Medina del Campo con el latín, ida y vuelta

Medina del Campo con el latín, ida y vuelta

1 diciembre, 2023

Imágenes de devoción, por Javier BURRIEZA 

Valladolid, camino de devoción del Sagrado Corazón de Jesús (3) 

MEDINA DEL CAMPO CON EL LATÍN, IDA Y VUELTA 

Tras esos primeros años en su localidad natal de Torrelobatón, Medina del Campo es el segundo hito de la vida de Bernardo de Hoyos y, por lo tanto, siempre presente en las rutas de la devoción del Sagrado Corazón, más por la segunda etapa que por la primera. Y todo ello sucedió a través del Colegio de la Compañía de Jesús de San Pedro y San Pablo, cuya iglesia es la actual parroquia de Santiago el Real desde la expulsión de 1767. No podía ser de otra manera porque en el carácter ferial, burgués y de negocios de Medina, pareció muy adecuada la presencia desde 1551 de la Compañía de Jesús. Incluso, aquellos jesuitas también contribuyeron a que unos años después, en 1567, fundase su primer “palomarcico” fuera de Ávila, la madre Teresa de Jesús, en el que habría de ser también –como el de 1562– convento de San José. El escenario de fondo que lo propiciaba era el mismo, aunque las ferias que habían convertido a esta localidad en capital de las decisiones económicas y de la inversión en Castilla, ya no estaban en su florecimiento sino que más bien iniciaban su ocaso, bien rematado en el siglo XVIII como indicará más allá del propio Hoyos Antonio Ponz. La Medina que conoció el joven de Torrelobatón se parecía muy poco al dinamismo que pudo contemplar todavía Francisco de Borja, Simón Ruiz o el gran latinista que fue el padre Juan Bonifacio, profesor muy probablemente de aquel niño pobre –junto a la riqueza siempre hay pobreza por contraste– que se llamaba Juan de Yepes y que profesó carmelita como fray Juan de Santo Matía, después fray Juan de la Cruz. El colegio de los jesuitas tuvo una fuerza extraordinaria en sus comienzos, incluso por delante de las fundaciones vallisoletanas. Se mantuvo en el XVII y XVIII, a pesar de un incendio que se produjo en 1665 –en el cual se vieron afectados la cabecera de la iglesia, la sacristía y el relicario– y admitía alumnos en los comienzos del siglo de la Ilustración para la formación en la segunda enseñanza, después de las primeras letras, desarrollada a través de la gramática latina. No era la única disciplina que impartía.

Fue en octubre de 1720, con apenas diez años, cuando este joven fue enviado por sus padres para el estudio del latín, con el fin de que “empezase a cultivar su bello entendimiento”, materia en la que, por otra parte, los de la Compañía se convertían en maestros privilegiados. Allí, en Medina, vivía una tía suya, en cuya casa iba a morar: “obedecía con singular respeto en cuanto le mandaba”. Sin embargo, mientras era alumno de Medina fue cuando Bernardo de Hoyos decidió aquella escapada hasta la villa y Corte de Madrid, montando en una borriquilla que poseía su pariente cuando apenas era un adolescente. Marchaba con destino a la casa de otro familiar, su tío Tomás de Hoyos. Sus biógrafos, incluso actuales, afirmaban que lo que impulsó a Bernardo a tomar unilateralmente aquella decisión fue “su ansia de aprender”, deseando encontrar un mejor colegio: “tan aplicado al estudio y tan deseoso de aprovechar que por este fin ejecutó un largo viaje”, escribía Juan de Loyola. Su tío madrileño lo devolvió a Medina –“no siendo oportuna la Corte para los intentos que le habían llevado”–. Todo ello pudo influir en que su hermano Manuel –padre de Bernardo– decidiese un cambio académico en su hijo, aunque no tan profundo como hubiese supuesto el de Madrid. Desde el año siguiente habría de ser alumno de un gran Estudio de Latinidad, el de Villagarcía de Campos, en el que también recalaremos como etapa de nuestra ruta.

En el renombrado centro de Villagarcía permaneció por espacio de cuatro años hasta 1726. Cuando le faltaba mes y medio para cumplir los quince años, ya se hallaba inscrito en el registro de los novicios en aquella localidad vallisoletana, aunque entonces no existía el concepto civil de provincias para los territorios españoles como creó el que Javier de Burgos en 1833. Ya no estaba dedicado Bernardo al estudio de la gramática latina sino que se encontraba en una casa de probación, dilucidando si habría de continuar su trayectoria como jesuita. Probación, segunda probación, en la que permanecería otros dos años hasta que emitió sus primeros votos cuando todavía no había cumplido los diecisiete años.

Fue entonces, cuando habría de comenzar de manera inmediata las disciplinas del segundo estadio de la formación, la filosofía, esta vez de nuevo en el colegio del que había huido, el de Medina del Campo. Serán tres años, hasta que sus superiores, en octubre de 1731 le mandaron comenzar el cuatrienio de los estudios teológicos, esta vez en el colegio de San Ambrosio de Valladolid. De esta manera, Medina del Campo con su casa de jesuitas –de las más antiguas de las cuatro provincias peninsulares– fue etapa por dos veces en la vida del futuro beato y apóstol del Sagrado Corazón de Jesús. Todavía se encuentra abierta la postura personal que Hoyos mostró hacia este colegio de la Compañía del que todavía deberíamos saber mucho más.