Arzobispo  -  Carta pastoral
Desagravios
16 de enero de 2026


Hace unas semanas un templo de nuestra Diócesis, el templo parroquial de Santa María, en La Santa Espina, fue objeto de un ataque profanador. El Sagrario fue violentado y las formas consagradas, el Cuerpo de Cristo, fueron sustraídas. Fue, sin duda, un agravio que nos impulsa a realizar desagravio y desagravios.

En una liturgia solemne y sencilla tuvo lugar el acto de desagravio en nombre de toda la Diócesis. Pero es bueno que reflexionemos sobre cuál puede ser el humus, lo que está en la base de un acto como éste. Por una parte, hemos de pensar, quizás, en la ignorancia, en no saber muy bien o no saber de ninguna manera lo que el Cuerpo de Cristo significa y lo que el Sagrario guarda y reserva. Por otra, seguramente, pueda haber superficialidad. El creer, sí, que Jesús está en el Sagrario, celebrar la liturgia, pero hacerlo de una manera superficial, de una manera en la que sólo el rito externo puede significar algo, tal vez, referido al cumplimiento de una norma, de una práctica. Quizás, pueda tratarse de un agravio más hondo o profundo, un ataque del misterio del mal, que supone lo que los Padres de la Iglesia llamaban “la fe de los demonios”, el saber realmente que Jesús resucitado está presente en la Eucaristía, pero hacer de ello sólo un conocimiento, una “gnosis”, decían también los Padres de la Iglesia, que sólo sirve para los perversos intereses ideológicos o de autobombo y vanagloria del propio Satán.

Ante estas posibles formas de agravio, nosotros recibimos una triple llamada, la llamada al anuncio de lo que creemos, al testimonio de nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía; la llamada a anunciar esta buena noticia: Jesús ha resucitado y, siguiendo su pedagogía humilde, la que ya se manifiesta en la Encarnación y en el Nacimiento, se hace también pequeño y está en un lugar que puede parecernos insignificante. Es bueno que anunciemos que el Señor está con nosotros y que lo está realmente en el Sagrario.

Quizás, un desafío mayor para nuestras comunidades cristianas está en romper la superficialidad, en no vivir nuestra liturgia de una manera mediocre; cuidar la liturgia, expresar los diversos signos, el valor del silencio, el respeto de adoración a la presencia del Señor en la Eucaristía. Sí, hay una llamada grande a desagraviar cuidando la liturgia, disponiendo nuestro corazón para comulgar estando nuestra alma bien dispuesta. Cuidar también la manera en que nos acercamos a comulgar, expresando en nuestros propios gestos, en nuestra disposición cuando nos encaminamos a recibir la comunión, que verdaderamente creemos que vamos a comulgar a Jesucristo resucitado; el cuidar también nuestros cantos, nuestra presencia, nuestra manera de estar. Todo ello expresa por sí misma nuestra condición de creyentes en la presencia real del Señor en la Eucaristía. Una comunidad que ora y adora, que celebra y comulga, que expresa con su propia presencia y sus gestos, que acoge realmente a Jesucristo en su corazón. Así, ayuda a los que se acercan, a los niños que se preparan para la Primera Comunión, a sus padres, a cualquiera que acude a nuestros templos con uno u otro motivo, a caer en la cuenta de que ahí, cuando celebramos la Eucaristía, pasa algo, mejor, pasa alguien y este alguien se nos entrega y permanece con nosotros para nuestro bien.

Para responder a la fe de los demonios, es decir, a una manera ideológica o divisiva de celebrar la Eucaristía, estamos llamados a unir Eucaristía y vida, a hacer que lo que celebramos en la Eucaristía se exprese luego en nuestra vida ordinaria. Mal desagravio haríamos si cuidamos mucho lo que ocurre en el templo y, luego, descuidamos esas otras formas de presencia que Jesús Eucaristía nos permite descubrir. La presencia del Señor en los hermanos, a quienes estamos llamados a amar en un ejercicio de amor fraterno. La presencia del Señor en los empobrecidos, en los solos, en los tristes, en los que carecen de lo necesario para vivir o sufren pobrezas afectivas o espirituales. Los comulgantes, quienes celebramos la Eucaristía y somos enviados a edificar y a ser signos de la paz que el Señor nos ha ofrecido, estamos llamados a hacer de nuestra vida una acción de gracias, un ejercicio eucarístico. Hemos adorado al Señor y, ahora, queremos lavar los pies a los hermanos. Hemos orado con Jesús presente, encabezando Él nuestra oración y diciendo “Padre Nuestro” para cuidar el ejercicio de la fraternidad en nuestra vida ordinaria. Hemos comulgado al Cordero que quita el pecado del mundo para también hacer de nuestras vidas un verdadero combate espiritual que vaya a las causas pecaminosas de todos los males de nuestro mundo.

En estos días estamos comenzando la campaña de Manos Unidas. Qué bien que unamos la Eucaristía de la campaña contra el hambre con el ejercicio de una vida en el que declaremos, como nos dice este año Manos Unidas, la guerra al hambre, en el que vivamos un verdadero combate para que las causas del hambre puedan ser, al menos, denunciadas, en parte disminuidas y que, en todo caso, podamos ofrecer a nuestros hermanos que viven este resumen de injusticias la posibilidad de promocionarse y de ganarse el pan con los recursos, con las ayudas que los proyectos de esta organización católica ofrecen.

Desagraviemos, hermanos, anunciando el Evangelio, cuidando la liturgia, ejercitando la caridad. Desagraviemos porque el Señor está presente y Él, entregando su vida por nosotros, quiere curar todos nuestros agravios para que así seamos también nosotros signo de esta presencia, como cuerpo de Cristo que somos por el Bautismo y hemos alimentado en la Eucaristía, para ofrecer nuestra vida en un ejercicio de amor que quien es cuerpo entregado y sangre derramada nos ofrece y nos regala para nuestro bien y el bien de todos los hombres.