Despedida

Despedida

25 mayo, 2017

L a despedida de la Diócesis como Arzobispo en ejercicio es para mí una especie de alto en el camino. En esta celebración miro hacia atrás y también hacia adelante; no es una mirada sólo histórica, cronológica y geográfica, sino también desde la fe y del ministerio episcopal que el Señor me ha confiado a través de la Iglesia y para la Iglesia.
Mi memoria del pasado está hondamente impregnada de gratitud; y esta gratitud tiene su fundamento en la gratuidad de Dios. El Señor me ha llamado en su libertad insondable porque me llevaba en el corazón, me ha hecho su amigo, y me ha confiado inmerecidamente el ministerio pastoral como presbítero y como obispo.  Ha ocupado mi vida treinta y cuatro años intensamente el ministerio episcopal con sus trabajos y sufrimientos apostólicos, con sus gozos y gratificación. Doy gracias a Dios porque he podido cumplir el servicio confiado, a pesar de mis debilidades.
“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo” (Jn. 15, 9).”Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo” (Jn 17,28). Por la ordenación sacramental es configurado el obispo con Jesucristo Maestro, Sacerdote y Pastor. Sólo unido al Señor puede cumplir la misión recibida. Con las siguientes palabras expresan esta unión las lecturas que han sido proclamadas, aunque la significación no se ciñe al ministerio pastoral. “Vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo que vive en mí” (Gál. 2, 20). “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos, el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante” (Jn. 15, 5; 17, 21). El elegido, amado y enviado por Jesucristo, separado de Él se seca y queda estéril. El enviado no es un funcionario, sino un testigo identificado cordialmente con el Señor. La cascada de amor, de elección y de misión que tiene su origen en el Padre y pasa por Jesús, llega a sus apóstoles y a sus sucesores en el ministerio confiado.
Doy gracias a Dios porque en su providencia me llamó para ejercitar el ministerio episcopal durante doce años en Valladolid, con vosotros y para vosotros. He deseado cumplir la misión que se me encomendó con cercanía, dedicación y laboriosidad.
Al mirar hacia atrás reconozco que soy deudor de tantas personas. Agradezco la vida y la actividad pastoral desarrollada por los presbíteros, diáconos, religiosos, consagrados y laicos. Permítanme que nombre entre quienes diariamente he compartido los trabajos apostólicos solo a dos: A Mons. Luis Argüello, antes Obispo auxiliar y ya electo Arzobispo; y a Patricio Fernández, diácono permanente sin cuya múltiple colaboración leal y discreta no hubiera podido ejercer el ministerio episcopal en Valladolid, y en las tareas encomendadas por la Conferencia Episcopal y por encargos especiales del Papa Benedicto XVI en los comienzos y en los años siguientes del Papa Francisco. En esta celebración, que de alguna manera recapitula mi servicio como obispo, manifiesto mi agradecimiento al Papa Francisco por haberme creado cardenal el año 2015 otorgándome el título de “Santa María in Vallicella”, donde está enterrado San Felipe Neri, a quien en nuestra ciudad hay dedicada una iglesia y donde existe una Congregación sacerdotal. Me alegró el que la Diócesis se sintiera también reconocida con la decisión del Papa de llamarme a colaborar con él como cardenal.
Comienzo una nueva etapa en mi vida; miro hacia adelante, sabiendo que es la última y se prolongará lo que Dios quiera. El me llamó a la existencia, me incorporó por el bautismo a la Iglesia, me confió el ministerio presbiteral y episcopal y cuando Él quiera me llamará definitivamente. Doy gracias a Dios porque me he sentido sostenido por El siempre. Ahora miro hacia el futuro; espero con serenidad y sin angustia la venida del Señor. Quiero estar vigilante manteniendo encendida la lámpara; deseo como centinela otear por dónde viene la luz. Llegado a cierta edad es conveniente que asuma otra persona la responsabilidad arzobispal; pero la condición de emérito no significa pasar las horas y los días de brazos cruzados, “muy ocupado en no hacer nada” (2 Tes 3,11).
A la altura de ochenta años, habiendo alcanzado la edad de los “robustos” como dice el salmo (89, 90), cuando la existencia temporal se acerca irremediablemente al ocaso, no sólo reconozco que “he vivido” (Pablo Neruda), sino también doy gracias a Dios porque he cumplido, ciertamente con muchas limitaciones, la misión que me ha ido encomendando. Quiero vivir ante Dios origen, guía y meta del universo, de la humanidad y de cada persona. A lo largo del tiempo he comprendido que todas las edades de la vida son preciosas, la infancia, la juventud, la madurez y la ancianidad. Hoy confieso con gratitud y honda convicción que estamos “en buenas manos”, en las manos de Dios Creador, Salvador y Padre compasivo.
Valladolid limita, -y aquí límite no significa sólo separación sino también contigüidad y comunicación- con Ávila, Salamanca y Palencia, donde he vivido y desarrollado diversos encargos ministeriales. La proximidad geográfica y socio-cultural me ha permitido participar en tareas comunes.
Habiendo vuelto a Ávila, después de haber cursado durante varios años estudios teológicos en Roma, me encomendó el Obispo de Ávila, mi obispo, Mons. Maximino Romero de Lema, la Formación Permanente del Clero, que entonces respondía oportunamente a una necesidad experimentada después del Concilio Vaticano II. En la entonces llamada “Región del Duero” programamos un plan a desarrollar en cuatro años. Podemos decir sin presunción que fue una iniciativa pionera en las Diócesis y agrupaciones de Diócesis en España. Revolviendo papeles y abriendo carpetas he encontrado en los últimos meses los escritos y la historia de aquellos trabajos.
Nuestro recordado y querido D. José Delicado me invitó en diversas ocasiones a colaborar en la Diócesis de Valladolid cuando estaba yo en la Facultad de Teología de Salamanca. Recuerdo un encargo delicado, que gracias a Dios tuvo buen término.
Cuando pasé el año 1988 de la Facultad de Teología de Salamanca a la Archidiócesis de Santiago de Compostela como Obispo auxiliar, me dijo D. Baldomero Jiménez Duque, sacerdote santo y ”letrado” como quería Santa Teresa, que había sido mi Rector en el Seminario de Ávila: “Tú, Ricardo, no dejes de escribir”. Sus palabras tenían mucho de recomendación y bastante de petición y expectativa. Estas palabras, dotadas de gran autoridad para mí, me han animado siempre, aunque es vedad que la trayectoria anterior de mi vida, me movía en el mismo sentido de la exhortación. Escribir para mí nunca ha sido sustracción de tiempo al ministerio episcopal; ha sido, más bien, potenciación de su ejercicio y al mismo tiempo posibilidad de ampliar a otras personas mi servicio en la Iglesia y en la sociedad.
Unos meses más tarde de recibir la ordenación episcopal en Santiago de Compostela, el día 29 de mayo de 1988, para ser Obispo auxiliar, cuando era Arzobispo  Mons. A. Mª Rouco Varela, al retornar de la Asamblea Plenaria del Episcopado, en que participé por primera vez, me desvié, si a eso se puede llamar desvío, para visitar en nuestra catedral la exposición de las Edades del Hombre. Fue aquella muestra la primera de una serie larga y extraordinaria que no ha decaído en calidad, ni olvidado la inspiración original, ni ha dejado de ser elogiada por la crítica, ni de recibir numerosos visitantes. Quedé tan impresionado por la belleza y originalidad de la exposición que no pudieron atenuarlas los cientos de kilómetros desde Valladolid hasta Santiago. Las Edades del Hombre nos recuerdan a personas, que animadas por la fe abierta a la belleza, radicadas hondamente en nuestra historia, destacadas por la cultura y el conocimiento de las manifestaciones artísticas, han mostrado el tesoro inagotable recibido. Este precioso y apreciado patrimonio es  transmitido a las generaciones que van entrando en la corriente de la fe hecha belleza y de la historia en la que estamos insertados vitalmente. Podemos afirmar que después de los años transcurridos y del éxito alcanzado por las numerosas exposiciones es una gesta inolvidable que ha dejado huellas.
Santa Teresa de Jesús
En Palencia ejercí tres años el ministerio episcopal; al terminar mi estancia en la Diócesis tanto los palentinos como yo estábamos convencidos de que había sido corto el tiempo. Desde Valladolid viajó Santa Teresa de Jesús a fundar un convento en Palencia, ya que no se podía negar a la petición de su obispo, D. Álvaro de Mendoza, que había recibido y favorecido la Reforma teresiana siendo obispo en Ávila.
Desde Bilbao vine a Valladolid después de ejercer el servicio del episcopado en aquella Diócesis durante quince años. Fue un tiempo ministerial marcado especialmente por el misterio pascual del Señor. Con la ayuda de Dios y con la colaboración generosa de muchas personas pude desarrollar con serenidad, el ministerio episcopal en medio de las pruebas iniciales compartiendo los sufrimientos por el Evangelio (cf. 1ª Pe 1,6 y 4, 13).
Comencé el ministerio en Valladolid la víspera de la beatificación del padre Bernardo de Hoyos, que celebramos el día 18 de abril de 2010. Por segunda vez se cumplió en mí el adagio “llegar y besar el santo”. A Palencia vine dos meses antes de la beatificación del Hermano Rafael, trapense en el monasterio de Dueñas; y a Valladolid solo un día antes de la beatificación del apóstol del Sagrado Corazón de Jesús debido a las recientes celebraciones de la Semana Santa. Años más tarde participé en la beatificación y canonización del santo obispo Mons. Manuel González, predecesor en Palencia y modelo de fidelidad a Dios y a la Iglesia.
No voy a describir ni a analizar la situación de las diversas realidades eclesiales en nuestra Archidiócesis al terminar mi misión. Dejemos el juicio al Señor; y busquemos sin cesar sus caminos en nuestro tiempo. Si palpamos la debilidad, reavivemos especialmente la esperanza en Dios que nunca defrauda. La pequeñez humildemente reconocida es una lección que aprendemos en la escuela del Evangelio. Siempre hay algo que acaba y semillas que germinan.
Comprendemos con la mente y el corazón la situación de las órdenes religiosas, apostólicas y contemplativas tan numerosas durante muchos años y actualmente con comunidades al borde del agotamiento. Los condicionamientos del cambio de época nos afectan vivamente. Si las vocaciones al presbiterado conocieron hace unos decenios una abundancia extraordinaria, actualmente la penuria es también extraordinaria. Conviene que con la mirada iluminada por la fe en Dios repasemos la historia y escrutemos nuestro presente. Estoy convencido de que no es cuestión de relajación sino sobre todo de las condiciones de la sociedad, de la fe cristiana y de la Iglesia en nuestras latitudes. Aunque en la historia ha existido una forma de Iglesia identificada prácticamente con las dimensiones de la sociedad, no olvidemos que las metáforas del “pequeño rebaño”, del fermento, de la sal y de la luz pertenecen al Evangelio anunciado por Jesús, y no sólo para los inicios sino también para la historia posterior. Jesús no respondió ni a las preguntas de cuántos, cómo y cuándo relativas al Reino de Dios que la curiosidad y el deseo de seguridad pueden suscitar también hoy. Jesús, en cambio, exhortó a ser fieles al Evangelio por la fe y la conversión. Más allá de los silencios y de las palabras, hay preguntas y aspiraciones en el corazón del hombre que nunca se apagan y siempre pugnan por salir a la luz. Al hombre le viene bien creer en Dios; y no le viene bien prescindir de Él. La peregrinación jacobea, que en este año jubilar ha experimentado un crecimiento considerable, es también metáfora de la condición itinerante del hombre, ya que somos “viatores”, es decir, personas en camino.
Me sorprendió y alegró hondamente la decisión adoptada por el Excmo. Ayuntamiento de nombrarme “Hijo Predilecto de Valladolid”. Al recuerdo de doce años como Arzobispo se une este nuevo motivo que me vincula estrechamente a vosotros como obispo y como ciudadano. Este pueblo, como sus vinos, es de solera. Tiene una tradición que no lastra sino otorga hondura y arraigo y puede regenerar la esperanza. Vivamos el tiempo presente, asentados en el pasado que nos fundamenta y exige; y miremos al futuro sin desánimo y con determinación. Afiancemos diariamente la concordia en lo necesario y respetemos la legítima diversidad que enriquece. En el cuidado en la celebración de la de la Semana Santa podemos converger todos, para profundizar la fe, para madurar personalmente en el silencio reflexivo, para contemplar y escuchar a Jesús, para cultivar la ideosincracia que nos identifica. Reavivemos la memoria al servicio de la reconciliación y construyamos juntos un futuro para todos, donde unos y otros nos sentemos a la mesa de la fraternidad.
Durante doce años he compartido con vosotros la fe cristiana y la vida social. Conservo recuerdos que se convierten en motivos permanentes de gratitud. Reconozco que me he sentido gratamente impresionado cuando en las últimas semanas muchas personas en la calle me han despedido con gratitud deseándome un buen descanso como jubilado.
La arqueología cristiana en Roma ha descubierto lápidas sepulcrales marcadas con las letras D P, que abrevian la expresión “depositus in pace”, y significan que el difunto ha sido cedido a la tierra como en préstamo esperando la resurrección. Murió en la comunión de la Iglesia y alentado por la promesa de la vida eterna. Yo deseo, como signo de comunión episcopal con la Iglesia de Valladolid ser enterrado en esta catedral. Retornar ahora a Ávila no significa en absoluto alejarme de Valladolid. “In te, Dómine, speravi, non confundar in aeternum”.
Valladolid, 23 de julio de 2022

+ Cardenal Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo emérito de Valladolid