San Simón de Rojas (IV). “No he conocido hombre que menos huela a mundo”

San Simón de Rojas (IV). “No he conocido hombre que menos huela a mundo”

19 Julio, 2017

Bienaventurados – Santos Vallisoletanos. Serie de Artículos de Javier Burrieza

San Simón de Rojas, fraile trinitario, n. Valladolid, 1552 + Madrid, 1624; b. 1766, c. 3.VII. 1988.

Estas fueron las palabras con las que definió Felipe III a fray Simón de Rojas, tras haber rechazado éste un preciado regalo que le hizo el monarca, una reliquia en forma de sortija, en la que dentro decía custodiarse un cabello de la Virgen María. En 1600 se iniciaba una relación muy estrecha entre la pareja real y el fraile trinitario, convirtiéndose a partir de entonces en uno de sus habituales hombres de consejo y de dirección espiritual. Por ello, sus superiores dispusieron su destino en el convento trinitario de la calle Atocha de Madrid, facilitándose su cercanía con el rey. El primer encuentro entre Felipe III y Margarita de Austria con Rojas fue supervisado por el duque de Lerma, valido real, y su hermana Leonor de Sandoval, condesa de Altamira, tratando de evitar cualquier consejo del fraile que fuese negativo para con Lerma. Según ha afirmado Pedro Aliaga, el último biógrafo del trinitario vallisoletano, éste ejercía un notable atractivo espiritual sobre unos monarcas que se mostraban frecuentes a aquellos que disponían de un especial prestigio y fama de santidad. Todo ello dentro de un ámbito de sospechas y escuchas, propio de grupos y amistades que generaban intereses políticos.

Pocos meses después, la Corte se trasladaba a Valladolid, pues así le interesaba al duque de Lerma. Los reyes expusieron al ministro provincial de los trinitarios, el padre Luis de Calatayud, su deseo de que fray Simón de Rojas fuese enviado a la nueva Corte que era además su ciudad natal. Con todo, aquel quinquenio hasta 1606 es el periodo más desconocido de su existencia. Aliaga indica que hasta 1604 permaneció en Madrid, según se constata de su asistencia al capítulo provincial como conventual de la calle Atocha. Este último año es trasladado a Valladolid, aunque poco tiempo después se le encomendó la visita a la provincia de Andalucía de su orden religiosa, desarrollada en el invierno y primavera de 1605 con la celebración del correspondiente capítulo provincial. Regresó a Valladolid donde conoció el nacimiento del príncipe Felipe. Cuando se presentó ante los monarcas, la hija mayor, la infanta Ana de apenas cuatro años, le preguntó qué le había traído de regalo de su viaje. Fue entonces cuando fray Simón la entregó una imagen de la Virgen que le había acompañado en su travesía andaluza. Hasta que fue elegido ministro del convento de la Santísima Trinidad en Madrid, el 14 de junio de 1606, permaneció junto a su Pisuerga —y nunca mejor dicho pues la casa de los trinitarios se ubicaba al lado de la actual Plaza de Santa Ana, en la calle de la Boariza—. La Corte había regresado a Madrid a principios del año, tras haber fracasado Valladolid en retener a los monarcas, a pesar de los cinco años anteriores de fiestas y entretenimientos constantes. No es casual, por tanto, el nuevo oficio de fray Simón de Rojas en Madrid, donde se hallaba en el verano de 1606, después de haber salido de su ciudad natal a pie y acompañado únicamente por un lego.

Cuando se presentó ante los monarcas, la hija mayor, la infanta Ana de apenas cuatro años, le preguntó qué le había traído de regalo de su viaje. Fue entonces cuando fray Simón la entregó una imagen de la Virgen que le había acompañado en su travesía andaluza.

Unos meses antes de abandonar su ciudad natal, el trinitario se volvió a encontrar con la reformadora agustina Mariana de San José, que había entrado en Valladolid para realizar su tercera fundación, tras las de Éibar y Medina del Campo. Ambos se habían conocido en Ciudad Rodrigo, haciéndose famosa, por las declaraciones de testigos, la frase que pronunció el trinitario —muy visitandina por otra parte—cuando la vio aparecer en su ciudad natal: “Dichosa tú, Valladolid, ¡si supieses la luz que te viene!”. Se alojaba la reformadora en casa de Francisca de Sotomayor hasta que se ubicase el nuevo convento junto a la parroquia de San Ildefonso. En aquellas visitas se sucedían, además de las de fray Simón, las del jesuita Luis de La Puente. La reina Margarita de Austria también estaba muy interesada en esta recolección o reforma de la madre Mariana, pudiéndose entrevistar con ella en Medina del Campo. Contacto que puso las bases para la presencia de estas monjas en Madrid, con trabajos en los que no estuvo ausente fray Simón.

En la nueva Corte, el trinitario concertaba con la Reina su visita en palacio tres veces por semana. Aunque doña Margarita contaba con su propio confesor en la persona del jesuita, padre Haller, también acudía en este sacramento a fray Simón. Felipe III, a su vez, lo utilizaba como consejero. Aquella reina adolescente, permanente embarazada, además de ser muy gustosa en las modas femeninas, lo era en las prácticas piadosas, contando en su biblioteca con títulos de obras esenciales para entender la espiritualidad del siglo XVI. Soberana de clausuras, fundaciones conventuales y limosnas, de las cuales fray Simón de Rojas podía ser un medio adecuado. Ambos dos fueron agentes para las fundaciones de las mencionadas agustinas recoletas en Madrid, lo que iba a ser la reestructuración del convento de Santa Isabel  y el establecimiento del nuevo Real Monasterio de la Encarnación.