Archidiócesis de Valladolid

Monseñor Luis Argüello pregona la Semana Santa de Medina de Rioseco: "Experiencia única, escuela de vida y de hermandad"

28 de marzo de 2026


El Arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), monseñor Luis Argüello, pregonó este 28 de marzo, Sábado de Pasión, la Semana Santa de Medina de Rioseco, cerrando así un círculo al haber pregonado ya las tres Semanas Santas que actualmente cuentan con la declaración de Interés Turístico Internacional en la Archidiócesis vallisoletana —la de Valladolid y la de Medina del Campo, además de la riosecana—.

A continuación, reproducimos íntegramente el Pregón pronunciado por monseñor Argüello ante la imagen del ’Santo Cristo de la Paz’ en la Iglesia Parroquial de Santa María:

"Sr. Cura párroco, querido Alberto Rodríguez Cillero. Vara Mayor. D. Antonio Herrera Toquero.

Mayordomos que portáis las varas de vuestras cofradías y hermandades:

D. Juan Manuel Alonso Rodríguez de la Hermandad del Santo Cristo de la Clemencia

D. Carlos Alberto Díez Herrero de la Hermandad de la Oración del Huerto

D. Luis María López Niño del Real Gremio Hermandad de Nuestro Señor de la Columna «La Flagelación»

D. Javier Justo Rubio de la Hermandad de Jesús atado a la Columna

D. José Ángel Mieres Magdaleno de la Hermandad del Ecce Homo.

D. José M. Santamaría Martín de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Santiago y la Santa Verónica

D. Oriol Luis Rodríguez Martín de la Cofradía de Jesús Nazareno de Santa Cruz.

D. César González Serrano de la Hermandad de Nuestro Señor Jesús de la Desnudez

D. David Pintado Jiménez de la Hermandad del Santo Cristo de la Pasión

D. Francisco Blanco Alonso de la Hermandad de la Virgen Dolorosa

D. Víctor Ángel Caramanzana Rey de la Hermandad de la Crucifixión del Señor

D. Javier Chamorro García de la Cofradía del Santo Cristo de la Paz y Santo Cristo de los Afligidos.

D. Nicolás Brezmes Aníbarro de la Hermandad del Descendimiento de la Cruz

D. José María García Romón de la Hermandad de la Virgen de la Piedad

D. José Ángel Castaño de Caso de la Hermandad del Santo Sepulcro.

Dñª. Rosa Blanco Izquierdo de la Venerable Cofradía Penitencial de la Virgen de la Soledad.

Dñª. Ana María Ruifernández Clemente de la Hermandad de la Resurrección y Virgen de la Alegría.

Autoridades civiles y militares. Cofrades, riosecanos, amigas y amigos todos.

Pardal, Tapetanes, Banda municipal de música, vuestros sonidos nos han congregado en este Templo parroquial de Santa María de Mediavilla después de la proclama pública realizada por calles y rúas de la Ciudad de los Almirantes. Realicemos el primer poso contemplando al Santo Cristo de la Paz dirigiéndole esta oración que la Iglesia conserva a lo largo de los siglos:

«Señor Jesucristo, que dijiste a tus Apóstoles: La paz os dejo, mi paz os doy. No tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén»

Quiero ahora encaminarme hacia un segundo poso recordando el pregón de mi antecesor en este oficio de pregonero D. Miguel García Marbán, extraordinario ejercicio de emoción, memoria y protagonismo de las familias de Rioseco. Un pregón lleno de nombres de riosecanos, de historias familiares. Genealogías, biografías y hechos que han entretejido la historia esta ciudad de las cuatro catedrales. Fuimos asomados a un paisaje sentimental y a sentir la llamada de los afectos, –padres, abuelos, esposos, hijos, amigos, –toda una red de complicidades y de vida que, cambiando en el fluir del tiempo, es inamovible, pues, pregonaba Miguel, la Semana Santa riosecana es entrar en «el tiempo sin tiempo». Los rituales, expresión de identidad, tradición y esperanza, nos adentran en el abrazo de lo eterno, tiempo sin tiempo que da sentido a cada tramo del camino, a cada poso hasta llegar al poso eterno donde el descanso se hace plenitud.

Hace casi un año, en este lugar, experimentamos una emoción compartida en la que recordamos, pasamos por el corazón, nuestros vínculos y volvimos a asombrarnos ante esta experiencia única de la Semana Santa en Rioseco, escuela de vida y de hermandad, ejercicio de esfuerzo, entrega y colaboración, elogio del vínculo, del amor al prójimo, del recuerdo de los que no están y esperanza del reencuentro en el abrazo eterno del «tiempo sin tiempo». Cuantos fuisteis llamados por vuestro nombre unido al de padres e hijos en una trama que os une y que, en la Semana Santa una vez más proclamada y pregonada, se refuerza con los rituales siempre antiguos y siempre nuevos de estos días.

Descansemos en este poso con la cita del libro del Deuteronomio con la que Miguel introdujo un alegato dirigido a los jóvenes para que sean esperanza de continuidad y renovación en fidelidad a lo recibido de los mayores:

«Acuérdate de los días remotos, considera las edades pretéritas, pregunta a tu padre y te lo contará a tus ancianos y te lo dirán». Dt 32

Mi perspectiva es otra, soy de Tierra de Campos, de Meneses, con fuertes vínculos en Villerías, Valdenebro y Montealegre. La capital de nuestra comarca es Rioseco. Hasta mediados del siglo pasado todos formábamos parte de la diócesis de Palencia. Mis padres venían con frecuencia, también mi abuelo materno y mis tíos. En mi primera infancia los viajes eran en coche de caballo o serré; viajes llenos de emoción y asombro que constituían todo un acontecimiento en el mundo infantil de un ámbito rural que estaba a punto de comenzar una gran trasformación demográfica y cultural ya en los primeros sesenta. Así mis viajes más frecuentes a Rioseco fueron en un Renault 4/4. Mi padre tenía un vínculo especial con la Ciudad de los Almirantes por ser antiguo alumno del Colegio San Buenaventura primero, y, más tarde, ya como agricultor, por acercarse al comercio riosecano más cercano a la agricultura, a los bancos u otros establecimientos. Los pasteles de Marina, las almendras de Cubero suponían un atractivo añadido a la aventura que aun suponía el viaje. En alguno de aquellos, nos acercábamos a Rioseco jueves o viernes santo por la tarde, después de los Oficios en Meneses, a «ver las procesiones». Entonces en Semana Santa, la austeridad se palpaba en el ambiente, los bares cerraban, la incipiente televisión española cerraba sus emisiones en esos dos días y las procesiones de Rioseco, suponían, sin perder un ápice de su carácter sobrio y penitencial, un verdadero espectáculo: las imágenes, las túnicas de color negro, morado o blanco, el sonido de las horquillas al avanzar y golpear sobre el suelo de la calle Mayor, el asombro e incertidumbre al dudar sobre si los pasos grandes van a poder pasar entre los balcones con los gestos, los sonidos de instrumentos a los que todavía no sabía dar nombre, las voces y aclamaciones. Un bullicio sorprendente atravesado por la emoción y el silencio. Austeridad, devoción y espectáculo se funde en los destellos de mis recuerdos de infancia.

Doy un salto para referirme ya a mi contacto con la Semana Santa de Rioseco siendo seminarista y sacerdote. Siempre me han llamado la atención las manifestaciones en la calle de las diversas convicciones, también de la fe como religiosidad popular. En estos años de formación y primeros de ejercicio ministerial vivo las dudas pastorales sobre la manera de conjugar nuestras celebraciones tradicionales de la Pasión y la renovación litúrgica, entre religiosidad popular y religiosidad ilustrada. Me producía desasosiego que las celebraciones populares alcanzarán un clímax extraordinario el Jueves y Viernes Santo y tuvieran dificultades para celebrar con similar entusiasmo e intensidad el Domingo de Resurrección.

Ya como Vicario General de la Diócesis y Obispo he podido conocer mejor a las Juntas Directivas, a los sucesivos Vara Mayor, participar en pregones y procesiones además de diversos actos en Cuaresma o en otros momentos del año litúrgico. Considero la Semana Santa de Medina de Rioseco como algo propio, descubro sus límites y posibilidades en este tiempo tan nuevo y diferente al siglo XVI, XIX o de los años 40 y cincuenta del siglo pasado. Pasan los pasos, se mantiene de forma vigorosa la identidad, la tradición ha logrado su objetivo de pasar de generación en generación este legado al hoy del tiempo. La Ciudad de las cuatro catedrales mantiene templos y su traza urbanística; la Semana Santa sus imágenes, su estilo inconfundible, hábitos, jerga propia y sonidos, en una sociedad que ha experimentado una transformación acelerada en las últimas décadas. La influencia de la cultura global en la concepción de la persona, la familia, el trabajo, la movilidad, etc. y los desarraigos que provocan nos lanzan más aun a valorar raíces e identidad, personal, familiar y local. Los viajes, el turismo y el espectáculo dan una dimensión nueva a nuestras tradiciones, las ofrecen un altavoz, pero también las desafían con el riesgo de un reduccionismo que robe su alma.

Hagamos un poso de reflexión abriendo nuestra alma al Dios que acompaña todo este caminar personal, ciudadano y eclesial. Una estrofa del Viacrucis cantado más popular en España y gran parte de Hispanoamérica nos ayuda a comprender el sentido redentor de la Cruz de Cristo que con tanta fuerza atrae al pueblo cristiano a lo largo de los siglos:

Acompaña a tu Dios alma mía,

cual vil asesino llevado ante el juez,

y al autor de la vida contempla

por fin, condenado a muerte cruel.

Dulce Redentor,

para mí era la pena de muerte;

ya lloro mis culpas y os pido perdón.

Madre afligida de pena hondo mar,

logradnos la gracia de nunca pecar

Los tres primeros posos me han permitido situarme ante vosotros como pregonero con biografía y contexto. Aquí estoy como terracampino, sí, como miembro del presbiterio de Valladolid, sí, pero, especialmente como Obispo de la Diócesis, sucesor de los apóstoles que tiene la encomienda pregonar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo histórica y eterna, en Jerusalén y en Medina de Rioseco. La Iglesia católica es así, universal y local; encarnada en territorios, pueblos y culturas y abierta a la anchura del mundo y a la espesura del tiempo. La catolicidad huye de universalismos abstractos y avisa del peligro de localismos endogámicos y tribales. Es una tensión fecunda, pero difícil de conllevar.

¡Oído! grita el imaginario cadena de este pregón para disponernos a un nuevo tramo de nuestra proclama pública y pregonera. En él quiero entrar en diálogo con los términos característicos de esta semana santa, pues una de las cosas que más llaman la atención de esta intensa semana riosecana es su jerga propia. Las tallas tienen valor extraordinario, pero la singularidad de esta celebración es la conjunción entre las familias riosecanas, la traza urbana, los estilos y sonidos, la aclamación y el silencio; todo ello expresado en un lenguaje que expresa oficios y acciones, voces, sonidos y silencios desde una especial cercanía a las imágenes y sus detalles. Con las palabras trasmitidas de abuelos a nietos se renueva la comunión de un pueblo que quiere expresar el misterio que les une y transciende.

Unas palabras designan oficios: el pardal, los tapetanes, el muñidor, el mayordomo o vara de la Cofradía. Estos son oficios que convocan, organizan, presiden y representan. El palote, el bis palote, el cadena, el eje, el encerrado son personas que ocupan un lugar en el tablero y hacen posible la armonía para procesionar formando un cuerpo con la imagen a través de estas genuinas andas. Aseguran la coreografía de ese mismo cuerpo. Otras palabras designan cosas: el citado tablero, los palotes, las horquillas. Otras son signo de identidad y pertenencia: las túnicas, el pañuelo, la medalla. Hay palabras que designan acciones de diverso tipo como el toque del pardal que convoca; acciones de iniciación: enseñar a llevar la túnica, colocarse el cíngulo y ajustar el pañuelo, colocar la medalla. Palabras relacionadas con las procesiones: ¡oído! al hombro, la arrancada, la salida, la cadencia, bailar el paso, la rodillada, ir al riñón, el poso. Acciones previas o posteriores a las procesiones: el traslado de pasos, la recogida y traslado de regreso, el desfile de gremios, expresan un estilo sobrio y secular en el que desfiles cívicos y procesiones eclesiales se intercalan. Otras expresan la fraternidad: el refresco, la cena, los abrazos. Hay también un lenguaje de señales, miradas y golpes. Hay expresiones que denotan intimidad, cariño y una singular relación de pertenencia entre los cofrades riosecanos y las imágenes a las que rinden culto, procesionan y alumbran: los Pasos grandes –la Escalera y el Longinos– el ceomico, el cagarratones, el bailarín, el chatarrilla. Gremios, hermandades y cofradías viven con oficios, acciones, emoción, trabajo, organización y cariño, esta intensa semana preparada desde al año anterior.

Qué bien queridos cofrades y riosecanos si esta escuela de identidad, tradición y devoción la ofrecéis también a la vida parroquial en todas sus dimensiones. Los desafíos misioneros que vivimos en el siglo XXI piden personas que llamen a la fe, que convoquen y acojan. Y qué decir de la iniciación cristiana, precisamos una comunidad cristiana y catequistas que pasen la cadena, que ayuden a vestir el hábito bautismal. La parroquia precisa organización y personas que realicen diversos oficios o ministerios: lectores, cantores, personas que cuiden los templos, que lleven la economía. Otros que organicen la acción social y caritativa de todos. Precisamos el cultivo de la amistad con Jesucristo, experimentarlo cercano y misericordioso.

Las celebraciones de Semana Santa las vivimos en el templo y en la calle. También la vida de la Iglesia intercala camino y encuentro dominical en torno a la Mesa del Señor. La Semana Santa es una gran catequesis del Domingo. Somos el Pueblo del Domingo y estamos llamados a enlazar templo y calle. En la Eucaristía del Domingo somos convocados, congregados como cuerpo de Cristo y enviados para llevar su presencia y su amor al mundo.

Gremio y hermandad expresan la imprescindible relación entre Iglesia y sociedad. En la Iglesia cultivamos la fraternidad, pues recibimos la filiación de Dios Padre y al cual nos dirigimos diciendo Padrenuestro y la ofrecemos como amistad civil en las diversas relaciones, ambientes e instituciones de las que formamos parte. Hoy ya no podemos identificar sociedad e Iglesia. Los católicos hemos de aprender a vivir como Pueblo de Dios que forma parte del pueblo civil pero que no se confunde con él. Esto pide cultivar la propia identidad fraterna y ejercitar la escucha, el diálogo y la amistad civil en nuestra vida social.

Descansemos en este poso con este himno litúrgico:

Oh espíritu desciende; orando está la iglesia que te espera.

Visítanos y enciende como la vez primera;

los corazones en la misma hoguera.

La fuerza y el consuelo, el río de la gracia y de la vida;

derrama desde el cielo, la tierra envejecida;

renovará su faz reverdecida.

Adentrémonos en el programa de cultos y procesiones que nos permitirá realizar diversos posos. Nuestra forma de celebrar la Semana Santa, decíamos, es un coloquio entre la liturgia del templo y la expresión, también ritual, en la calle de lo celebrado en el templo. Así el programa recoge celebraciones litúrgicas y procesiones acompañadas de todos los encuentros, desfiles y gestos que configuran el ambiente singular y excepcional de estos días.

El Domingo de Ramos, se celebra la procesión de las Palmas y se inicia desde este templo con el Paso «La Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén», popularmente conocido como «La Borriquilla». En la liturgia se proclama la Pasión, este año según el relato del Evangelio según San Mateo. Es el pregón litúrgico de los que viviremos hasta el Viernes Santo en cuyos Oficios se proclamará la Pasión según San Juan. Celebración y procesión nos ayudan a situarnos en Jerusalén. La India Chica con sus rúas, plazas e iglesias catedralicias llenas de pueblo y ramos, con la presencia de Jesús aclamado, se transforma para todos estos días en Jerusalén. En realidad, cualquier lugar donde se celebra la Eucaristía, Misterio pascual de Cristo, es Jerusalén. La Iglesia vive un coloquio entre la Jerusalén histórica, la Jerusalén celeste hacia la que nos dirigimos y la Jerusalén mesiánica en la que caminamos en la esperanza de llegar a la meta. Esperanza que nace del acontecimiento fundante ocurrido en la historia en la ciudad de Jerusalén, que ya es eterno, y por eso lo acogemos y celebramos en cualquier momento del tiempo y en cualquier rincón del mundo. El Resucitado saluda a los peregrinos de la Jerusalén mesiánica con la paz y enciende su esperanza en la plenitud de la paz. En la historia, hoy en Jerusalén, siguen guerras y conflictos, que siguen hiriendo al Cristo de la Paz. El Domingo de Ramos, en coloquio con el Viernes Santo en los relatos de la Pasión, nos recuerda la ambigüedad del alma humana que aclama «Hosanna» y grita «Crucifícalo». Se da también nuestra ambigüedad de cristianos de semana santa y cuasi paganos el resto del año. La doble vida de la paz que compartimos en el templo y las guerras que provocamos fuera. En el templo rezamos «padre nuestro», en los días próximos nos abrazamos y cultivamos la fraternidad cofrade y eclesial, nuestro desafío es la vida ordinaria en todo el año para no gritar hosanna estos días y crucifícalo, por acción u omisión, en el resto del año.

Con todo ya dispuesto, traslado de pasos, el pregón, la celebración de Ramos, las reuniones de las cofradías, los tres primeros días de la semana nos ayudarán a disponernos interiormente para llegar a los dos grandes días de la semana santa riosecana y dar comienzo al Triduo Pascual. El Lunes Santo es un día de preparativos cofrades que nos recuerda la importancia de cuidar la organización y los detalles. El Martes Santo tiene lugar la procesión de la Clemencia. Doce hermanos cofrades llevan sobre sus hombros el Paso del «Santo Cristo de la Clemencia», obra del escultor riosecano Pedro de Bolduque. El Miércoles Santo, el Vía Crucis y la procesión del «Encuentro de Jesús Camino del Calvario con su Madre», la Virgen María, desfilando los pasos del «Santo Cristo del Amparo» y «la Dolorosa». Estos tres días ayudan a disponernos junto a María que «guarda todas las cosas en su corazón», rezando el Rosario y acompañando su cercanía al Señor en el Vía Crucis, donde se producirá el encuentro preñado de dolor entre Madre e Hijo. Acompañar al Cristo de la Clemencia desgranado avemarías e invocando «ruega por nosotros los pecadores» nos ayudará en el Martes Santo a caer en la cuenta de los motivos concretos que nos inducen a pedir clemencia a Jesús y a solicitar la mediación de su madre. Cristo da la vida por nosotros y dice en la cruz «Padre, perdónalos». Es conveniente este martes santo reconocer nuestros pecados, personales, familiares, eclesiales y sociales. Llorar con María por ser causantes de conflictos que rompen la paz o por permanecer indiferentes y perezosos ante las necesidades de los demás. El Vía Crucis es la oración popular paradigmática de los que vivimos estos días. Rezado por las calles, contribuye a profundizar en lo ya vivido el Domingo de Ramos, Rioseco se transforma en Jerusalén; Jesús, camino del calvario, es juzgado e injuriado, porta la cruz de los malditos y criminales, cae, se encuentra con su madre y con quienes lloran, es golpeado, despojado y crucificado; muere, es bajado de la cruz y depositado en el sepulcro, ¡posó! En un singular poso de descanso para descender a los infiernos y comenzar su salvación. María Dolorosa tiene en su corazón una esperanza: ¡vencerá a la muerte! ¡resucitará!

Descansemos en un nuevo poso con Jesús y María:

La Madre piadosa estaba junto a la cruz y lloraba

mientras el Hijo pendía.

Cuya alma, triste y llorosa, traspasada y dolorosa,

fiero cuchillo tenía.

¡Oh dulce fuente de amor!,

hazme sentir tu dolor para que llore contigo.

Y que, por mi Cristo amado,

mi corazón abrasado más viva en él que conmigo.

Haz que su cruz me enamore

y que en ella viva y more de mi fe y amor indicio.

Porque me inflame y encienda,

y contigo me defienda en el día del juicio.

Jueves y viernes son los días más intensos y expresivos del programa. Todo se concentra, refresco, vestidura, desfile, unión de ciudad y pueblo, Oficios litúrgicos, procesión, encuentros fraternos, emoción, oración, lágrimas, piedad, soledad, dolor, etc. En la liturgia, mesa, cena, mandato, lavatorio, pasión, cruz, sacrificio adoración, oración universal y todo en una misteriosa comunión.

El Jueves Santo tiene lugar la procesión del «Mandato y la Pasión». Bajo las instrucciones del cadena los hermanos con túnicas negras o moradas van a sacan los pasos: «la Oración del Huerto», «la Flagelación», «Jesús Atado a la Columna», «Ecce-Homo» o Jesús de la Caña, «Jesús Nazareno de Santiago», «la Santa Verónica», «Jesús Nazareno de Santa Cruz», «la Desnudez», «Santo Cristo de la Pasión» y «la Dolorosa». La rodillada, momento en el que los Pasos hacen una genuflexión ante la Virgen de la Cruz o del Rosario en la Capilla del Arco de Ajújar, y el canto de la Salve marcan la impronta mariana de un día tan centrado en Jesús. El jueves nos introduce en el tiempo pascual y anuncia con la celebración de la Cena del Señor lo que ocurre en el triduo formado por Viernes, Sábado y Domingo. La Eucaristía es el sacramento de la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Lo que Jesús anuncia en la mesa, al partir el pan y pasar la copa: «mi cuerpo entregado por vosotros, mi sangre derramada por vosotros» se realiza el viernes; podemos ser hoy contemporáneos de este amor asombroso porque ha resucitado y su Cuerpo glorioso se nos ofrece ahora en el Pan y la Copa, Cuerpo entregado y Sangre derramada para siempre y por todos. Este Amor, Caridad, es comunión y servicio. El Señor en el coloquio posterior a la Cena nos manda lo que nos ha dado: «amaos unos a otros como yo os he amado». Este amor es fuente permanente de fraternidad y de paz. A él hemos de volver cuando nuestra amistad flaquee o la fraternidad se rompa. Es un amor nuevo, inédito, que perdona, da la vida y no se detiene ante la traición o el mal. Jesús lava los pies a los discípulos en un gesto de servicio desmedido, eucarístico. La Iglesia considera a ambos relatos, el del pan y la copa y el del lavatorio como momentos instituyentes de la Eucaristía. La pasión de amor que el Hijo de Dios tiene por nosotros se hace entrega, comunión y servicio, se hace Eucaristía. El Jueves Santo es así día de la Eucaristía, de los ministros, del amor fraterno y del servicio para hacer llegar el amor de Jesús a todos, comenzando por los más necesitados. Es un amor que rompe la lógica, ama a Pedro que le negó y a Judas que le traicionó. Deseamos que alguien nos ame así, sin cuentas ni culpas, con perdón y entrega, pero, al mismo tiempo, nos parece imposible amar así. Es Él, desde dentro de nosotros y en la fuerza del Espíritu Santo quien acercará al amor que todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Que ama sin límites, perdona sin límites y da una nueva oportunidad sin llevar cuentas del mal.

Queridos cofrades, vuestras hermandades en estos días son escuela de comunión y servicio. No dejéis que el amor que lleváis a hombros, ilumináis o acompañáis se cierre solo a los de vuestra propia sangre o a los de vuestro exclusivo tablero. Desead, en la escuela del Mandato y la Pasión, amar así. Para ello, dejaos amar por Cristo intensamente estos días y a lo largo de todo el año. Así, gremios y cofradías, ciudadanos y discípulos del Maestro podremos colaborar por la paz y el bien común de esta Ciudad de los almirantes.

El Viernes Santo desde la Iglesia de Santa María, partirá la procesión de la Soledad. Una vez concluidos los Oficios litúrgicos comienza la salida de los Pasos siguientes: «la Crucifixión», «Santo Cristo de los Afligidos», «Santo Cristo de la Paz», «el Descendimiento», «la Piedad», «Santo Sepulcro» y «la Soledad». Los cofrades vestirán túnicas de lienzo blanco. La rodillada y la Salve se mantienen en el programa, al igual que el baile, las maniobras y posos por las bellas calles riosecanas. Los pasos grandes hacen más exigentes las maniobras y las instrucciones y órdenes de los responsables. Todo tiene un aire de devoción, sentimiento de identidad, asombro y espectáculo.

Permitidme que os convoque al asombro de la Cruz. La crucifixión en el Imperio Romano era un método de ejecución atroz, humillante y público, reservado para personas sin la ciudadanía romana y considerados enemigos del Estado. Un castigo diseñado para esclavos, rebeldes, piratas y delincuentes de alto perfil. Servía como una exhibición de la autoridad de Roma y un elemento disuasorio para la población. Se realizaba generalmente en las afueras de la ciudad, en intersecciones concurridas o lugares elevados para que todos pudieran verlo. La muerte solía ser lenta, provocada por asfixia, deshidratación o inanición. Estaba diseñada para causar más sufrimiento. La Cruz es la señal de los cristianos. Es signo de amor entregado, de obediencia radical al Padre; de victoria sobre el pecado y sobre la muerte. Se transforma en el trono del Rey que inaugura el reino de la verdad, la justicia y la paz. Es también referencia para expresiones artísticas a lo largo de los siglos, muchas de gran belleza. Algunas están en museos o adornando nuestras casas, su belleza sirve de atractivo en la dimensión turística de nuestras celebraciones.

Estamos llamados a unir todas las dimensiones de la Cruz de Cristo, la verdad de la historia, el bien de redención que realiza reinando, la comunión

de los que nos identificamos con ella, desde que fue dibujada en nosotros por el agua bautismal, y la belleza de un amor tan grande que, sufriendo y dando la vida, vence al mal y reconcilia, su presencia permanente en la Eucaristía. No podemos excluir el drama de la cruz, pues entonces la salvación es ficticia, la comunión amiguista y pasajera, la Eucaristía un acto de devoción particular o auto celebración de un grupo, y la belleza que reducida a estética mercantilizada. La cruz aislada puede ser bandera ideológica al servicio de intereses familiares, económicos o políticos.

Viernes de la Cruz, por el madero ha llegado la alegría al mundo entero. Hagamos un poso de contemplación asombrada de la Cruz de Cristo, al final del viernes desnuda. La Soledad contempla ya sin lágrimas:

¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo,

en hoja, en flor y en fruto.

¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza,

con un peso tan dulce en su corteza!

Y así dijo el Señor: «¡Vuelva la Vida,

y que el Amor redima la condena!»

La gracia está en el fondo de la pena,

y la salud naciendo de la herida.

¡Oh plenitud del tiempo consumado!

Del seno de Dios Padre en que vivía,

ved la Palabra entrando por María,

en el misterio mismo del pecado.

Vinagre y sed la boca, apenas gime;

y, al golpe de los clavos y la lanza,

un mar de sangre fluye, inunda, avanza,

por tierra, mar y cielo, y los redime.

Al Dios de los designios de la historia,

que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;

al que en la cruz devuelve la esperanza,

de toda salvación, honor y gloria.

Después de la explosión emocional del Viernes Santo, el sábado, junto a la Virgen de la Soledad, se vive una jornada de limpieza, traslados de los pasos a sus lugares y espera de la Pascua en la Vigilia. Nuestro catolicismo ha sido muy de Viernes Santo y Cruz; es bueno que sigamos cultivando el asombro por un Dios que sufre y se entrega. Pero sin resurrección «vana es nuestra fe» y la cruz queda cada vez más atrás en el tiempo. Es verdad, que determinadas expresiones de la religiosidad ilustrada ponen tanto acento en la resurrección que olvidan que el Resucitado lleva en su Cuerpo glorioso las marcas de la Cruz. Celebramos la Pascua del Cordero degollado que quita el pecado del mundo. En la celebración del Triduo pascual, como en la Eucaristía, muerte y resurrección del que está sentado a la derecha del Padre están unidas en un Memorial que concentra y desborda el tiempo. ¡Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección! ¡Ven, Señor Jesús! Aclamamos en cada Eucaristía, incorporando también la espera del sábado, ahora espera de la segunda venida del Señor para establecer definitivamente su Reinado. Estamos amigos en el sábado del tiempo, un sábado ya de gloria, porque Jesús vive, pero del que no ha desaparecido el drama del pecado ni la Cruz redentora. Mas nuestra esperanza está fundada, pues hemos vivido un encuentro que nos llena de alegría.

El Domingo de Resurrección se desarrolla la procesión del «Santo Encuentro» con el Paso de «Cristo Resucitado» para llegar hasta el Atrio de la Iglesia-Museo de Santa Cruz en la Rúa Mayor, lugar en el que se realizará el encuentro de Cristo Resucitado con su Madre, «Nuestra Señora la Virgen de la Alegría». La tumba está vacía, pero no basta, es necesario el encuentro con Él. Y el Resucitado va regalando estos encuentros en Él. María es su Madre y representa a toda la Iglesia. El encuentro transforma y llena de alegría, es una experiencia inédita, que sorprende y provoca un salto de alegría como el experimentó Juan, en el seno de Isabel, cuando la visitó María con el Niño Dios en sus entrañas.

Es posible encontrarnos con Jesús, ha resucitado y es posible el encuentro que llena de alegría y funda la esperanza. En esta semana experimentaremos la alegría de los encuentros y reencuentros, el consuelo y el sentido al mirar de nuevo a las imágenes en la calle. Todo ello ha de animarnos al encuentro con el Viviente. Podemos encontrarlo en la Palabra, en los Sacramentos, especialmente en el Perdón y la Eucaristía, en la comunidad cristiana, pues «está en medio de los que se reúnen en su nombre», y también en los pobres donde nos llama y nos juzga con misericordia.

Estos días de Semana Santa en Rioseco vuelven a ofrecernos una oportunidad para acrecentar el deseo de encontrarnos con Jesucristo y dejar que Él abra nuestro corazón y nuestras manos y nos ayude no solo a llevar las cruces de la vida, sino a transformar la cruz para que sea signo e instrumento de salvación y de esperanza.

Todos unidos formando un solo cuerpo

Un pueblo que en la Pascua nació

Miembros de Cristo en sangre redimidos

Iglesia peregrina de Dios

Somos en la tierra

Semilla de otro reino

Somos testimonio de amor

Paz para las guerras

Y luz entre las sombras

Iglesia peregrina de Dios

Hagamos el último poso.

Toda esta vida que pregonamos se nos regala con el Bautismo que renovaremos en la noche santa de la Pascua. Por el bautismo participamos de la misma vida de Jesús, se nos ha sembrado en el corazón la capacidad para perdonar como Jesús, para amar como Jesús, para vencer a la muerte como Jesús. Somos contemporáneos de este acontecimiento. No solo hacemos memoria histórica, no solo recordamos algo de hace dos mil años, sino vivimos un acontecimiento que toca el hoy de nuestras vidas. Un secreto que la Iglesia renueva además cada semana, en el Domingo. El Domingo, día primero y octavo día, día de la Pascua, día que nos permite poder mirar el tiempo de otra manera. El Domingo nos convoca cada semana para poder decir, hoy hay un nuevo comienzo, hoy se renueva mi esperanza, hoy puedo mirar las cosas que pasan en la historia desde una perspectiva nueva. El Domingo, al reunirnos como asamblea, nos permite también poder mirar los espacios de una manera nueva, como espacios que hacen posible los encuentros, como ámbitos que hacen posible que nos reconozcamos, como hermanos, unos y otros.

Queridos amigos de Medina de Rioseco, recibid este pregón para que vosotros seáis pregoneros. Recibid el pregón, este anuncio, que es un canto y un grito para también pregonar, para pregonar el acontecimiento: Hay un Dios, nuestro Dios, que no solo se ha hecho hombre, sino que ha querido llevar en su cuerpo los golpes y las culpas de todos para convertirse en una puerta que nos permite ser hermanos. Hay un Dios, que lleva todos nuestros golpes y nuestras culpas, y que en la cruz manifiesta que es perdón y misericordia, que consuela nuestras angustias y acompaña nuestras soledades, que ha vencido al pecado y a la muerte, y que nos permite para siempre poder cantar aún en medio de llantos, poder esperar aún en los fracasos, poder perdonar en medio de los conflictos y poder experimentar la alegría, aunque haya lágrimas en los ojos.

¡Oído, a rezar al Príncipe de la Paz!

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!

Que allí donde haya odio, ponga yo amor;

donde haya ofensa, ponga yo perdón;

donde haya discordia, ponga yo unión;

donde haya error, ponga yo verdad;

donde haya duda, ponga yo fe;

donde haya desesperación, ponga yo esperanza;

donde haya tinieblas, ponga yo luz;

donde haya tristeza, ponga yo alegría.

¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto

ser consolado como consolar;

ser comprendido, como comprender;

ser amado, como amar.

Porque dando es como se recibe;

olvidando, como se encuentra;

perdonando, como se es perdonado;

muriendo, como se resucita a la vida eterna.

La Paz con vosotros ¡Santa Semana y Feliz Pascua!"