Queridos hermanos y amigos, nuestra celebración de esta mañana expresa lo que somos: una fraternidad sacramental. El obispo, sucesor de los Apóstoles, su Presbiterio y los diáconos. La Eucaristía expresa de manera plena este don y anticipa su realización, que en la historia es siempre frágil.
Cuando el día primero Jesús se encuentra con aquellos de la primera hora, faltan Judas y Tomás. Los 12, de alguna forma, tienen este defecto de origen: son 10. Pero siempre, a través de los 12, sus sucesores, su cuerpo presbiteral y su mano diaconal, el Señor quiere edificar un pueblo, un pueblo nuevo. 12 eran las tribus del antiguo pueblo. A través, ahora, de los 12 y del envío de los 72, el Señor quiere edificar un pueblo santo que, además, reconcilie a la familia humana y la haga consciente de dónde está su origen —las manos de Dios— y dónde está su horizonte —el abrazo de Dios—. Así, amigos, nosotros vamos haciendo nuestro camino en el tiempo. Iniciamos un nuevo curso y lo estamos ahora subrayando de manera especial en estas horas en las que la cruz de Cristo toma una referencia insoslayable. También el día de nuestra ordenación escuchamos estas palabras del obispo ordenante: “Recibe la ofrenda del pueblo santo de Dios, considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. Así, hoy nosotros, como María, estamos al pie de la cruz, haciendo nuestros los dolores del Pueblo de Dios, llevando nuestros propios dolores, pero sobre todo recibiendo de Jesús el agua que nos une a todos los bautizados y la sangre de la Eucaristía que nos congrega y nos va edificando como pueblo y como sacramento de la presencia de Cristo.
Sí, al pie de la cruz surge este parentesco, esta relación, este coloquio entre la Madre y el pequeño discípulo, con Jesús dando su vida en medio. La fiesta de la Exaltación de la Cruz de ayer y la memoria de la Bienaventurada Virgen de los Dolores de hoy, nos permiten mirar a las virtudes de Cristo. Hoy, la Carta a los Hebreos nos presenta una virtud central del Hijo: la obediencia. La obediencia a la voluntad del Padre, la obediencia de la propia condición de ser Hijo eternamente referido al Padre, eternamente generado por el Padre, llevando en su corazón las entrañas de misericordia del Padre, queriendo ser cauce para realizar la voluntad del Padre. Una familia de hijos y hermanos, un hogar, un cántico de alabanza eternamente sostenido. Sí, es el obediente y porque es obediente, cuando este plan de Dios queda herido por el pecado, el Hijo —lo decíamos ayer en la segunda de las lecturas que proclamamos y comentábamos— hizo un singular camino de bajada en el que aparecen tres virtudes centrales de Cristo que arrancan de la obediencia y se encarnan en la humildad, en la pobreza y en el sacrificio.
Nosotros, que estamos llamados a configurarnos con Cristo, a hacerle presente y a ser —¡Quiéralo Dios!— cada día más transparentes desde Cristo Jesús, estamos también llamados a cultivar las virtudes de Cristo: la obediencia, la humildad, la pobreza, el sacrificio. No podemos hacerlo por nuestras fuerzas, porque las tendencias del corazón son fuertes y no han desaparecido de nuestra vida. Por el Bautismo somos capaces de vivir la vida nueva en Cristo, pero precisamos que esa gracia del Bautismo sea permanentemente acogida y renovada. De ahí nuestro ministerio, cauce de la gracia en el perdón que renueva el Bautismo; ministerio, presencia de Cristo entregando su vida, proclamando su Evangelio, partiendo y repartiendo su cuerpo glorioso, recordándonos la doble obediencia de la Iglesia —id y haced— para que el Evangelio sea anunciado y el Reino germine y crezca y la esperanza sea mantenida en la peregrinación hasta que Jesucristo vuelva en su segunda venida, anticipada en la muerte de cada uno de nosotros, de las personas a quienes acompañamos en su tramo final.
Estamos llamados a cultivar estas virtudes y a edificar un pueblo, todo él sacerdotal y, por tanto, que también viva las virtudes de Cristo. Insisto, no las podemos vivir por nuestras solas fuerzas. Precisamos su gracia, porque la autonomía es experimentada dentro y es ensalzada y cultivada en el mundo postmoderno; porque la soberbia está ahí como un latido permanente del corazón; porque la posesividad en las relaciones y en las cosas también nos visitan, como visitan los corazones del pueblo que se nos ha encomendado y de la humanidad que anhela con dolores de parto la manifestación de los hijos de Dios. Más hoy, en un mundo tan convulso, con tantas tensiones y conflictos, con incertidumbres y con una amenaza central, el significado mismo de lo humano, el significado de lo que es ser varón y mujer, persona, sujeto, hijo, hermano, esposo, esposa, padres, hijos. Así, estamos llamados de manera permanente a entrar en este camino. Y si queremos vivir las virtudes de Cristo, hemos de llevar en el corazón las actitudes de María y decir: “¡Aquí estoy!”.
Aquí está un “Ecce” que se mantiene desde el día de la Anunciación. 2.000 años hace de este acontecimiento hasta este momento de la cruz, donde ella, —acabamos de escuchar la secuencia propia de este día, “Stabat Mater”—, la madre, permanecía de pie ante la cruz. Su Ecce se mantiene desde el anuncio del ángel hasta el último aliento del Hijo que ha llevado en sus entrañas y que va a acoger de nuevo en un gesto materno y piadoso, cuando es descendido de la cruz.
Aquí estoy. Esta actitud de María, que tiene para nosotros muchas traducciones. Aquí estoy en el desempeño de nuestras misiones, de las tareas que nos son encomendadas. Aquí estoy entregando tiempo, horario, presencia, aquí estoy. A veces, puede parecer de manera baldía en un confesionario, esperando que alguien llegue aquí. Estoy llamando a la puerta de alguien que, incluso, podemos pensar que está solo, pero que no quiere abrir la puerta. Porque vivimos en tiempos de desconfianza. ¿A qué vendrá? ¿Qué querrá? Aquí estoy, aquí estoy. A la hora de encontrarnos con los hermanos en los encuentros que tenemos en el arciprestazgo, en las diversas propuestas de reunión, de encuentro, aquí estoy, aunque también habite en nosotros la duda de si merece la pena. Aquí estoy, regalando tiempo, regalando presencia, ofreciendo la entrega de nuestra propia vida desde las virtudes de Cristo.
Con esta actitud de María, aquí estoy. Para decir también con ella “hágase en mí”. Hágase. Dejándonos moldear y hacer por el Espíritu del Señor, que habla a través de la Iglesia, a través del Papa y los obispos, a través de los hermanos del Presbiterio, a través. En este tiempo de la Iglesia especialmente subrayado, aunque forma parte de la tradición de la primera hora de los hermanos laicos en un “¡Aquí estoy!” en un consejo de pastoral que no es un adorno de organigrama, sino que es una parábola de caminar juntos, de escucharnos y esperarnos, de discernir lo que el Señor quiere, cómo somos, cómo es el obispo, cómo somos nosotros, presbíteros, diáconos, cómo somos, cómo es el pueblo de Dios, cómo son las personas que por uno u otro motivo han entrado a formar parte de los Consejos de Pastoral Parroquial y Arciprestal. ¿Cómo somos? ¿Quién somos? ¡Hágase en mí! Claro que este hágase en mí tiene un manantial sin el cual es imposible discernir las voces de los ecos. Es el tiempo dedicado a la oración, a la oración cotidiana, a la escucha de la Palabra, a la adoración del Señor en el Sagrario. Hágase en mí escuchando la Palabra, adorando al Señor, confesando nuestros pecados ante un hermano presbítero. Hágase en mí. Porque solo dejando que nuestro corazón sea iluminado por la palabra, por la presencia del Señor en la Eucaristía, por la gracia, podremos caer en la cuenta de que el Señor nos dice “hágase”.
Y lo hace, como el ejemplo del zapatero que ponía el P. José María, a través de los hermanos que llegan, a través de las personas que nos están convocando a romper nuestros horarios, a situarnos de otra manera, porque a través de ellos nos puede venir la palabra del Señor que, claro, que es preciso discernir. Es verdad que nos ofrecemos criterios, directorios, planes, programas, pero todos sabemos que la acción pastoral mira al rostro de las personas y que un rostro y un corazón es más importante que una norma. Pero, es evidente que cuando ante el rostro podemos estar convocados a romper el acuerdo común en un directorio, por ejemplo, el de iniciación cristiana, o en una norma de la Iglesia establecida en el Código de Derecho Canónico, al menos hemos de contrastar, hemos de discernir, porque puede que hagamos un discernimiento en el que, digamos el rostro antes que el canon, pero hay que discernirlo al nivel que sea. A veces es a un nivel de los propios hermanos del arciprestazgo. Siempre contando antes con los laicos del Consejo de Pastoral; otra vez puede tener otro nivel que es el nivel de la consulta episcopal. Y a veces el obispo tiene otro nivel que es el de consultar a otros hermanos obispos o consultar a Roma, porque todos formamos parte de esta presencia única de Jesucristo que se articula y organiza en la sucesión apostólica, en el cuerpo presbiteral, en las manos servidoras de los diáconos que nos recuerdan que también nosotros hemos sido ordenados diáconos para que la actitud de servicio no la perdamos nunca.
Sí, amigos, hemos de decir “aquí estoy” y “hágase en mí” como María, para poder vivir las virtudes de Cristo: obediencia, humildad, pobreza, sacrificio. Pero, especialmente, hemos de acoger el Magníficat de María para poder también cantar de manera permanente, como Pablo, a los cristianos de Filipos: ¡Jesús, Cristo, Señor¡, para gloria de Dios Padre. “Proclama mi alma la grandeza del Señor” se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”. ¡Magníficat! para ensanchar el corazón. ¡Magníficat! para cantar personal y comunitariamente: Señor, tú eres el único Salvador, Jesús. Jesús, tu eres el único Cristo, el Ungido, el esperado de los tiempos. Jesús, Cristo, tú eres el único Señor, Señor de cielos y tierra, Señor de mi vida, Señor y Rey de la Iglesia y de la humanidad.
Y queremos, en este comienzo del curso, además de estas palabras que hemos pedido prestadas a María, decir también como los pobres de Yahvé y la primera generación cristiana hasta hoy: “Maranatha”. ¡Ven pronto, Señor! y ayúdanos a vivir este nuevo curso como un paso más en el gran Adviento de la Iglesia y de la humanidad. Queremos preparar el camino de tu Segunda Venida. Queremos hacerlo disponiendo a una humanidad que sea cada vez más fraterna, pero que vive guerras crueles e injusticias y hambrunas indignas.
Queremos seguirte diciendo “Maranatha”. Ven, Señor, a esta Iglesia tuya, frágil desde la primera hora que tiene dificultades para reunir a los 12, pero que, sin embargo, peregrina, canta y anhela en medio de sus dificultades, de sus tensiones, de su participación en el pecado del mundo, de sus tensiones y polarizaciones. Quiere decir una y otra vez “Maranatha”. Ven, Señor.
Que este curso, amigos, sea la oportunidad para crecer en la santidad. Nos decimos en este curso “edificar un pueblo santo”. Queremos con Santo Toribio de Mogrovejo decir “Señor, queremos ser santos”. Muchos chicos y chicas se han visto también emocionados con la canonización reciente de Carlo Acutis y Pier Giorgio Frassati, dos jóvenes cuyas biografías es bueno que leamos y que recomendamos leer, para desear ser santos. Como Santo Toribio de Mogrovejo, que en el siglo XVI se plantea la evangelización de aquellas tierras, pero al mismo tiempo que evangeliza, edifica. Al mismo tiempo que anuncia el Evangelio, va organizando diócesis, va estableciendo altares, va poniendo pilas del Bautismo, va edificando aquel pueblo. Nosotros estamos en una obra de nueva edificación, como les ocurre a las viejas ciudades que por una parte edifican en los barrios extremos edificios nuevos y por otra restauran, reconstruyen a veces dejando solo la pared de fuera y tirando todo lo de dentro. No es el caso de la Iglesia tirarlo todo, pero sí es el caso de la Iglesia “semper reformanda”. Vivir una novedad para responder a los desafíos de la comunión y de la misión que el Señor ha puesto en nuestras manos.
¡Veni Lumen Cordium!
Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.