastoral. Siendo el Sucesor de Pedro nos beneficiamos una multitud inmensa. Es un bello escrito; se lee con gusto y sin esfuerzos especiales pues es claro y atractivo; a veces pasa al lenguaje coloquial de una charla dirigida a un grupo de personas. Hay muchas frases sorprendentes por su belleza, simpatía y acierto. Yo invito cordialmente a que se lea y medite. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad en virtud del bautismo, también en nuestro tiempo; hombres y mujeres, de cualquier estado de vida y profesión.

Como es frecuente en sus charlas y escritos con una frase incisiva y directa dice más que con largas reflexiones. Nada puede sustituir la lectura reposada y estimulante de la Exhortación. Para quienes tienen una imagen de la santidad como algo raro oxigena leer esto: “Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis” (n. 96). La santidad no es algo reservado a un corto número de personas e inalcanzable para el común de los mortales. Todos estamos llamados a ser santos, a vivir unidos a Jesús y a seguir sus huellas. Un santo no es alguien nimbado por una aureola y un cerco de luz. Piensa el Papa en santos cercanos y no distantes, “santos de la puerta de al lado” (n. 6). “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: En los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo” (n. 7). La lectura de la Exhortación es una invitación a no vivir con mediocridad que es justamente lo contrario de vivir santamente. Rompe la imagen acaramelada y desarraigada de la vida real de los santos. Un santo es una persona normal que sigue al Señor en el trabajo diario, en las pruebas frecuentes, en la fidelidad al Evangelio, acogiéndose todos los días a la misericordia de Dios. Somos, dice el Papa, “un ejército de perdonados” (n. 82).

Tiene la exhortación cinco capítulos, todos interesantes. El capítulo tercero, titulado “A la luz del Maestro”, es el central; como en la Exhortación Amoris laetitia el centro lo constituyó una especie de comentario al himno de la caridad contenido en el 1 Cor. 13, en la presente ocupan la primera parte del centro un comentario muy bello de las Bienaventuranzas y a continuación lo que llama “el gran protocolo”. En las bienaventuranzas, sigue el Evangelio de San Mateo 5, 3-12 (cf. Lc. 6, 20-23); al terminar el comentario de cada bienaventuranza con una frase lapidaria resume en qué consiste la santidad; y el Protocolo está constituido por Mt. 25, 31-46, que es como el cuestionario para el juicio final. Las bienaventuranzas brotan en el corazón evangelizado, se manifiestan en el exterior y en la vida de relaciones con otras personas. Las bienaventuranzas son como el “carné de identidad de los cristianos” (n. 63)

De entrada a este comentario edificante y luminoso se nos dice: “La palabra ‘feliz’ o ‘bienaventurado’, pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (n. 64). Ser santo no es ser adusto, agriado, apocado, encogido, melancólico, reservado, tristón, sino sereno, pacificado, alegre y abierto a los demás, sobre todo a los necesitados, a aquellos con los que Jesús se identificará cuando nos examine sobre el amor al atardecer de nuestra vida (Mt. 25, 31 ss. Is. 58, 7-8). Oración y servicio a los demás son inseparables. “La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor” (n. 104).

“El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor” (n. 122). El mal humor no es signo de santidad (San Felipe Neri). Al final recuerda a María “que vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús”. “Ella nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña” (n. 176).

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Llamada a la Santidad en el mundo actual

 

El día 9 de abril fue presentada públicamente la Exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, que había firmado en Roma el 19 de marzo en la fiesta de San José. Se titula, como es habitual, con las primeras palabras en latín ”Gaudate et exultate”; es decir, “Alegraos y regocijaos”, tomadas de Mt. 5, 12. El contexto en el que están situadas es el de la última bienaventuranza, en que el Señor, sorprendente y paradójicamente, invita a los discípulos a que se alegren cuando sean perseguidos por su causa. En el sufrimiento por el Señor hay un gozo incomprensible para el mundo.

El Papa Francisco titula este documento importante con palabras que recuerdan el gozo en el Señor, siguiendo la trayectoria de documentos anteriores. La primera Exhortación apostólica, que fue al mismo tiempo postsinodal, después del Sínodo de los Obispos sobre la evangelización, y programática de su pontificado, llevó por título Evangelii gaudium; y la Exhortación después de las dos Asambleas sinodales sobre la familia se llamó Amoris laetitia. La reiteración de las palabras que recuerdan la alegría cristiana indica que en ellas encuentra el Papa una clave para su magisterio de Obispo de Roma y de Pastor de la Iglesia universal. En nuestro mundo y en la encrucijada presente de la historia nos invita a no perder la alegría en el Señor como inspiración de nuestra vida. Nunca ha sido fácil ser cristianos y siempre es posible la alegría. Hoy rige también aquel dicho de Santa Teresa: “Un santo triste es un triste santo”. ¡Hay santos y es posible la alegría!

Los Papas últimos se sirvieron también de palabras centrales de la fe cristiana para mostrar la veta que desearon seguir en su ministerio pastoral. Juan Pablo II repitió la palabra Redentor y Benedicto XVI la palabra Caridad. Las tres: Alegría, Redentor y Caridad, son filones muy ricos. Esa música de fondo resuena en los documentos respectivos.

La Exhortación apostólica Gaudate et exultate es un documento escrito por un maestro espiritual y un experimentado en el discernimiento de espíritus. Siendo Arzobispo de Buenos Aires y antes había escrito libros sobre maestros y sobre temas espirituales interesantes; pues bien, ahora como Papa retoma aquella línea de servicio pastoral. Siendo el Sucesor de Pedro nos beneficiamos una multitud inmensa. Es un bello escrito; se lee con gusto y sin esfuerzos especiales pues es claro y atractivo; a veces pasa al lenguaje coloquial de una charla dirigida a un grupo de personas. Hay muchas frases sorprendentes por su belleza, simpatía y acierto. Yo invito cordialmente a que se lea y medite. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad en virtud del bautismo, también en nuestro tiempo; hombres y mujeres, de cualquier estado de vida y profesión.

Como es frecuente en sus charlas y escritos con una frase incisiva y directa dice más que con largas reflexiones. Nada puede sustituir la lectura reposada y estimulante de la Exhortación. Para quienes tienen una imagen de la santidad como algo raro oxigena leer esto: “Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis” (n. 96). La santidad no es algo reservado a un corto número de personas e inalcanzable para el común de los mortales. Todos estamos llamados a ser santos, a vivir unidos a Jesús y a seguir sus huellas. Un santo no es alguien nimbado por una aureola y un cerco de luz. Piensa el Papa en santos cercanos y no distantes, “santos de la puerta de al lado” (n. 6). “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: En los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo” (n. 7). La lectura de la Exhortación es una invitación a no vivir con mediocridad que es justamente lo contrario de vivir santamente. Rompe la imagen acaramelada y desarraigada de la vida real de los santos. Un santo es una persona normal que sigue al Señor en el trabajo diario, en las pruebas frecuentes, en la fidelidad al Evangelio, acogiéndose todos los días a la misericordia de Dios. Somos, dice el Papa, “un ejército de perdonados” (n. 82).

Tiene la exhortación cinco capítulos, todos interesantes. El capítulo tercero, titulado “A la luz del Maestro”, es el central; como en la Exhortación Amoris laetitia el centro lo constituyó una especie de comentario al himno de la caridad contenido en el 1 Cor. 13, en la presente ocupan la primera parte del centro un comentario muy bello de las Bienaventuranzas y a continuación lo que llama “el gran protocolo”. En las bienaventuranzas, sigue el Evangelio de San Mateo 5, 3-12 (cf. Lc. 6, 20-23); al terminar el comentario de cada bienaventuranza con una frase lapidaria resume en qué consiste la santidad; y el Protocolo está constituido por Mt. 25, 31-46, que es como el cuestionario para el juicio final. Las bienaventuranzas brotan en el corazón evangelizado, se manifiestan en el exterior y en la vida de relaciones con otras personas. Las bienaventuranzas son como el “carné de identidad de los cristianos” (n. 63)

De entrada a este comentario edificante y luminoso se nos dice: “La palabra ‘feliz’ o ‘bienaventurado’, pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (n. 64). Ser santo no es ser adusto, agriado, apocado, encogido, melancólico, reservado, tristón, sino sereno, pacificado, alegre y abierto a los demás, sobre todo a los necesitados, a aquellos con los que Jesús se identificará cuando nos examine sobre el amor al atardecer de nuestra vida (Mt. 25, 31 ss. Is. 58, 7-8). Oración y servicio a los demás son inseparables. “La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor” (n. 104).

“El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor” (n. 122). El mal humor no es signo de santidad (San Felipe Neri). Al final recuerda a María “que vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús”. “Ella nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña” (n. 176).

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Homilía en la Misa Crismal

 

A todos saludo cordialmente. El Señor nos ha convocado esta mañana para mostrarnos de nuevo su confianza y fortalecernos en la misión. Jesús fue ungido por el Espíritu Santo y nosotros como pueblo sacerdotal participamos de su unción. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres” (Lc.4,18). Nos ha llamado a seguirle como discípulos, nos ha ungido en el bautismo y la confirmación y en ordenación sacerdotal, nos ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, los pecadores, los que sufren, los que tienen desgarrado el corazón, los oprimidos por el peso de la vida. Estamos llamados a ser en las diversas situaciones mensajeros de misericordia y esperanza.
Queridos hermanos presbíteros y diáconos, deseo agradeceros esta mañana ante todos vuestro ministerio y fidelidad. Por experiencia sabemos que unas veces nos estimula la gratitud de las personas a las que queremos servir; y en otras ocasiones cumplimos el encargo recibido del Señor en un ambiente de incomprensión y de irrelevancia social, en comunidades muy pequeñas y en medio de pruebas exteriores e interiores. Necesitamos recibir la fuerza del Señor por la oración y apoyarnos en la fraternidad cristiana y ministerial. A pesar de todo, siempre podemos reconocer: “El Señor es mi pastor, nada me falta. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo” (Sal. 22, 1.4).
A todos vosotros, hermanos en la fe y en los trabajos apostólicos, os muestro mi reconocimiento por la colaboración en la catequesis y la educación cristiana, en la pastoral familiar, en la atención a los pobres y a los enfermos, el cuidado del templo y de las celebraciones litúrgicas, en la pastoral misionera y social. Todos con diversos encargos somos enviados por el Señor a su campo.
La bendición del óleo de los catecúmenos y de los enfermos y la consagración del crisma tienen íntima relación con la iniciación cristiana, por una parte, y, por otra, con el acompañamiento a los ancianos y enfermos en el quebranto de su salud y en la soledad. Hemos sido fortalecidos para tomar parte en los trabajos y padecimientos por el Evangelio a través de la transmisión de la fe con la palabra, el testimonio personal y la forma cristiana de vivir (cf. 2Tim. 1, 8-14).
Queridos niños, jóvenes y adultos, la Iglesia es nuestra familia de la fe. Sus puertas están siempre abiertas. Todos somos bienvenidos y necesarios; nadie debe sentirse postergado ni descartado; nadie es privilegiado ni discriminado ante Dios Creador, Amigo y Padre de todos. “Si Dios es amor, la caridad no puede tener fronteras” (San León Magno), ya que no podemos empequeñecer su corazón paternal ni encerrarlo en nuestros estrechos límites.
La iniciación cristiana, por su misma definición, reclama continuidad, y su interrupción nos inquieta. ¿Qué debemos hacer para que después de la primera comunión y de la confirmación prosiga la participación en la vida de la Iglesia? ¿Cómo debemos actuar? Necesitamos alentarnos unos a otros, personalmente y en grupo, para cultivar la semilla sembrada hasta que llegue a la maduración y dé frutos en la Iglesia y en el mundo. La personalización de la fe cristiana es particularmente requerida hoy para afrontar la intemperie social y cultural a que con frecuencia estamos expuestos. ¿Por qué creemos? ¿Qué creemos? ¿Qué nos otorga la fe? ¿Cómo irradiar el Evangelio en nuestro entorno? Sólo una fe personalmente arraigada y formada puede ser evangelizadora. Debemos estar preparados para responder a quienes nos pidan razón de nuestra esperanza (cf. 1 Ped. 3,15).
En la Vigilia Pascual renovaremos las promesas bautismales; en esa celebración extraordinaria pediremos al Señor que renueve nuestro corazón para recobrar la alegría de la salvación, reavivar la fidelidad a la gracia que recibimos y ser fortalecidos en el testimonio del Evangelio.
En esta celebración renovaremos los obispos, sacerdotes y diáconos las promesas de la ordenación. Queridos amigos, el Señor nos ha elegido sin mérito nuestro y no cesa de asegurarnos a cada uno: “Tú eres sacerdote para siempre”. A pesar de nuestras faltas, Él nos dice: Continúo llamándote, no te retiro mi confianza, te envío de nuevo. Dejemos que el Señor nos rejuvenezca interiormente con el “amor primero” (cf. Apoc.2,4) El Señor nos ofrece la oportunidad de un nuevo comienzo. “Et nos novi per veniam, novum canamus canticum”, es decir, “y nosotros renovados por el perdón cantemos un cántico nuevo”. (Himno de Cuaresma). Ninguno de nosotros tenemos derecho a decir: Yo no tengo remedio, ya que el Señor, rico en misericordia, perdona a todos, perdona todo, perdona siempre, si acudimos a Él humildemente. El ejercicio del ministerio que hemos recibido, obispos, presbíteros y diáconos, requiere dedicación, competencia y actualización continua para desarrollarlo con dignidad, perseverancia sin desfallecer y con un trato respetuoso y amable a los demás. Estamos en medio de la comunidad como el que sirve (cf.Lc.22,27). Pero esto requiere ante todo amor al Señor (cf. 1 Cor. 16, 22); este amor debe ser como el alma que anime la vida entera. Jesús nos pregunta esta mañana como preguntó a Pedro: “¿Me quieres?”. Hagamos nuestra la respuesta de Pedro: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. Y el Señor nos confirma en el ministerio que hemos recibido: “Apacienta a mis ovejas” (cf. Jn. 21, 17). La unión con Jesucristo por el amor está en la base del ejercicio fiel de nuestro ministerio. Con las siguientes palabras os preguntaré, queridos sacerdotes: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?”. La Iglesia, que en Jesucristo es “comunión de vida, amor y verdad” (cf. Lumen gentium 9), debe ser germen de unidad, esperanza y salvación en el mundo.
Hace pocos días (la Oración-colecta del domingo V de Cuaresma), hemos pedido a Dios que vivamos de aquel “mismo amor que movió a su Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”. La caridad pastoral es la síntesis y el vínculo que unifica nuestra vida y actividades ministeriales, ya que hemos recibido el encargo de apacentar con amor el rebaño del Señor (San Agustín). Somos tallados por el amor según la horma del Buen Pastor, que nos impulsa a entregarnos personalmente y a convertir en servicio de los demás lo que hemos recibido. La configuración con Jesucristo comporta renuncia y “expropiación” de nosotros mismos para poder servir dando la vida (cf. Mc. 10, 44-45). El servicio pastoral, siguiendo el modelo de Jesús, tiene en la capacidad de sacrificio su “test” de calidad.
La caridad pastoral, en que se concentra la santidad de los sacerdotes, fluye de la Eucaristía, que es “centro y raíz de toda la vida del presbítero” (Presbyterorum ordinis 14). Esta fuente, en que se actualiza el sacrificio de Jesús por la salvación del mundo, debe renovar diariamente la identidad de nuestra vida sacerdotal y su misión apostólica. La unidad de la Iglesia y la fraternidad ministerial tienen en el sacramento eucarístico su manantial y fundamento.
Queridos hermanos presbíteros, diáconos, catequistas, padres y madres de familia, os recuerdo en esta celebración tan rica en sí misma y tan concurrida de participantes una indigencia fundamental: Necesitamos sacerdotes en la Iglesia para el servicio pastoral de nuestra Diócesis y, como implica la solicitud eclesial, para colaborar con otras. Es una necesidad primordial para la vida y la misión de la Iglesia; os pido que la causa de las vocaciones sacerdotales ocupe un puesto preferente en vuestras oraciones y en vuestro empeño apostólico. A este respecto nos recordó el Concilio Vaticano II: “Pertenece a la misma misión sacerdotal, por la que el presbítero participa en la preocupación de la Iglesia, el que el pueblo de Dios no carezca nunca de obreros aquí en la tierra” (Presbyterorum ordinis 11). Invitad, queridos hermanos, a las comunidades cristianas a que cooperen por la oración y otros medios para que recibamos siempre los ministros necesarios. La educación cristiana debe ayudar a que desde pequeños estén disponibles a escuchar el rumor de la voz del amigo Jesús. ¿No escuchamos muchos la invitación del Señor siendo monaguillos? ¿Por qué vías insinúa el Señor su voz y se despiertan las vocaciones? La oración personal y la cercanía de un sacerdote puede hacer emerger lo que hay latente. El corazón habla al corazón, “cor ad cor loquitur” (John, H. Newman). Únicamente puede contagiar entusiasmo la satisfacción auténtica. “Solo la vida enciende la vida” (R. Guardini). “No hay mayor invitación al amor que tomar la delantera amando” (San Agustín). El Papa Francisco nos ha pedido que resistamos a la posible tentación de una cierta “abdicación vocacional”, del debilitamiento en la promoción y educación de las vocaciones.
El Viernes Santo haremos en todas las iglesias de la Diócesis la Colecta por los Santos Lugares. Colaborar en ello es signo de gratitud por el Evangelio que desde aquella tierra se difundió y que ha llegado hasta nosotros. La Iglesia de Jerusalén es la “Iglesia Madre”. Por otra parte, las necesidades que sufren en el servicio del culto y la oración, en el cuidado de los pobres y enfermos, en la continuidad de las familias allí, en la educación de los hijos, son acuciantes. La peregrinación a Tierra Santa, a los lugares del nacimiento, misión y muerte de Jesús, se convertiría fácilmente en viaje de turismo a lugares antiquísimos y de rica tradición, si no hubiera comunidades cristianas vivas. Sin personas el lenguaje de las piedras es frío e inerte. Agradezco la generosidad que año tras año venís manifestando.
Termino con la petición que tomo de la Liturgia de las Horas: “Padre santo, que nos diste a Cristo como pastor de nuestras vidas, ayuda a los pastores y a los pueblos a ellos confiados, para que no falte nunca al rebaño la solicitud de sus pastores ni falte a los pastores la colaboración y obediencia de su rebaño”. Necesitáis queridos sacerdotes, colaboradores en las parroquias y los fieles laicos necesitan vuestra cercanía y entrega pastoral.
¡Que Santa María, la Madre de Jesús, nos acompañe en el recorrido de estos días santos !.

 

Cargar con la cruz siguiendo a Jesús (y II)

 

Ser cristiano significa ser discípulo de Jesús, ser bautizado en su nombre e imitar su ejemplo. Así nos exhorta San Pedro: “Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1Ped.2, 21-24). La muerte de Jesús es causa de salvación para la humanidad; el Señor nos sirvió no sólo con su palabra y con sus obras, sino también con su muerte. “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud” (Mc. 10, 45).

Estamos llamados a cargar diariamente con la cruz siguiendo a Jesús. “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc.9, 23-24). En la aceptación de la cruz se condensa nuestra fidelidad a Jesús que fue crucificado y está vivo para siempre. Todos eliminaríamos de nuestra vida, si en nuestro poder estuviera, la cruz; ya que la cruz es como la “cifra” de lo temible y doloroso. Pero en la cruz santificada por el Señor está la sabiduría divina. “Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos” (cf. Sal 118, 71) La maduración personal más honda acontece en la victoria sobre las pruebas; las personas “curtidas” por la cruz vencen fácilmente las banalidades. La cruz llevada humildemente es el reconocimiento de la gloria de Dios y el crisol de la confianza en los designios insondables del Señor. Dios Padre aparece en algunos crucifijos sosteniendo con sus manos la cruz de su Hijo y también podemos afirmar que nos apoya en nuestra cruz.

Santa Teresa de Jesús escribió sobre el sentido de la cruz los siguientes versos: “En la cruz está la vida / y el consuelo, / y ella sola es el camino / para el cielo /. Después que se puso en cruz / el Salvador, / en la cruz “está la gloria / y el honor”, / y en el padecer dolor / vida y consuelo, y el camino más seguro / para el cielo”. Santa Teresa unió la cuna y la cruz, la pobreza del establo de Belén y el despojo del Calvario, con el hilo conductor del amor humilde y entregado del Señor.

La cruz es comunión con Jesucristo y es vínculo de paz entre los hombres. “Reconcilió con Dios a los dos (gentiles y judíos), uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad” (Ef. 2, 16). En la cruz Jesús ha dado muerte al odio, perdonando y otorgándonos la fuerza para perdonar.

La cruz del Señor ya está iluminada por la resurrección; es una cruz gloriosa; ha sido levantada en lo alto como centro de las miradas que piden clemencia y es árbol de vida eterna. Delante de nosotros, está alzada la Cruz del Señor para que la miremos con fe y recibamos la vida eterna (cf.Jn.3,13-17). Los cristianos no consideramos la cruz como consuelo de personas masoquistas que gozaran siendo maltratadas; para nosotros la cruz es el símbolo del amor de Jesucristo que nos amó hasta el extremo (cf. Jn.3, 16; 13, 1; 1Jn. 3, 16; 4, 9-10). Como Jesús fue crucificado, pero resucitó y está vivo para siempre, podemos sus discípulos estar ya desde ahora alegres al participar en las pruebas por Él y con Él. “Os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas: así la autenticidad de vuestra fe se aquilata al fuego” (cf. 1 Ped. 1, 6-7). “Estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante” (1Ped. 4, 13; y cf. 2Cor. 1. 5-7; Fil. 3, 10). La existencia del cristiano, bautizado en Jesucristo muerto y resucitado (cf. Rom.6, 4-11; 8, 17), es una vida pascual que participa de la cruz y de la victoria del Señor.

La entrega de Jesús que culmina en la crucifixión ha pasado a los” misterios de la Iglesia” (San León Magno). En la celebración eucarística con el poder del Espíritu Santo se actualiza la muerte y resurrección de Jesucristo. La irradiación de la cruz se amplía en la vida de la Iglesia y de los cristianos. Tertuliano (160-220) enseñaba cómo los cristianos trazaban sobre su cuerpo en diferentes ocasiones la imagen de la cruz; se santiguaban recordando los misterios de la Santísima Trinidad, de la Encarnación y de la Redención. Es conmovedor ver a unos papás hacer la señal de la cruz cuando a su hijo pequeño le confían al sueño de la noche. La cruz ha sido mil veces representada en la iconografía cristiana y piadosamente veneradas sus reliquias por los cristianos.

Lo que fue el suplicio de Jesucristo en la cruz es para los fieles cristianos fundamento de esperanza y sacramento central de la Iglesia. Cuando el sacerdote muestra el pan convertido en el Cuerpo del Señor y el cáliz con el vino en su Sangre, diciendo: “Este es el sacramento de nuestra fe”, la comunidad responde: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús! O también puede aclamar la asamblea: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor”.

La vida de los cristianos está insertada en el misterio pascual del Señor, en su muerte y resurrección. Esto celebramos en Semana Santa, que ya está a las puertas.

 

Don Marcelo

Basta el nombre para que los vallisoletanos y en general los españoles con cierta edad y conocimiento de la Iglesia sepamos a quién nos referimos. Ocupó un lugar destacado en nuestra historia durante varios decenios. Hoy quiero recordar a D. Marcelo, porque el día 16 de enero se cumplen 100 años de su nacimiento en Villanubla. En la parroquia se conserva el báculo pastoral donado por él que yo he utilizado para presidir la Eucaristía. Es para nosotros motivo de orgullo honrar su memoria. Fue hijo eminente de nuestra provincia, de nuestra diócesis y miembro de nuestro presbiterio diocesano.

Unas fechas para precisar su itinerario: Ordenado Presbítero en Valladolid el 29 de junio de 1941 después de terminar los estudios en Comillas; Obispo de Astorga de 1961 a 1966; Arzobispo de Barcelona desde 1966 hasta 1972, años turbulentos tanto en el orden eclesial del postconcilio como político, durante los cuales el rechazo inicial se mantuvo con dureza hasta el final. Fue trasladado al Arzobispado de Toledo, donde desplegó sus dotes extraordinarias de pastor. Murió el 25 de agosto de 2004. Yo tuve particular relación con D. Marcelo siendo obispo de Palencia, ya que en vacaciones vivía en Fuentes de Nava, donde él y su hermana Angelita tenían una casa. Recuerdo con honda gratitud el ánimo que me transmitió en la celebración del inicio de mi ministerio episcopal en la catedral de Bilbao. Siempre experimenté su afecto y apoyo.

Deseo subrayar tres aspectos de la actividad de D. Marcelo, que me parecen sobresalientes. Fue delegado arzobispal de Cáritas Diocesana desde 1941 hasta 1961. Fundó el Patronato de San Pedro Regalado para obras sociales; la impronta caritativo-social de la fe le caracterizó siempre. En sintonía con esta veta apostólica fue elegido por los obispos para diversos encargos en la Conferencia Episcopal. Fue un orador excelente, hasta el punto de que muchos iban a escucharle los domingos en la catedral. Armonizó la elocuencia del predicador, el atractivo de la belleza literaria en el decir, la adaptación a la capacidad receptiva de los contenidos por parte de los oyentes que sosegadamente y sin esfuerzo seguían la exposición, la potencia de la voz y los recursos para suscitar y sostener la atención del auditorio. Tuve la oportunidad de escucharle en bastantes ocasiones, sobre todo en Ávila.

Un tercer aspecto de su largo ministerio episcopal es el siguiente: Cuando D. Marcelo llegó a Toledo la situación del Seminario era de decaimiento, como muchos en aquellos años. Pues bien, en poco tiempo remontó la debilidad y adquirió un vigor admirable, acertando en la elección de los formadores y acompañando de cerca al Seminario. Pronto la sólida formación teológico-espiritual, la intensa pastoral vocacional que ha continuado los años siguientes, la serenidad en la vida cotidiana de los seminaristas, el entusiasmo por el ministerio sacerdotal, hicieron que de muchos lugares recibiera candidatos el Seminario de Toledo. Es comprensible que varios presbíteros formados en aquel Seminario hayan recibido el ministerio episcopal.

Durante muchos años presidió la fiesta de la Transverberación de Santa Teresa de Jesús en el Carmelo de la Encarnación de Ávila. Quien fue capellán del Monasterio desde el año 1966 hasta el final de su ministerio por motivos de enfermedad, D. Nicolás González, tuvo el acierto de reunir en un volumen las 27 homilías pronunciadas por D. Marcelo en esa fiesta celebrada el 26 de agosto (Card. González Martín, Véante mis ojos. Santa Teresa para los cristianos de hoy, Edibesa. Madrid, 2003). El libro fue prologado por el Card. Antonio Cañizares, Obispo de Ávila desde el año 1992; más tarde sería sucesor de D. Marcelo en Toledo y continúa presidiendo la fiesta de la Transverberación. Merece la pena leer las homilías, y, si el lector escuchó predicar a D. Marcelo, podrá entre líneas oír el eco de su voz. En cada homilía apreciamos cómo la memoria de Santa Teresa proporciona luz para enfocar la vida cristiana, la situación de la Iglesia y otros acontecimientos de la sociedad.

¿En qué consistió y qué significa la Transverberación del corazón de Santa Teresa de Jesús? En “El Libro de la vida” (29, 13) narra la visión de un ángel con un dardo de fuego atravesándole el corazón; es una visión de orden espiritual. La gracia del dardo aconteció por primera vez hacia el año 1560. “Me dejaba toda abrasada en el amor de Dios”. En el retablo de la capilla de la Transverberación se encuentra un cuadro que es copia del grupo escultórico de L. Bernini “Éxtasis de Santa Teresa”, que se encuentra en la iglesia de Santa María della Vittoria en Roma, de patetismo barroco e intensidad dramática. Esta representación de Santa Teresa aparece también en la basílica subterránea de Lourdes. ¿Por qué no poner mejor para recordar a Santa Teresa en el santuario mariano el retrato auténtico pintado por Fr. Juan de la Miseria, en lugar del cuadro de gran teatralidad imaginativa del Bernini?. En todo caso en la iglesia del convento de la Encarnación hay una capilla denominada de la Transverberación; es un hecho de carácter místico que experimentó la Santa varias veces y que recuerda en diversos escritos.

El dardo viene de Dios por un ángel; no es producto de su imaginación. Le causa al mismo tiempo “dolor grandísimo” y “suavidad excesiva”. Este “episodio cumbre” significa que “la presencia de Cristo se ha unificado, concentrado y desbordado” en la experiencia intensa del amor de Teresa (T. Álvarez). Desea morir para ver al Señor y gozar eternamente de su presencia. El amor se le convierte en surtidor de deseos que la distancia en su pleno cumplimiento hace inefablemente doloroso.

Con frecuencia D. Marcelo lo recuerda: “Ya es tiempo de verte, mi Amado” (p. 163). “El Señor se deja adorar por los hombres que le aman” (p. 226). “Quiero llegar a la cumbre del amor hasta la muerte” (p. 232). El dardo que hirió el corazón de Teresa le dio valor para afrontar todos los trabajos y pruebas de la vida (cf. p. 245).

Celebramos con gratitud los cien años del nacimiento de D. Marcelo. ¡Qué Dios le premie su vida entregada y fecunda! .

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

““Desde hace tiempo la fiesta de Pentecostés es el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar”

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Agenda del Cardenal
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Programa Pastoral Diocesano 2017
Cartas pastorales

 

Fiesta de Pentecostés y Apostolado Seglar

L a palabra griega “pentecostés” significa quincuagésimo. La fiesta de Pentecostés tiene lugar el quincuagésimo día después de Pascua. Con Pentecostés concluye la cincuentena pascual, que había comenzado el domingo de la Resurrección del Señor. La Iglesia celebra en Pentecostés la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos reunidos en Jerusalén, marca el origen de la Iglesia y de la misión apostólica. Según la promesa de Jesús, recibieron la fuerza del Espíritu Santo para ser sus testigos en Jerusalén y hasta el confín de la tierra (cf. Act. 1, 8).
San Pedro evoca en el discurso pronunciado el día de Pentecostés el cumplimiento de la profecía de Joel según la cual derramaría el Señor su Espíritu Santo sobre “vuestros hijos e hijas, ancianos y jóvenes, siervos y siervas” y profetizarán (cf. Act. 2, 17-18; Joel, 3, 1-2). Por la fe y el bautismo son hermanos en la comunidad cristiana los judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres insertados en Jesucristo (cf. Gál 3. 27-28; cf. Col.3, 9-11). La salvación de Dios en Jesucristo muerto y resucitado está abierta a todos los que invoquen el nombre del Señor (Act. 4, 11-12; Rom. 10, 9-17). No podemos encerrar en nuestros límites estrechos la amplitud universal del corazón de Dios.
Desde hace tiempo la fiesta de Pentecostés es el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, para recordar que todos en la Iglesia recibimos la dignidad cristiana como hijos de Dios y participamos en la misión evangelizadora. Nadie es imprescindible y nadie queda excluido; no hay privilegios ni discriminaciones.
La vocación cristiana es compartida por todos los que hemos sido iniciados por la fe y los sacramentos pascuales, es decir, por el bautismo, la confirmación y la eucaristía, para formar parte del nuevo pueblo de Dios. Son palabras del Concilio Vaticano II las siguientes: “El pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, su condición es la dignidad y libertad de los hijos de Dios, habita el Espíritu Santo en sus corazones como en un templo. Su ley es el mandamiento nuevo del amor y tiene la misión de dilatar el Reino de Dios (cf. Lumen gentium, 9).
La catequesis para preparar a los sacramentos de la iniciación cristiana es un servicio básico, que en estos meses culmina con las primeras comuniones y confirmaciones. La catequesis para la iniciación cristiana transmite la fe de la Iglesia, que no se puede reducir al aprendizaje de algunas fórmulas como “loritos”. Pero la catequesis tiene contenidos y memorizarlos inteligentemente es muy bueno. Esta catequesis inicia también a la oración, ya que fe y oración se implican mutuamente: La fe lleva a orar y la oración refuerza la fe. La catequesis para la iniciación debe ayudar a participar en la vida de la Iglesia como la familia de la fe; a su modo debe abrir a la misión evangelizadora y a la solicitud por los necesitados.
Las vocaciones al ministerio pastoral, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano, a vivir los consejos evangélicos en el mundo, a dedicar la vida al servicio de los pobres, a las misiones y organismos de caridad, suponen la común vocación cristiana, en que participamos por la iniciación.
Una de las vocaciones específicas es la vocación de los laicos o de los seglares, que desarrolla la constitución Lumen gentium en el capítulo IV, después de haber tratado el sentido y la misión de los obispos, presbíteros y diáconos, y antes de enseñar lo relacionado con la vida religiosa. Todas las vocaciones son preciosas, don de Dios al servicio de la Iglesia y de la humanidad. La llamada a la santidad es universal, no privativa de algunos cristianos, como ha subrayado el Papa Francisco en la Exhortación apostólica última. Pues bien, de los fieles cristianos laicos, de los que como cristianos viven el matrimonio y la familia, en la pluralidad de profesiones civiles, en la gestión de los asuntos temporales, en la educación, las actividades políticas y sociales, en la forma de vivir que tiene como luz, fermento y fuerza al espíritu Santo, dice el Concilio que “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, 30).
La Conferencia Episcopal Española desea desde hace algún tiempo promover de nuevo y con un nuevo rostro la Acción Católica, que tuvo entre nosotros una historia muy rica hasta finales de los años sesenta, cuando por la conflictividad del momento histórico casi desapareció. Estamos ya en una situación pastoralmente serena para retomar con decisión y confianza lo que el Concilio enseñó acerca de la misma Acción Católica (cf. Apostolicam actuositatem, 20). Invito a las parroquias, y con particular énfasis a las que no tienen otras realidades eclesiales con amplia participación de los laicos, a que hagan lo posible para constituir “la Acción Católica que está formada por el laicado diocesano que vive en estrecha corresponsabilidad con los pastores” (Papa Francisco). Asume la Acción Católica la totalidad de la misión de la Iglesia en la Diócesis desde la parroquia. Hacemos nuestro el proyecto que la Conferencia Episcopal quiere relanzar en la hora presente de nuestra Iglesia.
No debemos olvidar que la fiesta de Pentecostés es celebrada con particular intensidad por “La Renovación Carismática”. Quiero agradecer y alentar también a quienes participan en este movimiento o en otros afines, que subrayan el toque especial del Espíritu, su acción en libertad y comunión, la espontaneidad orante, la valiente actividad misionera y el gozo espiritual. Los dones del Espíritu a la Iglesia (eso quiere decir la palabra “carisma”) los recibimos con gratitud, los acompañamos fraternalmente y reconocemos su espacio en la vida y la misión de la Iglesia.
Nos unamos todos en oración, junto con María, la madre de Jesús, para pedir insistentemente a Dios el Espíritu Santo prometido (cf.Act. 1, 14) ¡Que con su venida nos renueve, nos pacifique, intensifique el ardor misionero y nos consuele en las pruebas y sufrimientos! ¡Ven, Espíritu Santo, ven!

 

Llamada a la Santidad en el mundo actual

 

El día 9 de abril fue presentada públicamente la Exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, que había firmado en Roma el 19 de marzo en la fiesta de San José. Se titula, como es habitual, con las primeras palabras en latín ”Gaudate et exultate”; es decir, “Alegraos y regocijaos”, tomadas de Mt. 5, 12. El contexto en el que están situadas es el de la última bienaventuranza, en que el Señor, sorprendente y paradójicamente, invita a los discípulos a que se alegren cuando sean perseguidos por su causa. En el sufrimiento por el Señor hay un gozo incomprensible para el mundo.

El Papa Francisco titula este documento importante con palabras que recuerdan el gozo en el Señor, siguiendo la trayectoria de documentos anteriores. La primera Exhortación apostólica, que fue al mismo tiempo postsinodal, después del Sínodo de los Obispos sobre la evangelización, y programática de su pontificado, llevó por título Evangelii gaudium; y la Exhortación después de las dos Asambleas sinodales sobre la familia se llamó Amoris laetitia. La reiteración de las palabras que recuerdan la alegría cristiana indica que en ellas encuentra el Papa una clave para su magisterio de Obispo de Roma y de Pastor de la Iglesia universal. En nuestro mundo y en la encrucijada presente de la historia nos invita a no perder la alegría en el Señor como inspiración de nuestra vida. Nunca ha sido fácil ser cristianos y siempre es posible la alegría. Hoy rige también aquel dicho de Santa Teresa: “Un santo triste es un triste santo”. ¡Hay santos y es posible la alegría!

Los Papas últimos se sirvieron también de palabras centrales de la fe cristiana para mostrar la veta que desearon seguir en su ministerio pastoral. Juan Pablo II repitió la palabra Redentor y Benedicto XVI la palabra Caridad. Las tres: Alegría, Redentor y Caridad, son filones muy ricos. Esa música de fondo resuena en los documentos respectivos.

La Exhortación apostólica Gaudate et exultate es un documento escrito por un maestro espiritual y un experimentado en el discernimiento de espíritus. Siendo Arzobispo de Buenos Aires y antes había escrito libros sobre maestros y sobre temas espirituales interesantes; pues bien, ahora como Papa retoma aquella línea de servicio pastoral. Siendo el Sucesor de Pedro nos beneficiamos una multitud inmensa. Es un bello escrito; se lee con gusto y sin esfuerzos especiales pues es claro y atractivo; a veces pasa al lenguaje coloquial de una charla dirigida a un grupo de personas. Hay muchas frases sorprendentes por su belleza, simpatía y acierto. Yo invito cordialmente a que se lea y medite. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad en virtud del bautismo, también en nuestro tiempo; hombres y mujeres, de cualquier estado de vida y profesión.

Como es frecuente en sus charlas y escritos con una frase incisiva y directa dice más que con largas reflexiones. Nada puede sustituir la lectura reposada y estimulante de la Exhortación. Para quienes tienen una imagen de la santidad como algo raro oxigena leer esto: “Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis” (n. 96). La santidad no es algo reservado a un corto número de personas e inalcanzable para el común de los mortales. Todos estamos llamados a ser santos, a vivir unidos a Jesús y a seguir sus huellas. Un santo no es alguien nimbado por una aureola y un cerco de luz. Piensa el Papa en santos cercanos y no distantes, “santos de la puerta de al lado” (n. 6). “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: En los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo” (n. 7). La lectura de la Exhortación es una invitación a no vivir con mediocridad que es justamente lo contrario de vivir santamente. Rompe la imagen acaramelada y desarraigada de la vida real de los santos. Un santo es una persona normal que sigue al Señor en el trabajo diario, en las pruebas frecuentes, en la fidelidad al Evangelio, acogiéndose todos los días a la misericordia de Dios. Somos, dice el Papa, “un ejército de perdonados” (n. 82).

Tiene la exhortación cinco capítulos, todos interesantes. El capítulo tercero, titulado “A la luz del Maestro”, es el central; como en la Exhortación Amoris laetitia el centro lo constituyó una especie de comentario al himno de la caridad contenido en el 1 Cor. 13, en la presente ocupan la primera parte del centro un comentario muy bello de las Bienaventuranzas y a continuación lo que llama “el gran protocolo”. En las bienaventuranzas, sigue el Evangelio de San Mateo 5, 3-12 (cf. Lc. 6, 20-23); al terminar el comentario de cada bienaventuranza con una frase lapidaria resume en qué consiste la santidad; y el Protocolo está constituido por Mt. 25, 31-46, que es como el cuestionario para el juicio final. Las bienaventuranzas brotan en el corazón evangelizado, se manifiestan en el exterior y en la vida de relaciones con otras personas. Las bienaventuranzas son como el “carné de identidad de los cristianos” (n. 63)

De entrada a este comentario edificante y luminoso se nos dice: “La palabra ‘feliz’ o ‘bienaventurado’, pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (n. 64). Ser santo no es ser adusto, agriado, apocado, encogido, melancólico, reservado, tristón, sino sereno, pacificado, alegre y abierto a los demás, sobre todo a los necesitados, a aquellos con los que Jesús se identificará cuando nos examine sobre el amor al atardecer de nuestra vida (Mt. 25, 31 ss. Is. 58, 7-8). Oración y servicio a los demás son inseparables. “La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor” (n. 104).

“El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor” (n. 122). El mal humor no es signo de santidad (San Felipe Neri). Al final recuerda a María “que vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús”. “Ella nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña” (n. 176).

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Llamada a la Santidad en el mundo actual

 

El día 9 de abril fue presentada públicamente la Exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, que había firmado en Roma el 19 de marzo en la fiesta de San José. Se titula, como es habitual, con las primeras palabras en latín ”Gaudate et exultate”; es decir, “Alegraos y regocijaos”, tomadas de Mt. 5, 12. El contexto en el que están situadas es el de la última bienaventuranza, en que el Señor, sorprendente y paradójicamente, invita a los discípulos a que se alegren cuando sean perseguidos por su causa. En el sufrimiento por el Señor hay un gozo incomprensible para el mundo.

El Papa Francisco titula este documento importante con palabras que recuerdan el gozo en el Señor, siguiendo la trayectoria de documentos anteriores. La primera Exhortación apostólica, que fue al mismo tiempo postsinodal, después del Sínodo de los Obispos sobre la evangelización, y programática de su pontificado, llevó por título Evangelii gaudium; y la Exhortación después de las dos Asambleas sinodales sobre la familia se llamó Amoris laetitia. La reiteración de las palabras que recuerdan la alegría cristiana indica que en ellas encuentra el Papa una clave para su magisterio de Obispo de Roma y de Pastor de la Iglesia universal. En nuestro mundo y en la encrucijada presente de la historia nos invita a no perder la alegría en el Señor como inspiración de nuestra vida. Nunca ha sido fácil ser cristianos y siempre es posible la alegría. Hoy rige también aquel dicho de Santa Teresa: “Un santo triste es un triste santo”. ¡Hay santos y es posible la alegría!

Los Papas últimos se sirvieron también de palabras centrales de la fe cristiana para mostrar la veta que desearon seguir en su ministerio pastoral. Juan Pablo II repitió la palabra Redentor y Benedicto XVI la palabra Caridad. Las tres: Alegría, Redentor y Caridad, son filones muy ricos. Esa música de fondo resuena en los documentos respectivos.

La Exhortación apostólica Gaudate et exultate es un documento escrito por un maestro espiritual y un experimentado en el discernimiento de espíritus. Siendo Arzobispo de Buenos Aires y antes había escrito libros sobre maestros y sobre temas espirituales interesantes; pues bien, ahora como Papa retoma aquella línea de servicio pastoral. Siendo el Sucesor de Pedro nos beneficiamos una multitud inmensa. Es un bello escrito; se lee con gusto y sin esfuerzos especiales pues es claro y atractivo; a veces pasa al lenguaje coloquial de una charla dirigida a un grupo de personas. Hay muchas frases sorprendentes por su belleza, simpatía y acierto. Yo invito cordialmente a que se lea y medite. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad en virtud del bautismo, también en nuestro tiempo; hombres y mujeres, de cualquier estado de vida y profesión.

Como es frecuente en sus charlas y escritos con una frase incisiva y directa dice más que con largas reflexiones. Nada puede sustituir la lectura reposada y estimulante de la Exhortación. Para quienes tienen una imagen de la santidad como algo raro oxigena leer esto: “Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis” (n. 96). La santidad no es algo reservado a un corto número de personas e inalcanzable para el común de los mortales. Todos estamos llamados a ser santos, a vivir unidos a Jesús y a seguir sus huellas. Un santo no es alguien nimbado por una aureola y un cerco de luz. Piensa el Papa en santos cercanos y no distantes, “santos de la puerta de al lado” (n. 6). “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: En los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo” (n. 7). La lectura de la Exhortación es una invitación a no vivir con mediocridad que es justamente lo contrario de vivir santamente. Rompe la imagen acaramelada y desarraigada de la vida real de los santos. Un santo es una persona normal que sigue al Señor en el trabajo diario, en las pruebas frecuentes, en la fidelidad al Evangelio, acogiéndose todos los días a la misericordia de Dios. Somos, dice el Papa, “un ejército de perdonados” (n. 82).

Tiene la exhortación cinco capítulos, todos interesantes. El capítulo tercero, titulado “A la luz del Maestro”, es el central; como en la Exhortación Amoris laetitia el centro lo constituyó una especie de comentario al himno de la caridad contenido en el 1 Cor. 13, en la presente ocupan la primera parte del centro un comentario muy bello de las Bienaventuranzas y a continuación lo que llama “el gran protocolo”. En las bienaventuranzas, sigue el Evangelio de San Mateo 5, 3-12 (cf. Lc. 6, 20-23); al terminar el comentario de cada bienaventuranza con una frase lapidaria resume en qué consiste la santidad; y el Protocolo está constituido por Mt. 25, 31-46, que es como el cuestionario para el juicio final. Las bienaventuranzas brotan en el corazón evangelizado, se manifiestan en el exterior y en la vida de relaciones con otras personas. Las bienaventuranzas son como el “carné de identidad de los cristianos” (n. 63)

De entrada a este comentario edificante y luminoso se nos dice: “La palabra ‘feliz’ o ‘bienaventurado’, pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (n. 64). Ser santo no es ser adusto, agriado, apocado, encogido, melancólico, reservado, tristón, sino sereno, pacificado, alegre y abierto a los demás, sobre todo a los necesitados, a aquellos con los que Jesús se identificará cuando nos examine sobre el amor al atardecer de nuestra vida (Mt. 25, 31 ss. Is. 58, 7-8). Oración y servicio a los demás son inseparables. “La oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor” (n. 104).

“El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor” (n. 122). El mal humor no es signo de santidad (San Felipe Neri). Al final recuerda a María “que vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús”. “Ella nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña” (n. 176).

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Homilía en la Misa Crismal

 

A todos saludo cordialmente. El Señor nos ha convocado esta mañana para mostrarnos de nuevo su confianza y fortalecernos en la misión. Jesús fue ungido por el Espíritu Santo y nosotros como pueblo sacerdotal participamos de su unción. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres” (Lc.4,18). Nos ha llamado a seguirle como discípulos, nos ha ungido en el bautismo y la confirmación y en ordenación sacerdotal, nos ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, los pecadores, los que sufren, los que tienen desgarrado el corazón, los oprimidos por el peso de la vida. Estamos llamados a ser en las diversas situaciones mensajeros de misericordia y esperanza.
Queridos hermanos presbíteros y diáconos, deseo agradeceros esta mañana ante todos vuestro ministerio y fidelidad. Por experiencia sabemos que unas veces nos estimula la gratitud de las personas a las que queremos servir; y en otras ocasiones cumplimos el encargo recibido del Señor en un ambiente de incomprensión y de irrelevancia social, en comunidades muy pequeñas y en medio de pruebas exteriores e interiores. Necesitamos recibir la fuerza del Señor por la oración y apoyarnos en la fraternidad cristiana y ministerial. A pesar de todo, siempre podemos reconocer: “El Señor es mi pastor, nada me falta. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo” (Sal. 22, 1.4).
A todos vosotros, hermanos en la fe y en los trabajos apostólicos, os muestro mi reconocimiento por la colaboración en la catequesis y la educación cristiana, en la pastoral familiar, en la atención a los pobres y a los enfermos, el cuidado del templo y de las celebraciones litúrgicas, en la pastoral misionera y social. Todos con diversos encargos somos enviados por el Señor a su campo.
La bendición del óleo de los catecúmenos y de los enfermos y la consagración del crisma tienen íntima relación con la iniciación cristiana, por una parte, y, por otra, con el acompañamiento a los ancianos y enfermos en el quebranto de su salud y en la soledad. Hemos sido fortalecidos para tomar parte en los trabajos y padecimientos por el Evangelio a través de la transmisión de la fe con la palabra, el testimonio personal y la forma cristiana de vivir (cf. 2Tim. 1, 8-14).
Queridos niños, jóvenes y adultos, la Iglesia es nuestra familia de la fe. Sus puertas están siempre abiertas. Todos somos bienvenidos y necesarios; nadie debe sentirse postergado ni descartado; nadie es privilegiado ni discriminado ante Dios Creador, Amigo y Padre de todos. “Si Dios es amor, la caridad no puede tener fronteras” (San León Magno), ya que no podemos empequeñecer su corazón paternal ni encerrarlo en nuestros estrechos límites.
La iniciación cristiana, por su misma definición, reclama continuidad, y su interrupción nos inquieta. ¿Qué debemos hacer para que después de la primera comunión y de la confirmación prosiga la participación en la vida de la Iglesia? ¿Cómo debemos actuar? Necesitamos alentarnos unos a otros, personalmente y en grupo, para cultivar la semilla sembrada hasta que llegue a la maduración y dé frutos en la Iglesia y en el mundo. La personalización de la fe cristiana es particularmente requerida hoy para afrontar la intemperie social y cultural a que con frecuencia estamos expuestos. ¿Por qué creemos? ¿Qué creemos? ¿Qué nos otorga la fe? ¿Cómo irradiar el Evangelio en nuestro entorno? Sólo una fe personalmente arraigada y formada puede ser evangelizadora. Debemos estar preparados para responder a quienes nos pidan razón de nuestra esperanza (cf. 1 Ped. 3,15).
En la Vigilia Pascual renovaremos las promesas bautismales; en esa celebración extraordinaria pediremos al Señor que renueve nuestro corazón para recobrar la alegría de la salvación, reavivar la fidelidad a la gracia que recibimos y ser fortalecidos en el testimonio del Evangelio.
En esta celebración renovaremos los obispos, sacerdotes y diáconos las promesas de la ordenación. Queridos amigos, el Señor nos ha elegido sin mérito nuestro y no cesa de asegurarnos a cada uno: “Tú eres sacerdote para siempre”. A pesar de nuestras faltas, Él nos dice: Continúo llamándote, no te retiro mi confianza, te envío de nuevo. Dejemos que el Señor nos rejuvenezca interiormente con el “amor primero” (cf. Apoc.2,4) El Señor nos ofrece la oportunidad de un nuevo comienzo. “Et nos novi per veniam, novum canamus canticum”, es decir, “y nosotros renovados por el perdón cantemos un cántico nuevo”. (Himno de Cuaresma). Ninguno de nosotros tenemos derecho a decir: Yo no tengo remedio, ya que el Señor, rico en misericordia, perdona a todos, perdona todo, perdona siempre, si acudimos a Él humildemente. El ejercicio del ministerio que hemos recibido, obispos, presbíteros y diáconos, requiere dedicación, competencia y actualización continua para desarrollarlo con dignidad, perseverancia sin desfallecer y con un trato respetuoso y amable a los demás. Estamos en medio de la comunidad como el que sirve (cf.Lc.22,27). Pero esto requiere ante todo amor al Señor (cf. 1 Cor. 16, 22); este amor debe ser como el alma que anime la vida entera. Jesús nos pregunta esta mañana como preguntó a Pedro: “¿Me quieres?”. Hagamos nuestra la respuesta de Pedro: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. Y el Señor nos confirma en el ministerio que hemos recibido: “Apacienta a mis ovejas” (cf. Jn. 21, 17). La unión con Jesucristo por el amor está en la base del ejercicio fiel de nuestro ministerio. Con las siguientes palabras os preguntaré, queridos sacerdotes: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?”. La Iglesia, que en Jesucristo es “comunión de vida, amor y verdad” (cf. Lumen gentium 9), debe ser germen de unidad, esperanza y salvación en el mundo.
Hace pocos días (la Oración-colecta del domingo V de Cuaresma), hemos pedido a Dios que vivamos de aquel “mismo amor que movió a su Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”. La caridad pastoral es la síntesis y el vínculo que unifica nuestra vida y actividades ministeriales, ya que hemos recibido el encargo de apacentar con amor el rebaño del Señor (San Agustín). Somos tallados por el amor según la horma del Buen Pastor, que nos impulsa a entregarnos personalmente y a convertir en servicio de los demás lo que hemos recibido. La configuración con Jesucristo comporta renuncia y “expropiación” de nosotros mismos para poder servir dando la vida (cf. Mc. 10, 44-45). El servicio pastoral, siguiendo el modelo de Jesús, tiene en la capacidad de sacrificio su “test” de calidad.
La caridad pastoral, en que se concentra la santidad de los sacerdotes, fluye de la Eucaristía, que es “centro y raíz de toda la vida del presbítero” (Presbyterorum ordinis 14). Esta fuente, en que se actualiza el sacrificio de Jesús por la salvación del mundo, debe renovar diariamente la identidad de nuestra vida sacerdotal y su misión apostólica. La unidad de la Iglesia y la fraternidad ministerial tienen en el sacramento eucarístico su manantial y fundamento.
Queridos hermanos presbíteros, diáconos, catequistas, padres y madres de familia, os recuerdo en esta celebración tan rica en sí misma y tan concurrida de participantes una indigencia fundamental: Necesitamos sacerdotes en la Iglesia para el servicio pastoral de nuestra Diócesis y, como implica la solicitud eclesial, para colaborar con otras. Es una necesidad primordial para la vida y la misión de la Iglesia; os pido que la causa de las vocaciones sacerdotales ocupe un puesto preferente en vuestras oraciones y en vuestro empeño apostólico. A este respecto nos recordó el Concilio Vaticano II: “Pertenece a la misma misión sacerdotal, por la que el presbítero participa en la preocupación de la Iglesia, el que el pueblo de Dios no carezca nunca de obreros aquí en la tierra” (Presbyterorum ordinis 11). Invitad, queridos hermanos, a las comunidades cristianas a que cooperen por la oración y otros medios para que recibamos siempre los ministros necesarios. La educación cristiana debe ayudar a que desde pequeños estén disponibles a escuchar el rumor de la voz del amigo Jesús. ¿No escuchamos muchos la invitación del Señor siendo monaguillos? ¿Por qué vías insinúa el Señor su voz y se despiertan las vocaciones? La oración personal y la cercanía de un sacerdote puede hacer emerger lo que hay latente. El corazón habla al corazón, “cor ad cor loquitur” (John, H. Newman). Únicamente puede contagiar entusiasmo la satisfacción auténtica. “Solo la vida enciende la vida” (R. Guardini). “No hay mayor invitación al amor que tomar la delantera amando” (San Agustín). El Papa Francisco nos ha pedido que resistamos a la posible tentación de una cierta “abdicación vocacional”, del debilitamiento en la promoción y educación de las vocaciones.
El Viernes Santo haremos en todas las iglesias de la Diócesis la Colecta por los Santos Lugares. Colaborar en ello es signo de gratitud por el Evangelio que desde aquella tierra se difundió y que ha llegado hasta nosotros. La Iglesia de Jerusalén es la “Iglesia Madre”. Por otra parte, las necesidades que sufren en el servicio del culto y la oración, en el cuidado de los pobres y enfermos, en la continuidad de las familias allí, en la educación de los hijos, son acuciantes. La peregrinación a Tierra Santa, a los lugares del nacimiento, misión y muerte de Jesús, se convertiría fácilmente en viaje de turismo a lugares antiquísimos y de rica tradición, si no hubiera comunidades cristianas vivas. Sin personas el lenguaje de las piedras es frío e inerte. Agradezco la generosidad que año tras año venís manifestando.
Termino con la petición que tomo de la Liturgia de las Horas: “Padre santo, que nos diste a Cristo como pastor de nuestras vidas, ayuda a los pastores y a los pueblos a ellos confiados, para que no falte nunca al rebaño la solicitud de sus pastores ni falte a los pastores la colaboración y obediencia de su rebaño”. Necesitáis queridos sacerdotes, colaboradores en las parroquias y los fieles laicos necesitan vuestra cercanía y entrega pastoral.
¡Que Santa María, la Madre de Jesús, nos acompañe en el recorrido de estos días santos !.

 

Cargar con la cruz siguiendo a Jesús (y II)

 

Ser cristiano significa ser discípulo de Jesús, ser bautizado en su nombre e imitar su ejemplo. Así nos exhorta San Pedro: “Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1Ped.2, 21-24). La muerte de Jesús es causa de salvación para la humanidad; el Señor nos sirvió no sólo con su palabra y con sus obras, sino también con su muerte. “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud” (Mc. 10, 45).

Estamos llamados a cargar diariamente con la cruz siguiendo a Jesús. “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc.9, 23-24). En la aceptación de la cruz se condensa nuestra fidelidad a Jesús que fue crucificado y está vivo para siempre. Todos eliminaríamos de nuestra vida, si en nuestro poder estuviera, la cruz; ya que la cruz es como la “cifra” de lo temible y doloroso. Pero en la cruz santificada por el Señor está la sabiduría divina. “Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos” (cf. Sal 118, 71) La maduración personal más honda acontece en la victoria sobre las pruebas; las personas “curtidas” por la cruz vencen fácilmente las banalidades. La cruz llevada humildemente es el reconocimiento de la gloria de Dios y el crisol de la confianza en los designios insondables del Señor. Dios Padre aparece en algunos crucifijos sosteniendo con sus manos la cruz de su Hijo y también podemos afirmar que nos apoya en nuestra cruz.

Santa Teresa de Jesús escribió sobre el sentido de la cruz los siguientes versos: “En la cruz está la vida / y el consuelo, / y ella sola es el camino / para el cielo /. Después que se puso en cruz / el Salvador, / en la cruz “está la gloria / y el honor”, / y en el padecer dolor / vida y consuelo, y el camino más seguro / para el cielo”. Santa Teresa unió la cuna y la cruz, la pobreza del establo de Belén y el despojo del Calvario, con el hilo conductor del amor humilde y entregado del Señor.

La cruz es comunión con Jesucristo y es vínculo de paz entre los hombres. “Reconcilió con Dios a los dos (gentiles y judíos), uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad” (Ef. 2, 16). En la cruz Jesús ha dado muerte al odio, perdonando y otorgándonos la fuerza para perdonar.

La cruz del Señor ya está iluminada por la resurrección; es una cruz gloriosa; ha sido levantada en lo alto como centro de las miradas que piden clemencia y es árbol de vida eterna. Delante de nosotros, está alzada la Cruz del Señor para que la miremos con fe y recibamos la vida eterna (cf.Jn.3,13-17). Los cristianos no consideramos la cruz como consuelo de personas masoquistas que gozaran siendo maltratadas; para nosotros la cruz es el símbolo del amor de Jesucristo que nos amó hasta el extremo (cf. Jn.3, 16; 13, 1; 1Jn. 3, 16; 4, 9-10). Como Jesús fue crucificado, pero resucitó y está vivo para siempre, podemos sus discípulos estar ya desde ahora alegres al participar en las pruebas por Él y con Él. “Os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas: así la autenticidad de vuestra fe se aquilata al fuego” (cf. 1 Ped. 1, 6-7). “Estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante” (1Ped. 4, 13; y cf. 2Cor. 1. 5-7; Fil. 3, 10). La existencia del cristiano, bautizado en Jesucristo muerto y resucitado (cf. Rom.6, 4-11; 8, 17), es una vida pascual que participa de la cruz y de la victoria del Señor.

La entrega de Jesús que culmina en la crucifixión ha pasado a los” misterios de la Iglesia” (San León Magno). En la celebración eucarística con el poder del Espíritu Santo se actualiza la muerte y resurrección de Jesucristo. La irradiación de la cruz se amplía en la vida de la Iglesia y de los cristianos. Tertuliano (160-220) enseñaba cómo los cristianos trazaban sobre su cuerpo en diferentes ocasiones la imagen de la cruz; se santiguaban recordando los misterios de la Santísima Trinidad, de la Encarnación y de la Redención. Es conmovedor ver a unos papás hacer la señal de la cruz cuando a su hijo pequeño le confían al sueño de la noche. La cruz ha sido mil veces representada en la iconografía cristiana y piadosamente veneradas sus reliquias por los cristianos.

Lo que fue el suplicio de Jesucristo en la cruz es para los fieles cristianos fundamento de esperanza y sacramento central de la Iglesia. Cuando el sacerdote muestra el pan convertido en el Cuerpo del Señor y el cáliz con el vino en su Sangre, diciendo: “Este es el sacramento de nuestra fe”, la comunidad responde: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús! O también puede aclamar la asamblea: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor”.

La vida de los cristianos está insertada en el misterio pascual del Señor, en su muerte y resurrección. Esto celebramos en Semana Santa, que ya está a las puertas.

 

Don Marcelo

Basta el nombre para que los vallisoletanos y en general los españoles con cierta edad y conocimiento de la Iglesia sepamos a quién nos referimos. Ocupó un lugar destacado en nuestra historia durante varios decenios. Hoy quiero recordar a D. Marcelo, porque el día 16 de enero se cumplen 100 años de su nacimiento en Villanubla. En la parroquia se conserva el báculo pastoral donado por él que yo he utilizado para presidir la Eucaristía. Es para nosotros motivo de orgullo honrar su memoria. Fue hijo eminente de nuestra provincia, de nuestra diócesis y miembro de nuestro presbiterio diocesano.

Unas fechas para precisar su itinerario: Ordenado Presbítero en Valladolid el 29 de junio de 1941 después de terminar los estudios en Comillas; Obispo de Astorga de 1961 a 1966; Arzobispo de Barcelona desde 1966 hasta 1972, años turbulentos tanto en el orden eclesial del postconcilio como político, durante los cuales el rechazo inicial se mantuvo con dureza hasta el final. Fue trasladado al Arzobispado de Toledo, donde desplegó sus dotes extraordinarias de pastor. Murió el 25 de agosto de 2004. Yo tuve particular relación con D. Marcelo siendo obispo de Palencia, ya que en vacaciones vivía en Fuentes de Nava, donde él y su hermana Angelita tenían una casa. Recuerdo con honda gratitud el ánimo que me transmitió en la celebración del inicio de mi ministerio episcopal en la catedral de Bilbao. Siempre experimenté su afecto y apoyo.

Deseo subrayar tres aspectos de la actividad de D. Marcelo, que me parecen sobresalientes. Fue delegado arzobispal de Cáritas Diocesana desde 1941 hasta 1961. Fundó el Patronato de San Pedro Regalado para obras sociales; la impronta caritativo-social de la fe le caracterizó siempre. En sintonía con esta veta apostólica fue elegido por los obispos para diversos encargos en la Conferencia Episcopal. Fue un orador excelente, hasta el punto de que muchos iban a escucharle los domingos en la catedral. Armonizó la elocuencia del predicador, el atractivo de la belleza literaria en el decir, la adaptación a la capacidad receptiva de los contenidos por parte de los oyentes que sosegadamente y sin esfuerzo seguían la exposición, la potencia de la voz y los recursos para suscitar y sostener la atención del auditorio. Tuve la oportunidad de escucharle en bastantes ocasiones, sobre todo en Ávila.

Un tercer aspecto de su largo ministerio episcopal es el siguiente: Cuando D. Marcelo llegó a Toledo la situación del Seminario era de decaimiento, como muchos en aquellos años. Pues bien, en poco tiempo remontó la debilidad y adquirió un vigor admirable, acertando en la elección de los formadores y acompañando de cerca al Seminario. Pronto la sólida formación teológico-espiritual, la intensa pastoral vocacional que ha continuado los años siguientes, la serenidad en la vida cotidiana de los seminaristas, el entusiasmo por el ministerio sacerdotal, hicieron que de muchos lugares recibiera candidatos el Seminario de Toledo. Es comprensible que varios presbíteros formados en aquel Seminario hayan recibido el ministerio episcopal.

Durante muchos años presidió la fiesta de la Transverberación de Santa Teresa de Jesús en el Carmelo de la Encarnación de Ávila. Quien fue capellán del Monasterio desde el año 1966 hasta el final de su ministerio por motivos de enfermedad, D. Nicolás González, tuvo el acierto de reunir en un volumen las 27 homilías pronunciadas por D. Marcelo en esa fiesta celebrada el 26 de agosto (Card. González Martín, Véante mis ojos. Santa Teresa para los cristianos de hoy, Edibesa. Madrid, 2003). El libro fue prologado por el Card. Antonio Cañizares, Obispo de Ávila desde el año 1992; más tarde sería sucesor de D. Marcelo en Toledo y continúa presidiendo la fiesta de la Transverberación. Merece la pena leer las homilías, y, si el lector escuchó predicar a D. Marcelo, podrá entre líneas oír el eco de su voz. En cada homilía apreciamos cómo la memoria de Santa Teresa proporciona luz para enfocar la vida cristiana, la situación de la Iglesia y otros acontecimientos de la sociedad.

¿En qué consistió y qué significa la Transverberación del corazón de Santa Teresa de Jesús? En “El Libro de la vida” (29, 13) narra la visión de un ángel con un dardo de fuego atravesándole el corazón; es una visión de orden espiritual. La gracia del dardo aconteció por primera vez hacia el año 1560. “Me dejaba toda abrasada en el amor de Dios”. En el retablo de la capilla de la Transverberación se encuentra un cuadro que es copia del grupo escultórico de L. Bernini “Éxtasis de Santa Teresa”, que se encuentra en la iglesia de Santa María della Vittoria en Roma, de patetismo barroco e intensidad dramática. Esta representación de Santa Teresa aparece también en la basílica subterránea de Lourdes. ¿Por qué no poner mejor para recordar a Santa Teresa en el santuario mariano el retrato auténtico pintado por Fr. Juan de la Miseria, en lugar del cuadro de gran teatralidad imaginativa del Bernini?. En todo caso en la iglesia del convento de la Encarnación hay una capilla denominada de la Transverberación; es un hecho de carácter místico que experimentó la Santa varias veces y que recuerda en diversos escritos.

El dardo viene de Dios por un ángel; no es producto de su imaginación. Le causa al mismo tiempo “dolor grandísimo” y “suavidad excesiva”. Este “episodio cumbre” significa que “la presencia de Cristo se ha unificado, concentrado y desbordado” en la experiencia intensa del amor de Teresa (T. Álvarez). Desea morir para ver al Señor y gozar eternamente de su presencia. El amor se le convierte en surtidor de deseos que la distancia en su pleno cumplimiento hace inefablemente doloroso.

Con frecuencia D. Marcelo lo recuerda: “Ya es tiempo de verte, mi Amado” (p. 163). “El Señor se deja adorar por los hombres que le aman” (p. 226). “Quiero llegar a la cumbre del amor hasta la muerte” (p. 232). El dardo que hirió el corazón de Teresa le dio valor para afrontar todos los trabajos y pruebas de la vida (cf. p. 245).

Celebramos con gratitud los cien años del nacimiento de D. Marcelo. ¡Qué Dios le premie su vida entregada y fecunda! .

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

“Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.”

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Agenda del Cardenal
Programa Pastoral Diocesano 2017
Cartas pastorales

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

“Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.”

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Agenda del Cardenal
Programa Pastoral Diocesano 2017
Cartas pastorales

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

Santa María, Madre de Dios

La Virgen María pertenece de manera única a la historia de la salvación porque es la Madre del Salvador, del Enmanuel, del Señor, del Hijo de Dios hecho hombre. Tanto la preparación como la continuidad de la singularidad de María tiene su centro en la vocación privilegiada de haber sido elegida Madre del Hijo del Altísimo (cf. Lc.1, 32). Con los incisos de la Liturgia: María fue concebida “sin mancha de pecado original” para ser “digna Madre” del Hijo de Dios; y la Virgen, Madre de Dios, “fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo” por ser la Madre de Dios. Hacia este foco de la maternidad divina de María nos orientan también los textos evangélicos (cf. Mt. 1, 18-25; 2 ,11; 2, 15.20; Mc. 3, 32; Lc.1, 43; 2, 16; 2, 27.34.48; Gál.4, 4). El Credo de los Apóstoles resume así la fe de la Iglesia en este aspecto: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María la Virgen”. Cuando comenzamos el tiempo litúrgico del adviento, que nos conduce hasta la celebración de la Natividad del Señor; es oportuno que lo recorramos acompañados por María, para adorarlo en Belén. Como rezamos con un canto, “de tu mano, Madre, hallamos a Dios”. María es puerta de la esperanza que “dio paso a nuestra Luz”. Recorremos el Adviento con la seguridad de que la esperanza en Dios no defrauda; esperanza que necesitamos avivar en medio de las incertidumbres de nuestro tiempo y de las inquietudes de la sociedad. ¿No es verdad que nuestros males tienen una causa y pueden ser curados con una medicina que a veces de entrada rechazamos? Si santa Teresa de Jesús nos enseñó en unos versos inolvidables que “solo Dios basta”, podemos concluir que todo nos falta cuando excluimos a Dios. A Dios invocamos como Padre y como nuestro; es decir, Dios nos ama como a hijos, y nos remite a los hermanos especialmente a los pobres y desvalidos. Necesitamos acrecentar la fe y la esperanza en Dios, y amar con obras y cordialidad a los hermanos.

Después de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio celebramos la fiesta de “Santa María, Madre de Dios” el día 1 de enero, en el marco de Navidad; antes tenía lugar el 11 de octubre desde Pío XI.

Frente a la herejía de Nestorio que sostenía que María era solamente madre de Jesús y no de Dios, el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431, “proclamó solemnemente a María como Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido verdadera y propiamente Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras” (Unitatis redintegratio, 15). María es Madre de Jesús, que es la persona del Hijo de Dios. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre en las entrañas virginales de María. Podemos decir que la proclamación del Concilio de María como Madre de Dios y nuestra oración cotidiana “Santa María, Madre de Dios” son expresión de la fe en Jesucristo Hijo de Dios y como un “test” de autenticidad cristiana. En la invocación de María como “Madre de Dios” se refleja la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Madre e Hijo van siempre íntimamente unidos; María mostró a Jesús a los pastores, a los magos, a los ancianos Simeón y  Ana, y nos lo muestra también hoy a cada uno en nuestra generación. “De tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

La representación más antigua, que se remonta a la primera mitad del siglo II, de la Virgen como Madre de Dios es una pintura en las catacumbas de Priscila; aparece María con el Niño en el regazo; delante de ella hay un personaje, quizá un profeta, y en lo alto del cuadro una estrella. Probablemente el personaje representa al profeta Isaías (cf. Is. 7, 14; Mt. 1, 22-23) o al profeta Balaán (cf. Núm. 24, 17). En la llamada capilla griega de la misma catacumba María es representada mostrando a Jesús a los magos venidos de Oriente y conducidos por una estrella para adorar al Mesías de Israel.

Con la venerable oración “sub tuum praesídium”, probablemente la más antigua encontrada en un papiro del siglo III, rezamos a María: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas nuestras súplicas en las necesidades, y líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”. En la oración se refleja la fe y rezando se alimenta la fe.

El día 13 de noviembre fue clausurada la Exposición XXII de las Edades del Hombre, en Cuéllar. La inspiración original, el favor de la crítica y el número de visitantes continúan alentándonos en esta iniciativa que comenzó hace ya casi treinta años. Pues bien, una estatua de la Virgen de Juan de Juni, procedente de la parroquia de Allariz (Orense), representa a María como “Nuestra Señora de la Esperanza”. La Virgen tiene el vientre abultado por la gestación avanzada; delante del mismo dentro de un disco solar se ha colocado el anagrama de Jesús JHS; y una paloma, que representa al Espíritu Santo, reposa sobre el pecho de la Virgen, traduciendo el artista a su modo el texto de la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (cf. Lc.1, 35). La fe en María Madre de Dios es profesada en el Credo y celebrada en la Liturgia; ha pasado a las manifestaciones artísticas y a la piedad popular.

María, que dijo sí a Dios, fiándose de su Palabra siempre digna de crédito (cf.Lc.1, 38), nos acompaña en el camino del Adviento. A su lado recibirá aliento nuestra fe, vigor nuestra esperanza y generosidad el trabajo servicial de la caridad (cf. 1 Tes.1, 3).

“Sin querer suscitar desconcierto alguno en Ud., deseo reconocer ante todos abiertamente la ejemplaridad de su vida. Ha seguido su vocación de escritor y periodista, renunciando a otros posibles caminos; se ha dedicado personalmente a su vocación con su tiempo y estilo de vida, con laboriosidad y paciencia. Ha renunciado a distracciones que le habrían entretenido, pero habrían disminuido su concentración y lo acendrado de su servicio”

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Entrega de la cruz ‘Pro Ecclessia et Pontífice’ a José Jiménez Lozano

(I.E.V. 16-30- Noviembre – 2017)

Para mí es un motivo de satisfacción haber solicitado al Papa, que haya sido atendida la petición y hoy poder entregar a Ud. la cruz “Pro Ecclesia et Pontifice”. Es un reconocimiento merecido, es signo de nuestra gratitud y también de esperanza. Me alegro mucho de que el Papa ratifique de esta forma nuestro agradecimiento y se una a nuestra felicitación. Continuamos esperando sus colaboraciones periodísticas y sus libros, su palabra avalada por una trayectoria admirable. Comprendo que Ud. haya necesitado “tanta liberalidad al menos como el hecho de que le haya sido concedido este honor”, pero me permita que le asegure que no debe albergar ningún desconcierto en su gratitud. Estos sentimientos, a mi modo de ver, manifiestan la humildad de un verdadero intelectual que siempre ha actuado como discípulo de la verdad, del bien y de la belleza.
Sin querer suscitar desconcierto alguno en Ud., deseo reconocer ante todos abiertamente la ejemplaridad de su vida. Ha seguido su vocación de escritor y periodista, renunciando a otros posibles caminos; se ha dedicado personalmente a su vocación con su tiempo y estilo de vida, con laboriosidad y paciencia. Ha renunciado a distracciones que le habrían entretenido, pero habrían disminuido su concentración y lo acendrado de su servicio. Ha tenido y tiene cosas que decir y sabe decirlas con belleza y atractivo. Su estilo es inconfundible pues brota de su persona, y sabemos que el estilo es el hombre. No quiero sacar a nadie los colores, si afirmo que personas de esta altura son como lumbreras en la oscuridad e incertidumbre de nuestro tiempo.
Fiel a sus orígenes, a la historia en que ha ido madurando y a los desafíos y oportunidades de cada momento ha respondido Jiménez Lozano con nítido sentido humano y cristiano de la existencia, con numerosísimas lecturas que han ido saciando su curiosidad universal y alimentando su búsqueda más honda, y, como es saludable un cierto inconformismo, con el impulso permanente a la renovación y reforma. En este itinerario largo y fecundo nos ha venido entregando sus frutos; más aún, él mismo se nos ha entregado generosamente.
Desde Alcazarén, desde un rincón de Castilla, ha ensanchado su espíritu a las dimensiones del mundo y de la historia. Lo auténticamente humano y cristiano no tiene fronteras, es universal. Su pasión por la lectura, que prendió en la familia y la escuela, no se ha apagado nunca. Su vida es un monumento de entrega sacrificada a su vocación y de cumplimiento fiel de su misión. La participación sencilla en la comunidad parroquial, la vida como vocación y misión al servicio de la fe cristiana y de la dignidad del hombre tienen su cimiento en Dios. Con otra imagen tomada del profeta Jeremías: “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, no dejará por eso de dar fruto” (17, 7-8). El tiempo en su discurrir propicio o adverso nos deja en ocasiones a la intemperie; resiste el que está sólidamente edificado (cf.Mt7,24-25). En Ud. se han juntado sin fisuras la sabiduría de la fe y la asimilación de la mejor herencia de la historia, la dedicación a la palabra escrita y la misericordia por los que sufren, que aprendió en su hogar.
Produce asombro la amplitud de su obra escrita; fue corresponsal en Roma durante tres periodos del Concilio Vaticano II; le ha ocupado tiempo el estudio de personajes como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León,… No olvidemos que Langa, su pueblo natal, está dentro de lo que un profesor (D. Alfonso Querejazu), venido de lejos y aclimatado en Ávila, llamaba seguramente con alguna exageración el “triángulo de la cultura”: Ávila, Fontiveros, Madrigal. Ha evocado numerosas figuras bíblicas, de las cuales con perspicacia ha sacado luz y orientación para nuestro tiempo. La historia ha sido para Jiménez Lozano fuente de inspiración; el pasado distante con sus páginas sabias y bellas es actualizado para nosotros. Además, ha escrito novelas y cuentos, innumerables artículos de periódico; su columna es esperada semanalmente.
La serie de premios que ha recibido, aunque por él no lo sabríamos dada su inclinación a la sobriedad y discreción, manifiestan el reconocimiento de su obra bien hecha, de su obra estimulante y magistral. Premio de Castilla y León de las Letras, Premio Nacional de la Crítica, Premio Miguel de Cervantes, Premio ¡Bravo!, otorgado por la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación de la Conferencia Episcopal Española… son sólo algunos.
Fue relevante su colaboración en la gestación y realización de las primeras Exposiciones de Las Edades del Hombre, que comenzaron el año 1988 en la catedral de Valladolid. Él y su amigo José Velicia, fallecido hace 20 años, junto con otras personas de alta calificación profesional, idearon un estilo original de exposición del riquísimo patrimonio de las Diócesis de Castilla y León, que se convirtió en éxito rotundo. En estas exposiciones, con palabras de Jiménez Lozano, se trataba “no sólo de abrir un espacio a la fruición estética, sino además de emitir un mensaje de índole teológico-catequética. Toda obra de arte está singularmente habilitada para cumplir esa misión mediadora del discurso teológico”.
La trayectoria de la vida y de la obra de Jiménez Lozano son una lección elocuente de cómo el cultivo de las raíces humanas y cristianas de Europa es fecundo para acertar en la encrucijada presente. Quien pierde las raíces del pasado queda limitado para levantar el vuelo hacia el futuro. La memoria genera esperanza. Olvidar las raíces de la historia debilita el vigor de las generaciones posteriores. La memoria de lo acontecido, que debe ser siempre amplia y nunca selectiva, propicia la corrección de lo que se hizo equivocadamente y alienta en la dirección de lo que fue acertado. La memoria es plural, y a veces oscilante; por ello, quien la explora debe estar abierto a su amplitud.
D. José, paisano admirado y querido, reciba mi cordial felicitación.

“La coronación de la imagen de nuestra Patrona fue una manifestación de la devoción hondamente arraigada entonces y hoy. ¿Qué significa a comienzos del siglo XXI la coronación de una imagen de la Virgen? ¿Qué responderían unos padres a sus hijos que admirados por el gesto de la coronación les preguntaran por su significado?”

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Centenario de la coronación de
Nuestra Señora de San Lorenzo

(I.E.V. 1-15- Noviembre – 2017)

El día 21 de octubre celebramos gozosamente el centenario de la coronación de Nuestra Señora de San Lorenzo, Patrona de Valladolid, que había tenido lugar el 21 del mismo mes de 1917, siendo Arzobispo el Cardenal José María Cos. Agradecemos a todos, particularmente al párroco y a la Hermandad de la Virgen de San Lorenzo, la preparación y animación de la fiesta.

La coronación de la imagen de nuestra Patrona fue una manifestación de la devoción hondamente arraigada entonces y hoy. ¿Qué significa a comienzos del siglo XXI la coronación de una imagen de la Virgen? ¿Qué responderían unos padres a sus hijos que admirados por el gesto de la coronación les preguntaran por su significado? Es una manifestación de la devoción popular a la Virgen, Madre del Señor y nuestra Madre. La corona significa dignidad y honor, excelencia y victoria, culminación gloriosa de la existencia humilde de María. Para que la coronación no sea sólo un rito bello y llamativo sino también expresivo de los sentimientos de los fieles necesitamos recurrir a la historia de la coronación de las imágenes de la Virgen, al fundamento cristiano de la coronación y también a la manera evangélica de ser Reina y de recibir la corona de la gloria.

Representar a la Virgen María ceñida con la corona regia se remonta a los tiempos del Concilio de Éfeso (año 431); y coronar las imágenes de la Virgen es una tradición inaugurada por el Papa Clemente VIII con la coronación de la imagen venerada en Santa María la Mayor. En el año 1933 el capuchino Anselmo de Reno llegó a contar hasta 176 imágenes de la Virgen, veneradas y coronadas fuera de Roma. El enunciado del quinto misterio glorioso del Rosario es la coronación de la Virgen María como Reina de los Ángeles y los Santos. Los misterios de gloria alimentan en los creyentes la esperanza de la meta prometida por Dios y cumplida en Jesucristo (cf. 1 Cor.15, 20-25).

¿Cuál es el fundamento en virtud del cual nuestra piedad reconoce a María como Reina y entre otros signos corona su imagen? La Asunción de María al cielo es celebrada el 15 de agosto; y a los ocho días, el 22, celebramos la memoria litúrgica de “María Reina”. Las dos fiestas están enlazadas. María estuvo estrechamente unida a su Hijo Jesús en todo el recorrido de su vida terrena, de su muerte y de su glorificación. María concibió virginalmente, gestó con amor y alumbró a Jesús en Belén. María crió, educó y acompañó el crecimiento de Jesús en Nazaret. María fue también discípula de Jesús, oyendo su Palabra y practicándola; junto a la Cruz de Jesús se mantuvo fielmente consintiendo como madre en la entrega de su Hijo al Padre por la salvación del mundo. María ha seguido a su Hijo resucitado y sentado a la derecha del Padre, siendo elevada al cielo y coronada como Reina y Señora. María es inseparable de Jesús desde el comienzo de su vida hasta su muerte y resurrección. En su imagen coronada expresamos la alegría por su victoria. Confiamos que unidos a ella seremos protegidos por su intercesión y nos tenderá la mano en los peligros y tribulaciones de la vida. La coronación es una acción simbólica cuya significación aprendemos a la luz del Evangelio.

La unión estrecha de María con Jesús ilumina no sólo el fundamento sino también la manera de ser María Reina y Señora nuestra. No partimos de un concepto genérico de rey y de reina para trasladarlos a Jesús y a María.

En el proceso de Jesús ante Pilato a la pregunta del Procurador de Roma por su condición de rey, el acusado respondió: “Soy rey, pero mi reino no es de este mundo” (cf. Jn. 18, 33-37). Jesús fue ridiculizado poniendo sobre sus hombros un manto color púrpura, con una corona de espinas en la cabeza y llevaba un letrero donde estaba escrita la causa de su condena: “Jesús Nazareno, el Rey de los judíos”. Jesús es el Rey desde la cruz. En la cruz ejerce el señorío del amor y del perdón. “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir” (Mc. 10, 43). El Reino de Jesús es de otro estilo; no es de este mundo, no se ejerce con prepotencia que humilla sino con la misericordia que levanta. Pues bien, a partir de la realeza de Jesús debemos aprender el sentido evangélico de la realeza de María y consiguientemente del signo de su coronación. María es Madre y Reina de piedad y misericordia. Dios miró la humildad de su sierva y la exaltó, como cantamos con el “Magníficat” (cf. Lc. 1, 46 ss.).

Reproduzco a continuación los párrafos más relevantes de la nueva oración de la coronación: “Bendito eres, Señor, que dispersas a los soberbios y enalteces a los humildes. Tu Hijo, que voluntariamente se rebajó hasta la muerte de cruz, resplandece de gloria eterna y está sentado a tu derecha como Rey de reyes y Señor de los señores; y la Virgen, que quiso llamarse tu esclava, fue elegida Madre del Redentor y verdadera Madre de los que viven, y ahora, exaltada sobre los coros de los ángeles, reina gloriosamente con su Hijo, intercediendo por todos los hombres como abogada de gracia y reina de misericordia”. Al colocar la corona sobre la imagen de la Virgen, pedimos su protección y prometemos cumplir la ley del amor a Dios y a los hombres, sobre todo a los más pobres e indefensos. ¡Qué nuestra Señora de San Lorenzo proteja a los esposos y padres de familia, a los niños y jóvenes, enfermos y ancianos!. ¡Qué nuestra Patrona cuide a nuestra ciudad!.