Archidiócesis de Valladolid
Santo Toribio de Mogrovejo une a Mayorga, Valladolid e Hispanoamérica en una gran celebración por el Año Jubilar de la Santidad
20 de abril de 2026
Entre los siglos XVI y XVII Santo Toribio de Mogrovejo, segundo Arzobispo de Lima, organizó y unificó la Iglesia Católica en Perú, donde publicó y tradujo el Catecismo a las lenguas de los pueblos indígenas para su evangelización. Tres siglos después de su canonización, con motivo del Año Jubilar de la Santidad que está celebrando este 2026 la Archidiócesis de Valladolid, su Mayorga natal, Valladolid y las comunidades hispanoamericanas —originarias de la tierra donde Santo Toribio ejerció su ministerio— que caminan junto a la Iglesia vallisoletana se unieron en el barrio de Las Delicias el pasado 19 de abril, tercer domingo de Pascua, para honrarlo en una gran celebración con distintos acentos y una fe compartida.

A las 11 de la mañana salían de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora del Carmen, portados a hombros, la imagen del Santo —un conjunto escultórico del siglo XVIII que lo representa junto a Santa Rosa de Lima, a la que administró el Sacramento de la Confirmación— y una de sus reliquias, traídas por primera vez a Valladolid y para esta ocasión desde la Ermita de Mayorga —templo jubilar en este 2026— para participar en una procesión extraordinaria por el barrio.


Casi dos horas de cortejo procesional en el que convivieron lo mismo la dulzaina, el tamboril, los trajes y las danzas propias del folclore castellano del Grupo Mies y Barro, con las banderas, coloridas vestimentas, cintas, penachos, sones y bailes autóctonos de Perú, Ecuador, México, Colombia, Bolivia, Venezuela y Ecuador, representados por distintos colectivos y asociaciones. Una procesión que unió a la población migrante de origen hispanoamericano, a las comunidades parroquiales de Valladolid y de Mayorga y también a las cofradías de Nuestra Señora del Carmen y de la Exaltación de la Santa Cruz y Nuestra Señora de los Dolores, erigidas canónicamente en este popular barrio vallisoletano.



Cerca de la una del mediodía llegaba la imagen de Santo Toribio de Mogrovejo a la Parroquia que lleva su nombre en Las Delicias. Desde hacía una hora antes, el goteo de fieles había sido una constante. Muchos de ellos de avanzada edad, pero que igualmente no querían perderse este hito para la comunidad parroquial y para el conjunto de la Archidiócesis. Los portadores del Santo tuvieron que bajar a pulso las andas hasta, prácticamente, rozar el suelo para salvar la estrechez de la puerta del templo. Y al traspasar el dintel de la puerta que da acceso a la nave central, la Iglesia, que se mantuvo llena, con gente de pie tanto dentro como en la calle durante la celebración de la Eucaristía, estalló en aplausos al ver entrar la imagen y la reliquia de Santo Toribio de Mogrovejo a su templo vallisoletano.
Dirigidos por Antohny Oropeza, seminarista de origen venezolano, los distintos países que habían participado en esta procesión extraordinaria fueron depositando sus banderas nacionales y algunas representaciones de sus patronas y principales devociones de sus lugares de origen en una mesa dispuesta junto al altar mientras oraban cantando: “¡Yo vine a alabar a Dios!”. Así, pudo verse junto a las vírgenes de Guadalupe (México) o del Cisne (Ecuador) y al Señor de los Milagros (Perú), a la Virgen del Carmen, especialmente arraigada en el barrio.
Ante esta estampa, el Arzobispo de Valladolid, monseñor Luis Argüello, reconoció que “está muy bien que cada uno de nosotros afirmemos nuestro nosotros particular” pero, al mismo tiempo, invitó a “ensanchar el nosotros”. Ahondó en esa idea, haciendo caer en la cuenta de lo “importante” que es “organizarnos”, al modo que lo hizo Santo Toribio con la Iglesia en Perú. “No para estar unos contra otros”, enfatizó monseñor Argüello, “sino para colaborar juntos en el bien común”.
Trazó el prelado vallisoletano su homilía en torno a dos palabras: gloria y aleluya. Aleluya para, dirigiéndo su prédica al Señor de los Milagros, advocación especialmente venerada en Perú, reconocer en él al “que puede hacer el milagro que parece imposible: que nos reconciliemos, que vivamos como hermanos, que luchemos juntos por la justicia”. Y a él le pidió traer “la paz a este mundo” en el que “la codicia” y “la ambición de poder” causan “tantos males”. Y gloria, segunda palabra remarcada en su homilía, para “reconocer” que el Espíritu Santo “tiene fuerza y poder para hacernos santos” y para, a semejanza de Santo Toribio de Mogrovejo y de Santa Rosa de Lima, practicar esa vocación a la santidad “en la entrega de la vida, en el perdón a los demás, en el cuidado de unos por otros”.
“Cantemos la Gloria de Dios”, insistió el prelado vallisoletano, “ensanchando la fraternidad, luchando contra los egoísmos, contra las estructuras de pecado, contra las injusticias; acogiéndonos y reconciliándonos porque Dios es padre de todos y nos quiere a todos”. Y “cantemos la gloria del Espíritu Santo”, remató, “queriendo ser santos”.
Mirando a las distintas advocaciones de la Virgen presentes junto al altar, llevadas por los propios fieles durante la procesión previa a la Eucaristía, monseñor Argüello advirtió que María “nos hace caer en la cuenta de la importancia de la comunión” y expresó su deseo de que este tercer domingo de Pascua supusiera para el conjunto de la Archidiócesis “el primer día de un nuevo tiempo” marcado por el “encuentro” y la “fraternidad”, cultivando al mismo tiempo las características del nosotros “pequeño” con otro más “grande” de quienes se reúnen cada domingo para rezar el Padrenuestro, celebrar la Eucaristía y ser enviados, así, a “salir y ser signo e instrumento de la paz”.
Reconciliación, solidaridad, esperanza y paz fueron también palabras compartidas en las peticiones que hicieron todos los países representados en esta gran celebración, a la que acudieron, entre otros, el alcalde y el párroco de Mayorga, David de la Viuda y Jesús Manuel Nieto, respectivamente, y el Cónsul Honorario de Perú en Castilla y León. Precisamente, los fieles peruanos pidieron por que “la mirada de fe del Señor de los Milagros nos guíe para construir una nación más justa, unida y llena de paz”.
Ecuador, encomendándose a la intercesión de la Virgen del Cisne, pidió porque “la fe que nos une” bajo esta devoción “nos otorgue la valentía para sembrar esperanza”; y México, aferrándose a “la guía amorosa de la Virgen de Guadalupe”, para que “proteja a nuestra juventud, inspirándola, y a ser protagonista de un cambio basado en la fraternidad y el perdón”. Colombia, por su parte, elevo su petición confiando en “la protección de la Virgen de Chiquinquirá” para que “nos ayude a florecer en la unidad, transformando cada herida en un puente de hermandad; y Bolivia, a la Virgen de Urkupiña, para que “bendiga nuestras mesas” y “nunca nos falte a ningún hermano el pan y la justicia de la dignidad”.
La comunidad venezolana elevó su petición para que “la luz de la Virgen de Coromoto ilumine el horizonte de este pueblo tan generoso y probado” y “que la esperanza del reencuentro de todos los venezolanos fortalezca nuestros pasos y convierta cada prueba en una oportunidad para reconstruir la nación que todos queremos con amor y justicia”; y la paraguaya, pidió por “que la Virgen de Caacupé bendiga siempre a nuestros familias para que vivamos con la alegría de sabernos hermanos en una tierra prospera y solidaria”.
Por su parte, los fieles españoles, representados por las comunidades parroquiales de Santo Toribio y del Carmen, asumieron en su petición un “reto”: el de hacer de España “espacio y lugar de encuentro con tantas nuevas culturas”, pidiendo ser “acogedores” para que “con ellos (los migrantes) renovemos nuestra esperanza”. “Bajo el amparo de la Virgen del Carmen”, completó la petición con acento castellano, “seamos un pueblo de encuentro y de diálogo, para construir un futuro de paz y de colaboración desinteresada”. A lo que el propio Arzobispo apostilló: “Escucha a tu Iglesia (Señor), que habla diversos acentos”.
Un cuadro con la imagen del Señor de los Milagros, que bendijo el Arzobispo durante la Eucaristía, permanecerá como testigo de esta celebración en la Parroquia de Santo Toribio de Mogrovejo que finalizó con la veneración de la reliquia del santo mayorgano y el canto del himno en su honor por voz de los fieles que se desplazaron desde Tierra de Campos hasta Valladolid con ocasión de uno de los actos centrales de este Año Jubilar de la Santidad.
Con el corazón “lleno de alegría”, al ver unida “como una sola familia que atraviesa fronteras” a los fieles de origen hispanoamericano con las distintas comunidades parroquiales de Valladolid y Mayorga, el párroco de Santo Toribio de Mogrovejo, Antonio Verdugo, ensalzó el “ejemplo” del santo mayorgano en el año en que se celebra el tercer centenario de su canonización. Un “auténtico referente de evangelización, misionero valiente y defensor incansable de los pueblos indígenas”, destacó.
Y apeló a su “memoria” para convertirla “en compromiso” hoy para la Iglesia vallisoletana porque, como explicó este presbítero diocesano, estos actos multitudinarios en pleno barrio de Las Delicias quisieron ser también “un signo y una llamada a mirar al otro”. “Especialmente”, insistió, “al hermano migrante al modo que Santo Toribio lo hizo con los más necesitados”. A un migrante que “no llega con las manos vacías”, sino con “sueños, talentos y esfuerzos”, puntualizó el sacerdote. Y es que “en el rostro dañado de quien llega se pone”, a su juicio, “a prueba nuestra fe”. Por todo ello, apeló Verdugo a “ser comunidades de puertas abiertas y corazones generosos”.