“Quiero volver a África”

“Quiero volver a África”

29 noviembre, 2021

NECROLÓGICA de JUAN MEDINA, por ANTONIO VERDUGO, párroco de Santo Toribio

Juan, lo mismo has oído o alguien te ha contado lo que por aquí comentan algunos amigos. Hablamos, y en el hablar algunos llegan a sentenciar: “era lo que quería”. No, no dicen que quisieras morir, ni siquiera con el fin de conocer y experimentar el último fruto de la vida, la Vida en y con Abbá. Lo que dicen es lo que tú mismo expresabas tantas veces: “… no os preocupéis estoy bien, quiero volver a África”. Sí, estabas donde querías, con quien querías y como querías, con ¡los pobres!, en los pueblos y las tierras “olvidadas de la mano de los hombres”.

¿Te acuerdas? Alguna vez comentábamos lo de cómo ser cura en los tiempos que corren. Ahora quiero recordar y decirte, también decirnos, que diste en la diana, acertaste al ser cura-misionero en Togo y luego en Madagascar. Sin ese modo de sentir la vocación, alejada de la lepra del carrerismo o de la estéril desilusión, no podríamos entender la Vida de la pequeña historia, que es la buena. Esa en la que te gustaba estar tal como escribías: “soy una persona normal, de aquellos que llaman del montón”, y añadías más “me siento contento por ello”. Reivindicándote como “del montón”, pudiste hacer algo genial, dar nombre y poner rostro a los sin-nombre, a las estadísticas de la pobreza y la exclusión. Tengo para mí que tus sentimientos, tu fe, tus experiencias… en definitiva tu nombre y tu rostro “normal” se configuró con ellos, con los sin-nombre.

A los que tengáis a bien leer estas palabras pronunciadas entre amigos, os digo que no exagero. Fue así, hasta el punto de asumir también su muerte, la muerte de los descartados. El paludismo, impensable entre nosotros e injustamente no erradicado entre los pobres, se agarró a su cuerpo hasta el zarpazo de la muerte. Un amigo, también llamado a seguir conversando con Juan, le dice “que cuando uno va a servir a los pobres comparte su suerte, y esta vez hasta el final”. Podía haber sido de otra manera, ojalá; pero, al interrumpirse su forma de vida tan evangélica, podemos recoger lo que de verdad cuenta, el hecho de que fue consecuente con lo que pasaba por su corazón, y eso nos consuela y alienta.

En nuestra geografía occidental corremos el riesgo de tomar la vida como la carrera de un coche conducido a la gran velocidad que impone el progreso, hasta que acontezca el accidente ajeno a la carrera, a la vez imprevisto y previsible. Con la vida de Juan, nos sentimos estimulados a interpretar su muerte de otra manera, como un fruto de su vida, de su “amor, sentido y pena”. Así es, siendo Juan lo que quería ser, se apropió de su muerte, hizo que ésta formara parte de su vida, al modo como lo formuló Rilke “Señor, da a cada uno la muerte que le es propia / el morir que de aquella vida brota / en donde él tuvo amor, sentido y pena” (“Libro de la pobreza y de la muerte”).  Estas palabras expresan el deseo de que nuestra muerte sea la que nos pertenezca, es decir, que nazca-brote de nosotros como un fruto. Suponen una inversión de experiencias, al modo como la entendía nuestro maestro Jesús de Nazaret, que experimentó la Vida como una semilla que, muriendo, se transforma en fruto y fecunda el suelo con poder regenerador (Evangelio de Juan 12, 24-26), y es que, el vaciarse en favor de los otros, permite acoger el último vaciamiento de sí, la muerte propia, como un fruto: la Vida en y con Abbá.