Archidiócesis de Valladolid

Guillermo Camino pregona la Semana Santa de Tordesillas ante la nueva talla de Cristo Resucitado: "No hay Semana Santa sin agua"

22 de marzo de 2026


El delegado de Religiosidad Popular de la Archidiócesis de Valladolid, Guillermo Camino, pregonó la Semana Santa de Tordesillas el pasado 21 de marzo, quinto sábado de Cuaresma, ante una concurrida Iglesia de San Pedro.

Y lo hizo ante la nueva talla de Cristo Resucitado, obra de Miguel Ángel Tapia, que procesionará por primera vez este 2026 el Domingo de Resurrección y que bendijo el propio Camino al finalizar su Pregón.

A continuación, reproducimos íntegramente el Pregón de la Semana Santa de Tordesillas de 2026 pronunciado por Guillermo Camino, delegado de Religiosidad Popular, párroco de Zaratán y recientemente nombrado canónigo de la Catedral de Valladolid:

"El que cree en mi, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 39-39)"

En el pregón a la primera de las santas semanas se alzó la voz del hacedor de todo bien: ¡hágase la luz! Su palabra creadora puso el bien entre las aguas, separándolas para que desde aquel vacío, algún día, todos pudiéramos llamar a esta tierra: el planeta azul. Azul en los cielos y azul en los mares. Un tal Tales, en Mileto consideraba, que el logos naciente, eran las aguas de las que todo surge, nace y brota.

Por entonces (siglo VI a C) el Pueblo de Dios, acunó los primeros relatos del Génesis en que balbuceaba un firme convencimiento: las aguas son un don de Dios, quien puso orden entre ellas y dio vida a la casa y hogar de este mundo. Aguas que se acumularon en océanos y mares, que lloraban de los cielos, en ocasiones con mansedumbre y paz y en otras con el furor que hoy llamamos dana, aunque nada recordemos ya del paso anterior, pues a cada nombre con que las denominamos pasa algo y alguien… que amenaza o regala.

Aguas que al regar desde los cielos, se hundían en la sequía de la tierra, para brotar hechas manantial o fuente, misterio de economía circular. Aguas que brotadas en el Moncayo, fueron cosiendo regatos de los que nació un destino, que une las montañas del sistema ibérico con las aguas del océano atlántico: el padre Duero.

Es éste línea y curva de ballesta, que Dios trazó a su capricho para que su ribera, ribera del Duero, lo fuera de fluir tinto y de añadas excelentes de aguas que descansasen en Oporto.

Agua del Duero, cauce sacro y grave,

que en tu rumor custodias la memoria

de un pueblo escrito en fe, dolor y gloria,

como un salmo de piedra firme y suave.

Testigo fiel del tiempo que aún no acabe,

cuando el orbe partió su antigua historia

en Tratado de Tordesillas, cuya victoria

fue trazar sobre el mar la humana llave.

Hoy eres signo vivo del Cordero,

que en su Pasión se entrega como fuente,

derramando su amor crucificado;

mas vuelves a nacer, limpio y sincero,

cuando al tercer día, eternamente,

resucita la luz que ha redimido.

Aquel Duero, se abrió un destino en la llanura castellana, entre valles y llanos, entre vegas y cortados. Soria, Berlanda, Peñaranda, Aranda, la cercana Peñafiel, Pesquera, Sardón, Tudela, y saltamos a Toro, Zamora y a las tierra lusas, para recordar que el Duero o Douro, siendo de muchos, lo es de Tordesillas. Esta villa es un balcón a su río. A él se asoma con añoranza eterna, como los ojos de Juana I buscando paz al contemplar su vega. El descender suave de los Torozos, alcanza así este mirador que sorprende a quienes se asoman a sus miradores. Los Reyes Alfonso XI, Pedro I eligieron poner baños regios en sus palacios, quizás lo hicieron para retener la magia de las aguas.

En este siglo XXI, río Duero, seguimos cruzando tus puentes, uniendo orillas de trabajo y residencia, de deporte veraniego y convivencia urbana, de caminos de acogida a las gentes procedentes del sur y de vías que unen el oeste de la península y con el continente europeo.

Con razón el trazo del Duero es la base del escudo de Tordesillas, porque desde él se entiende su historia y sus gentes. Hijos del Duero fueron quienes partieron las aguas del océano atlántico, 370 leguas que dieron a Castilla nuevas tierras e hijos de pueblos hermanos. ¡Qué misterio para la historia conocer las consecuencias de partir las aguas! 370 leguas que de haber explorado hacia el norte: Groenlandia, nos hubieran dado aguas en forma de raros casquetes, que ocultan tierras raras, grafito, zinc, plomo y oro, esenciales para la transición energética por la que tanto pactamos y nos enfrentamos.

Nuestra historia, está sellada por alianzas y pactos, que nos hacen entender que las dos orillas se pueden entender, se puede acoger las razones del otro. Tender puentes siempre será preferible a levantar muros.

A quien construye puentes le llamamos pontífice. Pontífice es el que hace puentes. De los reyes del medievo, a los ministros de los siglos XX y XXI diversos pontífices han trazado nuestros puentes para el paso de mercancías, vehículos, gentes de ida y vuelta.

Pero aún con sus nombres propios, todos tenemos algo de constructores de puentes. Los latinos utilizaban el término "pontifex", uniendo de "pons" (puente) y "facere" (hacer). En la antigua Roma los pontífices eran los sacerdotes encargados de los rituales religiosos y de mantener el orden sagrado. El rol del pontífice en el contexto bíblico es similar al de los sacerdotes en el Antiguo Testamento, que realizaban sacrificios y ofrendas para expiar los pecados del pueblo. Los sacrificios realizados en el Templo reconciliaban los pecados ajenos y propios por medio de la entrega de la víctima sacrificial. Algo ajeno a sus propias vidas, necesitadas a su vez de reconciliación, y llamados a renovarse ante cualquier nueva ofensa.

La primera comunidad cristiana entendió que "pontífice" expresa bellamente la función de Jesucristo como mediador entre Dios y los hombres. La carta a los Hebreos nos describe a Jesús como el "gran pontífice" (Hebreos 4:14-15). Él es el único mediador entre Dios y la Humanidad, capaz de interceder por todos ante el Padre. Su sacrificio fue perfecto: uno solo por todos, de una vez y para siempre.

Siendo él el constructor, el puente de la nueva alianza. tiene forma de cruz, cruz que une el oriente y occidente, el norte y el sur, lo humano y lo divino, la tierra y el cielo.

La llamada al consenso, a la alianza, a reconstruir la fraternidad rota resuena cada vez que sale la nueva luna tras el 21 de marzo, al que los hebreos llamaban la primera luna nueva de Nisán. Con esta nueva luz anunciamos hoy que pronto será la Pascua, el 14 de Nisán hebreo, en que nuestro Pontífice subió a la cruz para reconciliar todas las cosas. Amigos, hermanos, os anuncio este gran gozo, aquel 14 de Nisán será evocado en esta nueva Pascua en el paso del 4 al 5 de abril, a tan solo siete años de celebrar su bimilenario: 2033.

Hoy es equinoccio:12 de horas de luz y 12 de oscuridad, de llamada al equilibrio; porque de nuevo la luz, traerá la paz a este mundo. Podrá silenciarse el llanto de quienes sufren el bramar de las armas en Oriente y no sólo la escalada del coste de los combustibles; deberemos entender que hay tantas cruces que seguir arrancando de nuestra humanidad en sus diversas formas de dolor y de llanto de las víctimas, con las que siempre habremos de situarnos de su lado. Acercarse al árbol de la cruz conlleva el riesgo de escuchar la llamada a que reparemos, sanemos, curemos las heridas de Cristo en los hombres.

En Asís, Francisco escuchó desde la Cruz, que Cristo le urgía a reparar la fraternidad rota, ésta estaba manifestada en la ruina de san Damián, pero no era cuestión de una reconstrucción técnica. Aquel hombre que se había hecho pobre para ser con los últimos, entendió que se trataba de reparar las relaciones rotas, las heridas de los estamentos y las justificaciones de nuestras diferencias sociales y económicas. Las heridas de nuestras diversas confesiones religiosas y nuestros modos de entender la organización política.

Francisco amó aquellas heridas hasta el punto de besar las llagas del leproso…por eso al final de su itinerario, el Señor le regaló las heridas de la Cruz, sus llagas impresas. Hace 800 años que Francisco de Asís, fue abrazado por la hermana muerte y pasó a vivir la Pascua eterna. Herederos de su memoria, agradecemos el paso de su familia religiosa por esta villa. La orden franciscana llegó a Tordesillas en 1603 por deseo de Felipe III. En un inicio se instalaron en las Casas de los Alderete durante nueve años, hasta que en 1612 pasaron al llamado convento de San Francisco. Este edificio fue construido para la Orden de Franciscanos pertenecientes a la Reforma de San Pedro de Alcántara, encargándose de la subvención para su construcción el Ayuntamiento de la localidad. Del conjunto nos quedan los muros que hoy acogen el museo del farol, lugar de luz en fiesta.

En el siglo XVIII se trasladó a este edificio la Venerable Orden Tercera. Asociados a su espiritualidad de amor a la Pasión de Cristo, nació la más antigua de las cofradías de Tordesillas: la Veracruz, que como en toda Castilla era de inspiración franciscana. Aquellos hermanos menores la acompañaron durante dos siglos, guiando los ejercicios de piedad propios: el viacrucis, la corona franciscana… pero también la atención a los pobres y transeúntes, a los enfermos y moribundos, pues para este fin se asociaban los fieles laicos en fraternidad y cofradía penitencial.

Capellanes y predicadores por estas calles y barrio, hermanados a las hermanas pobres del regio convento, su memoria es visible en la historia de Tordesillas, también aclamada como villa franciscana. Habremos de volver a nuestro museo de arte sacro para contemplar la imagen de Francisco llagado, meditando: que el amor no es amado, que es deber amarle en los necesitados de amor. No es costumbre entre vosotros que este acto esté presidido por alguna imagen en particular, pero permitidme que por un momento traigamos la imagen de San Francisco en nuestra mente, desde San Antolín hasta este templo.

Y así junto al espíritu de Francisco sentimos la presencia de la hermana agua, muy útil y humilde, preciosa y casta. Cuatro rasgos que todos valoramos del agua en su utilidad para nuestras necesidades diarias, en su sencillez y gratuidad al poder contar con ella en nuestras casas como un derecho social. La belleza del agua nos conmueve, su transparencia es un símbolo de lo genuino y lo vital.

No nos extraña que el agua tenga de por sí una gran relación con lo sagrado. El primer elemento de la creación es evocado en la experiencia religiosa como uno de los signos que más nos acerca a Dios. Agua que purifica, agua que regenera, agua que santifica, agua que bendice, agua que hace nacer.

Jesús mismo proclamó que Él era el Agua de la Vida. (Jn 4,14) Como samaritanos insatisfechos, rondamos tantos pozos buscando saciarnos. Él Señor sale a nuestro encuentro, como a la mujer de Samaría, a pesar de que sea la hora sexta, nos regala su presencia que conforta y da sentido a nuestra sed para poder confesar: Danos Señor el agua viva.

En manos de Jesús, el agua se convierte en novedad del Reino, vino nuevo y fiesta que desde Caná llega a nuestro altar para ser manantial de alegría y fiesta. En manos de Jesús, las aguas pueden sanar nuestras heridas como al tullido de la piscina de Betesda y dar agilidad a todas nuestras habilidades para el servicio de los demás. (Jn 5, 1-18) En los pies de Jesús, el agua se convertía en tierra firme y ser camino que surcar, para salir al paso de las barquichuelas perdidas en las que en ocasiones nos montamos creyendo poder ir lejos. Ven hacia nosotros, Señor, como caminaste hacia Pedro en medio del lago, pacifica nuestras tormentas y haznos sentir que traes el sosiego. (Mt 14, 22-23)

El agua recorre el ministerio de Jesús en Galilea, el profeta del lago recorría sus orillas convocando a las gentes, les hablaba del Reino, su Palabra como lluvia hacía que brotara la semilla del bien en el corazón de quienes la acogían.

Asomémonos a nuestras aguas, fundidas en corriente del Duero, ellas nos hablan de Pasión, de vida que sale al encuentro, de Semana de Pascua que fluye como la mejor fuente:

¡Oh agua del Duero!, misterio que perdura,

sombra y luz en tu lento desvarío,

que arrastras, como un íntimo rocío,

la voz de Dios en honda arquitectura.

En ti la cruz se vuelve noche oscura,

silencio grave, sangre y desvarío;

y el alma escucha, temblorosa, el río

como un salmo de entrega y de amargura.

Mas guardas, Duero, el signo verdadero:

que no hay muerte final en tu corriente,

ni tumba que detenga tu camino;

y en tu fluir, solemne y lastimero,

queda el dolor suspenso, hondamente,

como un Dios que se entrega en desatino

Llegado el momento, Jesús el Hijo de Dios, se entregó sin medida, tomó la firme decisión de ir a Jerusalén para celebrar la Pascua. (Lc 9, 51) Aquella santa semana, fue una semana pasada por agua. No es novedad como decís, que llegado el momento de mover los santos, los cielos se agiten, las nubes descarguen sus aguas. Quizás se sienta escuchada nuestra plegaria de adviento y al final de la Cuaresma resulte que los cielos llueven su justicia y ha de ser nuestra tierra la que haga germinar al Salvador. (Himno de Adviento de Lucien Deiss)

Sí hermanos, no hay Semana Santa sin agua, la deseamos sin lluvia, pero sin agua no podemos celebrar este misterio. Podríamos entender que en el discurrir de cada una de estas jornadas el agua es un signo continuado que nos invita a dar un sentido a cuando vamos a celebrar.

Jesús se dispuso a entrar en Jerusalén desde Betania. Allí celebró la penúltima cena de amor con sus amigos celebrando la vuelta a la vida de Lázaro. (Jn 112, 1-11)

Fue lavado y ungido por el amor de María, como lo eran los peregrinos que antes de entrar en la ciudad santa se lavaban para entrar bien dispuestos en Jerusalén. Lo que aconteció en su entrada en Jerusalén lo imitamos con alegría: aquí desde Santa María se abrirán las puertas a modo de las murallas de Jerusalén para caminar hasta San Pedro entonando el canto de los niños hebreos, Shalom Hosanna. Los ramos traídos un año más desde el Bierzo, nos invitarán a recordar esos bosques que ardieron el pasado verano, y que el renacer de este invierno traerán nuevos ramos que serán alzados para ser bendecidos y engalanar nuestros balcones, o dar su oportuno aroma nuestros guisos y lentejas.

El Señor envió a sus discípulos en aquel primer día de la semana a preparar la fiesta de Pascua. (Lc 22, 8) Ellos llegaron al lugar y comprobaron que el agua de la limpieza se les había adelantado, todo fregado, renovado, bien dispuesto…a modo del corazón que se deja lavar por la misericordia de Dios que todo lo precede antes de que recompongamos nuestro intentos. El agua en aquella cena de Pascua estaba dispuesta.

También vosotros habréis dispuesto antes del lunes santo, todo lo necesario para esta semana. Nuestras bandas renovadas en este curso, han ensayado sus toques, lamentos y glorias. Las imágenes vaciarán los retablos de san Pedro, Santa María y San Antolín para estar dispuestos en las andas respectivas. Cada cofradía dará lustre a los enseres conservados y renovará tanto en cuanto las cuentas lo permitan, aquello que por novedad sea un ánimo. Las planchas se deslizarán en las casas para que hábitos, túnicas y capas cobren su apresto. No importa si el hábito lo hemos recibido de un amigo o familiar, algo de su testimonio y cariño será estrenado en esta Pascua. Quizá también sea necesario recordar que para planchar todos valemos y podemos aprender en igualdad; los primeros cristianos entendían que el alba bautismal era planchada por su propietario como un signo de guardar su condición. En el atardecer del lunes santo los cinco misterios peregrinos nos anunciarán la secuencia que va desde Getsemaní al Calvario: todo está preparado para esta Pascua.

Cada martes y miércoles santos, el evangelio nos sitúa parcialmente en el anuncio de la traición. Es entregado pero Él es quien se entrega. Por nuestras calles se anuncia la Pasión del Señor. La plaza mayor dejará de ser foro para convertirse en calle, pues así llamamos al recodo o vía en que Cristo y su Madre se encontraron: calle de la amargura. ¡Qué curioso vecindario! en él todos tenemos un cierto apartamento; pero no sólo porque la amargura llame a nuestra puerta, pues para eso otros tienen un dúplex; más bien porque podemos consolar las formas de amargura con la paz de Cristo.

Anuncio de la Pasión será también el viacrucis que en la noche del miércoles une nuestras plegarias, como obertura al gran drama que el viernes hemos de celebrar.

La Cena de despedida de Jesús, se realizó en el contexto de la Cena de Pascua judía, en ella el agua simbolizaba momentos claves en la historia de Israel. Para disponerse a actualizar aquellos acontecimientos el anfitrión de la casa disponía lo necesario para un lavatorio ritual. La servidumbre atendía aquel gesto humilde de lavar los pies y las manos como gesto de acogida a la mesa y predisposición para entrar en la historia de la salvación. Con el agua, se recordaba la libertad alcanzada surcando el Mar Rojo que Yahvé había abierto para Pueblo antes de sellar la Antigua Alianza.

Ahora Jesús toma la jofaina y se pone a los pies de su pueblo y va lavando los pies, abriendo el entendimiento para que quien desee seguirle asuma la condición de siervo humilde, de quien al tomar agua y toalla es capaz de cuidar y custodiar la vida. Estos signos hoy deben alcanzar nuevo significado para nosotros: cuidar la vida en esta sociedad que aumenta en esperanza y acumula recuerdos.

Nuestra celebración de la Cena del Señor será ocasión en que este gesto litúrgico sea anuncio, para que en nuestros ámbitos de relaciones familiares, de amigos, de responsabilidades sociales, sintamos que ¡vale la pena vivir, si la vida es servicialidad y entrega, que la vida se ensancha y plenifica, cuando como Jesús venimos “a servir y no a ser servidos”. (Mt 20, 28)

El agua de aquel lavatorio será recordada por la jofaina que tradicionalmente colocaremos junto al Santísimo en la capilla de los Gaitán. Acompañaremos a Cristo en las horas, que desde el Cenáculo, le llevaron a atravesar las aguas del torrente Cedrón hasta Getsemaní, llanto y lágrimas en agua y sangre que el Padre alivió con ángel servidor.

La ocasión de celebrar este año los 75 años de la cofradía de la Oración del Huerto nos invita a considerar esta secuencia de la Pasión. Jesús vive esta última tentación en soledad. Como en aquel desierto del inicio de su misión; ahora siente hambre, no de pan, pero sí de afecto y compromiso de los suyos, que duermen ajenos a este trance. Jesús se debate al asomarse al precipicio de su Pasión, tiembla en su humanidad pero confía en su condición de Hijo: Abba, que sea Padre lo que tú quieras. Los labios de Jesús musitan este sentimiento profundo de haber vinculado su vida con el querer del Padre, que a pesar de la noche oscura, nunca abandona. Esta es la paradoja que todos hemos podido vivir en carne propia en momentos de dificultad de nuestra vida, ante la enfermedad, ante el miedo de las decisiones que rompen lazos, ante los desencuentros que desconfiguran nuestras relaciones y nos sumergen en soledad. Volvamos al Jesús de Getsemaní con actitud confiada. Seamos tantas veces ángel de consuelo que sabe estar al lado de quien sufre: saber acompañar los duelos, estar presentes cuando otros se van, ser fieles cuando otros deciden por la ruptura. La fidelidad no se cose a nuestra vida con hilos de color, se hace con los hilos invisibles de saber estar, de permanecer y ser constantes en el amor.

En aquella noche de la entrega, Jesús fue conducido al Sanedrín. De camino se nos habla del torrente en el que se sitúa un puente que vadea el Cedrón, tan seco como la angustia de aquella noche. Leyendas de pasión nos refieren que Jesús fue precipitado por aquel puente y quedó colgado de la soga con la que le habían amarrado, suspendido en el vacío. Pero ¡qué precipicio existencial se abría a sus pies! Traicionado y olvidado de los suyos que salieron huyendo o se zafaron tras el pozo de las negaciones en que Pedro.

En el patio del palacio del Sumo Sacerdote ubicamos la escena de las negaciones. (Jn 18,15-27) Hace frío en la noche, Pedro se oculta entre las sombras del fuego y el brocal del pozo. Niega y reniega hasta que el gallo acusador le hace caer en la cuenta de que ya son tres las negaciones, está cumplido. Pero en aquel momento Jesús es conducido al exterior y sus miradas se cruzaron y Pedro descubrió que el Señor no le recrimina, le da mano para que no se hunda en las aguas de la desesperación y el miedo, como en la lejana noche del lago de Genesaret. ¡Pedro, ten fe!

El reloj de nuestra Pasión volará sobre aquellas horas en que Jesús fue acusado y condenado, se convirtió en moneda de cambio y de intereses políticos; las turbas pedirán su condena a Poncio. ¡Qué pronto! quienes “decían Hosanna, (ahora, Señor), no quieren que sanes sino que mueras”. (Quevedo) Nuestra mañana del viernes santo nos convocará a meditar el mensaje de las Siete Palabras. Tenemos tres, pero son suficientes porque conocemos al buen entendedor con pocas palabras basta. La escenografía de la tercera nos recuerda la fidelidad del discípulo amigo y la Madre que abandonando su retablo se convierten en uno de los nuestros. Su fidelidad tiene como referente la sexta: Todo está cumplido. Fieles ante la Cruz de quien es fiel ante el Padre.

Para cuando dispongamos lo necesario para iniciar la procesión la Cruz nos habrá precedido, su sombra ha ido iluminando nuestras calles desde el lunes, y el ofrecimiento de la misma en la mañana del jueves santo, habrá anunciado que Jesús se abrazará a la cruz en la tarde del viernes santo sin temor ni temblor: el que quiera venir tras de mi que tome su cruz de cada día y me siga. (Mt 16, 24)

El día de la cruz para Cristo ha llegado: es viernes santo. Las velas del Monumento se han ido consumiendo con cada plegaria y ya en la tarde la comunidad cristiana celebra la Pasión. El sermón de la Soledad será toque de gracia para esta tarde de pasión tordesillana. Catorce pasos desde Santa María, peregrinarán por calles y plazas. Los colores de las diversas cofradías son recuerdo del misterio que iluminan. Algo tienen de razón, cuando la mayor parte de nuestras cofradía homónimas en la provincia utilizan esos mismos tonos: verde huerto, rojo del flagelado, morado oscuro del Santo Cristo de las Batallas, ocre siete palabras, gris perdón, morado nazareno, blanco yacente y negro soledad.. entre otros tonos que cubren el esmaltado suelo primaveral.

Hasta aquí en nuestro pregón había guiado el agua, hermana y signo de gracia. Queremos leer el mensaje de este día desde este símbolo. Pilatos se desentendió de la suerte de Jesús lavándose las manos, jurando irresponsable que la sangre de Jesús fuera asumida por la responsabilidad de quienes pedían su muerte. Camino del Calvario, el agua brotó de las fuentes lacrimosas de los amigos fieles, de María que salió al encuentro del Hijo siendo la primera verónica y cirineo queriendo aliviar a su Hijo. Verónica y Cirineo no tienen un lugar en los pasos tordesillanos, pero lo somos todos nosotros si cuidamos al hermano si descubrimos su rostro y lo sabemos mostrar.

La quinta palabra del Señor fue: tengo sed (Jn 19,18). Quiso beber y algunos entendieron que era solo el efecto de las heridas y la cruz. Jesús se sabe tierra reseca, agostada sin agua (Salmo 62) y a la vez que pide que el Padre sea quien le fortalezca, pide de nuevo que le demos de bebe. Como la mujer de Samaría seamos nosotros quien digamos, saciemos su sed de nuestra fe.

Cuando ya todo está cumplido y entrega su espíritu, nos queda recibir como Juan el agua que brota de su pecho, agua y sangre que son su Espíritu y gracia. (Jn 19, 38)

El pecho rasgado es puerta santa por donde podemos recibir la reconciliación plena, hay un puente que nos cruza a la otra orilla, la de la vida plena, con más resolución que el astado que cruzaba el puente medieval para el torneo en la Vega, crucemos este puente para vivir el triunfo de la vida sobre la muerte.

El cuerpo de Jesús apenas pudo ser lavado y ungido, apresuradamente fue colocado en un sepulcro y quedando sellado por una piedra. Y sin embargo, Cristo no es sepultado sin más, es enterrado como semilla, pues “el pastor de jardines ha descendido al huerto, el pastor de jardines a sembrar primaveras”. (S Juan de La Cruz)

En el sábado santo el misterio de la muerte del Señor se hace silencio y se prolonga en un día sin liturgia ni expresión pública. Trasladaremos lo que resulte necesario, pero el único camino que merece la pena rememorar, es el que va desde el Cenáculo hasta el sepulcro. Es el que llevó a las mujeres amigas a despertar presurosas en el primer día de la semana y constatar lo que su corazón intuía: ¡el sepulcro está vacío, ha resucitado!

La resurrección llama a lo nuevo, os animo hermanos, a que la posibilidad de renovar la imagen del Resucitado nos recuerde, que el Señor que hace nuevas todas las cosas, también nos llama a despertar de nuestros letargos y levantarnos para sentir que Cristo nos alumbra con su resurrección.

En la mañana del domingo de Pascua la plaza mayor nos espera para un nuevo encuentro. Este lo es de alegría y fiesta, de toque victorioso y clarín de aleluya: Ha resucitado.

Quienes en estos días hayan visitado la villa sabrán de la calidad de esta semana, con vocación de serlo de interés turístico nacional. Quizá algunos dejándose llevar por el curso del Duero, hayan conocido este reguero de pasión que forman las villas, ciudades regadas por el padre de Castilla, que exploran ya ser un itinerario de Pasión dentro del mapa de turismo nacional. Hace unas semanas, Zamora os convocó para dar valor a las manifestaciones de pasión a las márgenes del Duero. Ojalá pronto se articule un plan que dé valor a todo ello. Miremos al Duero, algo tiene de imagen de resurrección y Pascua. De pequeños aprendimos aquellos versos de Jorge Manrique que la adultez ha conseguido interpretar:

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar,

que es el morir,

allí van los señoríos,

derechos a se acabar

y consumir,

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

y los más chicos,

y llegados son iguales

lo que viven por sus manos

y los ricos.

Somos regueros y afluentes, pero alguien ha surcado este mundo abriendo un destino de comunión universal, un océano de vida, una fraternidad de aguas universales.

¡Oh agua del Duero!, solemne, eterna y pura,

que besas Tordesillas con tu aliento,

y guardas en tu grave movimiento

la voz de Dios latiendo en la llanura.

Fuiste frontera, signo y escritura,

cuando el mundo se abrió, grave y sediento,

en Tratado de Tordesillas, firme cimiento

de fe y de cruz, de historia y de ventura.

¡Y hoy vuelves a hablarnos del madero!,

del Cristo que en la sangre se derrama

como agua viva, santa, redentora;

mas rompes en luz —¡milagro verdadero!—

cuando la muerte cede… y Dios proclama

¡Resurrección!… ¡y el agua canta: ahora!

Venturosa Pascua, permitamos que el agua bautismal renovada en la noche de Pascua, reavive en nosotros la fe primera: Dios te ama, ha enviado a su Hijo que dando la vida en cruz ha redimido tu pecado, te envía su Espíritu para que en su gracia vivas la plenitud de ser bautizado, testigo y miembro de su Iglesia. Amén".