Celebramos la fiesta de nuestro patrono, San Pedro Regalado, en el Año Jubilar diocesano dedicado a la santidad. La Santa Sede nos lo ha concedido para celebrar el tercer centenario de la canonización de Santo Toribio de Mogrovejo, nacido en Mayorga, apóstol del actual Perú, organizador de aquella Iglesia naciente, defensor de los indígenas (realizó un catecismo en quechua y aimara), defensor del mestizaje como proponían las leyes de la Corona, favoreciendo los matrimonios mixtos que tanto tardaron en llegar al mundo anglosajón, y protector de los niños, construyendo escuelas y prohibiendo el trabajo infantil, cumpliendo el Evangelio e impulsando la aplicación de las Leyes de Burgos y de Indias. También está vinculado a nuestra Diócesis San Juan de la Cruz, canonizado, como Santo Toribio, hace 300 años. Ocho siglos celebra toda la familia franciscana del tránsito del Padre Seráfico.
¿La santidad vivida por Pedro Regalado, por Juan de la Cruz, por Toribio de Mogrovejo, por Francisco de Asís, nos dice algo hoy? Podríamos preguntarnos qué ofrece la santidad al hombre de hoy al que le abruman incertidumbres, pero sigue buscando en su corazón libertad, amor y alegría. ¿Es solamente el adorno de una corona para personajes de los que hemos hecho imágenes, subido a los altares, y que procesionamos por nuestras calles? ¿Qué ofrece la santidad a nuestra sociedad, a cada uno de nosotros?
La santidad es la perfección de la caridad, dice la Iglesia, es decir, llevar hasta sus últimas consecuencias la caridad, como amor nuevo y libre que supera las correspondencias de amar solo a quien me ama o de saludar solo a quien me saluda. Es la entrega, no solamente de lo que tenemos o de lo que hacemos en el tiempo, sino la entrega de nuestro propio ser, de nuestra propia vida. Solo pensarlo nos hace llegar a una conclusión: “yo no puedo ser santo, esto es para otros; no puedo dar enteramente mi vida”. Es cierto, solo Dios es el único Santo y así le aclamaremos en la Eucaristía: “Santo, Santo, Santo”. Pero el Señor nos da la posibilidad de vivir su misma vida. De crecer en la configuración con Él, dejándole crecer en nosotros para vivir según el Espíritu. Así emerge la santidad, aunque sea siempre de manera germinal, acercándonos a Él y dejando que el Espíritu actúe en nosotros.
La santidad supone, así, este ejercicio de entrega, de salida de sí, de amar con un amor nuevo y libre por el que podríamos ser en medio de nuestro mundo un signo de que es posible una manera nueva de vivir y de relacionarse con las personas y con los bienes.
Dejemos que el Señor nos ayude en el camino de la santidad con los llamados consejos evangélicos que Pedro Regalado profesó como fraile franciscano: la pobreza, la castidad y la obediencia. Los religiosos que hacen estos votos son un signo, un indicador de que, por el Bautismo, todos podemos acogerlos según nuestra vocación y estado de vida.
El consejo evangélico de la pobreza nos ayuda a vivir una relación nueva con los bienes. Nos propone no idolatrar el dinero y todo lo que con dinero se puede adquirir, comprar o vender. La pobreza acogida nos permitiría ensayar formas de caridad, de santidad que renuevan la vida del mundo. La pobreza, además de liberarnos de la idolatría del dinero, nos permite compartir no solo lo que nos sobra, sino incluso lo necesario para vivir. Acogiendo el consejo evangélico de la pobreza, podríamos preguntarnos cuál es nuestra relación con los bienes. Pongamos ejemplos en medio de dificultades concretas de nuestro mundo. Hay problema de vivienda. Si yo soy titular de varias viviendas, si pongo en el mercado para alquilar alguna de ellas, me pregunto cuál ha de ser el precio adecuado de la renta?; ¿será solo el criterio del mercado? Pongamos otros ejemplos: si soy un empresario, ¿pago el salario justo o, por el contrario, acepto que, como hay una gran reserva de trabajadores en paro, de inmigrantes sin papeles y sin trabajo, puedo ofrecer salarios más bajos o pagar en negro? Si soy un trabajador, ¿me pregunto cómo empleo el tiempo en el trabajo?, ¿cómo me planteo la dedicación en el horario, incluso la manera de vivir las bajas laborales? Si soy un consumidor, ¿pienso que tengo derecho a gastar porque me lo he ganado o pienso en los que no tienen? Si organizo la celebración de una Primera Comunión, ¿veo la relación de la Eucaristía con la caridad o gasto desmedidamente porque todos lo hacen así? ¿Qué hago con mi tiempo? ¿Entrego mi vida ofreciendo tiempo a personas que están solas o en ejercicio de voluntariado o dedicación a los demás o me cierro en mi propia comodidad o justo descanso? El romper alguna de estas reglas dominantes supone una vida contracorriente, y es ahí donde aparece la santidad de la puerta de al lado desde una nueva relación con los bienes.
¿Y qué decir del consejo de la castidad? El Señor también nos invita en este campo a una vida contracorriente donde aparezca ese exceso de amor que llamamos santidad. ¿Qué significado tiene la sexualidad? Está vinculada a la alianza de amor. ¿Entrego mi vida por mantener esta alianza, aunque para ello haya de ejercitar la paciencia, perdonar y cuidar el bien común del matrimonio? ¿Y la transmisión de la vida? ¿Entrego mi vida dando la vida o pienso que no me es exigible este exceso de amor, esta santidad? Porque las condiciones laborales, la vivienda, el derecho que tengo a realizarme y pasármelo bien algunos años de la vida me exigen cerrar el matrimonio a una vida nueva. La santidad que se expresa en la entrega, incluso amando a quien no me corresponde, y en la acogida de un hijo, aunque suponga estrecheces y esfuerzo, es un bien para nuestra sociedad.
¿Y qué decir de la obediencia? Para poder desobedecer a la tentación, para poder desobedecer a la políticamente correcto, para poder desobedecer a las reglas del juego dominante que hacen elogio del poder, de las riquezas y pasárselo bien, aunque haya sangre de empobrecidos en los zapatos, es preciso ser obediente. Obediente a la conciencia donde surge la voz de Dios; obediente a la verdad que está de alguna forma inscrita en nuestro corazón y en la naturaleza; obediencia a la llamada de los otros que piden nuestra entrega, nuestra solidaridad, el ejercicio de la fraternidad. Y los que tienen sobre otros el poder que les da la democracia, ¿ejercitan ese poder en obediencia a la justicia, a la Constitución y las leyes, a la dignidad de la vida humana, al bien común, a las necesidades de los pobres? ¿O el poder se convierte en un fin en sí mismo que hay que conservar a toda costa, por lo cual el adversario se transforma a veces en enemigo?
Vivir esta caridad excesiva es camino de santidad que, además, ofrece a nuestra sociedad una relación nueva con el dinero, una propuesta nueva de vivir los afectos, una propuesta de relación con los demás desde la aceptación compartida de la obediencia a la verdad y la respuesta al bien. El deseo de santidad hace brotar de nosotros lo mejor, tira de nosotros para hacernos instrumento del bien común. Remueve y transforma nuestras tendencias a ser los primeros, a tener más y a pasarlo bien a costa de lo que sea.
Sin esa fuerza que nos plenifica, existe el riesgo de la corrupción. La corrupción, ya sea económica o política, tome la forma de robo o de abuso de cualquier tipo de poder, suele producirse por una conjunción explícita o implícita de codicia (lucro injusto), de lujuria (placer sexual sin amor y cerrado a la vida) y de soberbia (afán de poder). El sujeto arrastrado por estas tendencias se corrompe, roba y abusa. Las consecuencias nos escandalizan, pero el sistema cultural y económico dominante realiza un elogio permanente del dinero, de la sexualidad sin vínculos y del empoderamiento individual. Tomamos medidas para paliar los efectos mientras seguimos alimentando las causas que hacen juego con una condición humana herida por el pecado. Al continuar la corrupción surgen las dudas y la desesperanza en muchos.
Por ello, qué bien hacen los santos que, dejándose arrastrar por la acción del Espíritu Santo, dan testimonio de una relación nueva y libre respecto a los bienes, los afectos y la propia libertad, para ensayar una economía del compartir, unas alianzas que tejen vida social y transmiten la vida y confiesan, con el testimonio de vida, que el lugar propio de la libertad es la respuesta obediente a la verdad, al bien común y a la fraternidad.
En el camino de la santidad todos somos pecadores y precisamos de la misericordia. Os invito, como dice el lema del próximo viaje apostólico de León XIV a España, a alzar la mirada, a contemplar al único Santo, a dejarnos curar por la misericordia de su Corazón y atraer por la belleza de su vida rica en la pobreza, libre en la obediencia y plena en los vínculos que le unen al Padre y al Espíritu por los siglos de los siglos.
Amén.