Arzobispo    Carta pastoral
Que la Iglesia viva, que las cosas funcionen
16 de septiembre de 2026


La toma de conciencia de ser Iglesia en camino, pueblo que sigue las huellas de Jesús, Camino, Verdad y Vida, ha sido el gran objetivo del Sínodo convocado por el Papa Francisco para acoger plenamente el Concilio Vaticano II y ser Iglesia viva, sacramento de comunión y de misión en medio del mundo. La reforma conciliar quiere que las personas seamos fieles, que las cosas —las instituciones, las estructuras— funcionen, aunque para ello hayan de ser reformadas.

Nuestra Diócesis está ya viviendo en ambiente de Asamblea Diocesana. En estas semanas queremos transmitir la convocatoria, motivarnos para poder vivir esta Asamblea como una oportunidad para que nuestra Iglesia diocesana sea viva, exprese de la manera más visible que somos comunión y acoja la misión de Jesucristo de anunciar el Evangelio a los hombres y mujeres de nuestra tierra.

Que la Iglesia viva, para lo cual, hemos de refrescar nuestra condición de bautizados. Somos bautizados. No solo tenemos un apunte en un libro o una fotografía de nuestro bautismo. Somos bautizados, formamos parte del cuerpo de Cristo, en nosotros habita ya la vida eterna. Es importante que esta gracia se viva y nuestra condición de bautizados se exprese en la participación en la comunión y misión de la Iglesia. La Iglesia vive de la Eucaristía. Por eso, en torno a la Eucaristía, bautizados, ministerio ordenado, hermanos y hermanas de la especial consagración, descubren su lugar en esta Comunión Eclesial. Expresan su corresponsabilidad diferenciada, según la vocación en la que han sido llamados a esta asamblea sacramental, y reciben una encomienda: Id y anunciad el Evangelio. La Asamblea ha de ayudarnos a tomar conciencia de bautizados que, convocados y congregados en torno a la mesa de la Eucaristía, según nuestra respectiva vocación, escuchamos el mandato de Jesús: haced esto, id y llevad el Evangelio.

Esta toma de conciencia nos llena de alegría, enciende en nosotros la esperanza y alimenta el amor de nuestras respectivas vocaciones. La caridad social, la caridad pastoral, la caridad consumada en la vivencia de un carisma. La Iglesia vive y ha de ser visible, lo es cada Domingo cuando nos congregamos para celebrar la Eucaristía. Pero es muy importante que, en todas nuestras realidades eclesiales, parroquias y otras formas de agregación eclesial, vivamos la fe con otros bautizados, concretemos nuestra comunión en grupos comunitarios, en experiencias de vida compartida.

Una Iglesia viva pide que las cosas funcionen, por ejemplo, que surjan equipos de vida, que podamos sentarnos una vez a la semana o una vez al mes para reflexionar, orar juntos, cultivar la fraternidad y mirar la manera de anunciar el Evangelio a nuestros convecinos. La Asamblea, la constitución de equipos, de grupos para reflexionar sobre los temas propuestos es ya una oportunidad para que las cosas funcionen. Esta comunión ha de hacerse con responsabilidad diferenciada, como nos pide el Documento final del Sínodo sobre la Sinodalidad. Por eso es importante que las cosas funcionen, que el Consejo de Pastoral de la parroquia o de la unidad parroquial sea ya un grupo de vida. Que el Consejo de Pastoral en la parroquia, en el arciprestazgo y el Consejo de Pastoral Diocesano sea la expresión de esta comunión que se organiza para llevar a cabo la misión, para anunciar el Evangelio, para iniciar en la vida cristiana.

Una Iglesia viva genera nuevos cristianos y para eso es necesario que las cosas funcionen. Que el Directorio de la iniciación cristiana en sus sacramentos de Bautismo, Confirmación y Eucaristía sea para nosotros una permanente llamada a ayudar a padres a iniciar en la vida cristiana a sus hijos, a acoger a jóvenes y adultos que desean conocer a Jesús, iniciarse en la vida cristiana, incorporarse a la vida de la Iglesia y a la misión. Por eso, nuestra Asamblea Diocesana reflexionará también sobre cómo estamos realizando la iniciación cristiana, además de activar los Consejos y darnos la oportunidad de crear equipos de vida.

Pero el amor que recibimos en la Eucaristía es necesario llevarlo a la plaza pública, a nuestras casas, a nuestras relaciones en los diversos ambientes e instituciones donde se desarrolla nuestra existencia. Por eso es necesario que una Iglesia viva lleve el amor del Señor, que se haga caridad y presencia pública. Es necesario, así, que las cosas funcionen, que Cáritas, pastoral de la salud, pastoral obrera y penitenciaria, que la pastoral en los diversos ambientes e instituciones, la universidad, la vida pública, sean cauce concreto para llevar el amor del Señor. Una caridad con los de cerca y con los de lejos, a través de Manos Unidas, Ayuda a la Iglesia Necesitada o de otras organizaciones que la vida consagrada presente en nuestra Diócesis promueve para hacer llegar el amor del Señor a tantos y tantos hermanos que precisan de un amor concreto, que necesita que la Iglesia viva y que las cosas, las organizaciones socio-caritativas, funcionen.

Queremos con esta Asamblea Diocesana repensar cómo estamos organizados, la necesidad de reestructurar nuestra presencia en el territorio a través de la revisión y la creación de nuevas unidades pastorales, de parroquias que concretan su trabajo, su presencia en una relación mucho más cercana desde la unidad del pastor al pueblo de Dios. Una Iglesia viva precisa un presbiterio unido y que las cosas funcionen, a través de la fraternidad presbiteral, de los encuentros arciprestales, del Consejo del Presbiterio, pero, sobre todo, desde el deseo de quienes hacemos presente a Jesucristo, como buen pastor, de expresar la comunión y de aportar el celo apostólico que renueve la vida de nuestra Iglesia diocesana.

Humildemente, hemos de reconocer que ante los desafíos misioneros que tenemos por delante, muchas de nuestras realidades, de nuestras parroquias, asociaciones, movimientos por sí mismos no pueden realizar toda esta tarea. Precisamos apoyarnos unos a otros y generar también medios, cauces del trabajo compartido para el anuncio del Evangelio, para el acompañamiento de los jóvenes, para la cercanía a las familias que bautizan a sus hijos y el acompañamiento en toda la senda de la iniciación cristiana.

Es preciso que las cosas funcionen, que los arciprestazgos sean un cauce, no sólo de coordinación, sino también de generación de estos instrumentos compartidos que expresan la comunión y que son una ayuda al servicio de la misión. Sí, amigos, nuestra Asamblea Diocesana nos dará la oportunidad de vivir la alegría del encuentro con el Señor a través de los hermanos.