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    Discurso
Discurso del Santo Padre a la Comunidad Eclesial (San Marino)
22 de agosto de 2026


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Me alegra encontrarme con vosotros en esta Basílica —también con quienes estáis fuera—, dedicada al santo diácono Marino, vuestro patrono. Saludo a Su Excelencia, vuestro obispo, a quien agradezco las palabras que me ha dirigido; a los sacerdotes, a los consagrados y consagradas, a los representantes de la vida eclesial de la diócesis y a todos los presentes. Quisiera que viviéramos juntos este momento como una pausa en nuestro camino común tras las huellas de Cristo.

La diócesis de San Marino-Montefeltro es heredera de una rica historia de fe y de valentía: la de los santos Marino y León, quienes, hace dieciocho siglos, con el anuncio cristiano «llevaron al contexto de esta realidad […] perspectivas y valores nuevos, dando lugar al nacimiento de una cultura y de una civilización centradas en la persona humana, imagen de Dios» (Benedicto XVI, Homilía, San Marino, 19 de junio de 2011). Laicos y canteros —llamados solo posteriormente, en distinto grado, al ministerio ordenado—, supieron traducir el mensaje del Evangelio en un nuevo modelo comunitario y político, fuertemente caracterizado por los principios cristianos de libertad, respeto mutuo y comunión; un modelo que permanece vivo hasta nuestros días. Es hermoso comprobar cómo vuestra comunidad diocesana y la comunidad civil procuran continuar la obra de sus fundadores con el mismo entusiasmo y la misma fidelidad. Por este motivo, quisiera detenerme a reflexionar con vosotros sobre algunos aspectos de vuestro camino como Iglesia que considero importantes.

Me dirijo, en primer lugar, a los jóvenes, retomando lo que les dijo el papa Benedicto XVI durante su visita aquí hace quince años: «No os conforméis con respuestas parciales, inmediatas […], más fáciles y cómodas en el momento, que pueden proporcionar algún instante de felicidad, de exaltación, de embriaguez, pero que no os conducen a la verdadera alegría de vivir» (Encuentro con los jóvenes, 19 de junio de 2011). Y después añadía: «¡Vuestro corazón es una ventana abierta al infinito!». Pues bien, queridos jóvenes: ¡mantened abierta esa ventana! Seguid con la mirada del alma los senderos trazados en vuestro interior por los grandes deseos de belleza, de bondad y de vida que lleváis en el corazón. Si observáis atentamente su recorrido y escucháis su voz, esos deseos os llevarán a lo alto, al encuentro con Dios, allí donde Él os busca y os espera; y, con su ayuda, vuestros sueños tendrán la fuerza necesaria para dejar huella en la historia y mejorarla.

Este es, por tanto, el segundo llamamiento que os dirijo: ¡abrazad con entusiasmo vuestra misión en el mundo! Hacedlo, ante todo, procurando comprender cuál es la llamada que Dios tiene para vosotros, única para cada uno, y sabiendo apreciar su grandeza (cf. Ef 1,18). Después, entregaos a ella, poniendo en juego, sin reservas, toda la riqueza de los dones que Dios os ha concedido. No tengáis miedo de tomar decisiones exigentes, como el matrimonio, la consagración, el ministerio ordenado, la vida profesional o el compromiso social y político. Preparaos de la mejor manera posible para las responsabilidades que os aguardan. Dejaos implicar en iniciativas y proyectos de caridad y de justicia. Así contribuiréis también vosotros a ofrecer «un testimonio de paz que habla al mundo», como dice el lema de esta visita.

A este respecto, quisiera expresar también mi profundo agradecimiento a los sacerdotes, catequistas y educadores que, mediante distintos itinerarios y propuestas, trabajan por el crecimiento humano y cristiano de los niños y jóvenes. Queridos hermanos, vuestro trabajo es oculto, pero muy importante; es un servicio humilde y valioso, porque ayuda a los padres, primeros responsables de la educación de sus hijos en la fe. La familia es, en efecto, el primer lugar donde se educa en la fe, el seno natural en el que el Evangelio se aprende desde la infancia y se respira cada día. Por eso, una pastoral prudente procurará alimentar una intensa colaboración formativa entre las familias y las comunidades eclesiales, una alianza educativa que permita a los padres sentirse implicados, redescubrir ellos mismos la fe de una manera nueva y experimentar la alegría de transmitir a sus hijos los valores cristianos de los que son depositarios.

En cuanto a los contenidos, los itinerarios de crecimiento, especialmente los de iniciación cristiana, deben transmitir ante todo la belleza y el gusto por la vida bautismal y sacramental, para que en las comunidades nazcan y se fortalezcan caminos de santidad y para que madure en todos la conciencia de su propia dignidad profética, sacerdotal y real. En la escuela del Concilio Vaticano II, cuídese atentamente la liturgia y fórmese a los fieles para vivirla coralmente, como acción común de un único cuerpo vivo (cf. Constitución Sacrosanctum Concilium, 26), en el que cada miembro obtiene su fuerza de la Mesa del Señor para llevar su luz por los caminos del mundo.

Creemos que el Evangelio es camino de libertad para los hombres y mujeres de todos los tiempos, y que en Jesucristo y en su Palabra encuentran sentido y respuesta definitiva las alegrías, las heridas y las preguntas más profundas de la humanidad. Por eso estamos convencidos de que el mayor don que podemos ofrecer a los hermanos y hermanas que el Señor pone en nuestro camino es ayudarlos a encontrarse con Él, el Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nosotros, y a encontrar en Él la salvación. Desde esta perspectiva ejercemos la caridad en todas sus formas, sin reservas, teniendo siempre muy presente el bien último e integral de las personas a las que ofrecemos nuestra ayuda.

Vivimos en un mundo herido por numerosos conflictos, en el que contemplamos con preocupación cómo aumentan la violencia, el aislamiento y el miedo al otro. Ante estas inquietantes tendencias, nuestra respuesta no puede ser otra que caminar con una convicción todavía mayor por la senda del Evangelio. Su inspiración constituye el fundamento de una sociedad «construida sobre el respeto de la propia libertad y de la libertad de los demás y, sobre todo, sobre el respeto de la santa voluntad de Dios» (san Juan Pablo II, Homilía, San Marino, 29 de agosto de 1982), que enseña y exige atención a los más débiles, perdón, comunión y solidaridad.

A este respecto, deseo subrayar la importancia y el valor profético de algunas experiencias de ayuda mutua y cercanía mediante las cuales, en las zonas más interiores de este territorio, las pequeñas comunidades afrontan los problemas relacionados con la despoblación y la falta de servicios, manteniendo vivo el sentido de familia y de comunión. Estas realidades, aparentemente pequeñas y marginales, son como pequeñas llamas de las que podemos tomar fuego para reavivar y revitalizar en todos nosotros los valores sólidos, antiguos y siempre actuales. Estas experiencias dan testimonio del calor de esa magnifica humanitas a la que es necesario aspirar para vencer el individualismo propio de cierta cultura metropolitana y consumista, así como otras formas de localismo desconfiado y divisivo, y devolver el aliento a nuestras esperanzas de fraternidad y de paz.

Queridos hermanos y hermanas, la última palabra es la que más me importa: comunión. Demos testimonio de unidad en nuestras comunidades: entre las parroquias y, dentro de ellas, entre los pastores y los fieles, y entre los distintos carismas y ministerios. También esto forma parte del patrimonio de Evangelio vivido que nos dejaron los santos Marino y León, así como de la misión que tenemos de continuar haciendo crecer, con perseverancia y entrega, aquello que ellos comenzaron. Por su intercesión, que el Señor os bendiga y os sostenga siempre en vuestro camino.

¡Os agradezco de corazón vuestra acogida! Os llevo conmigo en mi oración y estoy seguro de que también vosotros seguiréis rezando por el Papa. ¡Gracias!

Palabras del Santo Padre León XIV a los jóvenes reunidos en la plaza a la salida de la Basílica

¡Buenos días! ¡Mis mejores deseos para todos! Habéis escuchado un poco durante el discurso… Puedo repetir las mismas palabras comenzando así: abrid la puerta de vuestro corazón, escuchad siempre a Jesucristo y no tengáis nunca miedo de escuchar lo que Jesús quiere decir a cada uno de vosotros.

Sí, puedo deciros algo muy importante a vosotros, los jóvenes: reconoced en vuestro interior el valor de la vida. El valor de tu vida, de ti, que has sido creado por Dios y amado por Dios. Tu vida tiene un gran valor para nosotros, para la Iglesia, para tu familia y para el mundo entero. Creed en aquello que Dios ha creado, porque todos sois hijos e hijas de Dios y Dios os ama. Vivir con este sentido del amor en vuestro corazón os dará todo lo que necesitéis a lo largo de vuestra vida. Sed generosos, estad siempre abiertos al servicio de los demás y procurad establecer amistades auténticas: en la amistad podemos formar comunidad.

¡Aquí, en San Marino, tenéis un lema muy hermoso! Una sola palabra: «Libertas». Seguramente lo habéis escuchado muchas veces. La verdadera libertad solo la encontramos en Jesucristo, la encontramos en la verdad. Jesús vino para darnos vida, vino para ayudarnos a reconocer la verdad en un mundo que tantas veces está lleno de mentiras y engaños. Sin embargo, si tenéis a Jesucristo en vuestro corazón, si poseéis la verdad y la libertad de seguir a Jesús, no tenéis por qué temer ninguna otra cosa. Porque Jesús camina con vosotros y nos llama a todos, nos convoca a caminar todos juntos.

¡Gracias! ¡Gracias a todos vosotros! Somos verdaderamente una sola comunidad, siempre unidos. ¡Gracias!