Archidiócesis de Valladolid

Javier Burrieza pregona la Semana Santa de Medina del Campo: "Evangelio particular de extraordinaria belleza"

25 de marzo de 2026


El historiador Javier Burrieza, miembro del Secretariado de Cultura del Arzobispado de Valladolid y colaborador de IEV, revista que quincenalmente edita la Delegación de Medios de Comunicación Social, pregonó la Semana Santa de Medina del Campo el pasado 24 de marzo, Martes de Pasión, en una concurrida Iglesia Colegiata de San Antolín y ante la presencia de numerosas autoridades civiles, miliares y eclesiásticas, así como representantes de las cofradías y de su Junta de Semana Santa. Entre otras, el Arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello; el vicario general de la Archidiócesis vallisoletana, Jesús Fernández Lubiano, quien pregonó la Semana Santa medinense en 2025, Año Santo; y el delegado diocesano de Religiosidad Popular, Guillermo Camino.

A continuación, reproducimos íntegramente el Pregón pronunciado por Burrieza ante las tallas de Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Virgen de las Angustias. Esta última, patrona y alcaldesa perpetua de la Villa de las Ferias:

"He llegado a esta Colegiata de San Antolín, santo diácono y patrono de la “Medina de todos los Campos de España” como la definía el recordado escritor Félix Antonio González. Y en ese caminar por Castilla, pisando y evocando lugares de gran calado, he pasado por Simancas donde reposan los documentos más importantes de aquella Monarquía del Siglo de Oro; por la Tordesillas que repartió el mundo entre Castilla y Portugal en “virtud de una desconocida cláusula del testamento de Adán” (como recriminó el monarca francés); por la Rueda de los viñedos que se encontró Antonio Ponz en su viaje ilustrado. Y cuando en el horizonte, se han perfilado las montañas y éstas además están nevadas, entonces se han recortado en el horizonte más cercano la silueta del Castillo de la Mota o la torre de este templo que nos acoge.

Dice el Tesoro de la Lengua Castellana de Sebastián de Covarrubias que pregón es “la promulgación de alguna cosa que conuiene se publique y venga a noticia de todos”; que pregonar es “llamar a pregones en voz de pregonero” y que pregonero es el “oficial público que en alta voz da los pregones”. El convencimiento de esta acción desde la cual me presento ante ustedes lo encuentro en la primera carta del apóstol san Juan y asemejo pregonar a proclamar “lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida” (1 Juan 1:1). Labores y trabajos en las cuales me han precedido, notables escritores, hombres de Iglesia, periodistas, autores necesarios para la percepción de esta Semana Santa, desde que tomase la palabra aquel recordado archivero, Amando Represa, en 1984.

Y pregono delante de este solemne e inigualable retablo de prestigiosos e importantes escultores del siglo XVI, en un templo que fundado por el infante medinense Fernando el de Antequera, primer rey de la dinastía Trastámara de la corona de Aragón, es iglesia elevada a la categoría de colegiata e impulsada en su construcción por Fernando el Católico. El cabildo que la servía soñó con su conversión en catedral, sede de un abad que se dejaba notar, con báculo de gobierno para enfrentarse a la sede episcopal de Salamanca o a la que fue creada en Valladolid en 1595 y nunca fue bien recibida en esta Medina. Un retablo que es telón de fondo de las inquietudes espirituales de los hombres que negociaban. Nos presiden dos imágenes, y no son las únicas que me provocan en esta localidad una profunda devoción y que pondría en un elenco de las manifestaciones más importantes de la Pasión del conjunto de la Semana Santa de España: Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Virgen de las Angustias, patrona y alcaldesa perpetua de la villa. Resumen muy bien, desde la Madre y el Hijo, las aspiraciones que los medinenses han tenido siempre, desde sus procesiones de disciplina, de recurrir a los grandes escultores para plasmar el mayor de los misterios de nuestra santa Fe.

Lo que aquí conviene que se sepa es que en una villa de tanta importancia histórica como Medina del Campo, con un legado y una trayectoria preciosos, se va a celebrar desde la profundidad y la importancia espiritual de la culminación del tiempo de Cuaresma en el Triduo Santo, una manera particular y propia de vivir la Pasión y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, con un modo de hacer de los medinenses, en medio de los escenarios de un vivir cotidiano entre monumentos de gran peso histórico y artístico, a pesar de lo poco que el tiempo y los procesos de decadencia han contribuido a la conservación de la que fue capital de las decisiones económicas, villa de las prosperidades de la Monarquía de España. No solo anuncio que llegan los días Santos de la Semana de Pasión sino que, en su beneficio, se encuentra que lo podemos vivir desde la villa, los templos, las procesiones y las cofradías de Medina del Campo… a los moradores de la misma, visitantes y foráneos que os encontráis en camino, a las ilustrísimas autoridades eclesiásticas con el querido arzobispo Luis Javier y municipales con su alcalde querido Guzmán, a las propias de la Mancomunidad, de las diferentes administraciones provinciales con el presidente de la Diputación querido Conrado, autonómicas y nacionales, militares y de las Fuerzas de Seguridad del Estado, académicas e intelectuales, de la Junta de Cofradías y de los cabildos de gobierno de las mismas en esta villa, a los que me escuchan como cofrades de otras celebraciones, desde mis amadas Valladolid y Medina de Rioseco o Nava del Rey, de la que fui pregonero, en esta provincia espacio único de Pasión… a todos salud y gracia.

El pregón que es anuncio, también se convierte en evocación, en recuerdo, en manifestación subrayada de la que somos herederos. Muchos autores han hablado de la importancia de Medina del Campo, especialmente en los días de sus ferias de fama internacional. Otros, posteriormente, se han lamentado del proceso de decadencia y destrucción que vivió su grandeza, como acentuó el viajero ilustrado Antonio Ponz al recordar a la que fue “antiguamente, residencia de muchos monarcas, teatro de grandes sucesos”. Resulta necesario ser críticos con lo que hemos recibido, no olvidar la piqueta del olvido y la sinrazón y, a partir de ahí, mejorar, resaltar, conocer, aprovechar el presente y, sobre todo, el futuro. Medina del Campo, como Castilla, no se pueden consolar con ser un bonito y turístico parque temático del pasado, ni siquiera una senda tranquila e intocable de un parque natural. No puede dejar de emprender, pensar, tener iniciativas… nuestra tierra de Castilla y León no debe conformarse con un constante vacío demográfico. Todos tenemos que estar implicados en la construcción de un futuro propio, sin dependencias, bien establecido en la formación, en los proyectos, en el conocimiento. No somos hijos de supervivientes, somos hijos de creadores, artistas, conquistadores, reformadores, fundadores, conocedores de las ciencias, modeladores de las letras, pastores de rebaños y agricultores que con su trabajo y su sudor han conseguido, han impulsado, que la tierra brote y se multiplique en vida. Somos protagonistas de esa existencia. Y en esa identificación con lo material también se encuentra el cielo tan espiritual, que no es un camino de borrascas y anticiclones sino los brazos abiertos de Dios, custodio del devenir de las gentes sabias, buenas y sencillas de Castilla, con un sentido de la trascendencia.

Pregonaré por las calles de Medina del Campo, de la mano de san Vicente Ferrer, fray Lope de Barrientos, la reina Isabel La Católica, fray Juan de la Cruz, la madre Teresa de Jesús, los jesuitas del Colegio de San Pedro y San Pablo, la beata Ana de Jesús, los hombres de negocios Simón Ruiz y Rodrigo de Dueñas o el ministro exiliado, marqués de la Ensenada… Nos encontraremos con las procesiones de penitencia de las antiguas cofradías de la Vera Cruz, las Angustias o de la Misericordia y Jesús Nazareno, con los días de esplendor, decadencia y recuperación, de la mano esta última de los predicadores y misioneros de la posguerra, de las nuevas cofradías que fueron alumbrando, de nuevo, en las calles de todos los siglos, las imágenes genuinas con las que Medina cuenta, a su modo, los grandes y principales misterios de nuestra Fe.

Medina del Campo, entre los días 19 y 22 de enero de 1412: el fraile dominico, fray Vicente Ferrer se encuentra y predica con esa primera voz de penitencia que llama a la conversión, en esta villa del Zapardiel. Promovido y protegido en el viaje por el mencionado infante e inmediato rey Fernando el de Antequera. Fue el fraile dominico hombre de notable formación, de gobierno y de experiencia pues vivió los cismas de la Iglesia occidental. Dedicado a la predicación, “Embajador del lado de Cristo”, sufrió un ministerio itinerante que debilitó su cuerpo. En su caminar pasó unos meses por estas tierras en las Navidades de 1411 y la Epifanía de 1412. Tras recuperarse de unas tercianas que le dejaron “tan flaco y quebrantado”, pasó por Simancas, Valladolid en su convento de San Pablo, la corte de Juan II en Ayllón, Tordesillas… no caminaba en solitario sino acompañado de una comitiva que ponía en práctica sus invitaciones a la penitencia a través de la flagelación. Sus palabras eran realmente impactantes y capaces de perdurar en el tiempo, haciendo surgir unos ritos de expresión que posibilitaron el cambio en las mentalidades religiosas: “e dexó en Castilla muy buena dotrina e syn dubda, e muchos ovieron enmienda en sus vidas -narra la Crónica del mencionado monarca - e los que lo vieron muchas gracias deben dar a Dios”.

Juan Antonio de Montalvo en su “Memorial Histórico” de 1633 -encargado por el Consistorio para que fuese elevado a Felipe IV para evitar el estado de decadencia en el que se encontraba Medina del Campo-, buscando méritos para esta villa, uno de ellos lo encontró en la presencia y repercusión de san Vicente Ferrer en la misma, en la institución de las procesiones de disciplina. Y es que en Medina pudo haber residido en la casa que los frailes de la Orden de Predicadores habían establecido recientemente, en el convento de San Andrés. En ese claustro se fundó, precisamente, un siglo más tarde, la citada cofradía de la Santa Vera Cruz, San Andrés y San Vicente Ferrer. Canonizado este fraile valenciano treinta y cinco años después de su muerte ocurrida en 1419, no fue extraño que su imagen recibiese culto entre estos mencionados cofrades y así vino ocurriendo hasta que se demolió su iglesia penitencial en 1961. Desde esas procesiones de disciplina del siglo XV, institucionalizadas después en cofradías, encontramos la veneración a la reliquia de la Verdadera Cruz de Cristo, de ahí su nombre, presente como no podía ser de otra manera en la procesión nocturna del Jueves de la Cena y en la del Silencio del Viernes Santo.

Cofradías de Medina compuestas entonces y ahora, casi unánimemente por laicos que en los siglos primeros asumieron el espíritu de reforma de la Iglesia con una espiritualidad caracterizada por los rigores, la penitencia y la mortificación en torno a los misterios de la Pasión de Cristo; y que ahora, cinco siglos después, con una mejor consideración sobre nuestro papel en la Iglesia, el de los laicos, participamos de un camino sinodal que debe ser asumido y creído por todos como una realidad y no como un sueño: nueve cofradías penitenciales actuales con una veintena de procesiones y traslados, venerando una cuarentena de pasos e imágenes procesionales, la mayoría de ellos en madera policromada, tallados en las décadas del siglo XVI que hacen que esta Semana Santa permanezca profundamente arraigada con el espíritu penitencial vicentino, ejemplo único de imaginería procesional renacentista.

Todo ello se refleja muy bien en los “Rosarios de Penitencia” de los Lunes y Martes Santos, organizados por la cofradía del Nuestro Padre Jesús Atado a la Columna y la parroquia de Santiago, con participación única de hombres que llevan su medalla pero no su hábito, cantando y rezando los misterios del Rosario, sin espectadores ni turistas, con distintos recorridos y con un “Cristo de la Penitencia” portado a hombros pero sin andas, un nuevo ejemplo de imagen del siglo XVI. Cuando comenzó su participación en procesiones como éstas, era el mundo de 1954, el de aquella Guerra Fría del Este de Europa, deseando rezar por la paz en el mundo y, en concreto, por una Hungría amenazada por el imperialismo soviético. Setenta años después seguimos teniendo muchas razones para rezar por la paz en el mundo, con distintas guerras simultáneas, ante este Crucificado muerto en la cruz que perteneció a la iglesia de San Martín. “Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia…” cantarán por calles solitarias, en la noche fría de Castilla en primavera, no necesitadas de miradas curiosas desde los balcones y ventanas. Pero también en ese Martes Santo, unas horas antes, se ha rezado el “Rosario de Soledad y Esperanza” con la Virgen de esta advocación desde el Hogar de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y Jesús de la Expiración

Así pues, meditaciones de los episodios de la Pasión, plasmados en imágenes que después se teatralizaron en los pasos procesionales como el de la Oración del Huerto, con gestos y escenas que tuvieron éxito en numerosos lugares y que se comunicaban entre escultores, cofradías y localidades. Lo manifestaba de manera muy didáctica y doméstica el jesuita Francisco de Borja, que vivió también en Medina: “porque el oficio que hace la imagen es como dar guisado el manjar que se ha de comer, de manera que no queda sino comerlo; y de otra manera andará el entendimiento discurriendo y trabajando de representar lo que se ha de meditar muy a su costa de su trabajo”. Ese ángel confortador que se repite en tantos pasos de las tierras de Valladolid, en Tordesillas, La Nava o Medina de Rioseco, que con gesto complaciente y dulce se acerca al Cristo que llora de angustia ante la Pasión que le espera, fue tallado por vez primera para la Vera Cruz vallisoletana por Andrés de Solanes y pudo ser realizado aquí, en Medina, por Melchor de la Peña en 1630. En la Semana Santa de 2026, como novedad, saldrá este Misterio de la Oración del Huerto a hombros de sus cofrades desde su sede en el convento de las madres agustinas de Santa María Magdalena, en la muy cofrade calle de Santa Teresa que es muestra de la ciudad conventual que se convirtió Medina: “Orando en Getsemaní”. La procesión no es nunca un desfile sino un camino, en una peregrinación vital y, por eso, en el trascurso de la misma, se realizarán las meditaciones y oraciones por las vocaciones sacerdotales y religiosas, así como el homenaje a los cofrades fallecidos.

Medina del Campo, 17 días del mes de noviembre de 1454… “Nos, don Lope de Barrientos, obispo de Cuenca, chanciller mayor del Rey nuestro sennor [Juan II] e su confesor e oydor de la su audiencia e del su consejo […] por la presente rremitimos todas e qualesquier injurias que a qualesquier persona o personas nos ayan fecho en cualquier manera e ansy rrogamos e pedimos de gracia a todas e qualesquier otras personas que nos, ayamos enjuriado, o otro o otros por nos que por la dicha pasyon de nuestro Sennor Ihesuchristo nos quieran perdonar”. Perdón y misericordia, la condición de hermano con el otro, el ser cofrade… dentro de una hermandad que era para la vida y no se reducía a un tiempo pequeño de la Pasión. Lope de Barrientos, contemporáneo de fray Vicente Ferrer, obispo sucesivamente de Segovia, Ávila y Cuenca, a través del mencionado testamento estableció la construcción de cuatro humilladeros frente a sendas puertas del tercer cordón de muralla que rodeaban la villa: la de Valladolid allende de San Sebastián, la de Santiago allende de Santa María de las Dueñas, la de Salamanca allende de los mesones y la de Ávila, “dichas cruzes queremos que se fagan de piedra labrada”. El obispo dominico no especificó su misión pero podemos afirmar que marcaban un recorrido penitencial, con la misma concepción del propio del convento de Scalacoeli establecido por el también dominico fray Álvaro de Córdoba. Constituían de esta manera, los llamados “previacrucis españoles”, convertidos en meditaciones itinerantes en torno a las estaciones de los sufrimientos de Cristo. Todo ello, un cofrade lo debe aprender desde pequeño, como se plasma en el Vía Crucis infantil que los padres carmelitas, desde su Colegio de San Juan de la Cruz y la Real Cofradía del Santo Sepulcro ponen en marcha por las calles de Medina el Jueves de Pasión, en compañía de las secciones infantiles de las cofradías. Con este mismo espíritu, y desde el traslado del Sábado de Pasión, se realiza el propio del antiguo “Nazareno de la Cruz”, imagen esencial para trazar la historia de la Semana Santa no solo en Medina sino en toda Castilla, entre las ermitas de San Roque y el Amparo, la primera edificada “a persuasión de San Vicente quien con la predicción de que no se experimentaría ramo de peste ni epidemia de enfermedades mientras subsistiese el santo en su hermita”. Vía Crucis de la Palabra puede ser calificada la “Peregrinación del Santísimo Cristo del Amor” con meditación de esas Siete Palabras acompañado el Crucificado por los cofrades del Santo Sepulcro en el atardecer del Domingo de Ramos, después de la Eucaristía en la que se proclama el Evangelio de la Pasión. El Miércoles Santo, desde la iglesia de San Miguel, se recorren de nuevo las estaciones con el “Cristo del Vía Crucis” y la cofradía del Santo Descendimiento.

Esperando la Resurrección, disponía fray Lope de Barrientos, como no podía ser de otra manera en su testamento, que su cuerpo fuese sepultado en la capilla mayor del Hospital que fundó, el de la Piedad y San Antonio Abad, que había establecido en Medina del Campo, “debaxo del vulto de alabastro segund e por la vía que nos lo tenemos fecho e ordenado”. Muy posiblemente la imagen que representa a María con su Hijo muerto en sus brazos, atribuida al llamado Maestro de San Pablo de la Moraleja, la que es llamada “Piedad de Barrientos”, fuese la titular de este establecimiento hospitalario de gran importancia, una magnífica obra que es alumbrada por la cofradía de Cristo en su Mayor Desamparo en la procesión de la Vera Cruz.

Medina del Campo, 26 de noviembre de 1504, fallece en su Palacio Real la reina Isabel, reina de Castilla, de Aragón, de León, de las dos Seçilias, de Iherusalem, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Gallizia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdenna, de Córdova, de Corçega, de Murçia, de Jahen, de los Algarves, de Algeziras, de Gibraltar, de las Yslas de Canaria e de las Yndias, tierra firme del Mar Océanos, condesa de Barcelona, señora de Vizcaya e de Molina, duquesa de Athenas e de Neopatria, condesa de Ruysellon y Çerdania, marquesa de Oristán e de Goçeano. En aquella Corte itinerante de los Reyes Católicos, al menos en nueve ocasiones, estuvo la reina Isabel en “su Villa de Medina”, llenándose todavía de mayor ajetreo con la permanencia de un séquito de más de medio millar de personas y atrayendo a otros muchos que, aprovechando la presencia de la soberana, venían a resolver asuntos y negocios pendientes, sin olvidar el ir y venir de los correos o la presencia de embajadores de países lejanos con sus correspondientes séquitos. Vidal González, en el estudio de su Testamento, llegó a afirmar que la reina Isabel se sentía inclinada por Medina, desde su palacio de la plaza de San Antolín, desde la colina de La Mota con su castillo: lo dice bien y con belleza aquel recordado archivero e historiador “un polo magnético que atraía su corazón […] todo formó en la densa vida de Isabel Princesa y Reina, como una gran tela de araña con hilos de finísima seda, asida en las numerosas torres de sus iglesias y de las otras más recias y castrenses de Arévalo, Medina y Madrigal, que apresó el amor de aquella rubia Princesa, amor al que nunca pudo renunciar”. Y por eso Medina fue una villa para morir.

Unos días antes de su fallecimiento, el 12 de octubre de 1504, había dictado su testamento, recopilación de una vida con toda la solemnidad posible y con una proyección de lo que se configuraba como sus últimas voluntades. En estas palabras dictadas encontramos la auténtica personalidad de la Reina Católica, “pieza humana de primera calidad”, como lo calificó el recordado historiador Luis Suárez. Testamento que contiene numerosas referencias a lo que había intentado ser su existencia, un contribuir a la conservación y defensa de la fe; revisión de sus acciones de gobierno y fortalecimiento del poder monárquico. Se mostraba preocupada, en el Codicilo al Testamento añadido el 23 de noviembre, por el estado de los nuevos súbditos en las Indias, aunque ella misma sabía lo que era tener esclavos cerca. Lo que allí estableció, habría de ser el punto de partida de toda una serie de debates y controversias, poniendo negro sobre blanco en el modo en que habrían de ser percibidos los habitantes de aquellas tierras pobladas e por poblar, descubiertas e por descubrir.

Sin entrar en exageraciones, hagiografías sin fundamento, ni apologías que no necesita, la reina Isabel ha sido una de las mujeres más indispensables de nuestra historia. Como antes dijimos, fue forjadora, creadora, impulsora, reformadora y con espíritu decidido, y ella también es un elemento de definición de esta Semana Santa que evocamos. Lo podríamos hacer por una imagen que estaba tallada cuando ella vivía, el magnífico Cristo Crucificado gótico, propio del que puede ser el primer convento de Medina del Campo, de hermanas pobres de Santa Clara. Una imagen que consiguió salvarse de las desgracias, la más antigua de las imágenes que participan en estas procesiones, incorporándose a las mismas en 1993. Impresiona contemplar, desde el modo de expresión del gótico, una anatomía esquemática y plana, aquel Cristo muerto de cabeza inclinada, con los ojos y la boca entreabiertos, con esos mechones ondulados del pelo. Isabelina es su procesión pues saliendo a las siete de la mañana de la iglesia de San Miguel y después de haber participado de la anterior de la Vera Cruz, es propia de su cofradía del Santo Descendimiento pero también es popular, tras cruzar las barreras naturales y artificiales del Zapardiel y el ferrocarril. Entonces serán recibidos por los habitantes del barrio de la Mota. Impresiona ver al “Cristo de Santa Clara” junto a las murallas del Castillo en “Procesión de Sacrificio” para finalizar con una entrega cargada de emoción de la imagen a las Madres Clarisas, que apenas se han sentido unas horas, solas y sin protección, desde que fue descendido de presidir la iglesia conventual. Sacrificio que también será recompensado con un muy católico chocolate, pues a pesar de las controversias, aquella preciosa bebida de las Indias siempre consiguió deslizarse de las abstinencias de la alimentación cuaresmal y muy especialmente en el amanecer del Viernes Santo.

Pero entre las devociones de la reina Isabel, se encontraba el espíritu franciscano propio desde el que recordamos en 2026 el octavo centenario de la muerte del “Seráfico Padre” Francisco de Asís. Ella contempló el misterio de la Pasión de Cristo y vivió también el suyo propio en su existencia. En la unidad religiosa que pretendían lograr para sus súbditos, las devociones contaron con una gran importancia. Empezaron a tener gran éxito las meditaciones propias de los dolores de la Virgen, en el momento en que María recibía al pie de la cruz el cuerpo muerto de su Hijo: es la Virgen de las Angustias que Isabel había conocido desde su infancia en Arévalo, continuando su presencia en la guerra de Granada. En la política de recristianización del nuevo Reino se exportaron devociones y se donaron imágenes, reliquias y ornamentos litúrgicos. Así se puede comprobar en la tabla de la Virgen de las Angustias, que pudo ser situada en una de las salas que se habilitó como capilla en La Alhambra en 1492, muy posiblemente la que se encuentra en la actualidad en la iglesia rectoral de San Juan de los Reyes de Granada.

La devoción popular continuó desarrollando también la iconografía de la Virgen de las Angustias, en una imagen exenta, de culto, devocional y procesional. Las villas isabelinas de Arévalo y Medina del Campo se encuentran bajo el patronato de la Virgen de las Angustias. Pensemos en los orígenes, en la escena de la Piedad, uno de los temas medievales con mayor difusión, convirtiéndose en una auténtica novedad en la iconografía de la escultura gótica, desde la zona del Bajo Rhin y en el siglo XIII. Estas formas patéticas donde se aplicaban las palabras de las visiones de Santa Brígida de Suecia, se fueron suavizando con la búsqueda de la belleza formal. A ella respondía la Virgen de las Angustias de Medina del Campo, del círculo del interesante escultor Juan Picardo, como sucedía con la patrona de Arévalo según ha estudiado su cronista Ricardo Guerra. El cambio se produjo en la segunda mitad del siglo XVI, cuando hacia 1570, Juan de Juni entregaba a la cofradía vallisoletana de las Angustias, su nueva titular, una soledad derrumbada, privada del cuerpo de su Hijo, como expresión máxima de dolor. Es la nueva Virgen de las Angustias, a la que se añadieron poco tiempo después, siete espadas que representan sendos dolores de María en la vida de su Hijo, una tipología también constantemente reproducida en Castilla, como lo muestra “Nuestra Señora del Mayor Dolor”.

Sin embargo, esta Virgen de las Angustias de Medina del Campo es madre, protectora y protagonista de sus procesiones, tanto en el Viernes de Dolores como en la procesión del Silencio del Viernes de la Cruz. En la primera de las fechas, es el momento de la primera emoción con su Semana Santa en la calle, pues una vez que ha salido a hombros de sus cofrades ataviados con la capa española y su escapulario, el corregidor de la ciudad le entregará el bastón de mando como alcaldesa para que ella “gobierne las vidas de los medinenses”. Las señales iniciales será el sonido de las paletas y desde ahí el comienzo de su procesión. Imagen que ha unido las principales devociones de la villa. Podemos contemplar a la Virgen María sentada, mostrando en su rostro una incredulidad todavía patente ante lo que ha tenido que vivir y sufrir por la muerte de su Hijo, al cual tiene por fin descendido de la cruz, sujetándolo con su cuerpo pero también con sus manos, mientras con la izquierda acaricia su cabeza, poblada de cabellos ensangrentados y sudorosos. Sus vestidos podían ser los de una mujer de su propio tiempo pero tampoco difieren mucho de los propios de algunas mujeres de la Medina del siglo de las ferias con las tocas que ocultan su cabeza y su cabello. A ellos se unen los mantos que siempre cuentan con la devoción del pueblo. Una talla bellísima que recoge la clausura del relato de la Pasión según Medina del Campo, con el rezo siempre de la Salve Popular, “vida y dulzura, esperanza nuestra”. El resto del año se encuentra custodiada en esa capilla que es corazón de la Semana Santa de Medina del Campo, auténtica iglesia penitencial dentro del complejo de esta Colegiata de San Antolín.

Medina del Campo, 1551, la Compañía de Jesús se asienta definitivamente en la villa… “ya nuestro Padre [Ignacio de Loyola] saue quán cómoda cosa es Medina”. De esta manera, los jesuitas retrataban el carácter indispensable que tenía esta localidad en la expansión de sus colegios. Mucho gustó la palabra de los de la Compañía de Jesús a Rodrigo Dueñas, consejero de Hacienda de Su Majestad Cesárea Carlos V. Era un “mercader riquísimo” que edificó casas con mucho lujo junto a los que hoy son conventos de carmelitas y agustinas, a las que protegió, y donde se alojó el mencionado Emperador cuando emprendió el último viaje hacia Yuste. Al entrar los de la Compañía por vez primera en esta villa en 1548, mientras caminaban de Salamanca hacia la fundación de Burgos, conocieron a gentes muy diversas y con ellas hablaron de las cosas de Dios después de la misa mayor con la que se festejaba al santo diácono Antolín: “fue cosa marauillosa […] se mouió toda Medina”. Comprobaron aquellos Padres qué buena era esta localidad para plantar colegio, dedicado a los Santos Pedro y Pablo, y mover a fe a muchos jóvenes que aprendiesen latín y otros rudimentos de su gramática y la retórica, disciplinas esenciales en aquellos tiempos. Se buscaron patronos generosos, porque se habían desviado de las primeras intenciones del mencionado Rodrigo de Dueñas, y lo hicieron en el matrimonio Pedro Cuadrado y Francisca Manjón, esposos que carecían de hijos. Y a pesar de que no faltaron las dificultades, por las exigencias del abad de la Colegiata, fue mucha la belleza y grandeza de lo conseguido en aquel templo que desde la postrera expulsión de los jesuitas en 1767 se convirtió, por traslado, en la parroquia de Santiago el Real.

¿Son también los antiguos jesuitas parte de esta definición histórica de la Semana Santa de Medina? Sin duda pues, además de participar en la redacción de la Regla de la entonces nueva cofradía de las Angustias, bajo aquella arquitectura, dentro de los retablos ensamblados, se encontraban las imágenes talladas por el hermano coadjutor Domingo Beltrán, veneradas en las procesiones de Pasión desde hace más de ochenta años. Los jesuitas habían ganado muchas e ilustres vocaciones como las de los cinco hijos del mercader Antonio de Acosta, profesos que fueron de la Compañía desde este colegio. Entre ellos destacó muy especialmente el padre José de Acosta, sabio en su reflexión sobre la dignidad de los pueblos indígenas de América pero también hacedor de los conocimientos que publicó sobre la “Historia Natural de las Indias”. Y coincidió con la Semana Santa de 1561 cuando se abrieron las puertas de esa iglesia del colegio al culto, definiéndolo el padre Jerónimo Nadal como “vna de las buenas pieças que he visto en la Compañía”.

El templo continúa siendo la sede de la Cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Atado a la Columna, alumbrando no solo este misterio de la Pasión sino también el del “Santísimo Cristo de la Agonía”. “En casa -escribía el mencionado José de Acosta, jesuita medinense- ha entrado un hermano que en obra de imaginería y talla es extremadamente diestro”. Era el mencionado Domingo Beltrán, autor de ambas. Se había formado como oficial dentro de las estructuras gremiales, admitido después en la Compañía, novicio en Medina. Deseaba viajar a Italia donde podría beneficiarse de una formación más académica y así se lo solicitó a su superior Francisco de Borja. Fue una estancia muy corta y a su regreso, sus obras se repartieron allá por donde la obediencia lo llamaba, sin faltarle la amistad con el gran arquitecto escurialense Juan de Herrera. Falleció en Alcalá mientras estaba realizando el retablo para aquel colegio.

Se puede sentir orgullosa la Semana Santa de Medina con las obras que procesiona del hermano Beltrán. La incorporación del “Cristo atado a la columna” a las procesiones se produjo en 1942, lo que causó la admiración y la devoción de los medinenses, debiendo recordar nosotros a aquellos ciento tres primeros hermanos fundadores. Así pues, el escenario de los antiguos jesuitas se convierte en espacio procesional. A la puerta de esta parroquia de Santiago y ante el mencionado “Cristo Crucificado” que empezó a procesionar en 1955, se pronuncia la Promesa de Silencio antes del comienzo de la procesión de la tarde del Jueves Santo, pasadas las ocho y media de la tarde. “Jesús de la Agonía” es una de las escasas representaciones de un Crucificado vivo. En sus orígenes, en ese cortejo, visitaban el asilo, el hospital y la cárcel para la liberación de un preso como venía ocurriendo en muchas ciudades españolas y siguiendo en parte el esquema de la procesión vallisoletana de Penitencia y Caridad desde 1927. Es tiempo, por tanto, de intimidad ante el Señor, como ocurre durante toda la noche con la vela del Santísimo Sacramento reservado en el Monumento. Y es que los hermanos de esta cofradía saben de “Compañía”, compañía ante el Señor, compañía con el Señor recibiéndolo el Domingo de Ramos con la Borriquilla, cuando esta Medina que se convierte en nueva “Jerusalén”; compañía junto al Señor, en el Jueves Santo, cuando permanece Cristo solo ante el suplicio de la columna y de la cruz; en la narración de la Pasión en “compañía” también del resto de las cofradías en la Procesión General del Silencio… Cristo atado a la columna, Jesús de los silencios como plasmaba la madre Teresa de Jesús.

“Muerto su padre, quedaron él y los demás hermanos suyos muy niños, la madre pobre y sola, desamparados todos […] por esta causa pasó a la villa de Arévalo, lugar más rico, aunque no mucho más a propósito para remediar su trabajo, por lo cual hubo finalmente de acogerse a Medina del Campo, villa muy crecida entonces y abundante con la frecuencia y riqueza de sus tratos y cambios. Aquí hizo asiento con sus tres hijuelos la pobre madre, procurando valerse de toda su industria para sustentarlos y sustentarse honestamente”. Así describía fray Jerónimo San José Ezquerra la llegada a esta villa del que habría de ser san Juan de la Cruz, precisamente en este año del tercer centenario de su canonización. Si existe un santo especialmente vinculado a una ciudad de pobrezas, prosperidades y caridades ese es el niño Juan de Yepes, convertido en fray Juan de Santo Matía después de haber sido alumno pobre de los jesuitas y, finalmente primer descalzo, iniciador de la reforma propiciada por la monja fundadora con la que se encontró en Medina, la madre Teresa de Jesús. Muchos son los escenarios de todo ello, históricos y algunos todavía reales, el colegio de los doctrinos, los hospitales, el colegio de la Compañía, el convento de Santa Ana y la capilla donde se recuerda su ordenación sacerdotal, hasta llegar al locutorio donde se pudo encontrar con la citada reformadora. Hace cien años la Iglesia consideró que san Juan de la Cruz era también doctor de la Iglesia, además de gran escritor y patrono de los poetas. Y en todo ello debió tener algo que ver el magisterio del padre Juan Bonifacio, uno de los grandes pedagogos de la historia de la educación en Castilla en el siglo XVI, desde Medina, antes que culminase la gran obra que los jesuitas se dieron como profesores, educadores y catequistas, en la “Ratio Studiorum” (1599). Era el padre Bonifacio profesor muy excelso, que prefirió continuar enseñando retórica que pasar a la más prestigiosa teología, representante de una “pedagogía del amor” que rechazaba los castigos físicos: si enseñamos humanidades, seamos humanos en repartirlas.

Al final de su vida, durante el trienio en que empezó a ser prior del convento de Segovia desde 1588, fray Juan de la Cruz se encontró un día con una pintura algo abandonada que representaba a Jesús Nazareno cargado con la cruz. Decidió otorgarla una mayor dignidad, lo arregló y adecentó, preparó un altar y dispuso la cera para alumbrarlo. Estando un día delante, escuchó unas palabras, “Fray Juan pídeme lo que quisieres por estos trabajos que has hecho”. El fraile carmelita respondió con decisión, “Señor, padecer y ser despreciado”. Y así se demostró en ese tiempo final, entre los más próximos. Fray Juan, en realidad, no era nada amigo de esas visiones que sus hagiógrafos barrocos no se cansaron de narrar, ni siquiera de las reliquias. Ya había dicho en “Subida al Monte Carmelo” que Dios nos había hablado en Cristo, “todo nos lo habló junto y de una vez en toda esta sola Palabra, y no tiene más que hablar”. Un modo de percibir la espiritualidad, que enamoraba a mi recordado maestro Teófanes Egido, al que le gustaba que yo estudiase las cosas de Medina.

Ello no era incompatible con una devoción de fray Juan por Jesús Nazareno con la Cruz a Cuestas y así participó en encargos de imágenes y desarrollo de cofradías en Granada, Baeza o Jaén, en torno a ese misterio del Camino del Calvario. La sagrada conversación del “Milagro de Segovia” fue muy reproducida: siempre el Nazareno de medio cuerpo, con la cruz a cuestas y el carmelita arrodillado ante el cuadro. Y todo ello no resulta extraño porque la iconografía de Jesús Nazareno será una de las más extendidas en la Castilla de los siglos XVI y XVII, naciendo las cofradías bajo esta advocación a veces vinculadas a los conventos de agustinos. En el de Nuestra Señora de Gracia de Medina -frailes que no gustaron del establecimiento de la madre Teresa- se constituyó una cofradía que en principio era asistencial y no penitencial, la de la Virgen de la Misericordia y San Nicolás de Tolentino. Posteriormente, se sumó la advocación de Jesús Nazareno. Con la oposición de las de la Vera Cruz y las Angustias, hubo que esperar a un auto del Consejo de Castilla de 1620 para que se confirmase la regla de esta y se la autorizase a hacer procesión propia de los hermanos nazarenos en el amanecer del Viernes Santo de esta villa, el propio de estos cofrades en la Semana Santa de España.

Sin embargo, la portentosa imagen de Jesús Nazareno de Medina que nos preside no era la titular de esta última cofradía sino que pertenecía a la de las Angustias. Hablamos de una obra de increíble inspiración y fuerza, realizada por el gran escultor que fue Francisco del Rincón, el cual de no haber muerto prematuramente en 1608 hubiese configurado una prolongada obra. Sin duda, este de Medina es uno de los ejemplos más antiguos, donde se mostraba la importante creatividad y la capacidad de emocionar, de impresionar, de llamar a la conversión, con ese realismo que aporta una imagen de vestir sobre un cuerpo desnudo y tallado, tan propio en el modo de hacer de Castilla para con los Nazarenos. Francisco del Rincón tenía conciencia de estar disponiendo y tallando una imagen procesional para las calles. Su mirada permite el diálogo con los hermanos cofrades que le siguen con la cruz a cuestas o con el espectador que se compadece y sufre con el castigo de este inocente. Y fue tanto el éxito que en otras cofradías cercanas, como la de la Vera Cruz de La Nava, este mismo escultor realizó otra gran representación de Jesús Nazareno, con especificación de que fuese siguiendo “proporción, forma y modelo” con este de las Angustias medinense, todo ello estudiado por José Ignacio Hernández Redondo en esa historia de vuestras procesiones escribió “en compañía”.

En los días actuales, la cofradía de la Misericordia y Jesús Nazareno ha recogido la herencia del pasado: alumbra a la magnífica imagen que nos ha ocupado y desarrolla un momento fundamental que se encuentra en la mañana del Viernes Santo: el Encuentro entre el Hijo condenado y la Madre que le busca camino del Calvario, teatro sacro, capaz de impresionar y llamar la atención al espectador, pues tienen razón de ser en esos momentos los espectadores. Jesús Nazareno a hombros de sus cofrades, creando ese momento apócrifo de encuentro con una Madre de la Soledad, que no puede hacer otra cosa que ir a buscar a un Hijo que va a ser crucificado. Y esa Vía Dolorosa no es otra que la gran Plaza Mayor de esta villa, cuando al verse ambos, al buscarse en sus miradas, antes de ser apartadas, el Hijo hace reverencia a la Madre, cae de rodillas ante ella constituyendo uno de los momentos más importantes de su Semana Santa. Por eso, es menester subrayarlo con la Palabra a través del Sermón de la Soledad, con la meditación en este su primer año en Medina, del párroco de San Miguel Arcángel y Santo Tomás, el reverendo padre Adam Sucon. Y como decía fray Juan de la Cruz, los aparejos exteriores no valían de mucho. Era necesario contemplar el misterio desde la realidad. Por eso, pedía imágenes que “más al propio y vivo estén sacadas, poniendo los ojos en esto más que en el valor y curiosidad de la hechura y su ornato”.

Medina del Campo, 14 de agosto de 1567. “Llegamos a Medina del Campo víspera de nuestra Señora de agosto a las doce de la noche […] Fue harta misericordia del Señor, que a aquella hora encerraban toros para correr otro día, no nos topar alguno. Con el embebecimiento que llevábamos, no había acuerdo de nada; más el Señor que siempre le tiene de los que desean su servicio, nos libró que, cierto, allí no se pretendía otra cosa”. Con su prosa brillante, narraba la madre Teresa de Jesús su llegada a la villa del Zapardiel, en su Libro de las Fundaciones. Medina del Campo fue un lugar inevitable para la monja carmelita y así ocurrirá hasta en once ocasiones: “estaré en Medina tres días o cuatro, a mucho estar…” (A Lorenzo de Cepeda, Valladolid 27 julio 1579); “Yo me parto con el favor del Señor el miércoles de la ceniza; estaré en Medina ocho días, que no me puedo detener…” (A Juana de Ahumada, Malagón 9 febrero 1580); “Ya estoy en Medina del Campo de camino para Valladolid adonde me mandan ir ahora…” (A María de San José, Medina 6 agosto 1580); “Yo llegué aquí a Medina del Campo un día antes de la víspera de Reyes…” (Al licenciado Dionisio Ruiz de la Peña, Medina 8 enero 1582); “Estaré aquí hasta pasada nuestra Señora de septiembre, y luego lo que falta del mes, en Medina. A estas dos partes me puede escribir…” (A Ana de los Ángeles en Toledo, Valladolid 26 agosto 1582). Ya lo había dicho Teresa de Jesús a María Bautista, una de sus monjas de confianza en 1574: “dígame cuál es su tierra, porque si es Medina harto mal lo hará en que no se venir por aquí” (A María Bautista, Segovia 16 julio 1574). Desde su convento de San José, el segundo del mundo dedicado a este Santo, coincidió con sus buenos amigos, los hombres de negocios que encontraban en la villa uno de sus ámbitos privilegiados. Junto a ellos y a los dedicados a las actividades comerciales y financieras, existía una población atraída por el magnífico mercado o por las limosnas que se podían generar desde la prosperidad en una sociedad sacralizada.

En la espiritualidad de la madre Teresa de Jesús había sido fundamental la contemplación de los pasos de la Pasión aunque ella no conoció las escenas teatrales que realizaron los grandes escultores del barroco. Lo hacía desde la propia oración: “pues ya andaba mi alma cansada […] entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar […] Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola toda me turbó de verle tal porque representaba bien lo que pasó por nosotros” (Libro de la Vida 9,1). Bien podría haberse referido al “Cristo Preso” de Ricardo Flecha, aquel que sale en la “Procesión de la Sentencia” en la noche del Lunes Santo del convento de las carmelitas donde nunca vivió la beata Ana de Jesús, por cierto, a pesar de haber nacido en Medina. Pero también, contemplando al “Cristo Crucificado de la Paz” de Juan Picardo, podríamos haber leído las palabras de la Morada séptima: “Poned los ojos en el Crucificado y haráseos todo poco. Si su Majestad nos mostró el amor con tan espantables obras y tormentos ¿cómo queréis contentarle con sólo palabras?” (Morada Séptima 4,9). Este Crucificado ya había sido contratado y realizado por el mencionado maestro escultor para una capilla de la Colegiata de San Antolín cuando la madre Teresa llegó a Medina. La presencia de esta pieza de inigualable calidad se incorporó a las procesiones de la villa en el siglo XIX, en plena decadencia de las cofradías históricas de las centurias anteriores. Su participación en la “Procesión del Silencio” es muy esperada como los prueban las distintas denominaciones que ha tenido en sus advocaciones: “el de los Adobes” o “el de los Artilleros”. Siempre he admirado en él su fuerza expresiva, unida a la serenidad que presentaba desde la majestuosidad de su posición en la cruz.

Probablemente había leído la monja carmelita, entre los buenos libros que gustaba tener alrededor y que resultan fundamentales para entender estas imágenes del siglo XVI, lo que había escrito el dominico fray Luis de Granada: “aquellas siete palabras que tu rey David cantó en el arpa de la cruz”. Bien podía aplicarse todo esto a la procesión medinense de las Llagas del Miércoles Santo con la cofradía de El Calvario, dedicada a contemplar estos pasos del Gólgota: “más ¡qué debía pasar la gloriosa Virgen y esa bendita santa [se refería Teresa de Jesús en “Camino de Perfección” a María Magdalena] qué de amenazas, qué de malas palabras y qué de encontrones y qué descomedidas! (Camino de Perfección-Valladolid 26,8). María permanecía al pie de la cruz, “stabat mater dolorosa” como la talló Francisco del Rincón para el Calvario de la parroquia de Santo Tomás, junto a San Juan, convertido en paso procesional desde que en 1993 se fundó esta cofradía. Compañía y soledad, abandono y desesperación de Cristo desde la cruz. La madre Teresa mencionaba en su contemplación de la Pasión a esa “bendita santa” por la que sentía especial devoción, esa Magdalena que ha tallado y dispuesto Miguel Ángel Tapia para las procesiones medinenses y que saldrá por vez primera a la calle en la tarde de este Miércoles Santo de 2026, vestida como si se tratase de una dama ilustre de esta corte de la prosperidad.

Y para ser conducido al Sepulcro, y no dejar el cuerpo expuesto en la cruz, José de Arimatea dispuso que, con la ayuda de Nicodemo, seguidor del Señor en lo secreto, fuese desclavado de la Cruz y del patíbulo, escena representada teatralmente a través de la Función del Desenclavo que fue recuperada en 2025, tan propia de las Semanas Santas de nuestra tierra y sus escenografías; pero plasmada también de manera estática en los grandes conjuntos procesionales. Y así, antes de iniciarse la procesión más importante de la villa, la General del Silencio, se llevará a cabo en el atrio de la Colegiata de San Antolín la mencionada gran Función del teatro sacro, la del Desenclavo, celebrada el año anterior en el interior del templo, estudiada por Enrique Gómez. Será en presencia de todas las cofradías, la Corporación Municipal, tal y como lo plasmó aquel Mudo Neira en 1722, en la obra pictórica conservada en el monasterio de las agustinas. Y la Soledad contemplará cómo los Santos Varones desprenden a su amadísimo Hijo de la Cruz, sus clavos, su corona de espinas para ponerlo en sus brazos, aquel que fue Crucificado tallado por Pedro de la Cuadra.

Después, en la narración procesional de la Pasión, la cofradía del Santo Descendimiento del Señor recordará este momento a través de la obra del bejarano Francisco González Macías. Sustituyó en 1954 al gran conjunto de la parroquia de San Miguel, realizado para una de sus capillas en 1558 por Juan Picardo y no siendo destinado a las procesiones de disciplina (en las cuales participó entre 1941 y 1953). El nuevo y monumental paso es el primero de misterio que se incorporó a estos cortejos en el siglo XX, siendo de compleja composición como era exigido para una escena evangélica como ésta. Así se puede comprobar en los distintos ejemplos que se disponen en las Pasiones de diferentes localidades dentro de la diócesis, con los trabajos tan señalados de los escultores del barroco. Y así, cuando los discípulos pierden la visión de la presencia humana y espiritual de Jesús, resuenan de nuevo las palabras de la madre Teresa de Jesús: “Vivir sin Vos, no es otra cosa que morir muchas veces” (Morada Tercera 1,2).

Medina del Campo, 1 abril de 1596, “In Dei nomine. Amén. Sepan todos quantos esta carta de testamento bieren como yo Simón Ruiz Envicto, vecino de la villa de Medina del Campo […] mando que mi cuerpo sea enterrado en la bóveda de la iglesia que se está haciendo en el Ospital General que yo hago hacer extramuros de esta villa en lo que se llama el hijido, fuera de la puerta de Salamanca, debajo del altar mayor donde está la dicha bóveda”. Se estaba refiriendo este mercader, banquero y fundador, del que estamos conmemorando el quinto centenario de su nacimiento en Belorado, al Hospital General de la Purísima Concepción y San Diego de Alcalá, fundado en el momento en el que todavía existen los pequeños hospitales dedicados a los enfermos, pobres y peregrinos, desarrollados por las cofradías, albergues por tanto, espacios de recogida de los más menesterosos que no faltaban junto a la riqueza, además de lugares para atender a las dolencias curables pero también a los males contagiosos. Caridad, inversión para la salvación del alma, preocupación ésta esencial de las mujeres y hombres de su tiempo. Gracias a la intervención de Simón Ruiz con sus recursos, del que tanto nos ha enseñado mi admirado amigo Antonio Sánchez del Barrio, con este proyecto e iniciativa se agilizó un proceso de concentración de los hospitales que condujo a uno General y más grande, establecido en la firma, con el Concejo, de la Escritura de Concordia para su creación en 1591. Desde entonces, el hombre de negocios, ya como fundador, obtuvo el patronato de la nueva institución y a su costa dotó la construcción de un gran edificio donde se habrían de integrar los mencionados hospitales y albergues de las cofradías, salvo el fundado por fray Lope de Barrientos. En la nueva fundación se proponían “curar todo género de enfermedades y se han de recoger a todos los desamparados y peregrinos que a esta villa acudiesen”, dirigido por un sacerdote como administrador y en disposición de dos capellanes, un médico y dos cirujanos, además de oficiales y servidores para atender setenta y dos camas. Caridad bien organizada en el diálogo entre la fe y las obras, como las cofradías contaban con el de la penitencia y la caridad.

Desde este testamento de Simón Ruiz entramos en la meditación de la eternidad y la salvación, tras una muerte preparada. Esto mismo lo encontramos desde los días de la Semana Santa con el propio Cristo o en esta Pasión medinense a través de un paso que difícilmente encontramos en otras: la obra del escultor que todavía descubriremos más en su grandeza en un futuro, el mencionado zamorano, amigo recordado, Ricardo Flecha: “Cristo en su Mayor Desamparo”, imagen titular de la última cofradía erigida canónicamente. Tuve la suerte de encontrarme con él en distintos momentos pero, muy especialmente, en la explicación que me hizo de algunas de sus obras en la exposición que le tributó la Diputación de Zamora en la etapa final de su vida. Fue todo un regalo gracias a la intervención de un zamorano ilustre para la Semana Santa de Castilla y León como es mi amigo Luis Jaramillo, que me invitó a visitarlo. Nunca olvidaré esa tarde en la ciudad del Duero. Es este paso medinense, una obra impactante, expresionista, maestra en la trayectoria del escultor pero también en la propia de la religiosidad contemporánea, culminación por tanto del camino estético del maestro Flecha: desde una muerte que abraza la humanidad completa de Cristo en su mayor desnudez y que intenta vencer sobre el martirizado en la cruz antes de su resurrección, sin olvidar en este discurso los resabios del espíritu tardomedieval. De esta manera, la que no tiene rostro no resultará victoriosa aunque en la noche desesperada del Viernes Santo así lo parezca. Su procesión titular discurrirá desde el convento de las carmelitas descalzas en la madrugada hacia el Sábado Santo. Su nombre o advocación, la “de la Liberación”. La muerte no puede ser alumbrada pero sí el cuerpo de Cristo con las antorchas que son encendidas por mujeres y hombres vestidos de hábitos monacales blancos, con capuchas que cubren sus cabezas, dispuesto el fuego a la puerta conventual. Sonidos de esquila, tambor destemplado, campana tocando a muerto, silencio de los que contemplan… sin murmullos. El maestro Flecha pensó en todo ello para ponerlo en escena penitencial, en una calle oscura, las sombras alargadas reflejadas en las tapias austeras de los conventos… hasta llegar a la salmodia del Miserere en el atrio de la Colegiata: “Miserere mei, Deus; secundum magnam misericordiam tuam et secundum multitudinem miserationum tuarum, dele iniquitatem meam…”

Tras el mencionado testamento, Simón Ruiz añadió un codicilo el 16 de febrero de 1597, pocos días antes de su muerte que sucedió el 1 de marzo siguiente. Su alma partió y en la tierra quedó una fortuna abultadísima, solo comparable con la de los grandes financieros europeos. Todo se encontraba establecido, desde la atención a los desfavorecidos de su Belorado natal, la creación de dos mayorazgos en favor de sus sobrinos, ambos dos responsables en administrar una fortuna que debía ser conducida a la terminación de un hospital que se encontraba inconcluso. Su cuerpo habría de ser sepultado “con la menor pompa y ruido y gasto posible”, acompañado de sus cofradías de la Santa Caridad, el Santísimo Sacramento y la Cruz, depositados sus restos provisionalmente en San Facundo, junto a su primera mujer María de Montalvo. Y aunque la iglesia se terminó antes, el cuerpo del fundador y de sus dos esposas alcanzaron esta morada terrenal en 1619 tras haberse gastado en la misma veintiún millones de maravedíes.

Medina del Campo, “en dos de diciembre de este presente año de mil setecientos y ochenta y uno, a las dos de la mañana (poco más o menos), falleció en esta villa, en un palacio que está en la calle de Santiago y es propio del mayorazgo de Dueñas, el Excmo. Señor Don Zenón de Somodevilla y Vengoechea”. Con estas palabras, el párroco de Santiago el Real daba fe de la muerte del ministro que fue del primer gabinete de Fernando VI, más conocido por tu título nobiliario: el marqués de la Ensenada. Entre sus acciones de gobierno fue famoso por los trabajos de un recuento y censo que permitió conocer a las personas, sus oficios y propiedades, en aquella corona de Castilla. A la caída de aquel mencionado gobierno, ya don Zenón conoció la desgracia política, dentro del carácter efímero del éxito en las tareas de gobierno, aquel qué igual que viene, se va. Sin embargo, volvió a la primera línea con el nuevo monarca Carlos III. Tras el motín de Esquilache de 1766 fue destituido por segunda vez ante la sospecha de su participación en el mismo. Se le mandó salir de Madrid y de los Reales Sitios y alcanzó el exilio en Medina del Campo donde murió quince años después. Es verdad que su biógrafo y gran apologista Antonio Rodríguez Villa, indicó que aquellos últimos años discurrieron “tranquilamente”, ocupado en “leer libros instructivos y devotos, pasear por las tardes y jugar por las noches a la malilla” con los naipes. Llamaba la atención con su anterior imagen y comportamiento político, plagado de impulsos, una vida posterior de tertulia y paseo con los eclesiásticos y abad de Medina. Es cierto que se encontraba repleto de pena y que esperaba el perdón real. Pero llegó la muerte y se le dio sepultura en la capilla mayor de la parroquia de Santiago el Real, antiguo templo del colegio de sus queridos jesuitas, que habían sido expulsados de la Monarquía en 1767 y suprimidos como orden en la Iglesia en 1773.

Con Ensenada podemos evocar dos cosas para nuestra Semana Santa. Se trata de un ministro que se convierte en la imagen de la Ilustración y de su reformismo, ambos dos procesos muy mal entendidos habitualmente en su relación con la espiritualidad. Es cuestión de leer a Teófanes Egido para salir de este error. Estos hombres, pertenecientes a una élite, no eran los meros impulsores de un proceso de secularización. En muchos casos existía en ellos una profunda y distinta espiritualidad, defensores además de un nuevo papel del cristiano, más cercano a la Sagrada Escritura y menos a ciertas devociones que consideraban supersticiosas. Los ilustrados impulsaron, al menos en España, un nuevo papel del laico que, además, era componente habitual de las cofradías aunque entendieron muy mal, eso sí, estas manifestaciones de religiosidad popular. Querían un Estado que asumiese muchas de las competencias, de los trabajos asistenciales que habían desarrollado en los siglos anteriores las cofradías, funciones que según estos reformistas habían perdido en su cotidianidad. Por eso, el siglo XVIII se relaciona en las historias de la Semana Santa desde un comienzo de un tiempo de decadencias de las antiguas penitenciales que habían florecido en el barroco. En Ensenada existía preocupación por la salvación de su alma, como se manifestó en los sufragios encargados y en la seguridad y beneficios espirituales que aseguraba su mortaja, doble en el caso de don Zenón por voluntad de su testamentario, con el hábito de la Orden de San Juan y el de los monjes benedictinos.

En todas las villas y ciudades con un panorama cofradiero como el de Medina, existía gran disposición a la hora de alumbrar la iconografía del Sepulcro de Cristo, protagonista habitual de las procesiones del Viernes Santo. Aunque no es del tiempo de nuestro ministro, la Real Cofradía del Santo Sepulcro dispone de una talla de gran valor, no solo iconográfico sino también histórico y devocional: el Cristo Yacente del maestro de Covarrubias, definido éste como un escultor del siglo XV en tránsito hacia la centuria siguiente. Hasta la salida de las monjas Reales, del monasterio de dominicas de Santa María tristemente clausurado como otros en esta antigua villa levítica, esta imagen se encontraba vinculada con un conjunto de pinturas murales con la presencia de la Cruz Desnuda y de aquellos personajes que estaban vinculados al entierro de Cristo. La expresión de la obra es realmente impactante, con los pómulos y la barbilla muy marcados, plagada la talla de numerosos detalles, dentro del desarrollo de la rigidez de la muerte. Por las calles de Medina es portado dentro del Santo Sepulcro realizado por Francisco González Macías, convertido desde este cuerpo sacrificado para la salvación, en nueva “arca de la Alianza”. En la narración medinense de la Pasión, en el Viernes Santo, esta cofradía también acompaña al Cristo Yacente que está atribuido con los finales del siglo XVI y que nos recuerda de nuevo, por su antigua pertenencia, a la antigua de la Vera Cruz, en una procesión de menor solemnidad que desarrollaban en el atardecer de este día esencial en la vida del cristiano.

Todo estará consumado también en María, en la Virgen de la Soledad, antigua de la cofradía de las Angustias y en su capilla todavía alumbrada en la misma, a lo largo de todo el año, pero hoy con cofradía propia. En ella contemplamos un modelo exitoso y bien presente en todas las antiguas cofradías de esta Castilla: en la de Medina del Campo, de pie, sin las manos entrelazadas, con la cabeza erguida, vestida de nuevo con bellos textiles en forma de mantos que era menester mantener. A través de esa Virgen de la Soledad que se ha encontrado con su Hijo Nazareno en la mañana del Viernes de la Cruz, conectamos con las formas barrocas de nuestras procesiones. En la nueva época de esta Semana Santa, fue alumbrada por los miembros del Cuerpo de Correos, con una tradición que trataron de conservar los descendientes de estos funcionarios, hasta que desde 1985 un grupo de mujeres medinenses dieron los pasos pertinentes para constituirse en cofradía. María solamente podía caminar hacia la esperanza, esa “esperanza que nunca defrauda”, y hacia el encuentro con Jesús Resucitado.

Medina del Campo 1941-1942, Misiones Populares que reactivaron las procesiones de Semana Santa en la villa, dentro de un clima nuevo de sacralización. Con ellas se fundaron las distintas cofradías, se recuperaron numerosos gestos de las primeras y desaparecidas, se dispusieron tallas que desde el patrimonio medinense relatan esta Pasión con los mencionados ojos del siglo XVI, centuria de su esplendor. Y así recibió el reconocimiento de su singularidad, como Semana Santa de Interés Turístico Internacional, conmemorando en 2011, a través de una procesión extraordinaria, el VI centenario de la presencia de san Vicente Ferrer. Las cofradías, en su deseo de vitalidad, han incorporado en las últimas décadas nuevas obras para sus procesiones de la mano de Mariano Nieto, María Jesús Merino de la Fuente, Manuel Romero Ortega y los mencionados Ricardo Flecha y Miguel Ángel Tapia. Tiempo nuevo para estas procesiones como es la de la Resurrección. Consideraba justo fray Luis de Granada, después de haber meditado sobre el dolor y la soledad de María, que Cristo se revelase vivo y victorioso en primer lugar a su madre: “Acordaos, Señor, de vuestra Madre […] Ella fue crucificada con Vos: justo es que también resucite con Vos”. Ese es el mensaje del segundo encuentro que se produce en la Plaza Mayor de la Hispanidad, elevándose Cristo hacia la vida y dejando atrás el sepulcro, mientras que su Madre pierde el velo negro de luto con el que caminaba ataviada. La Historia de la Salvación de Dios no podía haber sucedido de otra manera, aunque la de su plasmación y narración en Medina del Campo vino configurada por las mujeres y hombres que laboraron para que todo esto sucediese así: las cosas de Dios en medio de las cotidianas de los que moraban, negociaban, construían y sobrevivían. La Villa de las Ferias se puede sentir orgullosa de su camino en la historia, Evangelio particular de extraordinaria belleza que he venido a pregonar.

POR TANTO

Con licencia del Excelentísimo y Reverendísimo señor arzobispo de Valladolid, don Luis Javier Argüello García; con la venia del señor corregidor de esta Muy Noble y Muy Leal y Coronada Villa de Medina del Campo, Guzmán Gómez Alonso, para ocupar las calles con manifestaciones de religiosidad que el pueblo, fiel a sus tradiciones, tiene por bien hacer, HAGO SABER por comisión del señor presidente de la Junta de Semana Santa de la dicha Villa, Miguel Álvarez López que, preparados los hermanos en sus almas, muy especialmente desde el tiempo santo de la Cuaresma que dio comienzo el pasado Miércoles de Ceniza, con los ayunos, abstinencias, limosnas y oraciones acostumbradas, veneraciones, misas cuaresmales, ejercicios piadosos, públicos y funciones, y demás cultos de las cofradías; que, llegados los días de la PASIÓN, los hermanos cofrades estarán dispuestos a la oración, la caridad y la penitencia que nunca debieron faltar, ataviados con sus túnicas, capas y capirotes; peinetas y mantillas; bien bruñidas las medallas que custodiarán devotamente sobre su pecho; pagada y dispuesta la cera para los altares, andas procesionales y hachones; ansí como las bellas flores nacidas de la tierra, amén de encargada la música a sus bandas de cornetas y tambores, así como a otras agrupaciones musicales de esta localidad y de otras próximas y cercanas, tengan a bien venir a los cortejos penitenciales y procesiones de disciplina que siguen el espíritu aprendido y enseñado según la tradición por el bienaventurado fray Vicente Ferrer. CON TODO ELLO se alumbrará a sus sagrados titulares, para contribuir a la mayor gloria de Dios y edificación del pueblo. Con este fin, y de acuerdo a las plantas procesionales dictadas por los cabildos de gobierno, se celebrarán veinte procesiones y traslados que partirán de la Colegiata del Señor San Antolín, parroquias y conventos de esta noble villa. Hagan pública esta buena nueva que proclamo, guardándoles por ello Dios muchos años con santa y buena edificación de sus vidas.

Y para que esto sea firme y estable, he proclamado esta carta con sello de cera colgado, en esta Colegiata del Señor San Antolín, en la mencionada Muy Noble y Muy Leal y Coronada Villa de Medina del Campo, ante las autoridades de la misma y de la diócesis; presidentes y hermanos mayores; oficiales de los cabildos de gobierno; cofrades, ciudadanos y pueblo fiel; veinticuatro días andados del mes de marzo, en el primer año del pontificado de Nuestro Santo Padre León decimocuarto, obispo de Roma; en el duodécimo año del reinado de nuestro muy noble y honrado Señor, Don Felipe Sexto el Rey.

ALABADO SEA EL NOMBRE DE JESÚS. HE DICHO."