“Pueblo de Reyes, Asamblea Santa, Pueblo Sacerdotal, Pueblo de Dios, bendice a tu Señor”. Pocas veces un canto es tan expresivo como en esta celebración eclesial, donde la Iglesia diocesana se expresa como lo que es: un pueblo. Un pueblo convocado, una asamblea; un pueblo, asamblea santa que alaba a su Señor en la liturgia en la que nos incorporamos a la entrega de Jesucristo el Señor.
Queridos hermanos y amigos, miembros del pueblo santo de Dios, vocación laical que, como pueblo consagrado, ungido, bautizado, confirmado, participáis de la comunión y misión de la Iglesia. Queréis hacer que se cumpla la Escritura y anunciar el Evangelio a los pobres en los caminos de la vida.
Hablando de vida, queridos matrimonios, gracias por vuestra alianza y vuestra colaboración con el Dios Creador que quiere compartir con nosotros la vida y que nos propone participar de su vida nueva y eterna.
Queridos hermanos diáconos, presbíteros, obispos, al servicio del pueblo santo de Dios, ungidos de una manera nueva, precisamente, para edificar un pueblo todo él sacerdotal, para acompañar a un pueblo todo él profético y real. Para ello hemos recibido una encomienda, una encomienda de ser ministros de la Palabra, ministros de la Liturgia en los Sacramentos, ministros de la autoridad del propio Jesús que acompaña a su pueblo desde el servicio que se expresa en el Lavatorio de los Pies.
Queridos hermanos y hermanas que, habiendo salido del pueblo santo de Dios o del círculo de los presbiterios, habéis dado un paso de especial consagración para hacer ensayos caminando delante, en medio o detrás del pueblo de Dios.
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Todos somos la asamblea, todos formamos parte de este pueblo y, para alabanza de su gloria, celebramos hoy la Eucaristía unidos. Somos una presencia que representa a hermanos presbíteros que hoy no han podido acercarse por los ajetreos de estas jornadas —algunos, con tantas parroquias—; de hermanos laicos, también viviendo en las parroquias la preparación de la celebración del Triduo Pascual; hermanos que están atendiendo ahora a sus chavales pequeños en casa, pero esta presencia que estamos aquí en la Catedral es una presencia que representa, que hace presente al pueblo de Dios que quiere vivir la comunión para salir a la misión.
Los óleos que van a ser bendecidos, el Crisma que va a ser confeccionado y consagrado, expresa bien cuál es nuestra misión y desde dónde se realiza. Somos un pueblo de ungidos. Por eso somos cristianos. El Cristo, el Mesías, el Ungido. Somos un pueblo consagrado para vivir una misión: llevar el Evangelio a los pobres. Somos un pueblo que no se ha edificado a sí mismo. Por eso, el óleo de los catecúmenos y el Crisma con el que somos ungidos en el Bautismo y en la Confirmación expresa que hemos sido hechos cristianos; que ser cristianos no es una opción, sino es un regalo de la Gracia, un regalo que el Señor nos hace. Claro que sí, ha de ser acogido en las manos de la libertad, pero es el Señor quien va delante, quien da la vida por nosotros, quien abre su costado, quien derrama sangre y agua, quien alienta nuestro caminar y nos unge. Así, en la Vigilia Pascual renovaremos nuestro Bautismo, nuestra condición de ungidos, de bautizados.
Por eso, el mayor desafío que tiene la Iglesia hoy es colaborar con el Espíritu Santo para hacer nuevos cristianos en el anuncio del Evangelio, como kerigma de salvación, a través de tantas propuestas, especialmente nuestro testimonio, nuestra escucha, nuestro diálogo, nuestra palabra; a través también de iniciativas nuevas que han surgido entre nosotros, por las que damos gracias a Dios, como los retiros, las experiencias de encuentro fuerte de fin de semana, como las convocatorias de oración semanal, de adoración eucarística, de recibir el perdón del Señor, como las propuestas que en la vida parroquial, desde los diversos ámbitos, queremos hacer para acoger a los que vienen y, así, poderles proponer el camino de la iniciación cristiana.
El Santo Concilio Vaticano II instaura el catecumenado bautismal, como un giro en la vida de la Iglesia. Acoger esta novedad, encarnarla en la Diócesis, en cada una de las parroquias, reflexionar también sobre las pilas bautismales que tenemos, cómo distribuirlas, cómo vivir este tiempo nuevo desde el punto de vista demográfico, cultural, económico, político... Para eso es preciso un discernimiento. Por esto, desde esta Misa Crismal, convoco Asamblea Diocesana. Para seguir la pauta del Sínodo, para unirnos a la reflexión de la Iglesia en Castilla, para celebrar juntos nuestra condición de pueblo de reyes, pueblo santo, pueblo sacerdotal y profético, pueblo de Dios; para ver la manera de celebrar y de proponernos a cada uno de nosotros un paso adelante en nuestra conciencia de ser ungidos, de ser pueblo, de ser asamblea. En ella hemos de discernir también sobre lo que el Señor nos pide para vivir el ministerio sacerdotal en esta hora, sobre lo que el Señor nos pide para vivir la caridad social y política de los laicos en esta hora, sobre lo que el Señor pide en este tiempo nuevo de la vida de especial consagración, tan rica en nuestra Diócesis.
Sí, amigos, los óleos, el óleo de los catecúmenos y el Crisma que hoy se bendice y consagra nos habla de nuestra iniciación cristiana, del desafío que supone, de lo débiles que somos, de las espaldas que hemos de juntar, de la invocación al Espíritu Santo que hemos de realizar.
El óleo de los enfermos nos sitúa en la clave de nuestro anuncio. En realidad, ¿cuál es el corazón de nuestro anuncio, hermanos? Que la muerte no tiene la última palabra, que Jesucristo ha resucitado y ha vencido a la muerte. Por eso, la enfermedad, que expresa nuestra radical pobreza, nuestra infirmitas, la enfermedad, que es un heraldo de la muerte, es también acompañada por el Señor con una unción, con una fortaleza y una luz del Espíritu Santo. Es la expresión máxima del anuncio del Evangelio a los pobres porque no hay mayor pobreza que nuestra condición mortal, que a todos nos iguala. De nuestra condición frágil y enfermiza. Pero sabemos bien que, por un misterioso designio, de las consecuencias del pecado. La enfermedad y la muerte son consecuencias del pecado. Por eso hay también enfermedades sociales y enfermedades y muertes causadas por el pecado de los hombres, por las injusticias que generan desigualdades, hambre, falta de vivienda, dificultades para sobrevivir, carencia de recursos sanitarios… y qué decir de la guerra, y qué decir cuando los hombres piensan que la única manera de responder al mal es hacer el mal, que la única manera de responder a la soberbia son respuestas soberbias.
Por eso, el óleo de los enfermos no es solamente algo para un recurso extraordinario que ahora sólo se hace en los hospitales y algunas pocas veces en casa, o lo hacemos en celebraciones comunitarias que os recomiendo en este tiempo de Pascua porque nos recuerdan que salimos a anunciar el Evangelio a los pobres. A los pobres, que somos todos, mortales y enfermizos; a los pobres, que son algunos que viven las consecuencias de la injusticia, de la guerra, del pecado de otros; a los pobres pecadores, que también somos todos. Y, ahí, el óleo de los enfermos nos abraza en nuestra condición personal, relacional, institucional, que pide una respuesta del pueblo santo, una respuesta de los laicos, una respuesta de la especial consagración, una respuesta del ministerio ordenado porque hoy, hermanos, renovamos las promesas sacerdotales. Para edificar un pueblo sacerdotal, el Señor ha llamado a algunos para que sean signo de su presencia como cabeza, esposo, siervo y pastor, y así tenemos una responsabilidad extraordinaria en ser signos de la comunión en la Iglesia, una responsabilidad extraordinaria en ser signos de la entrega sacerdotal sin mirar el reloj, sin mirar el tiempo, sin mirar nada que pueda retenernos en la entrega cerrados a nosotros mismos. Porque, si queremos edificar un pueblo sacerdotal, hemos de dar testimonio de una vida entregada, de ser arrastrados por el propio Cuerpo entregado que sostenemos en las manos. Mi Cuerpo por vosotros, dice Jesucristo, tomando prestados nuestros labios. Mi Sangre por vosotros. Pero hemos de sentirnos arrastrados porque ni vosotros, queridos laicos, ni nosotros, queridos ministros ordenados, podemos vivir el sacerdocio sino unidos a él, que es el único sacerdote, el eterno sacerdote. Porque el sacerdocio no es una función, no es una tarea, es una existencia y solo unidos a Jesucristo, solo sostenidos por el Espíritu que brota de su costado y de su aliento podemos ensayar esta existencia que innova las relaciones, que innova el mundo en el que vivimos.
Alegrémonos pues, amigos. Somos Pueblo de Reyes, Asamblea Santa, Pueblo Sacerdotal, Pueblo de Dios. Y queremos, hoy, en la liturgia, y, siempre, en la existencia, bendecir a nuestro Dios.