La paz del Resucitado esté con todos vosotros, queridos hermanos y amigos. ¡Feliz día de San Pedro Regalado! ¡Feliz día de quien es patrono de nuestra ciudad y de nuestra Diócesis!
Alegrémonos de participar juntos en esta liturgia de alabanza con el cirio pascual encendido, testimonio de la presencia viva del Resucitado entre nosotros, con la presencia de una imagen de Pedro Regalado y de una reliquia que nos habla de uno de los frutos del Misterio Pascual de Jesucristo, de su condición de bautizado, de consagrado, de ordenado. Cauces que le permitieron ser santo para cantar la gloria de Dios.
Vivimos el San Pedro Regalado de este año, como patrono de nuestra Diócesis, en la circunstancia tan singular de haber acogido a un nuevo sucesor de Pedro.
A lo largo de estos días, tanto la muerte y las exequias del querido Papa Francisco, como la llegada, con todo el proceso de reflexión, de cónclave, de inspiración del Espíritu Santo y de decisión concreta de unos hombres, la Iglesia ha acogido en León XIV a un nuevo sucesor de Pedro. Todas estas semanas, vividas en el tiempo de Pascua, nos han permitido poder conjugar la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles y los acontecimientos que sucedían en Roma.
Hemos podido asomarnos a un nuevo nacimiento en la vida de la Iglesia. Hemos tenido, así, la experiencia de que el Señor abraza el tiempo, abrazándole le sostiene y, al mismo tiempo, le impulsa. Hemos tenido la experiencia de vivir algo que se repite de manera cíclica, que se expresa en liturgias, en rutinas, pero, simultáneamente, hemos tenido la experiencia de un despliegue, de un desarrollo, de un seguir avanzando en la peregrinación. Hemos podido contemplar lo que significa la Diócesis de Roma, la llegada de un nuevo obispo a Roma para presidir la caridad de esa Iglesia con la significación singular que tiene Roma para las Iglesias, para las diócesis extendidas por todo el mundo, para nuestra Diócesis. Sí, después del acontecimiento pascual, hemos ido leyendo en el libro de los Hechos de los Apóstoles cómo Pedro, que fue alguien que negó a Jesús, pudo vivir la restauración de su corazón. Donde había dicho tres veces “no”, pudo decir por tres veces “te quiero”. Tú sabes que te quiero. Y el Señor no sólo le restaura, sino que le da una nueva vida. La vida de quien va a presidir el colegio de Los Doce. De quien va a ser, de alguna forma, quien le haga a él, como buen pastor, singularmente presente en la vida de la Iglesia. Va a Roma y se establece allí una comunidad. Era la capital del Imperio, era un lugar donde el emperador quería atraerse para sí el título de divino, de salvador, aquel que creía haber traído la paz al mundo. Por eso, se había erigido un Ara Pacis, un altar de la paz. Pero era el altar de la paz de las legiones, la paz de alguna manera impuesta. Así, se establece aquella comunidad cristiana. Pedro se une tanto al Señor —tú sabes que te quiero— que le ama más allá de sus propias fuerzas y termina crucificado. Es verdad que, con la cabeza hacia abajo, configurándose así de una forma sorprendente con Jesús. A Pedro le han ido sucediéndole otros muchos obispos de Roma y en Roma, presidiendo la caridad de las iglesias con montones de sucesos, de acontecimientos, de luchas, incluso de exilios. Con una mezcla con el poder de este mundo, que tantas veces ha podido como desfigurar el rostro, pero nunca anularle en los diversos momentos de la historia, coloquiando siempre la Iglesia con cada situación, con cada momento histórico.
Viviendo la ciudad de Dios y la ciudad de los hombres, hemos de acostumbrarnos a categorías agustinianas con el nuevo Papa de Roma, que es de la Orden de San Agustín, para expresar un coloquio no siempre fácil. A veces la tiara del Papa ha querido imponerse sobre la corona de los emperadores. A veces los emperadores han sido los que han querido imponer la tiara al Papa y de los Papas. Pero en medio de las tribulaciones, la presencia del Señor sosteniendo la barca de Pedro, la presencia del Espíritu Santo alentando esta singular sucesión apostólica, ha traído a la Iglesia un nuevo sucesor de Pedro.
La Diócesis es también un acontecimiento de sucesión. El obispo es sucesor de los apóstoles. La Diócesis es un lugar donde hay pila del Bautismo y altar de la Eucaristía esparcidas en las parroquias, en los diversos lugares donde se extiende la vida diocesana. Siempre con la misma intención: anunciar el Evangelio, incorporar a la vida cristiana por el Bautismo a quienes quieran vivir esta vida nueva y eterna, a quienes quieran participar en esta familia de hijos y hermanos, a quienes quieran ser miembros de este pueblo santo que aparece pastoreado por el mismo Jesús, que se hace presente en el ministro ordenado, el obispo y su cuerpo presbiteral y diaconal, con el que vamos peregrinando juntos, también en un permanente coloquio en diversas situaciones históricas, en diversos momentos de las relaciones entre la Iglesia y la sociedad, con las diversas encarnaciones políticas de la sociedad a lo largo de los siglos. Hoy, en nuestro Estado democrático. Por eso me alegra saludar a quienes representáis en el Estado central, en la Comunidad Autónoma, en el Ayuntamiento. Claro, os saludo especialmente a ti, querido señor Alcalde, y a todos los miembros de la Corporación Municipal en esta fiesta del Patrono de la Ciudad. Llamados a un coloquio respetuoso y de servicio compartido a todos los ciudadanos. La Diócesis, que invita a ser nuevos cristianos con la iniciación cristiana, que invita a participar en la Eucaristía del domingo, donde, viniendo cada cual de sitios distintos, nos reconocemos hermanos; donde, viviendo cada cual momentos diferentes en las historias concretas de las vidas personales, familiares, sociales, económicas, políticas, nos encontramos en un hoy, el hoy del domingo, que anticipa, además, la plenitud hacia la que nosotros peregrinamos.
En estos días, de una u otra forma, hemos podido contemplar a la Iglesia, a la Iglesia en su movimiento naciente, a la Iglesia universal y particular, a la Iglesia en la belleza de sus expresiones, en la multiculturalidad de sus miembros, en los rostros tan diversos de aquellos que nos reunimos en el nombre del Señor Jesús, del Padre y del Espíritu. Hemos contemplado muchas imágenes y hemos hecho muchas fotos, como ahora mismo en la procesión. Pero amigos, vivimos un desafío: que estos acontecimientos, que los acontecimientos extraordinarios, como es la elección de un nuevo Papa, que los acontecimientos extraordinarios un poco más pequeños, como significan las fiestas en la vida ciudadana, y los acontecimientos ordinarios puedan ser contemplados de una forma nueva, de una forma, como diría Romano Guardini, uno de los pensadores del siglo pasado que influyen más en el pensamiento del Papa Francisco, que la Iglesia despierte en las almas la alegría experimentada por unos y otros ante la llegada del Papa León XIV. El reconocimiento de tantas personas, creyentes o no creyentes del pontificado del Papa Francisco, de las condolencias con motivo de su fallecimiento, la alegría compartida ante la llegada del nuevo sucesor de Pedro en Roma supone este despertar.
Quiera Dios que sea un verdadero despertar en las almas, es decir, que no miremos el acontecimiento solo como un acontecimiento estético sin duda potente, sin duda emotivo y movilizador, pero del que nos sentimos espectadores. Si la Iglesia despierta en las almas, dejaremos, hermanos, de ser espectadores de un acontecimiento bello, emotivo, potente, para que la Iglesia, al despertar en nuestras almas, nos haga caer en la cuenta de que somos corresponsables en la comunión y misión de la Iglesia. Que este acento puesto por el Papa Francisco y que León XIV ha expresado el deseo de continuar de una Iglesia que se reconoce sínodo, pueblo de Dios en camino, sea para nosotros también la oportunidad de este despertar a la conversión, a la comunión y a la misión de la Iglesia.
Mi experiencia de relación personal con el actual Papa nace de haber compartido, precisamente en la primera sesión del Sínodo, uno de los círculos menores de trabajo. Y al hilo de las lecturas de hoy, me llamó singularmente la atención cómo Robert Prevost, a la hora de hablar de la sinodalidad y de las lecturas que dentro y fuera del aula sinodal se podían hacer del Sínodo en categorías de poder —a ver aquí quién manda, cómo vamos a distribuir el poder, cómo van a acceder al poder los laicos hombres y mujeres, cómo vamos a ver la relación entre los obispos y el obispo de Roma, entre los obispos y su presbiterio y el pueblo santo de Dios—, Robert Prevost tomó la palabra y citó y comentó el Cántico de Filipenses, que es un texto del apóstol Pablo que tiene el mismo latido de la segunda lectura que hemos escuchado hoy, en el que Pablo reconoce que aquello que tenía por ganancia lo tiene ahora por pérdida, y lo que era basura es ahora un tesoro, el tesoro que cambió su vida. Y Robert Prevost nos decía: solo si la Iglesia sigue las huellas de su Señor, obediente, humilde, pobre, sacrificado en la cruz, podrá vivir una comunión nueva y podrá ofrecer al mundo un testimonio que edifique la paz. La paz con la que nos ha saludado y con la que quiere empeñarse la paz del mundo.
También nosotros, hermanos, estamos llamados a edificar la paz en nuestras familias, con las relaciones entre vecinos, en el seno de la propia Iglesia, en el presbiterio, entre nuestras parroquias, en las asociaciones y cofradías. Os saludo, queridas cofradías, tanto penitenciales como de gloria. Y llamados a edificar la paz, a ser, como diría Francisco, el de Asís, signos e instrumentos de la paz del Señor. La paz también en el seno de las organizaciones, de las instituciones públicas, lo cual no significa la renuncia a las propias perspectivas, sino buscar un punto común de encuentro, un punto que desde el punto de vista de la referencia de la Iglesia y esa doctrina social de la Iglesia que León XIV, mirando al anterior Papa que llevó este nombre, León XIII, impulsa en la vida de la Iglesia.
Puntos de referencia, la dignidad humana, la vida humana, el pan de cada día para que la vida humana pueda realizarse, las condiciones económicas, laborales, para que la vida humana pueda desarrollarse, la vivienda, para que las familias y la vida puedan crecer y transmitir la alegría de vivir de unos a otros, la perspectiva del bien común y en el horizonte de plenitud de la Doctrina Social de la Iglesia, la paz. La paz que es un bien que nos desborda, pero que siempre hemos de estar empeñados en edificar.
Termino poniendo un ejemplo concreto: ayer firmábamos un convenio Junta de Castilla y León, Ayuntamiento y Arzobispado, un convenio que tenía muy presente al Gobierno de la Nación y la aportación del 2% Cultural. Todos reunidos en un proyecto común: la restauración y la revitalización de la Catedral. Restaurar y revitalizar es algo, hermanos, que estamos llamados —me dirijo, especialmente, a los creyentes—a cultivar. Restaurar es recuperar la forma originaria, la tradición viva en el momento histórico que nos toca vivir. Restaurar, reformar, volver a la forma del corazón de Cristo para revitalizar nuestra propia vida cristiana. También nuestra sociedad democrática, que pasa por momentos de singular dificultad, no en España solo, sino en el mundo en su conjunto, precisa ser reformada, volviendo a sus intuiciones fundacionales para revitalizarse en el servicio al bien común.
Por eso, mirando a Pedro Regalado, que fue un reformador, es decir, alguien que acogiendo el don del Espíritu Santo fue consciente de que su propia fraternidad franciscana precisaba reforma, como la de la Iglesia de su tiempo. Volviendo a las fuentes, volviendo a la tradición viva para poder caminar hacia adelante, para revitalizar un proyecto siempre permanente en la vida de la Iglesia: anunciar a Jesucristo, ser parábola permanente de fraternidad y edificar el bien común, comenzando precisamente por aquellos que sufren más las consecuencias de la falta de bien común, que son los empobrecidos de una causa o de otra.
Que San Pedro Regalado interceda por nosotros y que Santa María, Virgen del Refugio, sea también modelo para decir “sí”, como ella lo dijo hace 2025 años, y sea posible ofrecer, de nuevo, la luz de Cristo a cuantos quieran acoger este camino de comunión y de vida.