El camino hacia la Pascua nos dispone a todos para renovar nuestra condición de bautizados, también para volver a entrar con mayor hondura en el Misterio Pascual y, así, caer en la cuenta de lo que significa celebrar la Eucaristía cada domingo. También los ministros ordenados, en la Misa Crismal, renovaremos nuestras promesas, las del día de la ordenación.
Caminando hacia la Pascua, aparece la fiesta de San José y en el domingo siguiente, quinto domingo de esta Cuaresma, día 22 de marzo, celebramos el Día del Seminario. ¡Qué importante es que el pueblo de Dios desee sacerdotes! Desee ministros que hagan presente a Jesucristo proclamando la Palabra, partiendo el pan y perdonando los pecados, acompañando la comunión del pueblo santo de Dios en misión hasta que él vuelva. A veces, en nuestras comunidades, aparecen debates perplejos: “si no hay sacerdotes, los laicos tendremos que hacer cosas; si ya hay laicos que hacen cosas, ¿para qué los sacerdotes?”.
Pero no es así. Más bien, hemos de plantearnos, todos, nuestra vida como vocación y no pensar que lo que realizan los laicos es una tarea de suplencia o sustitución. No, los laicos tienen su vocación propia en la Iglesia y singularmente en el mundo, viviendo la caridad política. Pero el ministro ordenado tiene también su misión propia: hacer presente a Jesucristo, cabeza y siervo, esposo y sacerdote, que se entrega a su Iglesia para edificar un pueblo, todo él sacerdotal, en comunión para la misión.
El Señor nos pide que oremos, pidiendo que haya más operarios, más trabajadores para su mies. Nos pide que oremos por las vocaciones, también por las vocaciones al ministerio. ¿Pero qué significa orar por las vocaciones? Significa expresar un deseo, un deseo vivo de lo que el ministro ordenado significa. Un deseo de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, del Perdón, del acompañamiento que asegure la reconciliación y la comunión. Por eso, la oración que expresa el deseo ha de estar acompañada de una vida laical, vivida como verdadera vocación. Si los laicos, las familias cristianas, nuestras pequeñas comunidades crecen, crece también el deseo del ministerio ordenado. Crece el deseo de poder participar en la Eucaristía, de recibir el Perdón, la necesidad de alguien que sea cauce de comunión y de reconciliación entre todos, de alguien que en nombre de Jesucristo nos recuerde de manera permanente ese mandato: id, salid a los caminos, anunciad el Evangelio; y recuerde la manera de vivir esta misión que toda la Iglesia tiene: dar la vida, “haced esto en conmemoración mía”.
Verdaderamente, todos somos llamados, todos somos vocación, todos estamos invitados a preguntarnos ¿para quién soy yo?; pero, en este Día del Seminario pidamos de manera especial por las vocaciones al ministerio y hagámoslo deseando lo que el ministro ordenado significa. Hagámoslo creciendo todos, cada cual en nuestra respectiva vocación, porque desde ahí aparecerá, ¡cómo no!, la necesidad de ser cuidados, acompañados, pastoreados por el ministerio ordenado. Pidamos haciendo propuestas concretas a niños, adolescentes, jóvenes, mayores, para que se pongan ante el Señor y le digan: Señor, ¿qué quieres que haga?; para que estén dispuestos a dejar las redes en las que, incluso, puedan estar enredados, otras redes que son las de los trabajos, las de los estudios, las de los afectos y familias y decidan seguir al Señor, seguirle queriendo formar su corazón para vivir la caridad pastoral.
No se trata de decir que haya más sacerdotes para que los laicos tengan menos trabajo. No se trata de decir, como hay menos sacerdotes, que los laicos hagan muchas cosas en el interior de la comunidad cristiana. No. Cada cual tenemos un lugar propio en la vida de la Iglesia, en torno a la Eucaristía, para vivir nuestra vocación. Y, si somos fieles cada uno a nuestra vocación, desearemos las demás vocaciones porque son recíprocas entre sí. No hay pastor sin pueblo, no hay cabeza sin cuerpo, no hay esposo sin esposa. Las vocaciones se necesitan las unas a las otras para expresar juntos que somos el pueblo de Dios, que tiene la forma del cuerpo de Cristo y que, dóciles al Espíritu Santo, queremos dejar nuestras redes para seguir al Señor.
Permitidme para terminar que agradezca la vida de los sacerdotes de nuestra Archidiócesis, sus trabajos y desvelos, sus ocupaciones. Os pido que recéis por ellos, que les cuidéis y, cómo no, agradezco a los 10 seminaristas de nuestra Archidiócesis que estén abiertos a seguir formando su corazón, para que puedan ser también testigos que inviten a otros jóvenes a seguir al Señor por el camino del sacerdocio apostólico, que inviten a otros a dejar las redes y a seguirle.