Arzobispo    Carta pastoral
Bautizados
1 de marzo de 2026


El sacramento cuaresmal nos invita a profundizar en el misterio de Cristo para poder, luego, manifestar ese conocimiento en nuestra vida y poder llevarlo a su plenitud. Este conocimiento arranca del Bautismo; de hecho, la Cuaresma es un camino que nos prepara para renovar en la Noche Santa el Bautismo. Para los catecúmenos aún no bautizados este tiempo es el tramo final del catecumenado que les dispone a participar plenamente de la vida de la Iglesia, a través de los Sacramentos de la Iniciación cristiana.

El Bautismo, además, ha sido especialmente subrayado en su importancia en el reciente Sínodo y en el camino de aplicación del Sínodo en el que ahora estamos. Todos los bautizados estamos llamados a participar en la comunión y misión de la Iglesia. Detengámonos un momento en lo que el Bautismo significa.

En la misma puerta de entrada de la celebración litúrgica, el catecúmeno, o bien los padres y padrinos, si se trata de un niño quien es presentado al Bautismo, responden a las preguntas del ministro: ¿Qué pides a la Iglesia? El ritual permite contestar diciendo: “La fe, la gracia de Dios, incorporarme a la Iglesia, cuerpo de Cristo, la vida eterna”. Y a estos tres diálogos nos incorpora el Bautismo para toda nuestra existencia.

El diálogo entre la fe y la razón, entre la gracia y la libertad. Un bautizado, al recibir el don de la fe y la gracia que acompaña a la fe, que es la acción misma de Dios en nuestras vidas, ensancha su razón, purifica su libertad para vivirla como respuesta a la llamada del Señor en obediencia a su plan de amor para todos y cada uno de nosotros. El coloquio permanente entre gracia y libertad marca la existencia de un cristiano.

Por otra parte, el Bautismo nos incorpora a la Iglesia, pueblo de Dios, que tiene la forma del cuerpo de Cristo y, así también, somos incorporados a un diálogo que nos acompaña a lo largo de toda nuestra existencia entre Iglesia, pueblo de Dios, y sociedad. Somos un pueblo entre los pueblos. Somos el pueblo de Dios que peregrina hacia el Cielo y queremos ofrecer a la sociedad, de la que también formamos parte, la permanente novedad del Evangelio. Queremos ofrecer el signo comunitario, fuente de fraternidad y de amistad social. Queremos ofrecer el perdón, como un diálogo también imprescindible para poder vivir juntos, convivir, en definitiva. Queremos ofrecer una propuesta de vida buena, que se fundamenta en el plan de Dios, manifestado en la primera alianza con aquellas 10 palabras que nos ayudan a establecer las reglas básicas del juego en la convivencia, pero también en el mandamiento nuevo de amar y amarnos como Jesús nos ha amado. Queremos ofrecer, en diálogo con la sociedad en la que vivimos, el significado de la Cruz, como expresión de quien ha decidido cargar con el pecado del mundo y nos invita también a una acción redentora, liberadora en nuestras relaciones sociales.

El Bautismo, al hacernos ciudadanos del Cielo y, por tanto, partícipes ya de la vida eterna, de la plenitud de la vida de Dios en germen en cada uno de los bautizados, nos incorpora también a un diálogo sorprendente entre el camino histórico y la vida eterna. El diálogo entre todo aquello que vivimos solo de una manera germinal, en el límite, en la fragilidad, marcado por la condición mortal, y la plenitud de la existencia. Este diálogo nos ayuda a ofrecer en el caminar histórico una esperanza, una esperanza concreta, una esperanza ante los acontecimientos, a veces, complicados, ante los fracasos para seguir insistiendo en todo aquello que es germen del Reino de Dios. También este diálogo entre el caminar histórico y la plenitud nos hace decir que no hay ninguna ideología que agote el Evangelio, no podemos construir el paraíso en la tierra, dejemos la vana pretensión de querer conformar la realidad y los corazones desde las ideologías y desde los poderes de este mundo. Sí, vivamos la germinación del Reino de Dios anunciándolo y cuidando un especial signo en el que el propio Jesús nos dijo que se anticipaba el juicio de Dios, cuando la historia y la plenitud del tiempo se encuentren en su segunda venida: el cuidado de los más pequeños, de los empobrecidos, de los enfermos, de los que están solos. Es ahí donde el coloquio entre historia y Reino de Dios se hace especialmente singular y supone para todos nosotros una llamada bien concreta. La llamada que realizan los rostros de los pobres y la llamada a combatir aquellas causas que provocan las situaciones de empobrecimiento.

El Bautismo nos ofrece una verdadera vida, una vida nueva, una vida eterna, que nos invita a mirar los acontecimientos con ojos de fe, a relacionarnos unos a otros con la virtud de la caridad puesta en el corazón mismo de nuestras relaciones, a caminar en la historia llenos de esperanza para iniciar una y otra vez los intentos para que la fraternidad sea visible y la alabanza de la gloria de Dios un cántico permanente.

El Bautismo también nos cura del pecado original, esa herida originaria con la que también nacemos y que a lo largo de nuestra existencia permanece en nuestra condición pecadora, aunque haya sido ya curada en su fundamento, por lo cual podemos, convirtiéndonos al Señor y renovando nuestra conversión en el Sacramento de la Penitencia, vivir como verdaderas criaturas nuevas. Por eso, el Tiempo de Cuaresma nos convoca a seguir renovando nuestra conversión y a enfrentarnos a esta condición pecadora, acogiendo la misericordia de Dios.

El Tiempo de Cuaresma nos invita a intensificar nuestra vida de fe, esperanza y caridad para que la relación entre la gracia y nuestra libertad, entre la Iglesia y la sociedad en la que vivimos, y la historia y la plenitud del Reino que anhelamos marquen toda nuestra existencia.